DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DEL APOCALIPSIS (4, 11; 5, 9. 10. 12)
Himno de los redimidos

.

 

4,11Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

5,9Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
5,10y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

5,12Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

 

COMENTARIO AL CÁNTICO DEL APOCALIPSIS 4-5

[Para la formación de este Cántico, la Liturgia ha tomado varios versículos del Apocalipsis: el v. 11 y último del cap. 4, y los vv. 9-10 y 12 del cap. 5. En estos dos capítulos, el vidente Juan describe la corte celestial en que moran el Soberano del universo y el Cordero divino, que comparte su trono. Las alabanzas del cap. 4 se dirigen sobre todo a Dios creador, y las del cap. 5, a Jesucristo redentor. Para una mejor comprensión del Cántico, reproducimos los capítulos del Apocalipsis del que está tomado, omitiendo algunos incisos:

4 1Yo, Juan, miré y vi en el cielo una puerta abierta; la voz con timbre de trompeta que oí al principio me estaba diciendo: «Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder después». 2Al momento caí en éxtasis. En el cielo había un trono y Uno sentado en el trono. 4En círculo alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, y sentados en ellos veinticuatro Ancianos con ropajes blancos y coronas de oro en la cabeza. 5Del trono salían relámpagos y retumbar de truenos; ante el trono ardían siete lámparas, los siete Espíritus de Dios. 6En el centro, alrededor del trono, había cuatro Vivientes: 7el primero se parecía a un león, el segundo a un novillo, el tercero tenía cara de hombre y el cuarto parecía un águila en vuelo. 8Los cuatro Vivientes día y noche cantan sin pausa: «Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo; el que era y es y viene». 9Y cada vez que los cuatro Vivientes gritan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos, 10los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adorando al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas ante el trono diciendo:

11Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado
.

5 1Vi también a la derecha del que estaba sentado en el trono, un rollo escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. 2Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: «¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos?» 3Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra podía abrir el rollo y ver su contenido. 4Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el rollo y de ver su contenido. 5Pero uno de los Ancianos me dijo: «No llores más. Sábete que ha vencido el León de la tribu de Judá, el Vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos». 6Entonces vi delante del trono, rodeado por los Vivientes y los Ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado. 7El Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con la mano derecha. 8Cuando tomó el libro, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume -son las oraciones del pueblo santo-. 9Y entonaron un cántico nuevo:

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

10y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra
.

11Y en la visión oí la voz de una multitud de Angeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares, 12y decían con fuerte voz:

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza
.

13Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos». 14Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar.]

* * *

San Juan, en los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis, antes de comenzar a hablar de las cosas futuras, tiene una visión en la que ve el cielo. Y en el cielo ve un trono sobre el cual está sentado el Señor omnipotente rodeado de toda su corte celeste (4,1-11). Después ve también en el mismo cielo al Cordero redentor, que toma en su mano la guía de la historia, que va a ser revelada a Juan (5,1-14).

El Dios omnipotente y su corte (4,1-11). San Juan es transportado en espíritu al cielo. Allí contemplará las cosas celestiales y el anuncio de los sucesos futuros que tendrán lugar sobre la tierra. Pero antes de entrar oye una voz, la misma que había oído antes. Es la voz de Cristo revelador que aquí va a hacer de guía de Juan. Hasta ahora Jesucristo le ha mostrado cosas que son; mas en adelante le va a mostrar las cosas que han de acaecer en el futuro (v. 1). Estas serán de grande importancia para la Iglesia y para el mundo. Por eso, el vidente de Patmos ha de poner la mayor atención posible a lo que viere y oyere.

Al entrar en el cielo, lo primero que ve Juan es un trono, y a Uno que está sentado en ese trono (v. 2), rodeado de sus asistentes. Dios aparece como el Señor del universo y de los siglos. En el cielo, desde donde son dirigidos todos los sucesos del universo, Juan verá cómo el Señor Dios omnipotente confiere al Cordero el poder de su reino.

Los reyes de la tierra solían tener un consejo de ancianos que les asistían en el gobierno del reino. Pues bien, al rey del cielo y de la tierra no le podía faltar este elemento de ornato -aunque como Dios sapientísimo no necesite de su consejo- para dar realce a la majestad de su corte. Los veinticuatro Ancianos del v. 4 forman como un senado de honor que rodea el trono de Dios. Creemos más conforme con el contexto ver en ellos ángeles a quienes Dios ha confiado el gobierno de los tiempos. Están sentados en sus tronos, vestidos de blanco y con una corona de oro sobre sus cabezas. Todo esto simboliza su poder y su gran dignidad. Las vestiduras blancas significan el triunfo y la pureza. Las coronas simbolizan su autoridad y la parte que toman en el gobierno del mundo. Y son Ancianos por su gobierno secular. Pero no sólo reinan, sino que también ejercen oficios sacerdotales en la liturgia celeste.

No sólo los veinticuatro Ancianos dan realce a la majestad de Dios, sino que también la naturaleza contribuía a esto con truenos y relámpagos (v. 5), como en la teofanía del Sinaí. Son la imagen tradicional de la voz y de la acción ad extra de Dios, sobre todo en las teofanías. Simbolizan, al mismo tiempo, el poder terrible que Dios tiene, y que manifestará castigando a los transgresores de su ley y a sus enemigos. Las siete lámparas de fuego... (v. 5), creemos que son expresiones para designar al Espíritu Santo.

San Juan ve, además, en medio del trono y en rededor de él cuatro Vivientes (v. 6). Están tomados sin duda de Ezequiel (1,10), y representan los cuatro reyes del reino animal: el león, rey de las fieras; el toro, rey de los ganados; el águila, rey de las aves, y el hombre, rey de la creación. La tradición cristiana se ha servido de estos cuatro Vivientes, que sostienen y transportan el trono de Dios, para simbolizar a los cuatro evangelistas, que forman la cuadriga de Jesucristo. Los cuatro Vivientes no cesan ni de día ni de noche de ensalzar la santidad del Señor Dios todopoderoso. La triple aclamación a la santidad divina quiere poner de relieve la trascendencia divina, separada de todo lo contaminado y de toda maldad. La triple repetición de Santo es una manera de expresar el superlativo, muy propia de la lengua hebrea. Santo, santo, santo equivale, por lo tanto, a santísimo o supersantísimo. Los misteriosos Vivientes aclaman, pues, la santidad de Dios y, al mismo tiempo, su omnipotencia y eternidad (v. 8). Esta hermosa doxología se inspira en Isaías 6,3, y corresponde al Sanctus que nosotros cantamos en la misa. La liturgia de la Iglesia es, en efecto, una participación terrestre de la liturgia celeste.

