DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE LA CARTA
A LOS COLOSENSES (1,12-20)

Himno a Cristo, primogénito de toda criatura
y primer resucitado de entre los muertos

.

 

12Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

13Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
14por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

15Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
16porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

17Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
18Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

19Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
20Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

 

COMENTARIO AL CÁNTICO
DE LA CARTA A LOS COLOSENSES

[Pablo no había estado en Colosas, ciudad de Frigia (Asia Menor, hoy Turquía). Fue su discípulo Epafras quien fundó allí una comunidad cristiana a la que trasmitió el Evangelio y también el aprecio a Pablo. No mucho después, fue Epafras a visitar al Apóstol a Roma durante su prisión para darle cuenta de los peligros que amenazaban a aquella iglesia, provenientes de las infiltraciones de ciertas sectas pregnósticas, que trataban de desvirtuar la persona de Cristo, rebajándola de dignidad, que otorgaban a ángeles o espíritus, y de imponer las prácticas judaicas. Pablo reacciona y trata de aclarar en esta carta el sentido y alcance del misterio de Cristo.

En el Cántico de la Liturgia de Vísperas, tomado del cap. 1 de la carta, se distinguen netamente dos partes: la primera, los vv. 12-14, son un canto de acción de gracias a Dios Padre por la obra redentora llevada a cabo por su Hijo querido; la segunda, los vv. 15-20, son propiamente el himno a Cristo. En este pasaje Pablo traza de mano maestra la excelsa dignidad de Cristo en sus relaciones con Dios, en su participación en la obra creadora y conservadora y en sus relaciones con la Iglesia, de la que es cabeza y fuente de su vida, en quien los gentiles son llamados a la santidad.]

Acción de gracias y oración por los colosenses (1,3-14). Al saludo inicial de la carta (vv. 1-2), sigue la acción de gracias a Dios por los favores concedidos a los colosenses (vv. 3-8). En los vv. 9-14 cambia un poco el tono de la acción de gracias, convirtiéndose en oración de súplica. Quizás podamos ya entrever aquí los serios temores del Apóstol ante el peligro de una desviación doctrinal en los colosenses. Cierto que los colosenses, como en general los cristianos, se encontrarán en su vida con tentaciones y pruebas duras, pero nada de eso debe ser capaz de hacerles perder su «paciencia» y quitarles su «alegría» (v. 11), dando continuamente gracias a Dios Padre por haberles llamado a participar de la «herencia del pueblo santo» (v. 12).

Esta «herencia» es la salvación mesiánica, cuya consumación definitiva tiene lugar en la gloria, que es reino de la luz. Pablo, al llegar aquí, cambia el pronombre de segunda persona que venía usando por el de primera, colocándose también él («nos ha sacado..., hemos recibido la redención») entre aquellos a quienes Dios ha sacado del poder de las tinieblas y trasladado al reino de la luz, que es el reino del «Hijo querido», que nos ha redimido de nuestra condición de esclavos (vv. 13-14).

Dignidad supereminente de Cristo (1,15-20). Comienza aquí la parte doctrinal de la carta. San Pablo, a vista del peligro en la fe que amenazaba a los colosenses, de que le informó Epafras, trata de instruirles al respecto. Y primeramente, en la presente perícopa, les habla de la persona misma de Cristo. Es uno de los pasajes cristológicos más completos de todo el epistolario paulino, síntesis admirable de las prerrogativas de Cristo: con relación a Dios, a la creación, a la Iglesia. Es de notar la claridad con que aparece en este pasaje la unidad de persona en Cristo, al que San Pablo atribuye actividad trascendente en la creación y manifestaciones históricas en la redención. Ese ser concreto es la persona única del Hijo de Dios, hecho hombre.

Por lo que respecta a la relación hacia Dios, San Pablo designa a Cristo como «imagen de Dios invisible» (v. 15). Ya en una carta anterior le había aplicado esa misma expresión (cf. 2 Cor 4,4). También del hombre dice que es «imagen» de Dios, sea en el orden natural (cf. 1 Cor 11,7), sea en el sobrenatural (cf. 3,10); pero, evidentemente, Cristo lo es de manera mucho más perfecta. Solamente Cristo, en virtud de la generación eterna del Padre, es la imagen sustancial y perfecta, que reproduce y refleja adecuadamente las infinitas perfecciones de Dios invisible, haciéndolas visibles a través de su humanidad.

Por lo que respecta a la relación de Cristo con el mundo creado, San Pablo hace varias afirmaciones capitales: «primogénito de toda criatura..., en Él fueron creadas todas las cosas de cielo y tierra, visibles e invisibles..., todo fue creado por Él y para Él..., Él es anterior a todo, y todo subsiste en Él» (vv. 15-17). Aunque no todas las expresiones del Apóstol son fáciles de interpretar, y del significado concreto de algunas cabe discusión, la idea general es clara: Cristo está por encima de toda la creación, en cuyo origen ha influido y a la que sigue dando consistencia.

Cuando el Apóstol habla de «primogénito toda criatura» (v. 15), creen algunos que se está aludiendo a la preexistencia de Cristo, dando al término «primogénito» su valor etimológico de anteriormente engendrado; otros, por el contrario, tomando el término «primogénito» en sentido más bien histórico y jurídico, creen que se alude a su preeminencia respecto de todas las criaturas, cual la tiene el primogénito respecto de sus hermanos. Lo más probable es que haya que juntar ambos aspectos. Sabemos, en efecto, que entre los judíos el «primogénito» tenía la primacía de dignidad como consecuencia de su primacía o prioridad en el tiempo. Lo mismo diría San Pablo de Cristo: prioridad temporal respecto de todas las criaturas y, consiguientemente, primacía o mayorazgo respecto de todas ellas. Lo que ciertamente debe excluirse es que Cristo, por el hecho de ser considerado como «primogénito de toda criatura», deba ser incluido entre las criaturas. Absolutamente hablando, la expresión podría ser entendida de ese modo, al igual que cuando se le llama «primogénito de entre los muertos» (v. 18); pero esa interpretación queda excluida hasta la evidencia por las afirmaciones que siguen, cuando se dice de Cristo que «todo fue creado en Él, por Él y para Él», y que es «anterior a todo, y todo subsiste en Él» (vv. 16-17). La especificación «cosas celestes y terrestres, visibles e invisibles, tronos...», (v. 16), tratando de recalcar que nada queda fuera del influjo de Cristo da todavía más fuerza al argumento. Todas esas expresiones demuestran claramente que Cristo está en un rango único, fuera de la serie de criaturas.

Sigue ahora, en los vv. 18-20, la descripción de la persona de Cristo en su condición de Redentor. Ambas ideas, creación y redención, están íntimamente ligadas para San Pablo: si Cristo fue quien en un principio creó todas las cosas, es también Él quien luego las va a pacificar y armonizar, una vez disgregadas por el pecado. La afirmación de que es «cabeza del cuerpo, que es la Iglesia» (v. 18), riquísima de contenido, ya queda explicada en otros lugares. De parecido significado, aunque bajo otra imagen, es la afirmación de que es «el principio, el primogénito de entre los muertos». Parece que estos dos incisos: «principio» y «primogénito de entre los muertos», no constituyen dos afirmaciones independientes, sino que aluden a una misma cosa, diciendo de Cristo que es el primero, el que inició la marcha gloriosa hacia la resurrección; no sólo en orden de tiempo, sino también por su influjo en los demás resucitados. Y todas esas prerrogativas, para que sea el primero en todo, «para que tenga la primacía en todas las cosas» (v. 18), es decir, tanto en el orden de la creación material como en el de la renovación espiritual.

