DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 18, 2-7
Alabanza al Dios creador del universo

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2El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
3el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.

4Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
5a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

6Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.

7Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El sol, con su resplandor progresivo en el cielo, con el esplendor de su luz, con el calor benéfico de sus rayos, ha conquistado a la humanidad desde sus orígenes. De muchas maneras los seres humanos han manifestado su gratitud por esta fuente de vida y de bienestar con un entusiasmo que en ocasiones alcanza la cima de la auténtica poesía. El estupendo salmo 18, cuya primera parte se acaba de proclamar, no sólo es una plegaria, en forma de himno, de singular intensidad; también es un canto poético al sol y a su irradiación sobre la faz de la tierra. En él el salmista se suma a la larga serie de cantores del antiguo Oriente Próximo, que exaltaba al astro del día que brilla en los cielos y que en sus regiones permanece largo tiempo irradiando su calor ardiente. Basta pensar en el célebre himno a Atón, compuesto por el faraón Akenatón en el siglo XIV a. C. y dedicado al disco solar, considerado como una divinidad.

Pero para el hombre de la Biblia hay una diferencia radical con respecto a estos himnos solares: el sol no es un dios, sino una criatura al servicio del único Dios y creador. Basta recordar las palabras del Génesis: «Dijo Dios: haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; (...) Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche (...) y vio Dios que estaba bien» (Gn 1,14.16.18).

2. Antes de repasar los versículos del salmo elegidos por la liturgia, echemos una mirada al conjunto. El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte (vv. 2-7) -la que se ha convertido ahora en nuestra oración- encontramos un himno al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la luna. En cambio, en la segunda parte del Salmo (vv. 8-15) hallamos un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios.

Ambas partes están unidas por un hilo conductor común: Dios alumbra el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble: el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos «solares»: «los mandatos del Señor son claros, dan luz a los ojos» (v. 9).

3. Pero consideremos ahora la primera parte del salmo. Comienza con una admirable personificación de los cielos, que el autor sagrado presenta como testigos elocuentes de la obra creadora de Dios (vv. 2-5). En efecto, «proclaman», «pregonan» las maravillas de la obra divina (cf. v. 2). También el día y la noche son representados como mensajeros que transmiten la gran noticia de la creación. Se trata de un testimonio silencioso, pero que se escucha con fuerza, como una voz que recorre todo el cosmos.

Con la mirada interior del alma, con la intuición religiosa que no se pierde en la superficialidad, el hombre y la mujer pueden descubrir que el mundo no es mudo, sino que habla del Creador. Como dice el antiguo sabio, «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13,5). También san Pablo recuerda a los Romanos que «desde la creación del mundo, lo invisible de Dios se deja ver a la inteligencia a través de sus obras» (Rm 1,20).

4. Luego el himno cede el paso al sol. El globo luminoso es descrito por el poeta inspirado como un héroe guerrero que sale del tálamo donde ha pasado la noche, es decir, sale del seno de las tinieblas y comienza su carrera incansable por el cielo (vv. 6-7). Se asemeja a un atleta que avanza incansable mientras todo nuestro planeta se encuentra envuelto por su calor irresistible.

Así pues, el sol, comparado a un esposo, a un héroe, a un campeón que, por orden de Dios, cada día debe realizar un trabajo, una conquista y una carrera en los espacios siderales. Y ahora el salmista señala al sol resplandeciente en el cielo, mientras toda la tierra se halla envuelta por su calor, el aire está inmóvil, ningún rincón del horizonte puede escapar de su luz.