Siempre que los cuatro Vivientes daban gloria, honor y acción de gracias... al que vive por los siglos de los siglos (v. 9), los veinticuatro Ancianos se asociaban a esta liturgia celestial postrándose de rodillas e inclinándose hasta tocar la tierra, según la costumbre oriental. Tomando luego sus coronas, que simbolizan el poder de gobernar el mundo, las arrojaban delante del trono de Dios (v. 10). El deponer sus coronas es un signo de sumisión y vasallaje, que estaba de uso en la antigüedad. A estos signos de respeto y adoración añaden los Ancianos su propio himno litúrgico: Eres digno, Señor, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas (v. 11). Esta doxología desarrolla el tema de la gloria de Dios en las obras de la creación. Dios es digno de que le alabemos, porque posee todas las perfecciones posibles y su bondad se extiende al universo entero. Ha creado todas las cosas y por su voluntad existen, de ahí que sea justo que le den gloria y honor y reconozcan su dominio soberano sobre toda la creación.

En resumen, los ángeles del cielo, en quienes debe estar representada la creación entera, aclaman al Dios creador y conservador de todas las cosas.

El Cordero redentor recibe el libro de los siete sellos (5,1-14). El capítulo 5 tiene como tema central a Jesucristo redentor, al Cordero inmolado por los pecados del mundo. Ya no se trata de la adoración a Dios creador, que era el argumento del capítulo 4, sino de Cristo glorioso, vencedor por su pasión y muerte redentora. En sus manos pone el Padre Eterno los destinos futuros de la humanidad. Él llevará a efecto los planes divinos, luchando contra las fuerzas adversas de su Iglesia, y logrando el triunfo definitivo sobre el mal. Al recibir el Cordero la suprema investidura de manos del Padre, todas las criaturas, representadas por los cuatro Vivientes, los veinticuatro Ancianos y las miríadas de ángeles, prorrumpen en himnos de alabanza y de adoración.

Como introducción a la presentación del Cordero redentor en el cielo, San Juan nos describe con gran dramatismo la escena de un libro sellado que nadie es capaz de abrir. A la derecha de Dios ve el profeta un libro (v. 1), es decir, un rollo de papiro conteniendo los decretos divinos contra el Imperio romano, tipo de todos los imperios paganos perseguidores de los fieles. El libro o rollo que vio San Juan estaba sellado con siete sellos. Con lo cual se quiere indicar que el contenido del libro era secretísimo.

Un ángel poderoso grita a grandes voces, con el fin de que su voz se oiga en todo el universo, preguntando si hay alguien digno, o capaz, de abrir el libro, soltando los siete sellos (v. 2). Pero nadie responde en toda la creación. Nadie es digno, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en los abismos, de abrir el libro (v. 3). Nadie posee la dignidad suficiente para atreverse a escudriñar los destinos futuros de la humanidad. No hay ningún ángel en el cielo, ni hombre en la tierra, ningún difunto en el hades que pueda arrogarse tal dignidad. Sólo Cristo, redentor y mediador de los hombres posee los títulos suficientes para llevar a cabo semejante empresa. El hecho de no encontrar a nadie en el universo capaz de desligar los sellos sirve para demostrar la alta dignidad del único digno de realizar esta hazaña.

El profeta, ante aquel silencio de toda la creación, prorrumpe en llanto (v. 4), porque comprende cuál es el contenido del rollo. Y piensa que no será posible conocer la revelación de aquel libro misterioso, y, en consecuencia, tampoco tendrá la alegría de contemplar el triunfo final del reino de Dios y de su Iglesia sobre los poderes del mal, personificados en las autoridades del Imperio romano. Pero he aquí que uno de los Ancianos amablemente le tranquiliza, y le dice: No llores, mira que ha vencido el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, y que puede abrir el libro (v. 5). El Anciano afirma claramente que sólo Cristo es capaz de soltar los sellos. Él ha sido el que ha triunfado, mediante su pasión y resurrección, del pecado y de la muerte. Por eso Él será el único digno y capaz de abrir el libro de los siete sellos.

Por un ingenioso y paradójico contraste, el León anunciado aparece de repente bajo la forma de Cordero (v. 6). Es Cristo, el cordero pascual inmolado por la salvación del pueblo elegido. El Cordero se acerca al trono y recibe el libro de manos del que está sentado en él (v. 7). La significación transcendental del acto realizado por el Cordero, al tomar el libro para abrir sus sellos y revelar su contenido, se manifiesta en la escena que sigue. Los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postran, en señal de adoración, delante del Cordero glorioso (v. 8). Tienen en sus manos cítaras, para acompañar el cántico nuevo que en seguida entonarán, y copas de oro llenas de perfume (v. 9). Estos perfumes simbolizan las oraciones de todos los fieles de la Iglesia de Cristo que aún viven en la tierra. Los Ancianos se muestran aquí claramente como ángeles intercesores.