Razón última de esta preeminencia de Cristo ha sido la voluntad del Padre, que quiso que «en Él residiera toda la plenitud y por Él reconciliar... todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (vv. 19-20). ¿A qué alude San Pablo con la palabra «plenitud», pléroma? Bastantes autores, siguiendo a Santo Tomás, interpretan el término «plenitud» como alusivo a la suma de gracias y perfecciones que competen a Cristo, en cuanto cabeza de la Iglesia, «de cuya suma o plenitud, como dice San Juan, participamos todos» (Jn 1,16). Otros, pensando en que, poco después, el mismo San Pablo habla de «plenitud de la divinidad» (cf. 2,9), opinan que el mismo sentido debe darse aquí al término «plenitud», sin que esto excluya, claro está, la consiguiente plenitud de gracias y perfecciones de que habla Santo Tomás.

Creemos que también aquí, conforme a las explicaciones ya dadas al comentar Ef 1,23 y 3,19, el término «plenitud» tiene un sentido técnico especial. San Pablo aludiría al cosmos o mundo universo, que considera lleno de Dios y que, muy en consonancia con el uso de la época, no tiene inconveniente en designar con el término pléroma. A la cabeza de este cosmos o pléroma de Dios, y no sólo a la cabeza de la raza humana, ha sido colocado Cristo, «recapitulando en sí todas las cosas del cielo y de la tierra» (cf. Ef 1,10). Precisamente porque en Él «reside», es decir, le está como incorporado todo el cosmos o pléroma de Dios, es por lo que puede realizar ese influjo pacificador universal a que se alude en el v. 20. Dicha «pacificación» no arguye la salud individual de todos, sino la salud colectiva del mundo, con su retorno al orden y a la paz, y sólo será perfecta al fin de los tiempos, cuando, vencidos todos los enemigos, el Hijo entregue el reino a Dios Padre para que «sea Dios todo en todas las cosas» (cf. 1 Cor 15,24-28).

San Pablo tiene interés en hacer resaltar que nada en el cosmos queda excluido de ese influjo pacificador de Cristo; de ahí que no se contente con decir «todos los seres», sino que especifique: «los del cielo y los de la tierra» (v. 20), la misma expresión que había empleado al hablar de la creación (v. 16). Ni parece necesario tratar de concretar en qué pueda consistir esa pacificación «en los cielos». Probablemente San Pablo lo que pretende es extender la perspectiva, dado que todo el cosmos, incluso el mundo angélico, debe entrar a formar parte en este concierto armónico y universal que trajo consigo la muerte de Cristo. Algo parecido a lo que dice del mundo inanimado (cf. Rm 8,19--22).

Hablando de la persona de Cristo, había dicho San Pablo que «por la sangre de su cruz» había reconciliado y pacificado todas las cosas (v. 20); a continuación, en los vv. 21-23, hace una aplicación particular al caso de los colosenses.

[Extraído de Lorenzo Turrado, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Hemos escuchado el admirable himno cristológico de la Carta a los Colosenses. La liturgia de Vísperas lo propone en cada una de sus cuatro semanas y lo ofrece a los fieles como cántico, reproduciéndolo en la forma que tenía probablemente el texto desde sus orígenes. En efecto, muchos estudiosos están convencidos de que ese himno podría ser la cita de un canto de las Iglesias de Asia Menor, insertado por san Pablo en la carta dirigida a la comunidad cristiana de Colosas, una ciudad entonces floreciente y populosa.

Con todo, el Apóstol no estuvo nunca en esa localidad de Frigia, región de la actual Turquía. La Iglesia local había sido fundada por Epafras, un discípulo suyo, originario de esas tierras. Al final de la carta a los Colosenses, se le nombra, juntamente con el evangelista Lucas, «el médico amado», como lo llama san Pablo (Col 4,14), y con otro personaje, Marcos, «primo de Bernabé» (Col 4,10), tal vez el homónimo compañero de Bernabé y Pablo (cf. Hch 12,25; 13,5.13), que luego escribiría uno de los Evangelios.

2. Dado que más adelante tendremos ocasión de volver a reflexionar sobre este cántico, ahora nos limitaremos a ofrecer una mirada de conjunto y a evocar un comentario espiritual, elaborado por un famoso Padre de la Iglesia, san Juan Crisóstomo (siglo IV), célebre orador y obispo de Constantinopla. En ese himno destaca la grandiosa figura de Cristo, Señor del cosmos. Como la Sabiduría divina creadora exaltada en el Antiguo Testamento (cf., por ejemplo, Pr 8,22-31), «él es anterior a todo y todo se mantiene en él». Más aún, «todo fue creado por él y para él» (Col 1,16-17).

Así pues, en el universo se va cumpliendo un designio trascendente que Dios realiza a través de la obra de su Hijo. Lo proclama también el prólogo del evangelio de san Juan, cuando afirma que «todo se hizo por el Verbo y sin él no se hizo nada de cuanto existe» (Jn 1,3). También la materia, con su energía, la vida y la luz llevan la huella del Verbo de Dios, «su Hijo querido» (Col 1,13). La revelación del Nuevo Testamento arroja nueva luz sobre las palabras del sabio del Antiguo Testamento, el cual declaraba que «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su autor» (Sb 13,5).

3. El cántico de la Carta a los Colosenses presenta otra función de Cristo: él es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia (cf. Col 1,18) y se realiza «por la sangre de su cruz» (v. 20), fuente de paz y armonía para la humanidad entera.

Por consiguiente, no sólo el horizonte externo a nosotros está marcado por la presencia eficaz de Cristo, sino también la realidad más específica de la criatura humana, es decir, la historia. La historia no está a merced de fuerzas ciegas e irracionales; a pesar del pecado y del mal, está sostenida y orientada, por obra de Cristo, hacia la plenitud. De este modo, por medio de la cruz de Cristo, toda la realidad es «reconciliada» con el Padre (cf. v. 20).

El himno dibuja, así, un estupendo cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No somos una mota de polvo insignificante, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un proyecto sabio que brota del amor del Padre.

4. Como hemos anticipado, damos ahora la palabra a san Juan Crisóstomo, para que sea él quien cierre con broche de oro esta reflexión. En su Comentario a la Carta a los Colosenses glosa ampliamente este cántico. Al inicio, subraya la gratuidad del don de Dios «que nos ha hecho capaces de compartir la suerte del pueblo santo en la luz» (v. 12). «¿Por qué la llama "suerte"?», se pregunta el Crisóstomo, y responde: «Para mostrar que nadie puede conseguir el Reino con sus propias obras. También aquí, como la mayoría de las veces, la "suerte" tiene el sentido de "fortuna". Nadie realiza obras que merezcan el Reino, sino que todo es don del Señor. Por eso, dice: "Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer"» (PG 62, 312).

Esta benévola y poderosa gratuidad vuelve a aparecer más adelante, cuando leemos que por medio de Cristo fueron creadas todas las cosas (cf. Col 1,16). «De él depende la sustancia de todas las cosas -explica el Obispo-. No sólo hizo que pasaran del no ser al ser, sino que es también él quien las sostiene, de forma que, si quedaran fuera de su providencia, perecerían y se disolverían... Dependen de él. En efecto, incluso la inclinación hacia él basta para sostenerlas y afianzarlas» (PG 62, 319).

Con mayor razón es signo de amor gratuito lo que Cristo realiza en favor de la Iglesia, de la que es Cabeza. En este punto (cf. v. 18), explica el Crisóstomo, «después de hablar de la dignidad de Cristo, el Apóstol habla también de su amor a los hombres: "Él es también la cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia"; así quiere mostrar su íntima comunión con nosotros. Efectivamente, Cristo, que está tan elevado y es superior a todos, se unió a los que están abajo» (PG 62, 320).

[Audiencia general Miércoles 5 de mayo de 2004]

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II Catequesis: Cristo, primogénito de toda criatura
y primer resucitado de entre los muertos

1. Acaba de resonar el gran himno cristológico recogido al inicio de la carta a los Colosenses. En él destaca precisamente la figura gloriosa de Cristo, corazón de la liturgia y centro de toda la vida eclesial. Sin embargo, el horizonte del himno en seguida se ensancha a la creación y la redención, implicando a todos los seres creados y la historia entera.

En este canto se puede descubrir el sentido de fe y de oración de la antigua comunidad cristiana, y el Apóstol recoge su voz y su testimonio, aunque imprime al himno su sello propio.

