DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DEL APOCALIPSIS (19, 1-2. 5-7)
Las bodas del Cordero

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(Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir Aleluya sólo al principio y el final de cada estrofa).

1Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
(R. Aleluya.)
2porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

5Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
(R. Aleluya.)
los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

6Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
(R. Aleluya.)
7alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
(R. Aleluya.)
su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

 

COMENTARIO AL CÁNTICO DEL APOCALIPSIS (Ap 19,1-2.5-7)

[Ofrecemos a continuación el texto del Apocalipsis, 19,1-9, al que la Biblia de Jerusalén da el nombre de Cantos triunfales en el cielo. Son cantos de júbilo que acompañan a la caída de Babilonia (Roma). El primer canto, vv. 1-4, viene del cielo; le sigue un segundo canto, vv. 5-9, al que se asocian los santos de la Iglesia entera invitados a las bodas del Cordero.

1Después oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa que decía:

-- «¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, 2porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la gran Prostituta que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos».

3Y por segunda vez dijeron:

-- «¡Aleluya! Su humareda se eleva por los siglos de los siglos».

4Entonces los veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, diciendo:

-- «¡Amén! ¡Aleluya!»

5Y salió una voz del trono, que decía:

-- «Alabad al Señor, sus siervos todos, los que le teméis, pequeños y grandes».

6Y oí el ruido de muchedumbre inmensa y como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían:

«¡Aleluya! Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. 7Alegrémonos y gocemos y démosle gracias, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha embellecido 8y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura -el lino son las buenas acciones de los santos-».

9Luego me dice:

-- «Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero».]

* * *

Después del juicio de Dios, de Babilonia no ha quedado nada, se ha hundido en un abrir y cerrar de ojos, como una gran piedra que se arroja en el mar (Ap 18).

VV. 1-4. De la asolada Babilonia se eleva ahora la mirada al cielo. Allí, los espíritus bienaventurados, juntamente con los hombres glorificados, celebran con cánticos de victoria la caída de la metrópoli del Anticristo. En tres cantos sucesivos se dirige la acción de gracias por ello al que está sentado en el trono, al soberano universal; cada coro comienza con una exclamación de júbilo, el aleluya («¡alabad al Señor!»), que de la liturgia del templo de Jerusalén lo había sin duda tomado ya la comunidad jerosolimitana y así se introdujo tal cual, al igual que el amén, como aclamación en la liturgia cristiana; por lo demás, el aleluya aparece aquí por primera vez en un documento cristiano y por única vez en el Nuevo Testamento. El coro del cielo explica su alabanza de Dios por el hecho de que en el juicio sobre la meretriz se ha revelado como justo; aquélla era, en efecto, el foco de infección para el mundo entero y la verdadera promotora de todas las persecuciones sangrientas contra los cristianos.

El aleluya vuelve a repetirse y se motiva con la declaración de que este «verdadero y justo» juicio de Dios es irrevocable por toda la eternidad; con ello la redención definitiva y completa asoma en el horizonte de la historia universal. Por su parte, los ancianos y los vivientes que están ante el trono del Altísimo, intervienen con el gesto de la adoración en el canto de júbilo y confirman con el amén el cántico de alabanza de los ángeles y hombres bienaventurados.

VV. 5-8. Todavía más poderosamente retumba el tercer aleluya en honor del Todopoderoso; se oye un inmenso coro de multitudes que resuena como las voces reunidas de las más ruidosas fuerzas de la naturaleza, como el estruendoso bramido de imponentes cascadas y como el retumbar de poderosos truenos.

Al requerimiento venido de cerca del trono -sin duda de uno de los seres vivientes («¡a nuestro Dios!»)- responden ahora todos los siervos de Dios en la tierra, toda la Iglesia de Dios que todavía no ha llegado a la meta de la eternidad, todos los fieles sin distinción de rango ni de condición; nadie es pequeño o superfluo delante de Dios. La Iglesia de Dios en la tierra exulta y da gracias sobre todo porque al fin Dios despeja en su juicio lo que había sido obstáculo a la plena manifestación de su soberanía en la tierra. Con la caída de Babilonia ha dado comienzo a su última gran obra, con la que conduce a su creación a la consumación y lleva a su meta la historia de la humanidad.

Todavía se menciona un segundo motivo de júbilo: Ha llegado la hora de las «bodas del Cordero»; éstas se describen por extenso más adelante (21,9ss). La imagen se remonta originariamente a una representación de los profetas del Antiguo Testamento que enfoca la relación de Dios con su pueblo de la alianza por analogía con la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio. Jesús utilizó de varias maneras la imagen del banquete nupcial para representar gráficamente la salvación consumada. La relación personal en que él se halla con sus elegidos es comparable con la comunidad entre esposo y esposa.

Cuando los fieles cristianos probados con sufrimientos en la tierra declaran que al fin han llegado «las bodas del Cordero», esto quiere decir que ellos ven que va a cumplirse la promesa de la segunda venida de su Señor. El Señor viene para recoger a su Iglesia en el destierro y conducirla a su gloria. Cuando la Iglesia en la tierra se haya reunido con Cristo, entonces se habrá alcanzado plenamente la meta de su obra redentora.

Así está, pues, la Iglesia llena de expectación y de anhelo, en su atavío nupcial, dispuesta a recibir a su Señor. Su vestido nupcial es un presente de Dios («se le ha concedido»); Dios mismo la ha engalanado con su gracia. El vestido es sencillo, pero auténtico y fino en comparación con el exagerado y chocante atavío de su competidora, la meretriz Babilonia (cf. 17,4); el color blanco es símbolo de la santidad y de la transfiguración que la aguarda en la gloria de Dios.

