DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE LA CARTA I DE SAN PEDRO
(2,21b-24)

La pasión voluntaria de Cristo, el siervo de Dios

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21Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

22Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
23cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

24Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

 

COMENTARIO AL CÁNTICO DE LA CARTA I DE PEDRO

[El texto de la carta, dirigiéndose de manera directa a los esclavos domésticos que eran cristianos, les dice: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo, para que sigáis sus huellas... Sus heridas os han curado». Pero en el fondo Pedro se dirige a todos los cristianos esclavizados y maltratados: debemos recordar a Jesús, maltratado y crucificado por nuestros pecados, inocente y paciente].

San Pedro, en el cap. 2 de su primera carta, habla de las obligaciones de los cristianos. Después de haberlos exhortado a someterse a la autoridad civil, da instrucciones a determinados grupos particulares, y en primer lugar se dirige a los que ocupan uno de los últimos estratos de la sociedad: los esclavos domésticos, destinados al servicio de la casa. A la correspondiente exhortación añade Pedro el incomparable cuadro de los sufrimientos del Señor (2,21b-24), que suena como un retazo del relato evangélico de la pasión.

Los esclavos, que sólo han de considerarse tales en relación con Dios, deben someterse a los amos con todo temor de Dios, y no sólo a los buenos sino también a los malévolos, pues es meritorio ante el Señor soportar por él los sufrimientos injustamente infligidos. Esa actitud, a la que nos llama nuestra vocación cristiana, tiene como guía y modelo el ejemplo de Cristo.

Las palabras que siguen (2,21b) muestran que nos hallamos aquí ante una aserción de vigencia universal. Con esto no se quiere decir que todos los cristianos estén llamados sin excepción y constantemente al sufrimiento. Pero la carta muestra que la participación voluntaria, alegre y jubilosa (1,6) «en los padecimientos de Cristo» (4,13), es lo más grande a que un cristiano puede ser llamado por Dios.

Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas (v. 21b). Con sus sufrimientos vicarios, nos mostró el camino a seguir. Todo lo que a continuación (2,22-24) se dirá de la pasión de Jesús hemos de entenderlo como ejemplo que debemos imitar. Ahora bien, si todo ha de ser ejemplo, también lo serán sus sufrimientos vicarios por vosotros, es decir, por nosotros. También nosotros debemos, soportando calladamente las dificultades, preceder animosos a otros hombres que se sienten desanimar, y dejando huellas, quizá sangrientas, mostrarles el único camino posible.

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca (v. 22). En los versículos que comienzan ahora se mueve la mirada de una parte a otra: de los esclavos que sufren, a Cristo, y de Cristo que sufre, de nuevo a los cristianos. La imagen del Señor que sufre no sólo surge aquí como un ejemplo estimulante, sino que además brilla en su grandeza divina exenta de todo pecado:

-- A vosotros, esclavos, se os reprende por faltas presuntas que en realidad no habéis cometido (2,19), pero Cristo estaba todavía mucho más libre que vosotros de cualquier culpa. A vosotros se os golpea ahora (2,20) como si hubieseis hablado descomedidamente, pero en boca de él no hubo nunca una sola palabra zahiriente, falsa o tendenciosa. Vosotros lucháis todavía con vuestras faltas (2,11s), mientras que él pudo decir a sus discípulos, que estaban con él día y noche: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?» (Jn 8,46). Y a pesar de esta absoluta inocencia le envió su Padre por el camino del sufrimiento tan incomprensible para vosotros, por el camino del servidor de Dios, al que Isaías había descrito anticipadamente de forma tan impresionante (cf. Is 53).

Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas (v. 23a). Tenemos ante los ojos una imagen de Cristo que sufre, tal como no la había trazado todavía ningún escritor del Nuevo Testamento: un hombre que es insultado, que es reprendido como un criado que se ha mezclado en cosas que no le importan, que se ve abrumado de críticas y reprimendas, y él se calla. Salta a la vista la entrañable solicitud de Pedro por aquellos a quienes quiere exhortar. Y se desborda todo el amor del amigo de Jesús, que con su temperamento violento, dispuesto a devolver inmediatamente el golpe, deduce las tentaciones que experimentaría el Señor en aquellas horas de dolor. Más aún: va todavía más lejos y pinta cuán natural habría sido al Maestro amenazar a sus enemigos con un castigo de Dios. También para nosotros es de lo más natural esta tentación de invocar la venganza de Dios por ofensas personales. Pedro nos grita: ¿Dónde queda vuestra imitación de Cristo?

Al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente (v. 23b). Pedro no se refiere a la condenación de Cristo ante Pilato, sino que quiere decir: Cristo se entregó, puso su «caso», la entera solicitud de salir por sus derechos ante la injusticia de que era víctima, en manos de su Padre celestial, y con ello nos dio un ejemplo a nosotros, que tenemos muchas más razones para dejar la venganza en manos de Dios (Rm 12,19). El versículo que sigue muestra que se trata todavía de mucho más que eso. Cristo no sólo dejó su «caso» en manos del Juez eterno, sino que él mismo se entregó a la cólera divina como víctima por los pecados. Dio un ejemplo todavía mucho mayor cuando con humildad dejó caer sobre sí un castigo sangriento que propiamente correspondía a otros.