2. Después de una introducción en la que se da gracias al Padre por la redención (cf. vv. 12-14), este cántico, que la Liturgia de las Vísperas nos propone todas las semanas, se articula en dos estrofas. La primera celebra a Cristo como «primogénito de toda criatura», es decir, engendrado antes de todo ser, afirmando así su eternidad, que trasciende el espacio y el tiempo (cf. vv. 15-18). Él es la «imagen», el «icono» visible de Dios, que permanece invisible en su misterio. Esta fue la experiencia de Moisés, cuando, en su ardiente deseo de contemplar la realidad personal de Dios, escuchó como respuesta: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,20; cf. también Jn 14,8-9).

En cambio, el rostro del Padre, creador del universo, se hace accesible en Cristo, artífice de la realidad creada: «Por medio de él fueron creadas todas las cosas (...); todo se mantiene en él» (Col, 1,16-17). Así pues, Cristo, por una parte, es superior a las realidades creadas, pero, por otra, está implicado en su creación. Por eso, podemos verlo como «imagen de Dios invisible», que se hizo cercano a nosotros con el acto de la creación.

3. En la segunda estrofa (cf. vv. 18-20), la alabanza en honor de Cristo se presenta desde otra perspectiva: la de la salvación, de la redención, de la regeneración de la humanidad creada por él, pero que, por el pecado, había caído en la muerte.

Ahora bien, la «plenitud» de gracia y de Espíritu Santo que el Padre ha puesto en su Hijo hace que, al morir y resucitar, pueda comunicarnos una nueva vida (cf. vv. 19-20).

4. Por tanto, es celebrado como «el primogénito de entre los muertos» (v. 18). Con su «plenitud» divina, pero también con su sangre derramada en la cruz, Cristo «reconcilia» y «pacifica» todas las realidades, celestes y terrestres. Así las devuelve a su situación originaria, restableciendo la armonía inicial, querida por Dios según su proyecto de amor y de vida. Por consiguiente, la creación y la redención están vinculadas entre sí como etapas de una misma historia de salvación.

5. Siguiendo nuestra costumbre, dejemos ahora espacio para la meditación de los grandes maestros de la fe, los Padres de la Iglesia. Uno de ellos nos guiará en la reflexión sobre la obra redentora realizada por Cristo con la sangre de su sacrificio.

Reflexionando sobre nuestro himno, san Juan Damasceno, en el Comentario a las cartas de san Pablo que se le atribuye, escribe: «San Pablo dice que "por su sangre hemos recibido la redención" (Ef 1,7). En efecto, se dio como rescate la sangre del Señor, que lleva a los prisioneros de la muerte a la vida. Los que estaban sometidos al reino de la muerte no podían ser liberados de otro modo, sino mediante aquel que se hizo partícipe con nosotros de la muerte. (...) Por la acción realizada con su venida hemos conocido la naturaleza de Dios anterior a su venida. En efecto, es obra de Dios el haber vencido a la muerte, el haber restituido la vida y el haber llevado nuevamente el mundo a Dios. Por eso dice: "él es imagen de Dios invisible" (Col 1,15), para manifestar que es Dios, aunque no sea el Padre, sino la imagen del Padre, y se identifica con él, aunque no sea él» (I libri della Bibbia interpretati dalla grande tradizione, Bolonia 2000, pp. 18 y 23).

San Juan Damasceno concluye, después, con una mirada de conjunto a la obra salvífica de Cristo: «La muerte de Cristo salvó y renovó al hombre; y devolvió a los ángeles la alegría originaria, a causa de los salvados, y unió las realidades inferiores con las superiores. (...) En efecto, hizo la paz y suprimió la enemistad. Por eso, los ángeles decían: "Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra"» (ib., p. 37).

[Audiencia general del Miércoles 24 de noviembre de 2004]

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III Catequesis: Cristo, primogénito de toda criatura
y primer resucitado de entre los muertos

1. En catequesis anteriores hemos contemplado el grandioso cuadro de Cristo, Señor del universo y de la historia, que domina el himno recogido al inicio de la carta de san Pablo a los Colosenses. En efecto, este cántico marca las cuatro semanas en que se articula la Liturgia de las Vísperas.

El núcleo del himno está constituido por los versículos 15-20, donde entra en escena de modo directo y solemne Cristo, definido «imagen de Dios invisible» (v. 15). San Pablo emplea con frecuencia el término griego eikon, «icono». En sus cartas lo usa nueve veces, aplicándolo tanto a Cristo, icono perfecto de Dios (cf. 2 Co 4,4), como al hombre, imagen y gloria de Dios (cf. 1 Co 11,7). Sin embargo, el hombre, con el pecado, «cambió la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible» (Rm 1,23), prefiriendo adorar a los ídolos y haciéndose semejante a ellos.

Por eso, debemos modelar continuamente nuestro ser y nuestra vida según la imagen del Hijo de Dios (cf. 2 Co 3,18), pues Dios «nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido» (Col 1,13). Este es el primer imperativo de nuestro himno: modelar nuestra vida según la imagen del Hijo de Dios, entrando en sus sentimientos y en su voluntad, en su pensamiento.

2. Luego, se proclama a Cristo «primogénito (engendrado antes) de toda criatura» (v. 15). Cristo precede a toda la creación (cf. v. 17), al haber sido engendrado desde la eternidad: por eso «por él y para él fueron creadas todas las cosas» (v. 16). También en la antigua tradición judía se afirmaba que «todo el mundo ha sido creado con vistas al Mesías» (Sanhedrin 98 b).

Para el apóstol san Pablo, Cristo es el principio de cohesión («todo se mantiene en él»), el mediador («por él») y el destino final hacia el que converge toda la creación. Él es el «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), es decir, el Hijo por excelencia en la gran familia de los hijos de Dios, en la que nos inserta el bautismo.

3. En este punto, la mirada pasa del mundo de la creación al de la historia: Cristo es «la cabeza del cuerpo: de la Iglesia» (Col 1,18) y lo es ya por su Encarnación. En efecto, entró en la comunidad humana para regirla y componerla en un «cuerpo», es decir, en una unidad armoniosa y fecunda. La consistencia y el crecimiento de la humanidad tienen en Cristo su raíz, su perno vital y su «principio».

Precisamente con este primado Cristo puede llegar a ser el principio de la resurrección de todos, el «primogénito de entre los muertos», porque «todos revivirán en Cristo. (...) Cristo como primicia; luego, en su venida, los de Cristo» (1 Co 15,22-23).

4. El himno se encamina a su conclusión celebrando la «plenitud», en griego pleroma, que Cristo tiene en sí como don de amor del Padre. Es la plenitud de la divinidad, que se irradia tanto sobre el universo como sobre la humanidad, trasformándose en fuente de paz, de unidad y de armonía perfecta (cf. Col 1,19-20).

Esta «reconciliación» y «pacificación» se realiza por «la sangre de la cruz», que nos ha justificado y santificado. Al derramar su sangre y entregarse a sí mismo, Cristo trajo la paz que, en el lenguaje bíblico, es síntesis de los bienes mesiánicos y plenitud salvífica extendida a toda la realidad creada.

Por eso, el himno concluye con un luminoso horizonte de reconciliación, unidad, armonía y paz, sobre el que se yergue solemne la figura de su artífice, Cristo, «Hijo amado» del Padre.

5. Sobre este denso texto han reflexionado los escritores de la antigua tradición cristiana. San Cirilo de Jerusalén, en uno de sus diálogos, cita el cántico de la carta a los Colosenses para responder a un interlocutor anónimo que le había preguntado: «¿Podemos decir que el Verbo engendrado por Dios Padre ha sufrido por nosotros en su carne?». La respuesta, siguiendo la línea del cántico, es afirmativa. En efecto, afirma san Cirilo, «la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda criatura, visible e invisible, por el cual y en el cual todo existe, ha sido dado -dice san Pablo- como cabeza a la Iglesia; además, él es el primer resucitado de entre los muertos», es decir, el primero en la serie de los muertos que resucitan. Él -prosigue san Cirilo- «hizo suyo todo lo que es propio de la carne del hombre y "soportó la cruz sin miedo a la ignominia" (Hb 12,2). Nosotros decimos que no fue un simple hombre, colmado de honores, no sé cómo, el que uniéndose a él se sacrificó por nosotros, sino que fue crucificado el mismo Señor de la gloria» (Perché Cristo è uno, Colección de textos patrísticos, XXXVII, Roma 1983, p. 101).