En una declaración final se da una segunda explicación de la procedencia del vestido nupcial. Se había explicado ya como presente de la gracia de Dios; ahora se nos dice que está también tejido con las buenas obras de los cristianos. En esta concepción está subyacente la misma definición de la relación entre la gracia y las buenas obras que Pablo aduce más claramente en Flp 2,12-14. No se debe pasar por alto la llamada moral que se encierra en esta afirmación; aquí se plantea a todo cristiano el quehacer de contribuir con sus buenas obras a tejer el vestido nupcial de la Iglesia y a darle mayor esplendor.

V. 9. El canto de júbilo con que la Iglesia en la tierra se había unido al himno de acción de gracias del cielo, está todavía en el futuro para los destinatarios del Apocalipsis; para ellos es por ahora únicamente expresión de la esperanza en que viven y por la que están dispuestos a morir. Por esta razón la visión anticipada de la consumación se cierra declarando bienaventurados a los que están llamados a este banquete nupcial (cf. Lc 14,15). La promesa trata de suscitar confianza y resolución, así como ánimos para sufrir en el tiempo de la persecución.

[E. Schick, El Apocalipsis. Barcelona, Ed. Herder, 1974]

* * *

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Siguiendo la serie de los salmos y los cánticos que constituyen la oración eclesial de las Vísperas, nos encontramos ante un himno, tomado del capítulo 19 del Apocalipsis y compuesto por una secuencia de aleluyas y de aclamaciones.

Detrás de estas gozosas invocaciones se halla la lamentación dramática entonada en el capítulo anterior por los reyes, los mercaderes y los navegantes ante la caída de la Babilonia imperial, la ciudad de la malicia y la opresión, símbolo de la persecución desencadenada contra la Iglesia.

2. En antítesis con ese grito que se eleva desde la tierra, resuena en el cielo un coro alegre de ámbito litúrgico que, además del aleluya, repite también el amén. En realidad, las diferentes aclamaciones, semejantes a antífonas, que ahora la Liturgia de las Vísperas une en un solo cántico, en el texto del Apocalipsis se ponen en labios de personajes diversos. Ante todo, encontramos una «multitud inmensa», constituida por la asamblea de los ángeles y los santos (cf. vv. 1-3). Luego, se distingue la voz de los «veinticuatro ancianos» y de los «cuatro vivientes», figuras simbólicas que parecen los sacerdotes de esta liturgia celestial de alabanza y acción de gracias (cf. v. 4). Por último, se eleva la voz de un solista (cf. v. 5), el cual, a su vez, implica en el canto a la «multitud inmensa» de la que se había partido (cf. vv. 6-7).

3. En las futuras etapas de nuestro itinerario orante, tendremos ocasión de ilustrar cada una de las antífonas de este grandioso y festivo himno de alabanza entonado por muchas voces. Ahora nos contentamos con dos anotaciones. La primera se refiere a la aclamación de apertura, que reza así: «La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos» (vv. 1-2).

En el centro de esta invocación gozosa se encuentra el recuerdo de la intervención decisiva de Dios en la historia: el Señor no es indiferente, como un emperador impasible y aislado, ante las vicisitudes humanas. Como dice el salmista, «el Señor tiene su trono en el cielo: sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres» (Sal 10,4).

4. Más aún, su mirada es fuente de acción, porque él interviene y destruye los imperios prepotentes y opresores, abate a los orgullosos que lo desafían, juzga a los que perpetran el mal. El salmista describe también con imágenes pintorescas (cf. Sal 10,7) esta irrupción de Dios en la historia, como el autor del Apocalipsis había evocado en el capítulo anterior (cf. Ap 18,1-24) la terrible intervención divina con respecto a Babilonia, arrancada de su sede y arrojada al mar. Nuestro himno alude a esa intervención en un pasaje que no se recoge en la celebración de las Vísperas (cf. Ap 19,2-3).

Nuestra oración, entonces, sobre todo debe invocar y ensalzar la acción divina, la justicia eficaz del Señor, su gloria, obtenida con el triunfo sobre el mal. Dios se hace presente en la historia, poniéndose de parte de los justos y de las víctimas, precisamente como declara la breve y esencial aclamación del Apocalipsis, y como a menudo se repite en el canto de los salmos (cf. Sal 145,6-9).

5. Queremos poner de relieve otro tema de nuestro cántico. Se desarrolla en la aclamación final y es uno de los motivos dominantes del mismo Apocalipsis: «Llegó la boda del Cordero; su Esposa se ha embellecido» (Ap 19,7). Cristo y la Iglesia, el Cordero y la Esposa, están en profunda comunión de amor.

Trataremos de hacer que brille esta mística unión esponsal a través del testimonio poético de un gran Padre de la Iglesia siria, san Efrén, que vivió en el siglo IV. Usando simbólicamente el signo de las bodas de Caná (cf. Jn 2,1-11), introduce a esa localidad, personificada, para alabar a Cristo por el gran don recibido: «Juntamente con mis huéspedes, daré gracias porque él me ha considerado digna de invitarlo: él, que es el Esposo celestial, y que descendió e invitó a todos; y también yo he sido invitada a entrar a su fiesta pura de bodas. Ante los pueblos lo reconoceré como el Esposo. No hay otro como él. Su cámara nupcial está preparada desde los siglos, abunda en riquezas, y no le falta nada. No como la fiesta de Caná, cuyas carencias él ha colmado» (Himnos sobre la virginidad, 33, 3: L'arpa dello Spirito, Roma 1999, pp. 73-74).