Así viene a ser para nosotros «palabra» de Dios que da la pauta. También nosotros, sin preguntar si lo hemos merecido, debemos estar dispuestos a soportar el sufrimiento, sabiendo que ha llegado el tiempo «de que comience el juicio por la casa de Dios» (4,17), ese juicio en el que «el justo a duras penas se salva» (4,18). La historia del género humano, con todos sus sufrimientos, que con frecuencia tienen que ser soportados precisamente por los inocentes, resulta más comprensible si la consideramos como grande y tremendo castigo por los pecados y la desobediencia de las criaturas contra su Creador.

Cargado con nuestros pecados subió al leño (v. 24a). Cristo no sólo llevó al Calvario la carga de nuestros pecados como un sacrificador lleva su víctima al altar, sino que él mismo, en su encarnación, por medio de su cuerpo humano, como Dios hecho hombre, se constituyó a sí mismo en esta víctima por el pecado, en el cordero que tomó sobre sí «el pecado del mundo» (Jn 1,29). Se apropió de tal manera esta carga del pecado que llegó hasta a hacerse por nosotros «maldición» (Gal 3,13).

Pedro lo ve todavía ante sí arrastrándose hacia el Calvario, donde se erguía ya, visible desde lejos, el madero de la cruz. Se acuerda de cómo llevaba el palo transversal, de cómo le clavaron en éste las manos y cómo, pendiente de él, fue izado como una vela sobre el palo vertical. Los pecados de otros, también los de los esclavos a quienes ahora se dirige Pedro, los tomó sobre sí y los llevó a este madero -que se convierte en altar- hasta las últimas horas de su más extremo desamparo.

Pedro no se siente ya capaz de seguir hablando de «vuestros pecados» en segunda persona, como acababa de decir: Cristo «os» dejó un ejemplo. Habla de nuestros pecados, porque él mismo se siente afectado con nosotros. Quiere verse envuelto con nosotros en este amor hecho hombre, en este amor desinteresado.

Para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia (v. 24b). Aquí se carga el acento sobre el fin positivo del que es condición previa la muerte al pecado: para que vivamos para la justicia. También en esto es Cristo nuestro modelo. Vivió para la justicia, dispuesto como estaba a sufrir por los pecados de otros y restablecer así el orden perturbado. Su amor le impelía a renovar la recta y justa relación entre el Creador y la criatura. Tampoco para nosotros significa el vivir para la justicia otra cosa que vivir para el amor, porque el amor cristiano tiene muy poco que ver con los sentimentalismos, teniendo más bien estrecha afinidad con la voluntad de practicar la justicia. Dada la manera sobria de pensar de Pedro -que no obstante va siempre hasta lo último- es significativo el hecho de que para él una vida por el prójimo, una vida que no se retrae ni siquiera de llevar la cruz por los otros, no significa sino una vida para la justicia. Se trata del justo cumplimiento del único gran mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27).

Sus heridas os han curado (v. 24). Estas heridas son las señales que la vara o el azote dejan en las espaldas desnudas. En el capítulo 53 del profeta Isaías, del que están tomadas también estas palabras (Is 53,5), al hablar de estas heridas se usa una palabra hebrea que contiene la idea de «pintarrajear con líneas». Esto es lo que debemos oír también aquí implícitamente. Pedro indica a los esclavos la espalda de Cristo, que es tan semejante a la suya: inmediatamente después de los azotes se ven líneas hinchadas, de un rojo vivo, quizá también manchas de un rojo oscuro formadas por hilos de sangre; y después se vuelven las líneas cárdenas y verdes. Con tales heridas han sido ellos sanados como con amarga medicina. Antes estaban enfermos, quizá como aquella ramera a la que dijo Jesús: «Tu fe te ha sanado, vete en paz» (Lc 7,50). Y el hombre en quien ella creyó es precisamente el que más tarde se dejó azotar, también por ella. Es posible que los destinatarios de la carta se acuerden de que también ellos fueron sanados en su bautismo y en adelante estarán más bien dispuestos a soportar por amor, en lugar de otros, los azotes injustos de un capataz.

Para concluir su exhortación a los esclavos, les dice Pedro: «Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas» (v. 25).

[Extraído de B. Schwank, Primera carta de San Pedro. Barcelona, Ed. Herder, 1970]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Después de la pausa con ocasión de las festividades navideñas, reanudamos hoy nuestro itinerario de meditación sobre la liturgia de las Vísperas. El cántico que acabamos de proclamar, tomado de la primera carta de san Pedro, se refiere a la pasión redentora de Cristo, anunciada ya en el momento del bautismo en el Jordán.

Como escuchamos el domingo pasado, fiesta del Bautismo del Señor, Jesús se manifiesta desde el inicio de su actividad pública como el «Hijo amado», en el que el Padre tiene su complacencia (cf. Lc 3,22), y el verdadero «Siervo de Yahveh» (cf. Is 42,1), que libra al hombre del pecado mediante su pasión y la muerte en la cruz.

En la carta de san Pedro citada, en la que el pescador de Galilea se define «testigo de los sufrimientos de Cristo» (1 P 5,1), el recuerdo de la pasión es muy frecuente. Jesús es el cordero del sacrificio, sin mancha, cuya sangre preciosa fue derramada para nuestra redención (cf. 1 P 1,18-19). Él es la piedra viva que desecharon los hombres, pero que fue escogida por Dios como «piedra angular» que da cohesión a la «casa espiritual», es decir, a la Iglesia (cf. 1 P 2,6-8). Él es el justo que se sacrifica por los injustos, a fin de llevarlos a Dios (cf. 1 P 3,18-22).