Ante este Señor de la gloria, signo del amor supremo del Padre, también nosotros elevamos nuestro canto de alabanza y nos postramos para adorarlo y darle gracias.

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 7 de septiembre de 2005]

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IV Catequesis: Cristo, primogénito de toda criatura,
primogénito de entre los muertos

Queridos hermanos y hermanas:

1. En esta primera audiencia general del nuevo año vamos a meditar el célebre himno cristológico que se encuentra en la carta a los Colosenses: es casi el solemne pórtico de entrada de este rico escrito paulino, y es también un pórtico de entrada de este año. El himno propuesto a nuestra reflexión es introducido con una amplia fórmula de acción de gracias (cf. vv. 3.12-14), que nos ayuda a crear el clima espiritual para vivir bien estos primeros días del año 2006, así como nuestro camino a lo largo de todo el año nuevo (cf. vv. 15-20).

La alabanza del Apóstol, al igual que la nuestra, se eleva a «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (v. 3), fuente de la salvación, salvación que se describe primero de forma negativa como «liberación del dominio de las tinieblas» (v. 13), es decir, como «redención y perdón de los pecados» (v. 14), y luego de forma positiva como «participación en la herencia del pueblo santo en la luz» (v. 12) y como ingreso en «el reino de su Hijo querido» (v. 13).

2. En este punto comienza el grande y denso himno, que tiene como centro a Cristo, del cual se exaltan el primado y la obra tanto en la creación como en la historia de la redención (cf. vv. 15-20). Así pues, son dos los movimientos del canto. En el primero se presenta a Cristo como «primogénito de toda criatura» (v. 15). En efecto, él es la «imagen de Dios invisible», y esta expresión encierra toda la carga que tiene el «icono» en la cultura de Oriente: más que la semejanza, se subraya la intimidad profunda con el sujeto representado.

Cristo vuelve a proponer en medio de nosotros de modo visible al «Dios invisible» -en él vemos el rostro de Dios- a través de la naturaleza común que los une. Por esta altísima dignidad suya, Cristo «es anterior a todo», no sólo por ser eterno, sino también y sobre todo con su obra creadora y providente: «Por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles (...). Todo se mantiene en él» (vv. 16-17). Más aún, todas las cosas fueron creadas también «por él y para él» (v. 16).

Así san Pablo nos indica una verdad muy importante: la historia tiene una meta, una dirección. La historia va hacia la humanidad unida en Cristo, va hacia el hombre perfecto, hacia el humanismo perfecto. Con otras palabras, san Pablo nos dice: sí, hay progreso en la historia. Si queremos, hay una evolución de la historia. Progreso es todo lo que nos acerca a Cristo y así nos acerca a la humanidad unida, al verdadero humanismo. Estas indicaciones implican también un imperativo para nosotros: trabajar por el progreso, que queremos todos. Podemos hacerlo trabajando por el acercamiento de los hombres a Cristo; podemos hacerlo configurándonos personalmente con Cristo, yendo así en la línea del verdadero progreso.

3. El segundo movimiento del himno (cf. Col 1,18-20) está dominado por la figura de Cristo salvador dentro de la historia de la salvación. Su obra se revela ante todo al ser «la cabeza del cuerpo, de la Iglesia» (v. 18): este es el horizonte salvífico privilegiado en el que se manifiestan en plenitud la liberación y la redención, la comunión vital que existe entre la cabeza y los miembros del cuerpo, es decir, entre Cristo y los cristianos. La mirada del Apóstol se dirige hasta la última meta hacia la que, como hemos dicho, converge la historia: Cristo es el «primogénito de entre los muertos» (v. 18), es aquel que abre las puertas a la vida eterna, arrancándonos del límite de la muerte y del mal.

En efecto, este es el pleroma, la «plenitud» de vida y de gracia que reside en Cristo mismo, que a nosotros se nos dona y comunica (cf. v. 19). Con esta presencia vital, que nos hace partícipes de la divinidad, somos transformados interiormente, reconciliados, pacificados: ésta es una armonía de todo el ser redimido, en el que Dios será «todo en todos» (1 Co 15,28). Y vivir como cristianos significa dejarse transformar interiormente hacia la forma de Cristo. Así se realiza la reconciliación, la pacificación.

4. A este grandioso misterio de la Redención le dedicamos ahora una mirada contemplativa y lo hacemos con las palabras de san Proclo de Constantinopla, que murió en el año 446. En su primera homilía sobre la Madre de Dios, María, presenta el misterio de la Redención como consecuencia de la Encarnación.

En efecto -dice san Proclo-, Dios se hizo hombre para salvarnos y así arrancarnos del poder de las tinieblas, a fin de llevarnos al reino de su Hijo querido, como recuerda este himno de la carta a los Colosenses. «El que nos ha redimido no es un simple hombre -comenta san Proclo-, pues todo el género humano era esclavo del pecado; pero tampoco era un Dios sin naturaleza humana, pues tenía un cuerpo. Si no se hubiera revestido de mí, no me habría salvado. Al encarnarse en el seno de la Virgen, se vistió de condenado. Allí se produjo el admirable intercambio: dio el espíritu y tomó la carne» (8: Testi mariani del primo millennio, I, Roma 1988, p. 561).

Por consiguiente, estamos ante la obra de Dios, que ha realizado la Redención precisamente por ser también hombre. Es el Hijo de Dios, salvador, pero a la vez es también nuestro hermano, y con esta cercanía nos comunica el don divino. Es realmente el Dios con nosotros. Amén.

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 4 de enero de 2006]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

Este cántico es un himno cristológico, que canta la primacía absoluta de Cristo, tema también de toda la carta a los Colosenses, en donde este himno está incluido.

Demos gloria a Dios Padre, que ha querido incorporarnos a su Hijo. Demos gloria a Dios Hijo, que, ya en la creación, como reflejo del Padre, fue instrumento único, a través del cual el Padre realizó su obra; y que, después de la creación, hecho hombre por nosotros, con su misterio pascual y por su Iglesia, ha devuelto a la creación todo su sentido.

Que este cántico, que de manera tan plena nos hace proclamar el papel de Cristo en la eternidad y en la historia, sea el himno de nuestra fe en el Hijo amadísimo del Padre, el «Amado» de la Iglesia, según la expresión del Cantar de los cantares.

Oración I: Señor, Padre santo, que por tu Verbo, imagen de tu gloria, has creado el universo de una manera admirable y de una manera más admirable has hecho de Cristo cabeza de la Iglesia, haz que, finalmente, por su sangre sean reconciliados contigo todos los seres del cielo y de la tierra. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Oh Cristo Jesús, imagen visible del Dios invisible y camino, verdad y vida para el hombre que tiene sed de Dios, concédenos vivir en la contemplación de tu gloria y haz que, como miembros de tu Cuerpo, contribuyamos a reconciliar todas las cosas con Dios, tu Padre. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

V. 12. La herencia es la salvación, reservada en otro tiempo a Israel, y a la que también ahora son llamados los gentiles; ver Ef 1,11-13. El pueblo santo son los cristianos, llamados desde ahora a vivir en la luz de la salvación, o los ángeles que viven con Dios en la luz escatológica.

V. 15ss. Pablo cita aquí un primitivo himno cristiano, compuesto de dos estrofas, vv. 15-17 y 18-20, que celebraba el papel de Cristo en la primera y en la nueva creación. En los vv. 16-20 desarrolla el significado de «todas las cosas», por reacción contra la preeminencia que los colosenses daban a los ángeles.