6. En otro himno, que también canta las bodas de Caná, san Efrén subraya que Cristo, invitado a las bodas de otros (precisamente los esposos de Caná), quiso celebrar la fiesta de sus bodas: las bodas con su esposa, que es toda alma fiel. «Jesús, fuiste invitado a una fiesta de bodas de otros, de los esposos de Caná. Aquí, en cambio, se trata de tu fiesta, pura y hermosa: alegra nuestros días, porque también tus huéspedes, Señor, necesitan tus cantos; deja que tu arpa lo llene todo. El alma es tu esposa; el cuerpo es su cámara nupcial; tus invitados son los sentidos y los pensamientos. Y si un solo cuerpo es para ti una fiesta de bodas, la Iglesia entera es tu banquete nupcial» (Himnos sobre la fe, 14, 4-5: o. c., p. 27).

[Audiencia general del Miércoles 10 de diciembre de 2003]

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LAS BODAS DEL CORDERO

1. El libro del Apocalipsis contiene numerosos cánticos a Dios, Señor del universo y de la historia. Acabamos de escuchar uno, que se encuentra constantemente en cada una de las cuatro semanas en que se articula la Liturgia de las Vísperas.

Este himno lleva intercalado el «aleluya», palabra de origen hebreo que significa «alabad al Señor» y que curiosamente dentro del Nuevo Testamento sólo aparece en este pasaje del Apocalipsis, donde se repite cinco veces. Del texto del capítulo 19, la liturgia selecciona solamente algunos versículos. En el marco narrativo del relato, son entonados en el cielo por una «inmensa muchedumbre»: es como el canto de un gran coro que entonan todos los elegidos, celebrando al Señor con alegría y júbilo (cf. Ap 19,1).

2. Por eso, la Iglesia, en la tierra, armoniza su canto de alabanza con el de los justos que ya contemplan la gloria de Dios. Así se establece un canal de comunicación entre la historia y la eternidad: este canal tiene su punto de partida en la liturgia terrena de la comunidad eclesial y su meta en la celestial, a donde ya han llegado nuestros hermanos y hermanas que nos han precedido en el camino de la fe.

En esta comunión de alabanza se celebran fundamentalmente tres temas. Ante todo, las grandes propiedades de Dios, «la salvación, la gloria y el poder» (v. 1; cf. v. 7), es decir, la trascendencia y la omnipotencia salvífica. La oración es contemplación de la gloria divina, del misterio inefable, del océano de luz y amor que es Dios.

En segundo lugar, el cántico exalta el «reino» del Señor, es decir, el proyecto divino de redención en favor del género humano. Recogiendo un tema muy frecuente en los así llamados salmos del reino de Dios (cf. Sal 46; 95-98), aquí se proclama que «reina el Señor, nuestro Dios, Dueño de todo» (Ap 19,6), interviniendo con suma autoridad en la historia. Ciertamente, la historia está encomendada a la libertad humana, que genera el bien y el mal, pero tiene su sello último en las decisiones de la divina Providencia. El libro del Apocalipsis celebra precisamente la meta hacia la cual se dirige la historia a través de la obra eficaz de Dios, aun entre las tempestades, las laceraciones y las devastaciones llevadas a cabo por el mal, por el hombre y por Satanás.

En otra página del Apocalipsis se canta: «Gracias te damos, Señor Dios omnipotente, el que eres y el que eras, porque has asumido el gran poder y comenzaste a reinar» (Ap 11,17).

3. Por último, el tercer tema del himno es típico del libro del Apocalipsis y de su simbología: «Llegó la boda del Cordero; su esposa se ha embellecido» (Ap 19,7). Como veremos en otras meditaciones sobre este cántico, la meta definitiva a la que nos conduce el último libro de la Biblia es la del encuentro nupcial entre el Cordero, que es Cristo, y la esposa purificada y transfigurada, que es la humanidad redimida.

La expresión «llegó la boda del Cordero» se refiere al momento supremo -como dice nuestro texto «nupcial»- de la intimidad entre la criatura y el Creador, en la alegría y en la paz de la salvación.

4. Concluyamos con las palabras de uno de los discursos de san Agustín, que ilustra y exalta así el canto del Aleluya en su significado espiritual: «Cantamos al unísono esta palabra y unidos en torno a ella, en comunión de sentimientos, nos estimulamos unos a otros a alabar a Dios. Sin embargo, a Dios sólo puede alabarlo con tranquilidad de conciencia quien no ha cometido ninguna acción que le desagrade. Además, por lo que atañe al tiempo presente en que somos peregrinos en la tierra, cantamos el Aleluya como consolación para ser fortificados a lo largo del camino; el Aleluya que entonamos ahora es como el canto del peregrino; con todo, recorriendo este arduo itinerario, tendemos a la patria, donde habrá descanso; donde, pasados todos los afanes que nos agobian ahora, no quedará más que el Aleluya» (n. 255, 1: Discorsi, IV, 2, Roma 1984, p. 597).

[Audiencia general del Miércoles 15 de septiembre de 2004]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del Cordero vencedor.

Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en este mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.

Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.

Oración I: Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor Jesucristo, que has entregado la vida por la Iglesia y, con tu sangre, la has embellecido, convirtiéndola en tu Esposa inmaculada y santa, escucha, en la voz de tus fieles, los gemidos del Espíritu y, ya que anhela más ardientemente tu venida, alégranos con tu presencia y con la dulzura de tu amor de Esposo. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

Júbilo en el cielo por el cumplimiento del juicio contra Babilonia y por las bodas, ya próximas, del Cordero. Ap 19,1-10.