2. Nuestra atención se concentra ahora en la figura de Cristo que nos presenta el pasaje que acabamos de escuchar (cf. 1 P 2,21-24). Aparece como el modelo que debemos contemplar e imitar, el «programa», como se dice en el original griego (cf. 1 P 2,21), que debemos realizar, el ejemplo que hemos de seguir con decisión, conformando nuestra vida a sus opciones.

En efecto, se usa el verbo griego que indica el seguimiento, la actitud de discípulos, el seguir las huellas mismas de Jesús. Y los pasos del divino Maestro van por una senda ardua y difícil, precisamente como se lee en el evangelio: «El que quiera venir en pos de mí, (...) tome su cruz y sígame» (Mc 8,34).

En este punto, el himno de la carta de san Pedro traza una síntesis admirable de la pasión de Cristo, a la luz de las palabras y las imágenes que el profeta Isaías aplica a la figura del Siervo doliente (cf. Is 53), releída en clave mesiánica por la antigua tradición cristiana.

3. Esta historia de la Pasión en el himno se formula mediante cuatro declaraciones negativas (cf. 1 P 2,22-23a) y tres positivas (1 P 2,23b-24), para describir la actitud de Jesús en esa situación terrible y grandiosa.

Comienza con la doble afirmación de su absoluta inocencia, expresada con las palabras de Isaías (cf. Is 53,9): «Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca» (1 P 2,22). Luego vienen dos consideraciones sobre su comportamiento ejemplar, impregnado de mansedumbre y dulzura: «Cuando le insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas» (1 P 2,23). El silencio paciente del Señor no es sólo un acto de valentía y generosidad. También es un gesto de confianza con respecto al Padre, como sugiere la primera de las tres afirmaciones positivas: «Se ponía en manos del que juzga justamente» (1 P 2,23). Tiene una confianza total y perfecta en la justicia divina, que dirige la historia hacia el triunfo del inocente.

4. Así se llega a la cumbre del relato de la Pasión, que pone de relieve el valor salvífico del acto supremo de entrega de Cristo: «Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia» (1 P 2,24).

Esta segunda afirmación positiva, formulada con las expresiones de la profecía de Isaías (cf. Is 53,12), precisa que Cristo cargó «en su cuerpo» «en el leño», o sea, en la cruz, «nuestros pecados», para poder aniquilarlos.

Por este camino, también nosotros, librados del hombre viejo, con su mal y su miseria, podemos «vivir para la justicia», es decir, en santidad. El pensamiento corresponde, aunque sea con términos en gran parte diversos, a la doctrina paulina sobre el bautismo, que nos regenera como nuevas criaturas, sumergiéndonos en el misterio de la pasión, muerte y gloria de Cristo (cf. Rm 6,3-11).

La última frase -«sus heridas nos han curado» (1 P 2,25)- indica el valor salvífico del sufrimiento de Cristo, expresado con las mismas palabras que usa Isaías para indicar la fecundidad salvadora del dolor sufrido por el Siervo de Yahveh (cf. Is 53,5).

5. Contemplando las llagas de Cristo por las cuales hemos sido salvados, san Ambrosio se expresaba así: «En mis obras no tengo nada de lo que pueda gloriarme, no tengo nada de lo que pueda enorgullecerme y, por tanto, me gloriaré en Cristo. No me gloriaré de ser justo, sino de haber sido redimido. No me gloriaré de estar sin pecado, sino de que mis pecados han sido perdonados. No me gloriaré de haber ayudado a alguien ni de que alguien me haya ayudado, sino de que Cristo es mi abogado ante el Padre, de que Cristo derramó su sangre por mí. Mi pecado se ha transformado para mí en precio de la redención, a través del cual Cristo ha venido a mí. Cristo ha sufrido la muerte por mí. Es más ventajoso el pecado que la inocencia. La inocencia me había hecho arrogante, mientras que el pecado me ha hecho humilde» (Giacobbe e la vita beata, I, 6, 21: SAEMO III, Milán-Roma 1982, pp. 251-253).

[Audiencia general del Miércoles 14 de enero de 2004]

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LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO,
EL SIERVO DE DIOS

1. Hoy, al escuchar el himno tomado del capítulo 2 de la primera carta de san Pedro, se ha perfilado de un modo muy vivo ante nuestros ojos el rostro de Cristo sufriente. Eso sucedía a los lectores de aquella carta en los primeros tiempos del cristianismo y eso mismo ha sucedido a lo largo de los siglos durante la proclamación litúrgica de la palabra de Dios y en la meditación personal.

Este canto, insertado en la carta, presenta una tonalidad litúrgica y parece reflejar el espíritu de oración de la Iglesia de los orígenes (cf. Col 1,15-20; Flp 2,6-11; 1 Tm 3,16). Está marcado también por un diálogo ideal entre el autor y los lectores, en el que se alternan los pronombres personales «nosotros» y «vosotros»: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas... Llevó nuestros pecados en su cuerpo (...) a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia; con sus llagas hemos sido curados» (1 P 2, 21. 24-25).

2. Pero el pronombre que más se repite, en el original griego, es "hos", que aparece al inicio de los principales versículos (cf. 1 P 2, 22. 23. 24): equivale a «él», el Cristo sufriente; él, que no cometió pecado; él, que al ser insultado no respondía con insultos; él, que al padecer no amenazaba; él, que en la cruz cargó con los pecados de la humanidad para borrarlos.