Pablo expone en forma de díptico la primacía de Cristo: 1.º, en el orden de la Creación natural, vv. 15-17; 2.º, en el orden de la Re-creación sobrenatural que es la Redención, vv. 18-20. Se trata del Cristo preexistente, pero considerado siempre en la persona histórica y única del Hijo de Dios hecho hombre. Este ser concreto, encarnado, es la «imagen de Dios» en cuanto refleja en una naturaleza humana y visible la imagen del Dios invisible, el cual -Cristo- puede ser denominado criatura, pero como Primogénito en el orden de la creación, con una primacía de excelencia y de causalidad, más que de tiempo.

V. 18. Sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo, ver 1 Cor 12,12s. Cristo es su cabeza por su prioridad en el tiempo (v. 18; él es el primer resucitado) así como por su función de Principio en el orden de la salvación, v. 20.

V. 19. Plenitud. Palabra de interpretación difícil, en la que muchos ven indicada la plenitud de la divinidad como en Col 2,9. Pero aquí se puede pensar más bien en la idea muy bíblica del universo «lleno» de la presencia creadora de Dios, idea por otra parte muy difundida en el mundo grecorromano por el panteísmo estoico. Para Pablo, la Encarnación, coronada por la Resurrección, ha puesto a la naturaleza humana de Cristo a la cabeza no sólo del género humano, sino también de todo el universo creado, asociado en la salvación, como lo había estado en el pecado (ver Rm 8,19-22; etc.).

V. 20. (a) Reconciliar por él (Cristo) y para él (Cristo), en paralelismo con el final del v. 16: «todo fue creado por él y para él». Otra interpretación refiere el segundo «él» al Padre y traduce: «reconciliar consigo».

(b) Esta reconciliación universal engloba a todos los espíritus celestes, lo mismo que a todos los hombres. Pero no significa la salvación individual de todos, sino la salvación colectiva del mundo por su vuelta al orden y a la paz en la sumisión perfecta a Dios. Los individuos que no entren por la gracia en este nuevo orden, entrarán por la fuerza (ver Col 2,15; etc.).

[Cf. Biblia de Jerusalén]

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Acción de gracias a Dios Padre (vv. 12-14)
y canto a la supremacía de Cristo (vv. 15-20)

Acción de gracias y oración por los fieles (vv. 3-14). En el cap. 1 de su carta a los Colosenses, antes de dar comienzo a la exposición doctrinal, San Pablo se entretiene en expresar sus sentimientos de acción de gracias por el admirable fruto espiritual que produce entre ellos y en todo el mundo la verdad del evangelio que les predicó Epafras, legado suyo (vv. 3-8). Los versos 9-11 nos presentan la ferviente oración del Apóstol, el cual, en los vv. 12-14, invita a los fieles a dar gracias a Dios Padre por habernos hecho partícipes de los bienes de la gracia y de la gloria en el reino de su Hijo y por el beneficio de la redención. A continuación comienza la parte dogmática de la carta, y en los vv. 15-20 Pablo entona un canto sublime a la supremacía de Cristo.

V. 12. La vida del cristiano, no obstante sus luchas y tribulaciones, debe ser una rendida acción de gracias al Padre: Damos gracias a Dios Padre (v. 12) por razón de los beneficios que enumera en seguida San Pablo. En primer lugar, Dios nos hizo capaces de compartir la herencia de los santos en la luz. A la bondad de Dios deben los fieles el poder participar, por la vida de unión con Él, de los bienes de la gracia y de la gloria en el reino mesiánico. Son bienes que superan todo esfuerzo o mérito personal del hombre. Como son dones de orden estrictamente sobrenatural, necesitamos que el mismo Dios nos haga capaces de obtenerlos. Todos los bienes de gracia y de gloria y el mismo Dios, dador de todos ellos, están representados bajo el profundo simbolismo de la luz, que es verdad, gozo, paz, amenidad, gloria. Esta posesión o heredad de los santos (de los cristianos) es la vida eterna en el reino celestial, es la posesión del mismo Dios, quien es luz y en quien no hay tinieblas, quien se comunica a los fieles aquí en la tierra antes de la plena posesión en la visión intuitiva. Por consiguiente, Pablo y sus cristianos de Colosas pueden ya dar gracias a Dios Padre por el don de la vida eterna, cuyas condiciones ya se realizaron plenamente por la muerte y resurrección de Jesucristo y cuyas arras posee el cristiano por la presencia del Espíritu Santo.

V. 13. El mundo de la luz (el de la gracia en esta vida, y el escatológico en la otra) está siempre en oposición al poder de las tinieblas, bajo el cual yacía la humanidad pagana antes de la venida de Cristo. De este poder tenebroso nos libró Dios y nos trajo al reino de su Hijo, para someternos al dulce yugo de su única autoridad, en contraposición a la múltiple tiranía de los agentes de las tinieblas, que regían la humanidad sin Cristo. Este traspaso del reino de las tinieblas al reino de Cristo se lleva a cabo en el momento en que, «bautizados en Cristo, nos revestimos de Cristo» (Gal 3,27), el cual nos «llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1 Pe 2,9).

V. 14. Este versículo Pablo define la condición de la vida cristiana por los términos de redención y perdón de los pecados. En Cristo y por Cristo poseemos el reino de la luz con todo su cúmulo de beneficios sobrenaturales. Es la redención, realidad escatológica, que ya se actúa en los cristianos por la fe en Cristo. El verbo hemos recibido indica la posesión actual y permanente de la redención; por la fe, los fieles están ya redimidos, capaces de la posesión de todos los bienes escatológicos, y deben vivir ya desde ahora de una manera digna del Señor.

Supremacía de Cristo (vv. 15-20). Nos encontramos aquí en la perícopa más importante de la carta, la que contiene la gran cristología formulada en sublimes expresiones sobre la persona de Cristo con relación a Dios Padre, a la creación y a su obra redentora. Tiene las mismas características que la descripción que hace San Juan en el prólogo de su evangelio. En Col 1,15-20 nos hallamos ante un grandioso himno de contextura litúrgica, constituido por estrofas. Lo dividimos en dos estrofas: en la primera (vv. 15-17), Cristo se destaca como «centro de la creación»; en la segunda (vv. 18-20), la idea central es Cristo como «centro de restauración y unión universal».

V. 15. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura. San Pablo considera la persona de Cristo en un doble aspecto: a) en relación con Dios Padre, al decir que es Cristo «imagen de Dios invisible», lo cual, en cierto sentido, dice también relación con nosotros, en cuanto que Él nos hace visible a Dios invisible: ver a Cristo es ver al Padre (Jn 14,9); b) en relación con el mundo creado, en cuanto que Él es «primogénito de toda criatura».

Al considerar a Jesucristo como imagen de Dios no podemos concebir sino una imagen en todo igual a la perfección de Dios Padre; la razón de ello nos la da en el v. 19 al afirmarnos que en Cristo habita permanentemente toda la plenitud de la divinidad. La imagen, Cristo, es de tal perfección, que iguala a su prototipo o modelo, es decir, al Padre, del cual no difiere sino por el hecho de la eterna generación, como claramente enseñan los Padres de la Iglesia y los teólogos.

Con relación al mundo creado, Cristo tiene el título de Primogénito de toda criatura. Esta frase ha sido interpretada de distintas maneras por los exegetas. Para algunos indica de preferencia la prioridad de tiempo: engendrado antes que toda la creación, anterior a todas las criaturas. Para otros autores, Cristo es el Primogénito en cuanto que es el heredero, el dueño absoluto de todo lo creado. Otros entienden el mayor entre los hermanos, como se indica en Rm 8,29: «el primogénito entre muchos hermanos», y en Col 1,18: principio, «primogénito de entre los muertos», para que en todas las cosas obtenga Él la primacía, es decir, el primer lugar, la soberanía. Ninguna de estas opiniones nos da todo el contenido del pensamiento paulino. A Jesucristo, como Primogénito, le incumben la anterioridad, prioridad de existencia, la trascendencia de naturaleza y, sobre todo, el imperio y la heredad absoluta de todas las criaturas. Se trata de la supremacía que Jesucristo posee sobre todas las criaturas en su cualidad de Mediador en la creación de ellas.

