DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

EL ROSARIO
Tercer misterio glorioso

 

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LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE EL COLEGIO APOSTÓLICO

Después de la Ascensión del Señor, cuantos le habían acompañado de Jerusalén al Monte de los Olivos regresaron a la Ciudad, y perseveraban constantes en la oración, en compañía de María, la madre de Jesús, aguardando el cumplimiento de la promesa del Resucitado: «Vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos...»

Al llegar el día de la fiesta judía de Pentecostés, cincuenta días después de pascua, y de la Resurrección del Señor, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

Había en Jerusalén hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles contar cada uno en su propia lengua las maravillas de Dios. Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, sino que Dios ha derramado sobre ellos su Espíritu. Escuchad, israelitas: A Jesús, hombre acreditado por Dios, vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz por mano de los impíos, pero Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos de ello. Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, y ha derramado lo que vosotros veis y oís. Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado». Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo».

El día de Pentecostés se cumplieron las promesas de Cristo: «Recibiréis el Espíritu Santo..., Él os guiará hasta la verdad completa..., os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho..., seréis mis testigos...»

La escena de Pentecostés es una de las más llamativas y espectaculares por sus efectos; entre otros, el cambio radical producido en los apóstoles. A pesar de los reiterados esfuerzos de Jesús, los discípulos eran tardos y torpes en entender y asumir sus enseñanzas; así, incluso después de la Resurrección y ya camino del Monte de los Olivos el día de la Ascensión, seguían preguntando al Señor: «¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?»; por otra parte, manifestaron en diversas ocasiones estar dispuestos a dar la vida por Jesús, pero luego, a la hora de la verdad, se dispersaron abandonándolo, se encerraron en el Cenáculo por miedo a los judíos, se mostraron pusilánimes y hasta cobardes.

Sin embargo, el Espíritu Santo los transformó por completo, les dio la inteligencia del mensaje de Jesús, los volvió audaces y grandilocuentes para predicar ante la muchedumbre, los liberó de sus miedos... ¿Quién diría que eran los mismos hombres de unas horas antes? Y aquel acontecimiento fue sólo el comienzo, porque a partir de entonces, asumiendo plenamente la misión que Jesús les había conferido, no cesaron en su tarea evangelizadora y extendieron por el mundo la Iglesia del Señor aun a costa de su propia vida.

Al contemplar y meditar el misterio de Pentecostés se ve con mayor claridad cuán necesaria es la oración perseverante para prepararse a recibir al Espíritu, y dejarle a su disposición todo el espacio y energías de la propia vida, y qué maravillas puede hacer ese Espíritu en quien lo acoge y le deja actuar como le plazca.

María, la «llena de gracia» desde su concepción, tuvo siempre una muy especial relación con el Espíritu Santo. El día de Pentecostés estuvo presente con los apóstoles en el amanecer de los nuevos tiempos que el Espíritu inauguraba con la manifestación pública de la naciente Iglesia, a la que ella acompañaría como madre en sus primeros pasos.

Un Padrenuestro, diez Avemarías y Gloria.

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