Los Ancianos y los Vivientes, al postrarse delante del Cordero, le rinden acatamiento y adoración, al mismo tiempo que reconocen su superioridad como vencedor en la lucha contra los poderes del Dragón. Además, expresan esos mismos sentimientos de reverencia y adoración entonando un cántico nuevo (v. 9) que va dirigido no solamente a Dios creador, como sucedía en los cuatro primeros capítulos del Apocalipsis, sino principalmente a Cristo redentor. Ese cántico nuevo corresponde al orden nuevo instaurado por Jesucristo, a la suprema intervención divina en los destinos de la humanidad, por medio de la muerte redentora del Cordero. El tema, pues, de este cántico es la redención llevada a cabo por Jesucristo. Él ha rescatado con su sangre a toda la humanidad, confiriendo a todos los rescatados la dignidad de reyes y sacerdotes (v. 10). Todos los cristianos han comenzado ya a reinar espiritualmente desde que Cristo ha sido glorificado, y son poderosos delante de Dios por su intercesión. Son un sacerdocio real, porque mucho más que los sacerdotes de la Antigua Alianza se pueden acercar a Dios para interceder por los hombres.

San Juan, después de haber contemplado el grupo de los seres que están más cercanos al trono y tienen una parte más importante en el gobierno del mundo y de la Iglesia, ve un segundo grupo formado por miríadas de ángeles que rodeaban el trono (v. 11). Las cifras que nos da aquí el profeta significan un número incontable. Al cántico nuevo de los Vivientes y de los Ancianos hacen coro innumerables ángeles, que aclaman y confiesan al Cordero, inmolado por la salud de la humanidad, proclamándolo digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza (v. 12). Estos siete términos honoríficos indican la plenitud de la dignidad y de la obra redentora de Cristo. A la perfección de la obra divina, alcanzada por la redención, corresponde la perfecta glorificación de aquel que la ha realizado.

La escena que nos describe San Juan es de una grandeza admirable. Cristo, el Cordero que ha sido degollado, recibe juntamente con el libro, el homenaje y el dominio de toda la creación. Es muy significativo que la alabanza de toda la creación vaya dirigida a Dios y al Cordero, indivisiblemente unidos. San Juan junta las criaturas materiales con los ángeles en la glorificación del Cordero redentor, a quien atribuyen la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos (v. 13). Todas las criaturas alaban a Cristo, en paridad con Dios, como Emperador supremo de todo el universo regenerado. A la aclamación de toda la creación se unen los cuatro Vivientes, diciendo: Amén (v. 14). Estos, que habían dado la señal para entonar los cánticos de alabanza, dan ahora su solemne amén de aprobación a la aclamación cósmica universal. Se acomodan a la manera de proceder de la liturgia tanto judía como cristiana. Los Ancianos también se postran en profunda adoración. Y de este modo forman como un todo único los seres de la creación, para tributar homenaje de obediencia y alabanza a Dios y a su Hijo Jesucristo.

[Extraído de José Salguero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El cántico que acabamos de escuchar, y que meditaremos ahora, forma parte de la liturgia de Vísperas, cuyos salmos estamos comentando progresivamente en nuestras catequesis semanales. Como sucede con frecuencia en la praxis litúrgica, algunas composiciones orantes nacen de la fusión de fragmentos bíblicos pertenecientes a páginas más amplias.

En nuestro caso se han tomado algunos versículos de los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis, en los que se representa una gloriosa y grandiosa escena celestial. En su centro se eleva un trono sobre el que está sentado Dios mismo, cuyo nombre por veneración no se pronuncia (cf. Ap 4,2). Sucesivamente, sobre ese trono se sienta un Cordero, símbolo de Cristo resucitado. En efecto, se habla de un «Cordero degollado» pero «de pie», vivo y glorioso (Ap 5,6).

En torno a estas dos figuras divinas se encuentra el coro de la corte celestial, representada por cuatro «Vivientes» (Ap 4,6), que tal vez evocan a los ángeles de la presencia divina en los puntos cardinales del universo, y por «veinticuatro Ancianos» (Ap 4,4), en griego presbyteroi, o sea, los jefes de la comunidad cristiana, cuyo número alude tanto a las doce tribus de Israel como a los doce Apóstoles, es decir, la síntesis de las dos alianzas: la primera y la nueva.

2. Esta asamblea del pueblo de Dios entona un himno al Señor exaltando su «gloria, honor y poder», que se han manifestado en el acto de la creación del universo (cf. Ap 4,11). En este momento se introduce un símbolo de gran importancia, en griego un biblíon, es decir, un «libro», pero que es totalmente inaccesible, pues siete sellos impiden su lectura (cf. Ap 5,1).

Así pues, se trata de una profecía oculta. Ese libro contiene toda la serie de los decretos divinos que se deben cumplir en la historia humana para hacer que reine en ella la justicia perfecta. Si el libro permanece sellado, esos decretos no pueden conocerse ni cumplirse, y la maldad seguirá propagándose y oprimiendo a los creyentes. Entonces resulta necesaria una intervención autorizada: la realizará precisamente el Cordero degollado y resucitado. Él podrá «tomar el libro y abrir sus sellos» (Ap 5,9).

Cristo es el gran intérprete y señor de la historia, el revelador del hilo secreto de la acción divina que guía su desarrollo.

3. El himno prosigue indicando cuál es la base del poder de Cristo sobre la historia. Esta base no es más que su misterio pascual (cf. Ap 5,9-10). Cristo fue «degollado» y con su sangre «rescató» a toda la humanidad del poder del mal. El verbo «rescatar» remite al Éxodo, a la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Para la antigua legislación, el deber de rescatar correspondía al pariente más cercano. En el caso del pueblo, este era Dios mismo, que llamaba a Israel su «primogénito» (Ex 4,22).

Cristo es quien realiza esta obra en beneficio de toda la humanidad. La redención llevada a cabo por él no sólo tiene la función de rescatarnos de nuestro pasado de pecado, de curar nuestras heridas y sacarnos de nuestras miserias. Cristo nos da un nuevo ser interior, nos hace sacerdotes y reyes, partícipes de su misma dignidad.

Aludiendo a las palabras que Dios había proclamado en el Sinaí (cf. Ex 19,6; Ap 1,6), el himno reafirma que el pueblo de Dios redimido está constituido por reyes y sacerdotes que deben guiar y santificar toda la creación. Es una consagración que tiene su raíz en la Pascua de Cristo y se realiza en el bautismo (cf. 1 P 2,9). De allí brota una llamada a la Iglesia para que tome conciencia de su dignidad y de su misión.