V. 16. Cristo, centro de toda la creación: la idea central de los vv. 16-17 es la omnímoda dependencia respecto de Cristo de toda la creación. Todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo, su centro de unidad, de cohesión, que confiere a todo ser su verdadero valor y realidad. Todas las cosas abarca la totalidad de los seres creados, celestes y terrestres; por consiguiente, están incluidos también los ángeles, no obstante el honor y prerrogativas de primacía que les tributaban los innovadores colosenses, con perjuicio de la eminente dignidad de Cristo.

Todo fue creado por Él y para a Él, es decir, todas las cosas permanecen en su existencia continua por medio de Cristo y con vistas a Cristo. Parece que el Apóstol atribuye a Cristo una causalidad instrumental, aplicable al mismo Cristo en cuanto encarnado.

Para Él. Parece fuera de duda que la expresión indica a Cristo como causa final de la creación. La mayoría de los exegetas ven actualmente en el determinativo para él al Verbo encarnado, a Jesucristo, como fin de la creación. Todas las cosas están orientadas, dirigidas a Cristo como al culmen de su perfeccionamiento. Todo el universo creado está dirigido a Él, le está sometido; Él es la corona de la creación, el centro de unidad y reconciliación universal; Él es el «primero y el último», «alfa y omega de todo». La misma doctrina se afirma en otros pasajes paulinos, en donde toda la creación se somete a Cristo y éste la ofrece entonces al Padre.

V. 17. La idea de la supremacía de Cristo sobre todo lo creado la remacha San Pablo enfáticamente en el v. 17: Él es anterior a todo. Se afirma no sólo la prioridad cronológica, sino que, en primer lugar, en el contexto, Jesucristo es proclamado el primero en el orden de dignidad: mantiene la supremacía absoluta sobre todas las cosas creadas. Y todo se mantiene en Él: San Pablo aplica a Cristo esta expresión para connotar que Cristo es el principio de cohesión y de armonía de la creación, ya que, como vimos, en Él se realizan, hacia Él tienden y por Él se conservan todas las cosas en su existencia, en sus propiedades, en su duración.

V. 18. Cristo y la Iglesia: en el v. 18 San Pablo pasa de la consideración de la supremacía de Cristo sobre todo lo creado, a mostrarnos el lugar eminente que ocupa el mismo Cristo con relación a la Iglesia en concreto. A partir de este versículo, el Apóstol mira a Cristo bajo el peculiar aspecto de Salvador; como Salvador mantiene su relación íntima con y sobre la Iglesia, de la que es Cabeza.

Cabeza implica la idea de supremacía, elevada posición. En la literatura profana (v.gr., en los términos relativos a la medicina) significaba el centro del que reciben la vida los otros miembros del cuerpo; también connotaba la idea de supremacía: cabeza de la sociedad, de la república, etc. Antes de las cartas de la cautividad, San Pablo empleó la misma expresión en 1 Cor 11,3 con el significado de supremacía. En las cartas de la cautividad aparece el mismo término cabeza en un sentido ya más amplio, bivalente: supremacía e influjo vital. Así entendemos la afirmación del v. 18. Cristo es la cabeza de la Iglesia, no solamente en el sentido de ser la cabeza la parte más importante del cuerpo, la que ejerce control sobre los demás miembros, sino por ser el centro adonde confluyen o donde se aúnan las fuerzas del organismo y por ser la sede de la vida, que se derrama maravillosamente por todos los miembros y los une en un conjunto orgánico y vital.

El significado de influjo vital de Cristo como cabeza de la Iglesia se determina aún más en la segunda parte del verso: Él es el principio, el primero, el comienzo; no solamente principio, primero en posición, en dignidad, sino fuente perenne de la nueva economía de la salvación, el fontanar de la vida de la gracia y de la gloria (Hch 3,15): «pedisteis la muerte para el autor de la vida». Cristo es principio y fuente de nuestra vida gloriosa por el hecho de haber sido el primero, el primogénito de entre los muertos, el primero que salió del sheól para comunicarnos su propia vida de gloria, el primero no sólo en tiempo, sino en dignidad. Él inició la marcha gloriosa desde el sepulcro y mereció a los demás el poder resucitar como Él; así, la resurrección de los demás está incluida en la resurrección de Jesucristo.

San Pablo recapitula todo lo dicho en los versos anteriores y concluye: y así es el primero en todo. Dios Padre determinó la encarnación del Verbo y que todo el universo creado tuviera su razón de ser por Cristo y en Cristo. Jesucristo, Hijo amado de Dios Padre, el primero en el amor del Padre, no pudo dejar de ser el primero en la intención del Padre con relación a la creación; así, la primacía de Cristo tiene su explicación en su encarnación y en su glorificación. Él mantiene la primacía en el Universo, en la Iglesia, en toda la creación material y espiritual.

V. 19. La razón última de la supremacía de Jesucristo es la encarnación y resurrección, que son obra de la complacencia del Padre y la realización del plan eterno de la divina benevolencia: Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. En Jesucristo habita de modo permanente la plenitud («pléroma»), el cúmulo de los bienes sobrenaturales. Él es la plenitud de la divinidad, es la plenitud de todas las gracias, es la plenitud de la esencia divina y de todos los dones sobrenaturales. Para que Jesucristo mantenga su supremacía sobre todas las criaturas, ninguna puede igualarle en el orden de la naturaleza y de la gracia. Dios Padre lo constituyó su plenitud porque le comunicó todos sus dones, y el mismo Cristo, a su vez, los comunica a su Iglesia.

V. 20. Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres... haciendo la paz por la sangre de su cruz. Cristo, por su muerte en la cruz, llevó a cabo la reconciliación y pacificación universal. Reconciliar consigo: el término ad quem de nuestra reconciliación podría ser Dios Padre; pero aquí parece tratarse de una reconciliación cuyo término sea el mismo Cristo, como centro de todo. El modo de la reconciliación y pacificación universal es la sangre de Cristo, su muerte en la cruz. El objeto de esta reconciliación es universal; se extiende a todas las criaturas que por el pecado no mantenían su recto orden hacia Dios. Se llama, de modo más general, pacificación.

En los vv. 21-23, la obra de la reconciliación, debida a la muerte de Cristo, se aplica ya de modo concreto a los fieles de Colosas.

[Extraído de Pastor Gutiérrez, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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Gratitud al Padre. El primado de Cristo

Acción de gracias a Dios Padre. Al principio de sus cartas, Pablo acostumbra expresar su satisfacción por el buen estado de las comunidades a las cuales escribe. Habituado a ver en todo lo bueno la obra de Dios más que el resultado de los esfuerzos humanos, sus palabras se transforman pronto en una plegaria de gratitud a Dios. De ahí que en él todo recuerdo de una comunidad desemboque siempre en una oración, y toda oración en una acción de gracias, dirigida, en este caso, «a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» (v. 3), porque a través de Jesucristo nos es dado llegar a él y llamar Dios y Padre nuestro a quien es su Dios y su Padre.

V. 12. El cristiano debe mostrarse agradecido con el Padre en todas las circunstancias de la vida. «Padre» es aquí la designación más apropiada de Dios, suficiente por sí sola para dar idea de la gratitud que sus hijos le deben. Al elevar a los fieles a la dignidad de hijos suyos, Dios les otorgó el derecho a la herencia de los hijos en el cielo. Su posesión completa es aún futura, no se alcanzará sino en la otra vida; pero ya desde aquí abajo el cristiano puede contar con su admisión a ella.