El pensamiento de san Pedro, como también el de los fieles que rezan este himno, sobre todo en la Liturgia de las Vísperas del tiempo de Cuaresma, se dirige al Siervo de Yahveh descrito en el célebre cuarto canto del libro del profeta Isaías. Es un personaje misterioso, interpretado por el cristianismo en clave mesiánica y cristológica, porque anticipa los detalles y el significado de la pasión de Cristo: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. (...) Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes (...). Con sus llagas hemos sido curados. (...) Fue maltratado, y él se humilló y no abrió la boca» (Is 53,4-7).

También el perfil de la humanidad pecadora trazado con la imagen de unas ovejas descarriadas, en un versículo que no recoge la Liturgia de las Vísperas (cf. 1 P 2,25), procede de aquel antiguo canto profético: «Todos nosotros éramos como ovejas descarriadas; cada uno seguía su camino» (Is 53,6).

3. Así pues, son dos las figuras que se cruzan en el himno de la carta de san Pedro. Ante todo, está él, Cristo, que emprende el arduo camino de la pasión, sin oponerse a la injusticia y a la violencia, sin recriminaciones ni protestas, sino poniéndose a sí mismo y poniendo su dolorosa situación «en manos del que juzga justamente» (1 P 2,23). Un acto de confianza pura y absoluta, que culminará en la cruz con las célebres últimas palabras, pronunciadas a voz en grito como extremo abandono a la obra del Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46; cf. Sal 30,6).

Por tanto, no se trata de una resignación ciega y pasiva, sino de una valiente confianza, destinada a servir de ejemplo para todos los discípulos que recorrerán la senda oscura de la prueba y la persecución.

4. Cristo se presenta como el Salvador, solidario con nosotros en su «cuerpo» humano. Al nacer de la Virgen María, se hizo nuestro hermano. Por ello, puede estar a nuestro lado, compartir nuestro dolor, cargar con nuestras enfermedades, «con nuestros pecados» (1 P 2,24). Pero él es también y siempre el Hijo de Dios, y esta solidaridad suya con nosotros resulta radicalmente transformadora, liberadora, expiatoria y salvífica (cf. 1 P 2,24).

Y, así, nuestra pobre humanidad, apartada de los caminos desviados y perversos del mal, es conducida de nuevo por las sendas de la «justicia», es decir, del bello proyecto de Dios. La última frase del himno es particularmente conmovedora. Reza así: «Con sus llagas hemos sido curados» (1 P 2,25). Manifiesta el alto precio que Cristo ha pagado para conseguirnos la salvación.

5. Para concluir, cedamos la palabra a los Padres de la Iglesia, es decir, a la tradición cristiana que ha meditado y rezado con este himno de san Pedro.

San Ireneo de Lyón, en un pasaje de su tratado Contra las herejías, entrelazando una expresión de este himno con otras reminiscencias bíblicas, sintetiza así la figura de Cristo Salvador: «Uno y el mismo es Jesucristo el Hijo de Dios, que por su pasión nos reconcilió con Dios y resucitó de entre los muertos, está sentado a la derecha del Padre, y es perfecto en todas las cosas; es el mismo que, golpeado no devolvía los golpes, "mientras padecía no profirió amenazas" (1 P 2,23); el que, víctima de la tiranía, mientras sufría rogaba al Padre que perdonara a aquellos mismos que lo crucificaban (cf. Lc 23,34). Él nos salvó; él mismo es el Verbo de Dios, el Unigénito del Padre, Cristo Jesús nuestro Señor» (III, 16, 9).

[Audiencia general Miércoles 22 de septiembre de 2004]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

«El que quiera seguirme -dijo Jesús a sus discípulos- que cargue con su cruz cada día y se venga conmigo» (Lc 9, 23). El cántico que en los domingos de Cuaresma concluye la salmodia de las II Vísperas quiere ser una respuesta de la comunidad cristiana a esta invitación de su Señor.

Literalmente, con el contenido de este texto se quiere alentar a los esclavos injustamente vejados por dueños crueles e injustos: si sufren sin haberlo merecido, que recuerden que los mismos castigos que a ellos les infligen -insultos, azotes, incluso la crucifixión-, como ellos y antes que ellos, los soportó el Señor.

Pero el Espíritu Santo ha querido que en los sufrimientos de estos esclavos del siglo I se reflejaran también todas las injusticias y los sufrimientos de los fieles de todos los tiempos, nuestros propios sufrimientos también. Y ha querido darnos la única respuesta válida, desde el punto de vista cristiano, ante el sufrimiento: la paciencia esperanzada. En efecto, la paciencia ante la tribulación es una de las enseñanzas más repetidas en la Escritura; por ello, hay que decir que para los seguidores de Cristo es válida también en nuestros días, aunque nuestro mundo respire sólo sublevación ante el sufrimiento, y violencia ante la violencia. El cristiano no puede ser hombre violento ni puede dar curso libre a la venganza ni tomarse la justicia por su mano, sino que debe presentar la mejilla izquierda al que le abofetee en la derecha y dar la capa al que quiera ponerle pleito para quitarle la túnica (cf. Mt 5,39-40). Si esta doctrina nos parece difícil, que nuestro cántico a Cristo sufriente nos ayude en estos domingos de Cuaresma, en los que con mayor asiduidad contemplamos su cruz.