4. La tradición cristiana ha aplicado constantemente a Cristo la imagen del Cordero pascual. Escuchemos las palabras de un obispo del siglo II, Melitón de Sardes, una ciudad de Asia menor, el cual dice así en su Homilía pascual: «Cristo bajó del cielo a la tierra por amor a la humanidad sufriente, se revistió de nuestra humanidad en el seno de la Virgen y nació como hombre... Como cordero fue llevado y como cordero fue degollado, y así nos rescató de la esclavitud del mundo... Él nos llevó de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la opresión a una realeza eterna; e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido para siempre... Él es el cordero mudo, el cordero degollado, el hijo de María, cordera sin mancha. Él fue tomado de la grey, llevado a la muerte, inmolado al atardecer, sepultado al anochecer» (nn. 66-71: SC 123, pp. 96-100).

Al final, el mismo Cristo, el Cordero inmolado, dirige su llamamiento a todos los pueblos: «Venid, pues, todos vosotros, linajes de hombres que estáis sumergidos en pecados, y recibid el perdón de los pecados. En efecto, yo soy vuestro perdón, yo soy la Pascua de salvación, yo soy el cordero inmolado por vosotros, yo soy vuestro rescate, yo soy vuestra vida, yo soy vuestra resurrección, yo soy vuestra luz, yo soy vuestra salvación, yo soy vuestro rey. Yo soy quien os llevo a la altura de los cielos, yo soy quien os mostraré al Padre, el cual vive desde toda la eternidad; yo soy quien os resucitaré con mi diestra» (n. 103: ib., p. 122).

[Audiencia general del Miércoles 31 de marzo de 2004]

* * *

II CATEQUESIS SOBRE EL HIMNO DE LOS REDIMIDOS

1. El cántico que nos acaban de proponer marca la Liturgia de las Vísperas con la sencillez y la intensidad de una alabanza coral. Pertenece a la solemne visión inicial del Apocalipsis, que presenta una especie de liturgia celestial a la que también nosotros, todavía peregrinos en la tierra, nos asociamos durante nuestras celebraciones eclesiales.

El himno, compuesto por algunos versículos tomados del Apocalipsis y unificados por el uso litúrgico, está construido sobre dos elementos fundamentales. El primero, esbozado brevemente, es la celebración de la obra del Señor: «Tú has creado el universo, por tu voluntad lo que no existía fue creado» (Ap 4,11). En efecto, la creación revela el inmenso poder de Dios. Como dice el libro de la Sabiduría, «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13,5). De igual modo, el apóstol san Pablo afirma: «Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras» (Rm 1,20). Por eso, es necesario elevar el canto de alabanza al Creador para celebrar su gloria.

2. En este contexto puede ser interesante recordar que el emperador Domiciano, bajo cuyo reinado se compuso tal vez el Apocalipsis, se hacía llamar con los títulos «Dominus et deus noster» y exigía que únicamente se dirigieran a él de esa manera (cf. Suetonio, Domiciano, XIII).

Como es obvio, los cristianos se negaban a tributar a una criatura humana, por más poderosa que fuera, esos títulos y sólo dirigían sus aclamaciones de adoración al verdadero «Señor y Dios nuestro», creador del universo (cf. Ap 4,11) y a Aquel que, juntamente con Dios, es «el primero y el último» (cf. Ap 1,17), el que está sentado con Dios, su Padre, en el trono celestial (cf. Ap 3,21): Cristo, muerto y resucitado, simbólicamente representado aquí como un «Cordero de pie», aunque «degollado» (Ap 5,6).

3. Este es, precisamente, el segundo elemento, ampliamente desarrollado, del himno que estamos comentando: Cristo, Cordero inmolado. Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos lo ensalzan con un canto que comienza con la aclamación: «Eres digno, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado» (Ap 5,9).

Así pues, en el centro de la alabanza se encuentra Cristo con su obra histórica de redención. Precisamente por eso él es capaz de descifrar el sentido de la historia: es él quien «abre los sellos» (Ap 5,9) del libro secreto que contiene el proyecto querido por Dios.

4. Pero su obra no consiste sólo en una interpretación, sino que es también un acto de cumplimiento y de liberación. Dado que ha sido «degollado», ha podido «comprar» (Ap 5,9) a hombres que proceden de toda raza, lengua, pueblo y nación.

El verbo griego que se utiliza no remite explícitamente a la historia del Éxodo, en la que no se habla nunca de «comprar» a los israelitas, pero la continuación de la frase contiene una alusión evidente a la célebre promesa hecha por Dios al Israel del Sinaí: «Vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6).

5. Ahora esa promesa se ha hecho realidad: el Cordero ha constituido, de hecho, para Dios «un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra» (Ap 5,10), y este reino está abierto a la humanidad entera, llamada a formar la comunidad de los hijos de Dios, como recordará san Pedro: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2,9).

El concilio Vaticano II hace referencia explícita a estos textos de la primera carta de san Pedro y del libro del Apocalipsis, cuando, presentando el «sacerdocio común» que pertenece a todos los fieles, explica las modalidades con las que lo ejercen: «Los fieles, en cambio, participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (Lumen gentium, 10).

6. El himno del libro del Apocalipsis que meditamos hoy se concluye con una aclamación final pronunciada por «miríadas de miríadas» de ángeles (cf. Ap 5,11). Se refiere al «Cordero degollado», al que se atribuye la misma gloria destinada a Dios Padre, porque «es digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría y la fuerza» (Ap 5,12). Es el momento de la contemplación pura, de la alabanza gozosa, del canto de amor a Cristo en su misterio pascual.

Esta luminosa imagen de la gloria celestial es anticipada en la liturgia de la Iglesia. En efecto, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, la liturgia es «acción» de Cristo totalChristus totus»). Los que la celebran aquí, viven ya de algún modo, más allá de los signos, en la liturgia celestial, donde la celebración es totalmente comunión y fiesta. El Espíritu y la Iglesia nos hacen participar en esta liturgia eterna cuando celebramos, en los sacramentos, el misterio de la salvación (cf. nn. 1136 y 1139).