V. 13. De la exhortación, Pablo pasa insensiblemente a una instrucción, y, en lugar del pronombre «vosotros», con que hasta ahora se ha dirigido a sus destinatarios, habla en primera persona, para incluirse a sí mismo en el número de los elegidos del Padre. Pablo distingue dos mundos que se contraponen: el de los no redimidos y el ya redimido, las tinieblas y la luz, el reino del pecado, dominado por «el dios de este mundo» (2 Cor 4,4), y el reino de su «Hijo querido», personificado en la Iglesia. Lo que ningún esfuerzo humano habría podido lograr, Dios lo ha llevado a cabo; por el bautismo nos arrancó del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo querido.

V. 14. Cristo pagó con su sangre el precio de nuestro rescate, obteniéndonos así el perdón de los pecados. En Cristo, pues, tenemos ya la redención, los bienes de la herencia celestial. Razón de más para que pongamos toda nuestra confianza sólo en Cristo, que nada se puede esperar del culto a los espíritus, con que los innovadores de Colosas pretenden engañar.

El primado de Cristo. Para desmentir las herejías que amenazan a la comunidad de Colosas, Pablo destaca con énfasis la absoluta supremacía de Cristo sobre toda criatura; como base de ella indica su actividad de creador (vv. 16-17). Subraya asimismo su posición eminente y única en el orden de la gracia, en el ámbito de la nueva creación sobrenatural. Tal posición es consecuencia de su obra redentora, cuyos frutos sobrepasan a la humanidad caída y se extienden a todo el universo (vv. 18-20). Cristo tiene, pues, la supremacía absoluta en todo campo y sobre todos los seres creados, en el orden natural como en el sobrenatural; por su naturaleza y por su obra se equipara a Dios. Es sorprendente la estrecha relación que se observa entre esta doctrina del Apóstol y el prólogo de san Juan; sólo falta el término logos, «palabra». Con razón se ha podido decir que nuestro texto es un himno a la dignidad de Cristo.

V. 15. La afirmación de que Cristo es «imagen del Dios invisible» expresa su relación de semejanza y de dependencia con respecto a Dios. Cuando en el relato de la creación (Gén 1,26) se dice del hombre que es «imagen de Dios», y en 1 Cor 11,7 se lo llama «imagen y gloria de Dios», la semejanza indicada se basa en la voluntad de Dios creador. La semejanza de Cristo con Dios se basa, en cambio, en su filiación divina. En el texto griego, las primeras palabras de nuestro himno están inmediatamente relacionadas, mediante un pronombre relativo, con las últimas del v. 13: «su Hijo querido, el cual es imagen...»; esto indica que Cristo es imagen de Dios por ser su Hijo. Pero por la generación se comunica al Hijo la naturaleza del Padre (cf. Flp 2,6), y por consiguiente semejanza equivale aquí a igualdad de naturaleza. El Hijo es la imagen perfecta del Padre. Según 2 Cor 4,4, la «gloria de Cristo» es consecuencia del hecho de ser la «imagen de Dios». De Dios, pues, se diferencia sólo en cuanto persona, ya que nadie puede llamarse imagen de sí mismo.

Del epíteto de «invisible», aplicado aquí a Dios, se ha querido sacar la consecuencia de que Cristo es llamado «imagen» por cuanto en él Dios se hizo visible al mundo (cf. Jn 14,9: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»). Pero esto supone la encarnación, de la cual Pablo no ha hablado aún. Parece, pues, preferible ver en el término «invisible» la expresión de la transcendencia de la naturaleza divina, que se realiza por igual en el Padre y en el Hijo.

En las consideraciones que siguen se determina con más precisión la perfecta semejanza del Hijo. Pablo destaca la preeminencia de Cristo con relación al mundo creado, basándose en la participación activa que él tuvo en la obra de la creación. De su naturaleza misma se deriva su capacidad de hacer obras que son propias de Dios. Está en un plano de igualdad con el Padre, muy por encima de cualquier criatura; según esto, la expresión «primogénito de toda criatura» no puede tener otro sentido que el de «primogénito (antes) de toda la creación», como se lee en el texto original. «Primogénito» designa en el Antiguo Testamento más la preeminencia que la precedencia en el orden cronológico. El primogénito ocupa el primer puesto entre sus hermanos, por ser el futuro representante de la familia y porque le competen especiales privilegios. Al aplicar el término a Cristo, Pablo quiere destacar su alta dignidad, que lo coloca por encima de todo el mundo creado. La prioridad de tiempo no se excluye, desde luego, pero no es ése el aspecto sobre el que quiere insistir.

VV. 16-17. La preeminencia de Cristo frente al mundo creado se basa en su actividad creadora. «En Él» [«Por medio de Él»] fue creado todo cuanto existe. Este «todo» significa para Pablo el ámbito de lo celeste y de lo terrestre, de lo visible y lo invisible; el segundo grupo se identifica expresamente con la jerarquía de los ángeles. También estos seres, con ser tan poderosos, deben su existencia a Cristo, y no pueden, por consiguiente, equiparársele en dignidad. Todo fue creado «por él y para él»; es, pues, la causa efectiva y el fin último de todas las cosas. Casi en los mismos términos se refiere Rm 11,36 a Dios Padre: «De él, por él y para él son todas las cosas».

Al comparar las dos proposiciones (la de Col y la de Rm) se observa que el segundo y el tercer miembro (por él y para él) se afirman por igual del Padre y del Hijo; mas en cuanto al primero (de él, en él o por medio de él) se establece diferencia, ya que el mundo creado viene «del Padre» como de su fuente y origen, pero está «en el Hijo» como en su centro. Del cristiano suele decir Pablo que está «en Cristo» para significar que está incorporado a él y participa de su vida divina. Pero también la creación entera está «en él», por cuanto todas las cosas creadas, según su respectiva naturaleza, tienen en él la vida y, como dice expresamente en el v. 17, se mantienen en él. En su calidad de creador, Cristo es también conservador del mundo, y cuanto más aventaja a la creación por su naturaleza, tanto más cerca está de ella por su acción. A manera de conclusión, Pablo agrega una vez más: «él es anterior a todo». No insiste precisamente en la precedencia cronológica de Cristo (afirmarla sería superfluo), sino en su dignidad. Frente a la creación, Cristo ocupa la posición de creador.

V. 18. Pablo dirige ahora la mirada a la nueva creación, que ha permitido a la humanidad caída verse elevada al reino de lo sobrenatural, y al resto de la creación agruparse de nuevo y vivir en la armonía que corresponde a la voluntad de Dios. Este nuevo orden de cosas, como la creación inicial, es obra de Cristo. Aunque no lo diga expresamente, Pablo supone aquí la encarnación, más aún, habla del Dios hombre.

«Él», a quien corresponden todas las prerrogativas mencionadas anteriormente, ha hecho de los redimidos, congregados en el seno de la Iglesia, parte de su propio cuerpo, formando con ellos una unidad orgánica, en la cual él es la cabeza y ellos los miembros. Sometidos a la cabeza, pero sustancialmente unidos a ella, los fieles participan de su vida, con lo cual entran a formar parte de un orden nuevo, superior, sobrenatural. «Él es el principio, el primogénito de entre los muertos», no sólo porque está a la cabeza, sino porque sencillamente sin él no existiría la multitud de los que le siguen (cf. 1 Cor 15,23). El que por ser hijo de Adán comparte el pecado del primer hombre, también está sujeto como él a la ley de la muerte. Pecado y destino de muerte, Cristo los ha tomado sobre sí, colocándose voluntariamente entre el número de los «muertos»; pero en su victoria sobre el pecado y la muerte, fue constituido «autor de la vida» (Hch 3,15), nueva cabeza. Su resurrección, que es la resurrección de la cabeza, asegura, y en principio realiza ya la resurrección de los miembros de su cuerpo.