Oración I: Danos tu fuerza, Padre santo, para seguir con fidelidad las huellas de tu Hijo para cargar cada día con su cruz y seguirlo, imitando los ejemplos de su pasión; aleja de nosotros todo espíritu de venganza y haz que sepamos amar a nuestros enemigos como Cristo, que, en la cruz, pidió perdón por los que lo maltrataban. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración I: Mira, Señor, el rostro escarnecido de tu Hijo amado, con su cuerpo atormentado por la violencia y su espíritu humillado por los insultos; que, alzado sobre la cruz, sea como un signo para tu Iglesia y un ejemplo para todo el mundo, contra odios y rencores, contra injusticias y opresiones; que él, que subió al leño a fin de que vivamos para la justicia, sea para todos esperanza de un mundo nuevo, sin rencores ni odios ni desamor. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

VV. 18-21a. Muchos de los creyentes a los que se dirige Pedro son esclavos. Para ellos vale el principio: respetuosa sumisión a los amos, sean éstos personas agradables o no, ya que el cristiano no cumple su deber por agradar a los hombres, sino en atención a Cristo. Tiene conciencia de estar unido a Dios, y por ello debe a veces proceder de manera diferente que sus compañeros de esclavitud gentiles. Sus convicciones religiosas, que para su amo son quizá incomprensibles, pueden ser en más de una ocasión motivo de malos tratos y aun de castigos por parte de éste; a los ojos de los hombres es esto un mal, pero ante Dios tiene tal situación un valor especial, siempre y cuando el esclavo sea castigado por causa de su fe y no por haber incurrido en alguna falta en el desempeño de sus deberes; cuando sufre como el Salvador, inocente y voluntariamente, y por amor a él, es entonces cuando empieza a llevar la cruz en pos de él.

VV. 21b-23. Sabido es que Cristo, conforme a la profecía de Isaías 53,9, aceptó con paciencia y en silencio el dolor inmerecido, y puso toda su confianza en Dios, el justo juez y abogado de su causa. (Una antigua variante occidental del texto del v. 23, conocida ya de San Cipriano, leía «el que juzga injustamente», con lo cual se aludiría a Pilato, cuyo juicio injusto el Señor tomó sobre sí).

V. 24. Ya en el v. 21 se dijo que Cristo sufrió por los esclavos; la misma idea se expresa ahora de nuevo con términos tomados de la famosa profecía de Is 53 sobre los sufrimientos del Siervo de Yahveh. Cristo ofreció su cuerpo sobre el altar de la cruz en rescate por los pecados de los creyentes, dándoles así la posibilidad de hallar perdón de sus pecados y ser justificados ante Dios (cf. Rm 3,24-26). También el Señor fue azotado, como tan frecuentemente lo son los esclavos; pero precisamente estos azotes, sus heridas, fueron para los esclavos cristianos, a quienes el autor aplica ahora otra vez una afirmación que tiene valor para todo cristiano, curación de sus heridas espirituales, de su estado de perdición ante Dios; esto debe consolarlos y darles ánimo cuando tengan que sufrir lo mismo.

V. 25. Su miseria consistía en que cuando eran paganos vagaban como ovejas descarriadas, sin rumbo fijo. Mas ahora han encontrado a Cristo, pastor y guardián de sus almas.

De estas exhortaciones a los esclavos hay que decir lo que se dijo antes a propósito de las exhortaciones a obedecer a las autoridades del Estado: no son tesis de doctrina social cristiana. La existencia de libres que mandan y siervos que son mandados, es para el autor (como para Pablo en 1Cor 7,20-24) simplemente un hecho que hay que aceptar tal como se presenta. El recurso al aspecto religioso tiene sólo por fin evitar los conflictos a que tal situación podía dar lugar. Es evidente que se trata aquí principalmente de injusticias que el esclavo cristiano tiene que sufrir por causa de su religión. La consigna es entonces aceptar voluntaria y pacientemente los sufrimientos por el Señor, así como éste los aceptó por nosotros. En los tiempos de persecución de la Iglesia el pensamiento expresado aquí por primera vez en esta relación de reciprocidad dio lugar a una verdadera mística del sufrimiento que produjo muchos frutos: con su propio martirio, el cristiano agradece a su Redentor, que aceptó la muerte por él. Estas exhortaciones tienen, desde luego, también aplicación en situaciones análogas de opresión e injusticia, como las que se pueden presentar, por ejemplo, entre patronos y obreros; cuando se desconocen todos los derechos y no se ve perspectiva de cambio, el cristiano puede hallar en su religión fuerza para sobreponerse a tal estado de cosas.

[J. Michl, Carta a los Hebreos. Cartas católicas. Barcelona, Ed. Herder, 1977]

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La conducta cristiana de los esclavos (1 Pe 2,18-25).

Después de la recomendación general dirigida a todos los cristianos en los vv. 11-17, se dirige ahora el autor en particular a los distintos grupos sociales que integraban la comunidad: esclavos, esposas, esposos. La importancia relativa que se da en esta epístola a los esclavos y la falta de una exhortación equivalente para los amos hacen sospechar que los esclavos formaban un núcleo numeroso en las comunidades asiáticas. Los sufrimientos inherentes a la dura condición de los esclavos dan ocasión al autor para extenderse en la explicación del sentido de la pasión y muerte de Cristo. San Pedro, como San Pablo, no pensaba alterar las estructuras sociales del Estado antiguo, aunque la doctrina de la hermandad de todos en Cristo (1,3), de la libertad (2,16) y del amor fraterno (2,17) contuvieran en germen la supresión de la esclavitud.