De los dos cantos que contiene este pasaje, el primero (vv. 1-3) es de júbilo y recuerda el pasado para celebrar la justicia de Dios en su juicio contra Babilonia; el segundo (vv. 6-8), que se refiere al futuro, es un himno de alabanza y anuncia la boda, ya inminente, del Cordero, o sea, el desposorio del rey Mesías venido del cielo con la comunidad de sus elegidos.

V. 1. Con la destrucción de Babilonia se inició el juicio contra las potencias enemigas de Dios, que muestra así al mundo cómo su paciencia ha terminado. El primer golpe ha tenido éxito, y por eso se celebra en el cielo con tanta alegría la caída de Babilonia. Quienes ejecutan el canto son evidentemente los coros angélicos, y con ellos quizá también los de los bienaventurados. Principia y termina con el grito de júbilo «Aleluya!» (alabad al Señor), que aquí aparece por primera vez en el Apocalipsis. La exclamación proviene del AT y pasó a la liturgia cristiana desde los primeros días de la Iglesia.

V. 2. Los cantores expresan su alegría por el triunfo de la causa de Dios y por la rectitud y justicia de sus juicios que tan patentes se han hecho en el castigo de la gran meretriz. Ésta merecía de sobras su desdichada situación, porque corrompió al mundo entero con su prostitución, es decir, con su idolatría y su inmoralidad, y derramó la sangre de tantos cristianos. Ahora Dios ha vengado la sangre de sus siervos y ha escuchado el clamor de los mártires.

V. 3. Testigo eterno de este tremendo pero justo juicio de Dios es el humo de la ciudad incendiada, que cubrirá perpetuamente el cielo.

V. 4. Los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes aprueban con su «amén» cuanto ha celebrado el canto de los ángeles.

V. 5. En este momento se oye una voz del cielo (proviene sin duda de uno de los cuatro vivientes) que invita a los siervos de Dios a alabar a su Señor. Estos siervos son los bienaventurados del cielo, y quizá también con ellos los que en la tierra temen a Dios.

V. 6. En seguida el vidente oye resonar un solemne canto. Los cantores empiezan alabando a Dios porque ahora ha entrado en posesión de su reino. Con la destrucción de la capital del mundo adverso a Dios se da, en efecto, un gran paso hacia la realización de la soberanía de Dios y de su ungido sobre el mundo.

V. 7. Se invitan luego recíprocamente a expresar su alegría y gratitud a Dios porque ha llegado el tiempo en que el Mesías celebrará las bodas con su Iglesia. En la invitación a tomar parte en las bodas se hace efectiva la promesa dada en Ap 11,18 a los siervos de Dios.

El AT presenta a Dios bajo la imagen de esposo del pueblo de Israel, imagen que el NT aplica luego a Cristo en relación con la Iglesia, para ilustrar la unión, íntima e indisoluble como ninguna, entre Cristo y la comunidad cristiana, que él adquirió al precio de su sangre. El propio Cristo solía comparar la era de la salvación con unas bodas y con un banquete nupcial en que él representa al esposo y los elegidos a la esposa. La esposa del Cordero, puesto ya el traje nupcial, está pronta para las bodas. Conforme a la manera de hablar en Palestina, se da aquí el nombre de «esposa» a la que aún es simple prometida, porque, según la legislación del judaísmo tardío, la mujer que contraía esponsales adquiría por ese mismo hecho los derechos y obligaciones de la mujer casada, aunque tuviera que permanecer bajo el cuidada paterno hasta el momento de trasladarse a casa de su esposo.

V. 8. Contrastando con la lujosa vestimenta y la profusión de joyas de la gran meretriz (Ap 18,16), la esposa va vestida de blanquísimo lino puro (el término griego designa un lino delgado, de alta calidad y gran precio). Cuando se dice que le fue otorgado vestirse de lino brillante, se quiere subrayar la idea de que su vestido nupcial, o sea, su santidad, le viene en último término de Dios. El significado del hábito de lino se precisa todavía más: simboliza las obras justas de los santos, que ocupan el lugar de la esposa y que en el v. 9 se presentan como invitados a la boda. La gracia de Dios y las acciones humanas se exigen y completan mutuamente, pero de estos dos elementos la gracia es el más importante.

V. 9. El ángel ordena al vidente consignar por escrito, para que así llegue a conocimiento de la comunidad, que son bienaventurados los santos al poder tomar parte en el banquete nupcial. Dado que la declaración viene de Dios mismo, es absolutamente digna de fe.

[A. Wikenhauser, El Apocalipsis de San Juan. Barcelona, Ed. Herder, 1969]

* * *

La visión de la caída de Roma (Ap 18) termina con esta sección, en la que miríadas de bienaventurados celebran el triunfo de la justicia divina (vv. 1-8). En violento contraste con los lamentos del capítulo precedente, el autor sagrado nos presenta a los habitantes del cielo entonando el cántico de triunfo por la ruina de Babilonia (Roma). Este cántico se desarrolla en torno del trono de Dios y del Cordero. Porque la destrucción de Roma demuestra claramente el triunfo de Dios y del Cordero. «La gloriosa perspectiva de las bodas del Cordero con la Iglesia -dice el P. Allo- se contrapone a las prostituciones de la gran Ramera, por cuya causa fue castigada». El aire litúrgico de este pasaje es más acentuado que otros del Apocalipsis.