5. La liturgia pascual cristiana recoge la imagen solar del salmo para describir el éxodo triunfante de Cristo de las tinieblas del sepulcro y su ingreso en la plenitud de la vida nueva de la resurrección. La liturgia bizantina canta en los Maitines del Sábado santo: «Como el sol brilla, después de la noche, radiante en su luminosidad renovada, así también tú, oh Verbo, resplandecerás con un nuevo fulgor cuando, después de la muerte, dejarás tu tálamo». Una oda (la primera) de los Maitines de Pascua vincula la revelación cósmica al acontecimiento pascual de Cristo: «Alégrese el cielo y goce la tierra, porque el universo entero, tanto el visible como el invisible, participa en esta fiesta: ha resucitado Cristo, nuestro gozo perenne». Y en otra oda (la tercera) añade: «Hoy el universo entero -cielo, tierra y abismo- rebosa de luz y la creación entera canta ya la resurrección de Cristo, nuestra fuerza y nuestra alegría». Por último, otra (la cuarta) concluye: «Cristo, nuestra Pascua, se ha alzado desde la tumba como un sol de justicia, irradiando sobre todos nosotros el esplendor de su caridad».

La liturgia romana no es tan explícita como la oriental al comparar a Cristo con el sol. Sin embargo, describe las repercusiones cósmicas de su resurrección, cuando comienza su canto de Laudes en la mañana de Pascua con el famoso himno: «Aurora lucis rutilat, caelum resultat laudibus, mundus exsultans iubilat, gemens infernus ululat»: «La aurora resplandece de luz, el cielo exulta con cantos de alabanza, el mundo se llena de gozo, y el infierno gime con alaridos».

6. En cualquier caso, la interpretación cristiana del salmo no altera su mensaje básico, que es una invitación a descubrir la palabra divina presente en la creación. Ciertamente, como veremos en la segunda parte del salmo, hay otra Palabra, más elevada, más preciosa que la luz misma: la de la Revelación bíblica.

Con todo, para los que tienen oídos atentos y ojos abiertos, la creación constituye en cierto sentido una primera revelación, que tiene un lenguaje elocuente: es casi otro libro sagrado, cuyas letras son la multitud de las criaturas presentes en el universo. San Juan Crisóstomo afirma: «El silencio de los cielos es una voz más resonante que la de una trompeta: esta voz pregona a nuestros ojos, y no a nuestros oídos, la grandeza de Aquel que los ha creado» (PG 49,105). Y san Atanasio: «El firmamento, con su grandeza, su belleza y su orden, es un admirable predicador de su Artífice, cuya elocuencia llena el universo» (PG 27,124).

[Audiencia general del Miércoles 30 de enero de 2002]

MONICIÓN SÁLMICA

La mañana, con su luz, y el día que renace, con su claridad, nos evocan los comienzos de la creación, cuando, a través de las criaturas, a toda la tierra empezó a alcanzar el pregón del Creador.

Y el sol, que sale como el esposo de su alcoba al empezar este nuevo día, nos recuerda también al Sol de justicia, Cristo el Señor, que, en la primera hora de la mañana, salió de las tinieblas del sepulcro para recorrer su camino de salvación universal.

Demos gracias a Dios y proclamemos su gloria por el don de la creación y por el sol que ilumina nuestro día; pero más aún porque Cristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre, resplandece sobre nosotros y asoma por un extremo del cielo y llega al otro extremo sin que nada se libre de su calor.-- [Pedro Farnés]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Un antiguo himno pagano, que celebraba la armonía astral y cantaba sobre todo al Dios Sol, fue adoptado en Israel. Pero con la adopción vino la adaptación: ya no es un himno a Samas -el Sol-, sino que el autor yahwista ha sorprendido a la naturaleza en movimiento de adoración al único Dios. La naturaleza refleja la gloria que ha recibido de Dios. El hombre aprehende esa gloria y se la tributa a Dios. Con esta vieja composición continuamos alabando al Dios Creador, que es también el Dios Redentor. Acaso esta doble y complementaria faceta de lo divino motivó que el salmo se nos transmitiera junto con otro himno, Salmo 18,8-15, que es una alabanza de la ley, la revelación directa de Dios.

Este himno puede ser salmodiado, o mejor cantado, al unísono. De este modo, el conjunto de la asamblea alaba con una misma voz a Dios, como el conjunto cósmico loa unísonamente al Creador.