V. 18-21a. A los esclavos (esclavos domésticos) se les exhorta a la sumisión con todo temor. Este temor es el temor reverencial del que habló en 1,17 como actitud fundamental del cristiano, y, no es, por tanto, el temor a los amos temporales, sino el temor de Dios. Añade Pedro que es obra agradable a Dios sufrir, por sentido de responsabilidad para con el Señor, penalidades injustas. Para soportar el sufrimiento aun cuando hacéis el bien habéis sido llamados, les dice. Y la primera razón para esto es la imitación de Cristo.

V. 21b. También Cristo padeció por vosotros. Era de esperar que el autor dijera, siguiendo el curso de las ideas: «padeció siendo inocente». En realidad dice eso mismo, pero más profundamente: sufrió por vosotros, es decir, no por sus pecados propios (v. 22), sino por los ajenos (3,18). Aunque en este versículo aún sigue refiriéndose concretamente a los esclavos: vosotros (la variante nosotros no es probable), en seguida dará carácter universal a su afirmación (v. 24) y dejará fuera de dudas que el sufrir por ellos no significa únicamente darles un ejemplo de paciencia en los sufrimientos injustos (v. 24 y 3,18).

Dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. La palabra ejemplo, que en griego se encuentra sólo aquí en el NT, tiene dos sentidos: a) esquema de un dibujo, o de un bordado, que los discípulos tienen que realizar o completar; b) plana de escritura que los niños tienen que copiar con exactitud. Pero en sentido figurado significa, en general, ejemplo, y esto permite pasar de la idea de imitación a la de seguimiento. Cristo les ha precedido en el camino del dolor, y ellos tienen que seguir sus huellas.

V. 22. Él no cometió pecado... Pero el autor no puede aludir a los sufrimientos de Cristo, aunque sea en un contexto puramente exhortativo como éste, sin referirse al gran tema cristológico de la muerte redentora (vv. 22-24). Esta idea la expresa en parte con palabras tomadas del capítulo 53 de Isaías. Pero estas palabras no se aducen como una prueba de Escritura, sino que fluyen espontáneamente como si las palabras de Isaías fueran más apropiadas para describir a Cristo que sus propios recuerdos personales. Probablemente, la expresión misma era conocida de sus lectores; y quizá proceda de un himno cristológico primitivo. La cita corresponde a Is 53,9, con ligeras variantes, que pueden proceder del carácter de himno a que hemos aludido. La impecancia de Cristo se aduce para hacer resaltar lo inmerecido de sus padecimientos.

V. 23. Cuando lo insultaban... Este versículo, sin ser una cita literal, está lleno de reminiscencias del mismo cap. 53 de Isaías, pero lleno también de alusiones a la historia de la pasión. Compárese el cuando lo insultaban, no devolvía el insulto con lo que los evangelistas nos dicen del silencio de Cristo en su pasión, y sobre el no responder con amenazas a los padecimientos. El objeto del verbo entregar o poner en manos de no está expresado en el texto; puede ser «su causa» la que ponía en manos de Dios; sin embargo, Isaías 53, que está en la mente del autor en todo este pasaje, sugiere más bien la idea de «entregarse a sí mismo» en manos del que juzga justamente. La lección de la Vulgata, que no se apoya en ningún manuscrito griego: «se entregaba o ponía en manos del que juzga injustamente», refiere el texto a Pilato, pero, aunque es una variante bien antigua, carece de probabilidad.

V. 24. Este versículo ensancha aún más las perspectivas del autor, pasando de la ejemplaridad en los sufrimientos de Cristo al sentido profundo de su muerte (aludido ya en el v. 21: «padeció por vosotros»), la satisfacción vicaria de Cristo. Un tema perteneciente a la tradición más primitiva. Como los anteriores, está lleno de alusiones a Isaías (cap. 53). El sentido general es claro; los detalles, en cambio, son oscuros. Tal vez por mezclarse la idea de sacrificio con el rito de la expiación por el macho cabrío (Lev 16,20-22) para explicar el carácter especialísimo del sacrificio expiatorio de Cristo. El término que traducimos por llevó o cargado con es generalmente un término sacrificial (2,5; Hb 7,27); pero, en este caso, teniendo como objeto «los pecados», no puede tratarse de «ofrecerlos en sacrificio». La relación entre pecado y sacrificio está en Hb 7,27: «ofrecer sacrificios por sus propios pecados». Aquí significa, por tanto, cargar en su cuerpo con el castigo del pecado (Gal 3,13). Subió al leño: esta palabra es usada para designar la cruz por el mismo San Pedro y denota ante todo la afrenta del patíbulo (Dt 21,28). A continuación San Pedro se contenta con exponer el efecto de la muerte de Cristo, sin hacer alusión al modo concreto por el que el fruto de la muerte de Cristo se aplica a los particulares, aunque los términos «morir al pecado», «vivir para la justicia», pueden aludir al rito bautismal. La última frase, «sus heridas os han curado» es de nuevo una cita de Is 53,5 y una alusión a la sangre redentora. La palabra llagas o heridas en el original griego significa excoriación, la huella sangrienta de los azotes, que muchos de los esclavos, a los que se dirige San Pedro, conocían por experiencia. Pero, a pesar de que tanto esta palabra como la de madero o leño, empleada anteriormente, sugieren los dos castigos propios de los esclavos: la cruz y los azotes, es lo más probable que San Pedro no restrinja aquí su consideración a ellos. Las afirmaciones son tan generales, que se pueden referir a todos los cristianos.