V. 1. La caída de Roma no ha sido descrita, pero se supone ya ejecutada. La tierra se lamentaba de este hecho; en cambio, el cielo lo celebra con cánticos de alegría. El vidente de Patmos oye una voz fuerte, como de una gran muchedumbre, que gritaba: ¡Aleluya!, alabad al Señor (v. 1). Esta aclamación tan frecuente en los salmos, es ésta la única vez que se encuentra en el Nuevo Testamento. La exclamación ¡Aleluya! es un término litúrgico muy usado entre los judíos. Está formada de las palabras hebreas halelú Yah, que significan alabad a Yahvé. El término aleluya entró muy pronto en la liturgia cristiana, de modo que todos los lectores del Apocalipsis conocían su significación. Esto explica el que nuestro autor no traduzca el término hebreo.

Sigue a continuación la doxología: La salvación, y la gloria y el poder a nuestro Dios. Los bienaventurados atribuyen a Dios y al Cordero la salud o salvación que ellos ya han obtenido. En esta salvación y en la destrucción de Roma se ha manifestado patentemente la gloria de Dios y su poder.

V. 2. La razón de estas alabanzas que los bienaventurados tributan a Dios se encuentra en la verdad de la justicia divina, manifestada en el castigo de la gran Ramera, la cual con su fornicación idolátrica corrompía la tierra. Dios ha vengado en ella la sangre de sus siervos, que habían muerto por mantenerse fieles a Cristo. Con la destrucción de Roma, Dios ha salido en defensa del derecho de sus mártires. La sangre de éstos reclamaba la intervención divina en defensa de sus justos derechos conculcados, con el fin de que resplandeciese ante el mundo pagano -partidario de Roma- la verdad de su causa. En esta manera de proceder de Dios se restablece el orden violado y se manifiesta al mundo un nuevo triunfo de la Iglesia de Cristo.

V. 3. San Juan oye un segundo aleluya, entonado por los moradores del cielo, los cuales añaden a manera de colofón un rasgo nuevo. La nueva Babilonia (Roma) es incendiada, y el humo sube al cielo no por un día o una semana, sino por los siglos de los siglos para perenne memoria de la justicia divina. De este modo el autor sagrado expresa la ruina irreparable de Roma, sobre todo en su aspecto de perseguidora de la Iglesia.

V. 4. A la vista de esta manifestación del poder de Dios, no sólo los millones de ángeles, sino también los veinticuatro ancianos que rodean el trono de Dios y los cuatro vivientes que lo sostienen aprueban, en nombre de la Iglesia y de toda la naturaleza, la obra del Señor con un amén y un aleluya. El término amén sirve para asentir a lo dicho anteriormente por la muchedumbre de bienaventurados. Es una expresión muy empleada en la liturgia, y su presencia en este lugar en unión con aleluya nos demuestra que el autor sagrado concibe la felicidad eterna de los bienaventurados como una liturgia sagrada que se desarrolla ante el trono de Dios y del Cordero.

V. 5. De nuevo otra voz sale del trono del Señor, proveniente posiblemente de uno de los ángeles más próximos a Dios, la cual invita a todos los fieles de la tierra a asociarse a las alabanzas celestes con ocasión de la ruina de Roma. La voz decía: Alabad al Señor, sus siervos todos, y cuantos le teméis, pequeños y grandes.

V. 6. A esta invitación responde una voz poderosa, como la voz de una ingente multitud, semejante a la voz de las aguas torrenciales que se precipitan en su curso, como el mugido de las olas del mar alborotado o como el fragor de fuertes truenos, que decía: Aleluya, porque ha establecido su reino el Señor, Dios todopoderoso. La comparación tiene por objeto recalcar la inmensa potencia del cántico aleluyático que dirigen a Dios todos los bienaventurados. Es la voz de la Iglesia universal, que canta el aleluya por el triunfo definitivo de la Iglesia en el mundo. Al fin, el Dios omnipotente ha establecido su reino en la tierra. Este reino no es otro que su Iglesia, tan fieramente perseguida por Roma y sus aliados. Alabar a Dios es ensalzar sus atributos de bondad, amor, misericordia, por haber intervenido en favor de los suyos.

V. 7. Los bienaventurados manifiestan su alegría por la intervención divina, diciendo: Alegrémonos y regocijémonos, démosle gracias, porque han llegado las bodas del Cordero. El autor sagrado anuncia con estas palabras las bodas del Cordero con su Iglesia. Sabido es cuán familiar era a los profetas esta imagen del matrimonio de Dios con Israel. Yahvé, esposo de Israel, era una metáfora para expresar la alianza entre Dios y su pueblo. Alianza estrechísima que no permitía ninguna infidelidad por ambas partes. Por esta razón, la idolatría era considerada como un adulterio, una prostitución. En el Nuevo Testamento, Jesucristo es el Esposo de la Iglesia. San Pablo ha tratada maravillosamente el tema del matrimonio místico entre Cristo y su Iglesia. La unión íntima que supone ese matrimonio entre Jesucristo y la Iglesia tiene su origen en el rescate que tuvo que pagar por ella: Cristo la compró con su propia sangre. Estas bodas ya se han iniciado en la tierra, pero su consumación no tendrá lugar hasta el cielo.

V. 8. La Esposa del Cordero, es decir, la Iglesia, va vestida de lino brillante y puro, que son las obras buenas y justas de los cristianos, con las cuales las almas buenas ganan el cielo.