«Loado seas por toda criatura, mi Señor»

La creación no es neutra, lleva en sí la huella de Dios. Durante la noche, y también durante el día, susurra, pregona, proclama la presencia del Creador, Señor del cielo y de la tierra. Porque Dios hace lucir el sol para buenos y malos, para justos e injustos, porque dispensa desde el cielo las lluvias y las estaciones llenando de alimento y de alegría el corazón del hombre, pide ser escuchado en el mudo lenguaje de lo creado. Pero el hombre, entontecido por la sabiduría de este mundo, adoró lo creado y aun las obras de sus manos. Con lo cual despojó a la creación de su sentido: la hizo vacua, vacía. No obstante, la creación debe cobrar su sentido propio. Bendigamos a Dios que propicia a todos los hombres un camino de acceso a Él.

Un Dios cercano para quien le busca

A lo largo de miles de años, el universo fue el único lenguaje del Dios invisible. A través de lo creado, el hombre pudo contemplar el poder eterno y la divinidad del Creador. Incluso la Biblia recurre al lenguaje de la criatura para alabar o descubrir a Dios. Los auténticos buscadores de la sabiduría -en Grecia- encontrarán al «Dios Desconocido», Padre de nuestro Señor Jesucristo y Señor de la vida. La sabiduría que hincha, la falsa sabiduría, por el contrario, no conduce a Dios. Es una sabiduría que se opone a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Jesús, como la Sabiduría, invita a un banquete, a que se le busque antes de que sea demasiado tarde, antes de que esta sublime sabiduría, «más sabia que la sabiduría de los hombres», sea tenida por necedad. Alabamos a Dios por haberla encontrado en Cristo y pedimos que nuestros hermanos no cesen de buscarle.

«¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído?»

El pregón, mensaje o susurro de la creación es tan tenue que fue necesario potenciar su sonido. Tenía que resonar la Palabra vigorosa hecha carne para que el hombre no cambiara la gloria de Dios por una representación en forma de hombre corruptible. El primer anuncio tuvo lugar en Galilea, se extendió posteriormente a Jerusalén, a toda Judea, a Samaria y llegó hasta los confines de la tierra. En toda la tierra han surgido testigos del Dios de Abraham. Bien puede escribir San Pablo: «Por toda la tierra se ha difundido su voz y hasta los confines de la tierra sus palabras». Como quiera que las generaciones se suceden, es necesario que se levanten nuevos testigos: «La fe viene por la predicación y la predicación por la Palabra de Cristo». «¿Cómo creerán si no oyen? ¿Cómo oirán sin que nadie les predique? ¿Cómo se les predicará si no son enviados?» (Rm 10,14-18). A los creyentes se nos encomienda la misión de testigos. Nuestra voz se une al lenguaje de la creación para que el hombre crea y sea salvado.

Resonancias en la vida religiosa

El rastro de Dios: «Las criaturas son como un rastro del paso de Dios por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría y otras virtudes divinas» (S. Juan de la Cruz). La creación entera es lenguaje de Dios, expresión de su verbo, pregón, mensaje, susurro.

Nosotros, comunidad consagrada, comunidad sacramental, hemos de descifrar ese mensaje divino, ínsito en la creación. Este salmo nos convoca para adoptar una actitud contemplativa, que convierta nuestro trato con las criaturas en itinerario hacia Dios. ¡Dios ha pasado por ellas! El cielo y la tierra, el día y la noche, el sol y su órbita, son testigos del paso de Dios-Hombre por nuestro suelo y nuestra historia, camino del Padre. A través de ellas llegaremos también nosotros a Dios cumpliendo nuestra Pascua y nuestro Éxodo.

Es preciso revitalizar el sentido contemplativo que hace diáfana la presencia de Dios y de su Verbo Encarnado en toda la creación; y más preciso en esta época, en la que una visión materialista ahoga el sentido poético y religioso del hombre.-- [Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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