V. 19. Resumiendo, Pablo destaca una vez más el primado absoluto que compete a Cristo en todo orden, e indica la razón. Fue voluntad de Dios que en él, en la forma de existencia que le es propia como consecuencia de la encarnación, residiera toda la plenitud. Pablo quiere decir que la plenitud del poder y del amor de Dios está presente en Jesús íntegramente, sin limitación alguna, y que actúa «en él» y «por él», conforme lo expuso antes y lo explicará luego más ampliamente. El concepto de «plenitud» despertaba en los colosenses la idea de que Cristo era en sí tan rico, que ni necesitaba ni admitía complemento alguno, y de que ellos, los colosenses, podían esperar de él todos los bienes de la salvación, sin necesidad de pedirlos a ningún otro ser.

V. 20. En su calidad de hombre Dios, Cristo recibe del Padre el oficio y la misión de mediador de la salvación en favor de la creación, alejada de su creador por el pecado. El designio de Dios era reconciliar «con él» (consigo) todas las cosas «por él», constituirlo en meta de todo, someter a él todas las cosas, designio que debe cumplirse al restablecer la paz por medio de la sangre del Hijo de Dios hecho hombre, derramada en la cruz. Desde el punto de vista gramatical, la expresión «con él» («consigo») puede referirse tanto a Dios como a Cristo; pero por comparación con el v. 16, que presenta una construcción paralela, parece preferible referirla a Cristo. Es a él a quien por la reconciliación se han de dirigir nuevamente todos los seres, «los del cielo y los de la tierra». Los de la tierra son ante todo los hombres. Por ellos, «extraños y enemigos» a causa del pecado (v. 21), Cristo satisfizo con su sangre en la cruz y los restituyó a la condición de hijos de Dios. Si entre los seres «de la tierra» se quiere incluir a las criaturas irracionales, viene a la mente el texto de Rm 8,20-22, donde el Apóstol habla de la expectación anhelante de la creación que, «gimiendo y sufriendo dolores de parto», espera ser también «liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios».

En este proceso de la historia humana y del mundo, que Pablo acaba de describir, participan también los colosenses; por eso en los vv. 21-23 hará para ellos una aplicación concreta de lo dicho anteriormente.

[Extraído de Karl Staab, Cartas a los Tesalonicenses. Cartas de la cautividad... Barcelona, Ed. Herder, 1974, pp. 178-184]

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MONICIONES PARA EL REZO DEL CÁNTICO

Introducción general

Entre los Colosenses corrían ciertas ideas heterodoxas: el hombre caído en la cárcel del cuerpo necesita mediadores que le den a «conocer» el camino hacia la luz cósmica. El dualismo gnóstico y sus peligros virtuales ya están insinuados. Pablo responde incorporando un himno «protocristiano» que presenta al Redentor como creador y, por consiguiente, como único Mediador. Ha intervenido en el ámbito intrahistórico, abriéndonos el camino hacia la Luz donde Dios habita (vv. 12-14). Esta confesión de fe sirve de pórtico al himno (vv. 15-20). La heterodoxia de los Colosenses se desvanece al confrontarla con Cristo.

En la celebración comunitaria, puede rezarse al unísono, como canto hímnico que es.

Si se quiere respetar la composición, tal como queda expuesta en la introducción general, proponemos el siguiente modo:

Asamblea, Confesión de fe: «Damos gracias... el perdón de los pecados» (vv. 12-14).

Coro 1.º, Cristo mediador de la creación: «Él es imagen... la cabeza del cuerpo, de la Iglesia» (vv. 15-18a).

Coro 2.º, Cristo mediador de la redención: «Él es el principio... haciendo la paz por la sangre de su cruz» (vv. 18b-20).

El optimismo de la victoria

El Dios de la Biblia es fuente de renovador optimismo: es el Dios liberador. Esta experiencia primera marcará el posterior desarrollo religioso de Israel. Por ejemplo, al pueblo derrotado que camina en tinieblas se le anuncian días de prosperidad, de luz. ¿Quién no ha sentido el peso del mal y ha exclamado, como Pablo: Quién me librará de este cuerpo mortal? Dios nos ha liberado de la perdición trasladándonos al reino de Cristo. Sí, hemos salido de la cárcel del pecado y entrado en un reino de gloria. Participando ya ahora de la herencia de su pueblo, nos da seguridad en la victoria. El cristiano es un fervoroso optimista porque ve la acción de Dios en Cristo.

El mediador de la creación

Si la Sabiduría mediaba entre Dios y el hombre, el único mediador posible es Aquel que exterioriza el ser de Dios. El totalmente Otro se hace visible en el Hijo de su amor (Jn 14,9). Cristo está por encima de lo creado. Cuanto es, comenzó a existir puntualmente en Cristo y se mantiene en la existencia por Él y para Él. La Palabra, Dios mismo, es el vínculo que une todo (Jn 1,3). El mundo no está gobernado por oscuras fuerzas adversas; Cristo es la cabeza que dirige y aúna el cuerpo cósmico. Si nuestra raíz y cabeza es tal Señor, ¿no seremos capaces de exorcizar los turbios temores de la vida? Cristo es nuestra tierra y nuestra atmósfera.

«Él lo es todo»

Así proclama Jesús ben Sira al cerrar con broche de oro su reflexión sobre las maravillas de la naturaleza (Eclo 43,27). En verdad el cielo y la tierra están llenos de su presencia. Una plenitud que se personaliza en Jesús hijo de María. En Él reside la plenitud de la divinidad, porque así lo ha querido el Padre. Jesús le ofreció una humanidad rota y sangrante, pero el Padre le colmó de su presencia. En la hora de la fatiga y del agobio podemos acercarnos a Cristo; Él nos aliviará por ser el primero entre muchos hermanos que esperan la resurrección gloriosa de su carne. Él lo es todo. De su plenitud participamos todos, gracia tras gracia (Jn 1,16).

Resonancias en la vida religiosa

Identificados en Aquel que es el Hijo querido: Un rasgo básico que identifica nuestra comunidad religiosa es la capacidad que el Padre nos ha concedido de compartir la condición de su pueblo santo. Somos, con otros hombres y comunidades humanas, Pueblo de Dios; pero Pueblo y comunidad liberada de una esclavitud corruptora, inhumana, tenebrosa. Nuestra comunidad-pueblo ha sido liberada, no con triviales y descomprometidas intervenciones, sino con el derramamiento de la sangre del Hijo querido. Ser comunidad-Pueblo de Dios es una conquista onerosa de Dios en Cristo.

Reconocer nuestra identidad comunitaria es, por lo mismo, contemplar el Misterio de Aquel que nos ha liberado y constituido en comunidad. Aquel, por medio del cual se crearon todas las cosas, es el Creador de nuestra fraternidad. Todo fue creado por Él y para Él. Por Él y para Él somos nosotros. Él es el origen y meta de nuestra liberación. Él es la Cabeza, que vitaliza, hace crecer y dirige el cuerpo de nuestra comunidad y la preserva por su resurrección de todo atentado contra su vida. En Él encuentra nuestra comunidad su plenitud: «Él es todo para mí, para nosotros».

Que nuestra acción de gracias a Dios Padre sea la expresión de un intento constante de identificación como comunidad creyente.

Oraciones sálmicas

Oración I: Te damos gracias, Dios Padre nuestro, porque, cuando aún éramos pecadores, fuimos reconciliados por la muerte de tu Hijo y trasladados del dominio de las tinieblas al Reino de tu luz admirable. Te alabamos y bendecimos a ti, Dios Padre, ya que ahora nos concedes participar en la herencia de los santos, hasta que un día sea el lote de nuestra heredad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Padre nuestro, por medio de tu Hijo, imagen de tu gloria, has creado cuanto existe y a Él le has establecido como cabeza de tu cuerpo, de la Iglesia; ahuyenta de tus hijos todo temor para que con mayor confianza se entreguen a ti, su Liberador y Padre. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Oh Dios omnipotente, que has querido colmar nuestra carne haciendo residir la plenitud de la divinidad en la carne de Jesús; atráenos hacia el Hijo de tu amor -el Primogénito de entre los muertos-, donde hallaremos descanso para nuestra fatiga y sosiego en la hora del quebranto, cuando Tú nos respondas con la resurrección gloriosa de nuestra carne. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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