Jesucristo compara en el Evangelio el reino del cielo a un banquete de bodas. Y San Juan descubre en la destrucción de Roma, la perseguidora de la Iglesia, una especie de preparación de este banquete. La caída de Roma, el enemigo más peligroso de la Iglesia en aquel tiempo, y que parecía absolutamente inconmovible, hace presagiar la salvación que tendrá lugar con el establecimiento definitivo del reino de Dios. Todavía no ha llegado el momento de establecer de una manera definitiva ese reino, porque aún continuarán las luchas contra la Bestia y sus sostenedores. Pero del mismo modo que en los Evangelios la caída de la Jerusalén infiel constituía una garantía de la venida del Hijo del hombre, así la caída de Roma anuncia el establecimiento próximo del reino de Dios. El establecimiento del reino es celebrado aquí por anticipación, pues sólo tendrá lugar en el momento de las bodas del Cordero. No olvidemos nunca que, para entender bien esto, hay que tener presente que tanto el reino de Dios como la vida eterna abarcan dos etapas: la terrena y la celestial, siendo la primera preparatoria de la segunda, y ésta, consumación de aquélla.

V. 9. El cántico de alabanza entonado por la muchedumbre de bienaventurados parece sugerir la bienaventuranza del v. 9: Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero. La imagen del banquete para designar la felicidad de los tiempos mesiánicos se encuentra ya en el Antiguo Testamento y en la literatura apócrifa judía. Jesucristo emplea frecuentemente la figura del festín nupcial para designar el reino de los cielos. En este banquete celestial, la Esposa que se sentará al lado del Esposo, es decir, al lado de Cristo, será la Iglesia considerada como unidad. Los invitados son los individuos, o sea cada uno de los fieles que se sentarán con Cristo por toda la eternidad en el gran festín de bodas del cielo. Esta risueña perspectiva debe servir de consuelo y aliento a los fieles en medio de las pruebas.

[José Salguero, en la Biblia comentada de la BAC]

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De las dos acciones litúrgicas de Ap 19,1-10, la primera mira hacia atrás, al juicio de Dios (vv. 1-3); la segunda, hacia adelante, a las próximas nupcias del Cordero (vv. 6-8).

V. 1. Juan esta vez no nos dice que vea nada. Simplemente oye, como en tantas otras ocasiones. Quizás habla sólo de lo que oyó, por suponer conocido el escenario celeste y por atender a lo más importante. Oye como un clamor, porque lo que perciben las experiencias místicas no puede igualarse a las realidades terrenas. Es de una gran muchedumbre que está en el cielo. Probablemente son grupos angélicos, pero ciertamente las palabras que se dicen en seguida caen bien y logran pleno sentido en boca de la Iglesia martirial triunfante. El himno, que se condensa forzosamente, empieza y acaba con aleluya. Es el único sitio en el NT en que aparece esta exclamación litúrgica. Aleluya es una palabra hebrea formada de dos elementos: halelú Yah, que significa: «Alabad a Yahvé». En el AT se encuentra en los salmos aleluyales repetidas veces, y también en el libro de Tobías. Llegó a ser expresión de alegría y triunfo, con sentido casi de exclamación, con la que se atribuye a la fuente de origen, que es Dios, todo éxito y toda victoria. Pronto entró en el uso litúrgico de la Iglesia. Por eso Juan no la traduce; supone que todos los cristianos entenderán su sentido. Aquí, en concreto, es un grito de alegría entonado con mil modulaciones por la muchedumbre celeste por razón del triunfo, ahora decisivo, de la causa de Dios en la tierra.

V. 1b-2. El contenido del himno es una repetición laudatoria de lo hecho por Dios en justo castigo de la Babilonia simbólica perseguidora de la obra divina en el mundo. Se sigue una línea retrógrada y una concatenación regresiva. La salvación concreta que se ha producido en bien de la Iglesia, que no es más que un caso reducido de la gran salvación de la humanidad, se debe a la misericordia de Dios. En estos hechos de salvación ha aparecido la gloria divina radiante del triunfo, que es la actuación de la esencia divina, preclaramente manifestada en la gesta concreta de la destrucción de la Roma pagana. Pero ese triunfo brillante de Dios se debe, en último término, como a raíz y causa suficiente al poder intrínseco de la esencia divina. Estos tres epítetos, tan sabiamente concatenados, se aplican a Dios, del cual vienen los efectos. Es el Dios de los cristianos. Se alaba en seguida la verdad y justicia del juicio divino. La verdad, en sentido semítico, implica continuidad y fidelidad. Dios es siempre el mismo. Aunque esperó, al fin juzgó a la gran pecadora empedernida consecuentemente con los inmutables principios de moralidad y bondad que han de regir la conducta del ser libre. Además, el castigo, aunque pareció durísimo, fue merecido, se movió dentro del círculo perfecto de la justicia. La gran Prostituta es Roma, y la bestia el poder imperial. Por la corrupción inmoralizante se designa principalmente la idolatría y las blasfemias, de doctrina y de acción. Los siervos de Dios son los cristianos. Aquí se mencionan los que murieron por su fe en las persecuciones imperiales. Dios, con la aniquilación de Babel-Roma, salió en defensa del derecho de sus siervos. Se restituye el orden violado y se da un nuevo triunfo a la Iglesia.

V. 3. En el oleaje de coros, antifonarios y solistas oye Juan por segunda vez el aleluya. La humareda de la simbólica Babilonia subirá al cielo por siempre jamás. Es decir, la señal de su completa aniquilación será eterna; la ciudad material y política antirreligiosa no volverá a construirse más. Se indica con esto la magnitud y la duración del castigo.