[Audiencia general del Miércoles 3 de noviembre de 2004]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

La victoria del rey de Israel, que acabamos de cantar en el salmo 20, es como figura o profecía de la victoria pascual de Cristo, victoria completa y definitiva que da sentido a todas las luchas y sufrimientos del pueblo de Dios. Y es esta victoria la que canta el himno del Apocalipsis que ahora vamos a hacer nuestro.

Entonemos nuestra acción de gracias al Dios creador, que lo ha llevado todo a la existencia para nuestro bien: Por su voluntad lo que no existía fue creado.

Entonemos nuestro himno a Cristo, el Cordero inmolado, porque con su misterio pascual seca las lágrimas de los que lloramos desconcertados, como el vidente de Patmos, porque, si por nuestras luces personales no alcanzamos a comprender cómo Dios permite el mal, a la luz del misterio pascual de Cristo comprendemos, en cambio, la historia del mundo -el libro cerrado con los sellos- y el sentido del sufrimiento de los buenos. También Cristo sufrió hasta la muerte, y Dios Padre lo resucitó. Esta exaltación de Cristo, que sigue a su muerte, nos abre el libro de la historia y sus sellos, es decir, nos da a comprender el sentido de los breves sufrimientos presentes.

Asociémonos, pues, al canto de los Ancianos -figura de los santos del antiguo Testamento, que ven realizadas en Cristo sus esperanzas- y a los himnos de los ángeles, que contemplan cómo la Iglesia, por la sangre de Cristo, ha sido hecha pueblo real y sacerdotal.

Que este himno sea el modelo de nuestro homenaje a Dios Padre, creador del mundo, y a Cristo, que con su sangre nos ha comprado.

Oración I: Señor, Dios nuestro, que has creado el universo para nuestro bien y, en el misterio pascual de Cristo, tu Hijo, nos has abierto el sentido de la historia; haz que los hombres de toda raza, pueblo y nación canten con nosotros la salvación que tu Hijo ha realizado y disfruten de su triunfo, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor, Dios nuestro, que has hecho de nosotros un reino de sacerdotes, para que, en nombre de la creación, cantemos tu gloria y demos gracias por la redención de los hombres; ábrenos el sentido del libro sellado, para que comprendamos, en el misterio de la muerte y resurrección de tu Hijo, el Cordero degollado y viviente ahora por los siglos de los siglos, el sentido de la historia humana y de sus dolores y contrariedades. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

* * *

NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

Cap. 4. Dios, sentado en su trono y rodeado de su corte, recibe los homenajes que se le tributan.

VV. 1-3. Arrebatado al cielo, Juan ve una puerta abierta. La escena reproduce aquella otra en que Esteban, lleno del Espíritu Santo, vio el cielo abierto y la gloria de Dios, y a Jesús sentado a su derecha (Hch 7,55s). El ángel del Apocalipsis, de pie al lado de la puerta abierta, le ordena subir al cielo para contemplar en visión los acontecimientos futuros. Acto seguido el vidente tiene la sensación de ser transportado corporalmente al cielo. Pese a la invitación, no le es posible entrar, sino sólo mirar dentro a través de la puerta abierta. Desde allí ve la sala del trono y la corte de Dios. En el trono está sentado Dios. Pero ni se da su nombre, ni se describe su figura. Dios, en efecto, es invisible, y hasta los serafines deben cubrirse el rostro en presencia de él. De ahí que el vidente no pueda mirarlo, sino sólo percibir su resplandor.

V. 4. En derredor del trono de Dios se hallan dispuestas, también a manera de tronos, veinticuatro sillas, y sentados en ellas veinticuatro «Ancianos», vestidos de blanco y con guirnaldas o coronas de oro en la cabeza. Éstos se ocupan principalmente de rendir alabanza a Dios y al Cordero. Uno de ellos dará luego al vidente la explicación de cuanto tiene a la vista. Más adelante, en Ap 5,8, se dirá que ellos sostienen copas de oro llenas de incienso perfumado, símbolo de la misión que tienen de hacer llegar a la presencia de Dios las oraciones de los fieles. Las coronas de oro simbolizan la posición eminente que los antiguos patriarcas ocupan en el reino de Dios; las vestiduras blancas no indican otra cosa que su pertenencia al reino celestial.

V. 5. La mirada del vidente se dirige de nuevo al trono divino, del cual proviene un gran ruido e incesantes relámpagos y truenos. El espectáculo recuerda la promulgación de la ley en el Sinaí y la aparición de Dios en Ez 1,13. En el Antiguo Testamento la tempestad acompañada de relámpagos y truenos es un símbolo corriente de la potencia y majestad de Dios cuando se revela. Ante el trono de Dios arden siete antorchas, que se interpretan como símbolos de los siete espíritus de Dios. Si estos siete espíritus simbolizan el Espíritu septiforme de Dios, su representación en forma de antorchas significa que nada en el mundo escapa a la mirada del Señor.

VV. 6-8a. En medio del trono y alrededor del trono, permanecen de pie cuatro «Vivientes». El término griego con que son designados, que corresponde al vocablo hebreo usado por Ezequiel, podría implicar la idea, aunque no necesariamente, de que los cuatro Vivientes presentaban figura de animales. Su apariencia es más de animales que de hombres; pero de hecho no son ni animales ni hombres, sino sublimes seres angélicos, dignos de estar muy cerca de Dios.

VV. 8b-11. Para terminar, Juan habla de lo que constituye la ocupación de la corte divina: ofrecer incesantemente homenajes a Dios. El vidente refiere incluso las palabras con que tales alabanzas se expresan. El canto de los cuatro Vivientes, réplica del trisagio de los serafines de Is 6, glorifica a Dios como santo, omnipotente y eterno, o, en otros términos, realza su misteriosa naturaleza. Al de los Vivientes, los Ancianos agregan cada vez su propio canto de alabanza a Dios, celebrándose como Creador de todas las cosas, a quien corresponde alabanza, honor y poder sobre todas las criaturas. Este cántico resonará de nuevo cuando llegue el fin. Al rendir su homenaje, los Ancianos se postran en tierra delante de Dios en señal de la más profunda reverencia, y se despojan de sus coronas en reconocimiento de que su gran dignidad la deben a Dios.