El v. 25 continúa en su primera parte la cita de Isaías del versículo anterior (53,5-6), cambiando también la primera por la segunda persona del plural: «Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto a vuestro pastor y guardián». Se refiere más al acto mismo de la conversión que a una actitud permanente, y la denominación de Cristo como pastor y guardián es del NT.

[Extraído de Ricardo Franco, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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En esta sección (1 Pe 2,18-25), San Pedro trata de los deberes de los esclavos domésticos respecto de sus amos. Después, en el capítulo 3, tratará de los deberes de los cónyuges. San Pedro, lo mismo que San Pablo, insiste en la obediencia de los siervos a sus señores, porque es cosa agradable a Dios y porque Cristo también fue obediente y sufrió por nosotros sin lamentarse. Los sufrimientos que tenían que soportar los pobres esclavos llevan al autor sagrado a extenderse en la explicación del sentido de la pasión y muerte de Jesucristo.

San Pedro exhorta a los esclavos a que presten respetuosa obediencia a sus amos, cualquiera que sea su disposición: tanto si son buenos y comprensivos como si son rigurosos. La obediencia es para el cristiano una consigna proveniente del mismo Dios. Nadie puede gloriarse de soportar un castigo merecido por una falta cometida. Pero sí hace una cosa grata al Señor el que, habiendo obrado el bien, es, sin embargo, maltratado por su señor y lo sufre con paciencia por amor a Dios (v. 20). El sufrimiento inmerecido es el elemento de la imitación de Cristo.

Por eso, San Pedro apoya sus exhortaciones en el ejemplo de Cristo paciente, que sufrió por nosotros (el vosotros del texto griego se refiere sin duda a los esclavos), sin haber cometido culpa alguna (v. 22), para darnos ejemplo (v. 21b). Jesucristo nos ha precedido en el camino del dolor, y nosotros debemos seguir sus pisadas. El verdadero discípulo de Cristo ha de imitarle llevando también su cruz. Por esto mismo, los esclavos, los despreciados del mundo, han de someterse a su triste suerte, porque de este modo imitarán más de cerca a Jesucristo.

San Pedro, al igual que San Pablo, no quiere alterar las estructuras sociales del Imperio romano, si bien la doctrina de la libertad en Cristo, del amor fraterno y de la hermandad de todos los hombres en Cristo llevarían con el tiempo a la supresión de la esclavitud.

La perfecta inocencia de Jesucristo ha de inducir con mayor fuerza a los cristianos a imitarle fielmente incluso en medio de los sufrimientos inmerecidos. El cordero de Dios, no teniendo ningún defecto ni pecado, se entregó mansamente en manos de sus enemigos, como ya había predicho Isaías (Is 53), para sufrir por los hombres. Por eso, los cristianos perseguidos y maltratados injustamente han de imitar la paciencia de esta víctima inocente y su total abandono en el Padre celestial (v. 23). Jesús durante su Pasión no replicó a los que le maltrataban, y, cuando estaba clavado en la cruz, imploró el perdón para sus verdugos y se remitió al que juzga con justicia, es decir, a Dios (la Vulgata, al traducir «al que juzga injustamente», hace pensar en Pilatos, al cual Cristo se confió, aun juzgando injustamente). San Pedro alude a las palabras con las que Jesucristo, antes de morir, recomendó su alma a Dios: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Todo lo que Cristo sufrió lo hizo mirándonos a nosotros. Cargó con nuestros pecados y se sometió al sacrificio de la cruz para que por sus heridas fuéramos curados (v. 24). El apóstol pasa de la ejemplaridad de los sufrimientos de Jesucristo a un sentido más profundo de su muerte, a la idea de satisfacción vicaria de Cristo. Es éste un tema que se encuentra con frecuencia en los escritos neotestamentarios. San Pedro parece inspirarse en la profecía del Siervo de Yahvé (Is 53). Para él la muerte de Cristo sobre la cruz es un verdadero sacrificio. El altar es el leño de la cruz en donde Cristo se ofreció a sí mismo, como víctima expiatoria, por nuestros pecados. Jesús se sacrificó por nosotros sobre el altar de la cruz para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia (v. 24). Los hombres tenían gran necesidad de que Cristo los curase con sus llagas, porque antes eran como ovejas descarriadas, sin guía, sin defensa, sin pastor. Mas al presente, por la gracia de la fe, han venido a formar parte del rebaño de Cristo, buen pastor y guardián de las almas (v. 25).

[Extraído de José Salguero, en la Biblia comentada de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO DEL CÁNTICO

Introducción general

La Carta primera de Pedro se escribió para cristianos probados por los sufrimientos. Llegó a ser, posteriormente, la carta consolatoria de la Iglesia perseguida de todos los tiempos. Su visión grandiosa de la historia universal ha logrado infundir consuelo y fortaleza en los tiempos más difíciles. Así, esta carta de Pedro -sea él el autor directo o se trate de un escrito pseudoepigráfico- vino a ser la carta de los mártires por su fe en Cristo, por su esperanza de la vida eterna y por su fidelidad a la comunidad eclesial. En este ambiente se justifica la suma importancia que el autor da a la imagen de Cristo paciente.

Este himno puede ser salmodiado al unísono, ya que todo él es una motivación que justifica nuestra común vocación. No obstante, se puede distinguir entre las partes exhortativas y la descriptiva. Las exhortaciones pueden ser recitadas por la asamblea; la descripción, por el presidente; de este modo:

Asamblea, Exhortación al seguimiento: «Cristo padeció... para que sigamos sus huellas» (v. 21b).