V. 4. Los veinticuatro ancianos que están delante del trono de Dios, cuyo oficio es alabarle periódicamente, y los cuatro vivientes, más perfectos y elevados en el orden de los seres inteligentes, cuyo oficio inmediato es guardar el trono de la Divinidad, recogen la alabanza de los coros celestes, la hacen suya y se suman a los entrecortados gritos de aleluya. Tanto los ancianos como los cuatro vivientes se postraron en el pavimento celeste y adoraron a Dios.

V. 5. Empieza una segunda acción litúrgica. Se trata de un nuevo objeto. Como casi siempre, el lenguaje se pide prestado al AT y se da a sus frases un contenido circunstancial y esencial nuevo. Se descubren en toda esta pequeña sección muchas reminiscencias de los Salmos. Se oye una voz que procede del trono: Alabad a vuestro Dios todos sus siervos, los que le servís temerosamente, tanto los socialmente pequeños como los grandes. Son unas palabras con acusado paralelismo semítico de identidad. Estas palabras están sacadas del Salmo 135,1.20. Algunos comentaristas afirman que la voz es de uno de los vivientes cercanos al trono. Pero en el Apocalipsis suele decirse claramente cuándo habla uno cercano al trono. De lo contrario, ha de entenderse que es el mismo Dios quien habla. No puede ofrecer dificultad que diga aquí que le alaben a Sí mismo. Alabar a Dios es el fin de toda criatura. El que inspiró las palabras del Salmo repite la misma norma de rectitud religiosa. La frase hecha da gran solemnidad al momento, donde el antifonario del invitatorio es el mismo Dios. Temer a Dios es un verbo bíblico con el que se indica la obediencia estricta a los mandamientos de Dios, que puede castigar severamente su incumplimiento; pero no se excluye el amor.

VV. 6-8. Las criaturas responden cumplidamente a la invitación. Un canto pleno y corales más potentes que los anteriores llenan el ámbito celeste. Juan los compara al vaivén rítmico del estruendo marino, cuando las olas de Patmos conmovían la costa, y al retumbar de potentísimos truenos cuando su fragor rueda en mil matices de intensidad y contrapunto por un cielo encapotado y tempestuoso. La comparación quiere recalcar solamente la intensidad y potencia cósmica del canto aleluyal.

Los coros celestes alaban a Yahvé con el aleluya triunfal. Proclaman que el Señor, Dios de ellos, Dominador de todo, como frecuentemente se llama a Dios, el Padre, en el Apocalipsis, ha empezado a reinar de un modo más solemne y amplio en el mundo por su Iglesia. Ahora que van siendo destruidos radicalmente sus irreconciliables enemigos, de modo ya definitivo.

El efecto de esta acción divina es de alegría, júbilo y acción de gracias en la Iglesia triunfante y militante y en todos los seres celestes. Dar gloria a Dios es reconocer las intervenciones divinas, ordinarias y extraordinarias, y discriminar el origen de donde provienen, que son los atributos divinos, especialmente la bondad y el amor, y ensalzar las maravillas de Dios.

Se inicia un tema nuevo. Ahora serán posibles las bodas del Cordero, Cristo Jesús, con su Iglesia. Se habla en la mentalidad semítica. No se trata del matrimonio en sí, aunque en sentido simbólico, sino de la solemnidad externa. Cristo ya estaba desposado místicamente con su Iglesia, que rescató con su sangre, y vivirá con ella indisolublemente para siempre y la amará eternamente. Ha llegado el tiempo en que el Mesías celebre el esplendor de las nupcias en el mundo. Con frecuencia se llama a Dios en el AT esposo de Israel. Según el NT, Cristo es esposo de la Iglesia, el eterno Israel de Dios. Esa unión profunda e indisoluble de Cristo con su Iglesia nace de haberla comprado con su sangre y de su libre voluntad graciosa. La Iglesia es propiamente un reino religioso, moral, social y místico. Según otra metáfora, es la unión de Dios con su pueblo por medio de su Hijo.

En consecuencia con la metáfora podrían haberse dicho muchas gracias de la esposa y haberse descrito más profundamente su preparación y embellecimiento para la gran ceremonia. Sólo se ha es cogido un rasgo. La mujer del Cordero Jesús, que, según el substrato arameo, ha de traducirse aquí por esposa (Mt 1,20), se acicaló a sí misma para la gran fiesta. Se le concedió vestir de lino finísimo, puro, no tanto blanco cuanto auténtico; resplandeciente, no tanto por el corte y confección cuanto por la candidez y candor del conjunto. Contrasta grandemente el atuendo y el color de la esposa con los vestidos y el adorno de la gran meretriz, la Roma pagana vencida (17,4; 18,16). El gran vestido de bodas se lo ha regalado a la esposa Dios. Una breve indicación nos da la pista en esa exuberancia de metáforas. Dice Juan por su cuenta: el lino finísimo, blanco, resplandeciente, son las obras justas o las buenas obras de los santos, es decir, de los cristianos. La gracia de Dios y el bien obrar del hombre forman ambas un todo en el camino de salvación, pero la gracia de Dios es la primera y principal.

V. 9. La gran cantata que preludia la solemnidad de las nupcias entre el Cordero Cristo y la esposa Iglesia, provoca en el ángel-guía de Juan un macarismo, conforme a una reacción psicológica íntimamente enraizada en el alma judía. Le manda que escriba, para que llegue a conocimiento de la comunidad cristiana. El macarismo es una breve sentencia que resume todo el pensamiento. El que tome parte en el banquete nupcial habrá sido convidado por Cristo. El convidado por Cristo es de la causa de Cristo y, por lo mismo, opuesto a las fuerzas enemigas de Cristo y de su Iglesia. Con él se declara la gran felicidad de los que se salven y se impulsa a los cristianos a obrar bien.