Cap. 5. El libro sellado es entregado al Cordero para que lo abra.

El capítulo cuarto se detenía a presentar los actos de homenaje y adoración en que sin cesar se ocupa la corte divina; ahora se narra un hecho excepcional que sucede en la sala del trono de Dios, y con el cual se inicia todo el drama escatológico, que de aquí en adelante se desarrolla ante los ojos del vidente. El capítulo cuarto constituye, pues, el fondo para el quinto.

VV. 1-4. En la diestra de Dios, abierta y extendida, Juan ve un libro escrito por dentro y por fuera, y cerrado con siete sellos. Éste no tiene, como nuestros libros, la forma de «códice», sino de un rollo de papiro o de pergamino escrito por las dos caras, circunstancia que designa la riqueza de su contenido. Mientras Juan aguarda, impaciente, a ver qué sucede, oye cómo un ángel, con voz potente que se difunde por todo el orbe, pregunta a la creación entera quién es digno de abrir el libro y de poner en marcha el curso de los acontecimientos escatológicos. Pero, en los tres reinos en que está dividido el universo, nadie es capaz de hacerlo, y esto arranca al vidente lágrimas de amargura.

V. 5. Uno de los Ancianos lo reanima entonces, comunicándole que hay uno digno de hacerlo: el León de la tribu de Judá, el Vástago de David. Se trata de dos títulos mesiánicos provenientes del AT; el primero se lee en Gn 49,9 y designa al Mesías como al ansiado dominador de la tribu de Judá; el segundo, tomado de Is 11,1.10, como al vástago de la estirpe de David. Mas el derecho y la dignidad suficientes para abrir el libro, Cristo no los tiene en virtud de sus relaciones especiales con Dios ni de la perfección de su vida terrena, sino por la victoria sobre Satán y sobre el mundo a éste sometido, victoria que alcanzó, con la muerte de cruz. Gracias a ella libertó al género humano de la sujeción al enemigo de Dios y conquistó para sí un pueblo santo, escogido de entre todas las naciones; gracias también a ella se hizo posible el juicio contra las potencias hostiles a Dios y se echaron las bases para la fundación del reino escatológico. Todo esto es el objeto del designio divino contenido en el libro sellado. Por eso el crucificado, el Cordero degollado, es el único digno de recibir el libro y de romper sus sellos.

V. 6. Las palabras de aliento del Anciano llevan al vidente a fijarse en la presencia de una figura que evidentemente no ha notado aún: un Cordero que se presenta como degollado, es decir, que muestra en el cuello las señales de la herida que le produjo la muerte. Este Cordero es Cristo crucificado y triunfante; la figura en que está representado constituye una reminiscencia de la profecía del siervo sufriente de Dios, «conducido al sacrificio como un cordero» (Is 53,7).

VV. 7-8. El Cordero recibe ahora de manos de Dios el libro sellado, para abrirlo y dar así cumplimiento a los derechos de Dios. El solemne acontecimiento es celebrado por toda la creación con cantos de júbilo. Los primeros en presentar sus homenajes al Cordero son los cuatro Vivientes y los Ancianos, es decir, los más próximos al trono. Los Ancianos, que tienen en la mano arpas, el instrumento con que era tradición acompañar el canto de los salmos, y copas llenas de perfumes, sostienen sus cantos con música, y de las copas hacen subir hasta Dios nubes de incienso perfumado. El vidente mismo se encarga de dar a conocer el significado del incienso, presentándolo como símbolo de las oraciones de los santos, es decir, de los fieles de la tierra. Las oraciones que los Ancianos ofrecen a Dios no tienen relación con las necesidades privadas de los fieles, son una súplica en que se pide la pronta realización de los misteriosos designios de Dios, escritos en el libro.

VV. 9-10. De su cántico se dice que es «nuevo»; este epíteto, sacado de los Salmos, significa que hasta ahora no lo han ejecutado, porque aún no había llegado la ocasión; en él ensalzan la obra redentora de Cristo, gracias a la cual se creó la nueva comunidad de Dios, cuyo precio es la sangre del Cordero. Los miembros de la comunidad provienen de todos los pueblos de la tierra, sin distinción de lengua ni de raza. Han sido reunidos a fin de constituir un reino para Dios y elevados a la dignidad sacerdotal, y tendrán parte en el reino eterno de Dios.

VV. 11-12. El vidente oye otra multitud de seres celestiales que rinden homenaje al Cordero: son ángeles en número incalculable, que colman el espacio en torno a los veinticuatro Ancianos. Las alabanzas de éstos celebran no tanto la redención y los frutos que ella ha producido para el bien de los hombres, cuanto el premio eterno que el Cordero mereció por haber sido su autor. La enumeración que en su homenaje hacen de siete títulos, tiene ciertamente valor simbólico, y designa la plenitud de gloria y de poder que recibió el Cordero.

VV. 13-14. El canto de alabanza de los ángeles se extiende luego a todos los ámbitos de la creación. Juan no ve a las criaturas que alaban a Dios, sólo oye sus voces; también los cuatro Vivientes las oyen, por hallarse cerca del trono, y responden con el «amén». La creación prorrumpe en exclamaciones de alegría, porque, con la apertura del libro sellado, llegará el momento en que también ella se verá libre de la antigua maldición y tendrá parte en la revelación de los hijos de Dios. Con este grandioso homenaje de toda la creación a Dios y al Cordero termina la liturgia celestial.

[Extraído de A. Wikenhauser, El Apocalipsis de San Juan. Barcelona, Ed. Herder, 1969]

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En el capítulo 4 del Apocalipsis se habla de Dios creador. En el siguiente, de Dios redentor. Propiamente los dos capítulos, el 4 y el 5, contienen la descripción del escenario desde donde Dios creador y el Cordero redentor dominan los acontecimientos futuros de la historia de la Iglesia. Se consigue este encuadramiento con una visión grandiosa, en que se describe el teatro de la revelación, que es el cielo, morada de Dios.