Presidente, Descripción de la pasión: «El no cometió pecado... del que juzga justamente» (vv. 22-23).

Asamblea, Exhortación a la imitación: «Cargado con nuestros pecados... Sus heridas nos han curado» (v. 24).

Jesús abre la marcha

El rebaño que caminaba a la desbandada ha encontrado un jefe que marcha a la cabeza. Es el Hijo del hombre que ha de ser entregado a los hombres. En marcha hacia Jerusalén y delante de los hombres, propone a quien quiera seguirle que tome su cruz y marche tras él. Simón de Cirene es un ejemplo para todo cristiano. Contemplando el ejemplo de Jesús y de aquellos que le han seguido, la invitación llega a nosotros: «Salgamos donde él, fuera del campamento, y carguemos con su oprobio» (Hb 13,13). Es tanto como encarnar en la vida los mismos sentimientos que tenía Cristo cuando rendía su vida al Padre. Difícil tarea, por no tener un fundamento natural; es una verdadera aventura de fe. Jesús va por delante, abriendo la marcha para que el camino nos resulte más fácil.

Dios salvaguarda el derecho del inocente

Jesús fue insultado a lo largo de su vida. Era algo normal que se le insultara en la hora de la muerte. Si, como el siervo, era un deshecho de hombre, un leproso, ¿cómo no le iban a tener por malhechor? Sólo él sabía su inocencia. Él y su Padre. Pone su inocencia en manos del Padre, para que el Padre haga justicia a los inocentes. Desde aquel viernes tenebroso, ¡cuántos inocentes han muerto confiando su inocencia sólo a Dios!. Los impresionantes silencios de Jesús y la espléndida respuesta del Padre nos hablan de la justicia de Dios, salvaguarda de quien sufre injustamente. Pongámonos en manos de Dios, que juzga justamente.

La víctima sobre el altar

La expiación vicaria tuvo sus antecedentes vétero-testamentarios: el macho cabrío que lleva sobre sí los pecados del pueblo. La expiación se ha realizado previamente ante el Señor, después se envía el animal al desierto, fuera del campamento. También el siervo lleva y soporta las dolencias de todos. Jesús se apropia, de modo eminente, los pecados de todos los hombres de todos los tiempos y, como nuevo Isaac, es atado en el altar de la cruz. Allí sacrificó el pecado de todos junto con el propio cuerpo. ¡Sus heridas nos han curado! Ellas posibilitan que vivamos para la justicia. Una justicia que no se alcanza por el esfuerzo personal, sino que es el inmenso amor que Cristo nos ha manifestado y se ha derramado en nuestros corazones. Es el mandamiento del amor, posible para aquellos que han recibido el Espíritu. ¡Feliz y bienaventurada Víctima de la cruz, que posibilita amarnos mutuamente!

Resonancias en la vida religiosa

Siguiendo las huellas del Cristo paciente: El Señor Jesús padeció voluntariamente por nosotros. Cargó con nuestros pecados, con nuestra lejanía de Dios y con los efectos que produce en los hombres la injusticia, la opresión, el odio. En su pasión Dios mató e hizo morir el pecado, para que renaciera en el mundo, en nosotros, una nueva vida. Cada una de las heridas corporales y espirituales de Jesús se convertían en medicinas con las que Dios nos curaba.

El dolor no es, pues, un sinsentido; se puede sufrir, como Jesús, sin culpa y ayudar a otros con el propio sufrimiento; se puede padecer el mal, dominándolo y provocando el adviento del bien.

Nosotros, religiosos, empeñados en el seguimiento de Cristo, procuremos asemejarnos a nuestro modelo; sigamos más de cerca sus huellas. Que nada nos arredre; gocémonos en las privaciones; abracemos los trabajos y sacrificios; carguemos con los pecados de los demás; que no seguimos a Cristo para encontrar aquí en la tierra la fama, el poder, la riqueza. Así nuestro sufrimiento acrisolará, en íntima unión con la pasión de Cristo, el mal de nuestro mundo. Entonces nuestras heridas, como estigmas de Cristo, sacramentalizarán las heridas del Jesús crucificado con las que Dios Padre nos cura.

Oraciones sálmicas

Oración I: Oh Dios, Tú has querido que Cristo padeciera por nosotros dejándonos un ejemplo; te rogamos por cuantos seguimos a Cristo: revístenos de los mismos sentimientos que tuvo Cristo, fortalécenos para que seamos capaces de salir fuera del campamento y cargar con su oprobio; ayudados por ti seguiremos las huellas de tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Dios todopoderoso y eterno, tu Hijo Jesucristo sufrió pacientemente la cruz sin miedo a la ignominia, aunque no cometió pecado ni hubo engaño en su boca; enséñanos a confiar sólo en ti, para que no devolvamos mal por mal, ni insulto por insulto, sino que pongamos nuestra vida en tus manos, porque Tú eres el único que juzgas justamente y eres indulgente con el culpable. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: En la Víctima sacrificada sobre el altar de la cruz, Tú cargaste, Padre misericordioso, todas nuestras dolencias y pecados, para que nosotros vivamos de la justicia que procede de ti; infunde en nosotros tu Santo Espíritu para que, impulsados por Él, amemos a nuestros hermanos como el Señor nos amó. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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