Se ha llegado al final gloriosísimo de la gran visión. Se ha asegurado el triunfo de la Iglesia ante la fuerza imperial, que, cuando vivía Juan, parecía iba a destruir totalmente la obra de Dios en el mundo. El mensaje es altamente consolatorio para los cristianos. El ángel ha cumplido su misión. Vino a revelar esta verdad fundamental del triunfo definitivo de la Iglesia, y ahora ha de volverse al sitio de donde vino. Rubrica su mensaje con esta expresión: Las palabras y cosas que has visto y oído en estas visiones proféticas auténticas y verdaderas, no ficciones y fantasmagorías, proceden de Dios; por tanto, tendrán infalible cumplimiento.

[Extraído de Sebastián Bartina, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO DEL CÁNTICO

Introducción general

A los gritos de lamento en la tierra (Ap 18), se contrapone la alegría celeste. La composición consta de tres tiempos: 1) La «muchedumbre exterminada» alaba a Dios (vv. 1-4). 2) Respuesta de una voz que viene del cielo y exhorta a una alabanza ininterrumpida (v. 5). 3) La muchedumbre acoge la exhortación y, junto con el mismo Cristo («el ruido de las grandes aguas» v. 6), alaba a Dios. La alabanza es un grito impresionante: «¡Aleluya!», con tres variaciones sobre el mismo tema: el reinado de Dios. El himno finaliza con un segundo tema -las Bodas del Cordero, v. 7-, ejecutado por la multitud.

En la celebración comunitaria se puede recurrir a la salmodia responsorial: a la invitación y motivos de alabanza proclamados por un salmista, todos responden o cantan «Aleluya».

Si se quiere permanecer más fieles a los tiempos de la composición se puede adoptar la siguiente forma de rezo:

Un coro, 1.ª estrofa: La muchedumbre exterminada: «La salvación y la gloria... sus juicios son verdaderos y justos» (vv. 1-2).

Asamblea, Responde: «Aleluya».

Presidente, 2.ª estrofa: Voz que viene de lo alto: «Alabad al Señor... pequeños y grandes» (v. 5).

Asamblea, Responde: «Aleluya».

Asamblea, 3.ª y 4.ª estrofas: «Aleluya. Porque el Señor reina... su esposa se ha embellecido» (vv. 6-7). (Se suprimen los aleluyas entre paréntesis).

El Dios de nuestra alabanza

La alabanza nace del «entusiasmo», de la contemplación divina vivida como justicia, como salvación, como amor y fidelidad, etc.; cualidades que se relegan a un segundo plano y se coloca en el primero al portador de las mismas. El hombre está ante Dios, o Dios en el hombre. Este sólo es capaz de articular un emocionado y condensado grito: «Hallelu-Yah»=«Alabad-a-Yah(weh)». La alabanza neotestamentaria es cristiana: Hemos visto a nuestro Dios, Dueño, presente en Cristo: poder de Dios, gloria de Dios y salvación del hombre. Hoy domingo, alabamos a nuestro Dios, que ha sido bueno con nosotros, y estamos alegres, entusiasmados.

La celebración esponsalicia

Nuestra tierra ya no se llamará jamás «Desolada», sino que su nombre será «Desposada»: Dios se ha compadecido de nosotros y nuestra tierra tendrá marido (Is 62,4). Desde el momento en que el Verbo se hizo carne, naciendo de una mujer de nuestra raza, comienzan a expedirse las invitaciones a las bodas del Cordero. La gran fiesta se celebrará cuando la sala esté rebosante de comensales, a quienes se les pide que lleven traje de boda. Es decir, que hayan permitido que se les haga «hijos». Nuestra carne es transformada en esta sin par celebración. ¡Dichosos los que asistan a las bodas y puedan comer en el reino de Dios!. Dios nos saciará para siempre.

Resonancias en la vida religiosa

Comunidad anticipadora de la gran fraternidad: La comunidad que es contemplativa puede penetrar, como el escritor apocalíptico, el Misterio del Reinado de Dios, actuante ya en nuestra historia. La presencia del Resucitado en el mundo ha sido y sigue siendo tan determinante que en Él estamos siendo juzgados; en Él logramos la salvación.

Nuestra comunidad intenta por vocación ser reflejo y anticipo de la gran fraternidad de todos los hombres, que un día gozaremos victoriosamente bajo la presencia amorosa del Padre y unidos estrechamente a Cristo por el Espíritu.

Por eso, ya ahora aparece nuestra comunidad como aquella fraternidad escatológica, revestida de las galas de la esposa embellecida y dispuesta para el encuentro matrimonial con Cristo-Esposo. A ello contribuye de forma primordial la actitud comunitaria de alabanza a Yahweh, de Halleluya. En la alabanza somos reflejo de su gloria y hermosura.

Oraciones sálmicas

Oración I: Señor Dios nuestro y Dueño de todo, que te alaben tus criaturas en el cielo y en la tierra, y al contemplar tu poder y gloria resplandecientes en Cristo -justicia y salvación nuestra-, entonemos ya ahora tu alabanza, en espera de poder asociar nuestras voces al «Aleluya» eterno. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Oh Dios, que en tus inefables designios de amor has querido que tu Hijo asumiera nuestra débil carne para que nosotros llegáramos a ser hijos tuyos; te alabamos y te bendecimos por habernos embellecido tan portentosamente. Mantennos dignamente vestidos hasta que nos concedas el acceso al banquete de tu Reino. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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