V. 11. Los veinticuatro Ancianos entonan una doxología a Dios creador. Está calcada, con palabras y conceptos variantes, en el trisagio anterior (v. 8). Desarrolla el tema de la gloria de Dios en sus obras. Digno es el Señor Dios, porque en realidad posee aquello que sus criaturas le reconocen y proclaman, y así recibe justamente de ellas la alabanza de la gloria, esplendor luminoso de la esencia divina, manifestada en las maravillas de la creación; el honor, o estima que se debe a una cosa preciosa de parte de otro, aquí de las criaturas, y el reconocimiento efectivo de la potestad sobre todo lo creado, que es el dominio o poder de Dios. No se deja a un lado en esta alabanza la acción de Dios en los sucesos de la historia, al menos fundamentalmente. Las dos últimas frases dan el enfoque a toda la doxología. Traduciendo al pie de la letra las palabras finales se tendría: por tu voluntad existieron y fueron creadas todas las cosas. Finalmente, no hay que pensar que tanto los Vivientes como los Ancianos repitieran siempre las mismas palabras de alabanza. Se han dado dos pautas, cuyo contenido variará según las circunstancias y los acontecimientos.

Capítulo 5. El cap. 4 tenía por centro la adoración a Dios creador; el cap. 5 tiene por centro a Dios redentor. Jesucristo, vencedor por su encarnación, pasión y muerte redentora y por su gloriosa resurrección, ha llevado a cabo los planes salvíficos divinos. Ahora lo que Dios el Padre ha determinado de los acontecimientos futuros, lo delega en su Hijo. El Cordero-Jesús tiene en sus manos los destinos del mundo. Llevará a efecto los planes de incremento y gloria a favor de su Iglesia contra las fuerzas adversas mundanas y ultramundanas que la combatirán. Al tomar posesión el Cordero de la suprema investidura, recibe de todas las criaturas los himnos de alabanza y la adoración que sólo tributaban a Dios, el Padre. Primero, de los cuatro Vivientes y de los veinticuatro Ancianos (v. 10); luego, de millares de millones de huestes angélicas (vv. 11-12); finalmente, de todos los seres de la creación, animados e inanimados, que, según la concepción y expresión bíblica, alaban y han de alabar al Creador (vv. 13-14). El tema de la alabanza al Cordero en los himnos que se entonan es la redención presupositiva y la investidura del dominio universal en la historia. Se funde en una misma gloria el acatamiento a Dios, el Padre, y al Cordero, Jesucristo. Los seres más nobles de la creación rubrican el himno universal apoteósico con un amén de ratificación, y la Iglesia, en los veinticuatro Ancianos, cae en adoración ante el trono de la divinidad en que están el Padre y el Cordero.

V. 9. Los Ancianos entonan un cántico nuevo. El concepto preciso de cantar nuevo se ha de buscar en el AT. Cuando Dios intervenía de un modo especial a favor de su pueblo, se le alababa y daba gracias por el beneficio recibido recordando el acontecimiento de modo poético y comunitario. Así el paso del mar Rojo (Ex 15,1-21), así Débora y Barac (Jue 5), así también Judit (Jt 16,1-17), así Tobit (Tob 13). De donde pasó el nombre a cualquier cántico de acción de gracias por un beneficio recibido que supusiera una especial intervención favorable de Dios. En nuestro caso, los Ancianos entonan un cantar nuevo a la suprema intervención divina, que es la redención de Jesucristo a favor del Israel de Dios y a la colación de la investidura al Cordero. Lo cual supone que ellos son de alguna manera lo mejor del Israel espiritual. El himno refleja dos momentos: 1.º El presente, en que Cristo recibe el rollo con todas sus consecuencias. 2.º El pasado, que es la redención y fundación de la Iglesia con la gracia, los sacramentos y con su ser de sociedad perfecta sobre la tierra. A éstos puede añadirse, como consecuencia, 3.º El futuro. La actuación de Jesucristo es garantía del buen éxito a que llevará su obra, la Iglesia, en el porvenir a pesar de las oposiciones. El AT se desvaneció con sus sacrificios de animales y su exclusivismo racial. Ahora, una vez para todas, fue sacrificado Cristo y con el precio de su sangre compró a todas las gentes. Es difícil precisar los matices de las palabras que indican la variedad de gentes. Por ellos se intenta expresar la totalidad absoluta de la humanidad. Puestos a buscar diferencias, raza o tribu sería estirpe o descendencia de un mismo patriarca; lengua equivaldría a un común hablar, ya que una misma raza puede tener varias lenguas y varias razas pueden poseer una sola lengua; nación señalaría divisiones geográficas o administraciones políticas, y pueblo tal vez subrayaría la diversidad de cultura religiosa, filosófica, científica y particularmente ética. El resultado es patente. Esta sociedad de cristianos, perseguidos por los césares y poderes adversos, reina sobre la tierra con dignidad regia y sacerdotal.

Parece percibirse en este canto la estructura, el contenido y el calor de las primeras plegarias cristianas.

VV. 11-12. Himno de las huestes angélicas. Es una nueva visión. Los ángeles aclaman al Cordero unánimemente. Cae dentro del estilo de San Juan poner primero miríadas, que es más, y luego millares, que es menos. Reconocen los ángeles la investidura del Cordero y lo acatan como a redentor, y, de consiguiente, como amo absoluto de los acontecimientos de la historia, y como a Dios. Un solo artículo en griego abraza los siete sustantivos, como si fueran uno solo. Es la plenitud de dones. Jesucristo es digno de recibir esos dones de parte de Dios el Padre, por su obediencia y por su trabajosa redención, y, por tanto, es digno de que se los reconozcan y celebren incluso los seres angélicos. Todos esos dones, especialmente su conjunto, reflejan la divinidad de Cristo. Pero, en su estructura, ese himno reasume más la investidura recibida por Cristo y subraya la verdad y razón con que en adelante será señor de la historia.

[Extraído de S. Bartina, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO DEL CÁNTICO

Introducción general

Las doxologías tan frecuentes en el libro del Apocalipsis cantan la realización activa de la salvación, efectuada por el poder de Dios y del Cordero. Como los coros de la tragedia griega, rememoran los hechos del pasado o anuncian los acontecimientos del futuro. De ahí, la fluidez temporal: del pasado al futuro, pasando por el presente. En nuestro cántico vespertino intervienen los «Ancianos», quienes alaban al Dios viviente, los «Vivientes» y los «Ancianos», que exaltan al Cordero degollado, y finalmente, «miríadas de ángeles».

Son dos los sujetos de nuestra alabanza vespertina, Dios creador y el Cordero redentor, y tres los coros que intervienen: Ancianos, Vivientes-Ancianos y muchedumbre angélica.

Si adoptamos el primer modelo se puede rezar a dos coros de la forma siguiente:

Coro 1.º, Primer digno: «Eres digno... fue creado» (4, 11).

Coro 2.º, Segundo y tercer digno: «Eres digno de tomar el libro... gloria y alabanza» (5, 9-10. 12).

Si seguimos el modelo segundo somos más fieles al crescendo doxológico del Apocalipsis:

Coro 1.º, Primer digno: «Eres digno... fue creado» (4, 11).

Coros 1.º y 2.º, Segundo digno: «Eres digno de tomar el libro... y reinan sobre la tierra» (5, 9-10).

Coros 1.º, 2.º y 3.º, Tercer digno: «Digno es el Cordero... gloria y alabanza» (5, 12).

A Dios, todo honor y gloria

La figura de Dios sedente en el trono es familiar en la Biblia. Es la postura regia y judicial de Dios. No por eso está alejado de la creación, sino que es «Aquel que era y es y viene» (Ap 4,8). Su ser se manifiesta en la acción histórica que será una acción de salvación. Es un Dios «con-descendiente». Se abaja para estar-con-el-hombre, y aun para infundir el ser a lo que no era. La trascendencia inaccesible de Dios se trueca en acción creacional y salvadora. ¿Qué tiene de extraño que ahora, en el acto final de la historia, la gloria usurpada por los hombres torne a Dios? Así la creación se ilumina en sus profundidades, ya que lleva las huellas del Creador.

Un cántico nuevo

Si los rabinos distinguían un cántico femenino (cántico de espera) y otro masculino (previsto para el día del Mesías), nosotros entonamos este último, que atraviesa todas las categorías espacio-temporales y lo abarca todo. Es un cántico nuevo porque el motivo es nuevo, increíble en nuestra tierra: El que fue degollado nos compró. Dos hechos pasados con proyección presente y futura: nos has hecho un reino de sacerdotes, nos has llamado a servir libremente a Dios y a reinar. En sus manos salvadoras está nuestro destino personal y el de nuestra historia colectiva. «¿No era necesario que Cristo padeciera y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26). Con Él hemos iniciado el camino. Fijos los ojos en el consumador de nuestra fe, «corramos con fortaleza la prueba que se nos propone» (Hb 12,2).

Innumerables ángeles te glorifican sin cesar

Los hombres somos capaces de pasarnos dos horas gritando «grande es la Artemisa de los efesios» (Hch 19,34). Glorificamos a los campeones más efímeros mientras nos olvidamos del único que ha llegado a la meta sin desfallecer. El Evangelio, sin embargo, nos sitúa desde el principio ante Aquel que es digno de gloria. Está adornado con la plenitud del poder -la «septiformis virtus Dei»- como septiforme era su acción prevista por el profeta. Tributamos a Cristo, fuerza irrefrenable, la plenitud de la adoración -con siete sustantivos-, en la esperanza de alcanzar un día a Cristo y su resurrección, como nosotros fuimos alcanzamos por Él. Ese día gozoso, nuestro «Amén» será firme, unido al de los Vivientes que cierran esta doxología con un «amén» (Ap 5,14).

Resonancias en la vida religiosa

Reconocimiento de Dios en un mundo arrogante: «Seréis como dioses»: éste ha sido el lema al que ha obedecido la historia del pecado de la humanidad. Los hombres nos hemos arrogado el poder, la fuerza, la riqueza, la sabiduría; hemos luchado por la autonomía y emancipación de Dios.

En este mundo arrogante, los religiosos, afectados por la locura de la cruz, intentamos denunciar tal situación, sacramentalizando en nuestra vida la debilidad de los pobres, la necedad del hombre, para reconocer que sólo Dios Padre, sólo Jesús, el Hijo sacrificado por los hombres, merecen la alabanza, la gloria. Confesamos que sólo Dios es nuestra riqueza y nuestra gloria y nuestra fortaleza y sabiduría. Proclamamos que el hombre será libre y poderoso -¡estirpe real!- cuando entre en comunión de amor con Dios Padre y con Jesús por la fuerza irresistiblemente atrayente del Espíritu.

Oraciones sálmicas

Oración I: Señor, Dios nuestro, te alabamos uniendo nuestras voces a la de tus profetas y mártires. Recibe nuestra humilde alabanza vespertina y muéstranos tu salvación para que junto con el universo por ti creado proclamemos que sólo Tú eres digno de poder, honor y gloria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor, Dios nuestro, Tú has hecho de nosotros un reino de sacerdotes, para que, en nombre de lo creado, alabemos tu nombre. Infunde tu divina luz en nuestros corazones para que comprendamos el sentido del libro sellado: la muerte y resurrección del Cordero degollado, los dolores y contrariedades de nuestra convulsionada humanidad; así, fijos los ojos en el consumador de nuestra fe, correremos con fortaleza la prueba que se nos propone. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: A ti, Dios nuestro, la gloria y la alabanza en lo alto del cielo y en lo profundo de la tierra. A ti y al Cordero el honor, el poder y la fuerza; haznos saber el poder de la resurrección de tu Siervo y la comunión en sus padecimientos, en la espera de que un día alcancemos a Cristo, ya que antes fuimos alcanzados por Él. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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