DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE ISAÍAS (Is 61,10 - 62,5)
Alegría del profeta ante la nueva Jerusalén

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10Desbordo de gozo con el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha vestido un traje de gala
y me ha envuelto en un manto de triunfo,
como novio que se pone le corona,
o novia que se adorna con sus joyas.

11Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia
y los himnos ante todos los pueblos.

1Por amor de Sión no callaré,
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia,
y su salvación llamee como antorcha.

2Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.

3Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.

4Ya no te llamarán «Abandonada»,
ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi favorita»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá marido.

5Como un joven se casa con su novia,
así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa,
la encontrará tu Dios contigo.

 

[La Liturgia toma para este cántico los dos últimos versículos del capítulo 61 (Is 61,10-11) y los cinco primeros del capítulo 62 de Isaías (62,1-5). La Biblia de Jerusalén da a los vv. 10-11 del cap. 61 de Isaías el título de Acción de gracias, y a los versículos 1-5 del cap. 62, el título de Segundo poema sobre la maravillosa resurrección de Jerusalén. En este nuevo poema (cf. Is 60), el tema de los desposorios adquiere gran relieve: el triunfo de Jerusalén y del país que lo rodea consiste en convertirse en esposa del Señor. Para la Biblia de Nácar-Colunga el título de Is 61,10-11 es Agradecimiento a Yahvé de la Jerusalén restaurada, y el de Is 62,1-5 Ya viene la salvación.--

Is 61,10-11 puede entenderse como una explosión lírica del profeta o de Sión personificada, que exulta jubilosa ante las nuevas perspectivas luminosas que se ofrecen a sus ojos. Jerusalén ha sido vestida con un traje de gala (v. 10), es decir, Yahvé le ha otorgado la salvación, que aparece ante los pueblos como un nuevo atuendo nupcial, según dirá a continuación. La razón de que Sión se ciña la frente como novio... es precisamente la aparición inesperada de esa justicia o salvación (v. 11), que Yahvé mismo ha hecho brotar en su pueblo como en un jardín las semillas. Ese horizonte de justicia hará que Sión sea objeto de alabanza ante todos los pueblos.

El capítulo 62 de Isaías está estrechamente unido, por su contenido, al anterior, pues en ambos se trata de la salvación que se avecina sobre Jerusalén, la cual entrará en relaciones especialísimas con Yahvé como esposa amada, de modo que no se verá de nuevo entregada a los enemigos.

En el capítulo 61 se anunciaba como inminente la salvación. En el cap. 62,1-5 el profeta está inquieto y ansioso por ver el nuevo horizonte ya hecho realidad. Hay un fuego interior que le abrasa, los destinos de Jerusalén: Por amor de Sión no callaré (v. 1). Sabe que hay ciertas promesas sobre su justicia o salvación, la cual ha de manifestarse al fin como antorcha encendida irradiando sobre los otros pueblos (v. 2). Su situación será tan singular que se le pondrá un nombre nuevo (v. 2b) que refleje dignidad. Será el mismo Yahvé quien pronuncie este nombre, pues sólo Él es capaz de medir la nueva dignidad de Sión entre las naciones. El profeta no sabe inventar un nombre que refleje plenamente la transformación de Jerusalén en la nueva era, y por eso lo deja a la iniciativa divina. En el v. 4 se esforzará en buscar nombres aplicables a Jerusalén que reflejen de algún modo su nueva situación; pero el verdadero nombre nuevo será el pronunciado por la boca del Señor. Jerusalén será como una corona fúlgida en la mano de Yahvé (v. 3), como objeto de su predilección, y resplandeciente como una diadema real ante los otros pueblos.

En los vv. 4-5, Jerusalén, que ha sido considerada como una «diadema real en la palma de Yahvé» (v. 3), ahora va a ser considerada como una esposa, como máxima expresión de amor. El profeta ensaya nombres descriptivos para dar a entender la nueva situación de Sión, en espera de que Dios mismo revele un día el nombre que en realidad le corresponde en justicia. Antes Jerusalén fue considerada como Abandonada y Devastada al ser invadida y destruida; pero ahora, al entrar bajo una protección especial de Dios, se la llamará Mi favorita y Desposada (v. 4). Yahvé mismo será su marido. Esta imagen del desposorio es común en la literatura profética a partir de Oseas. Israel en el desierto fue desposada con Yahvé por la alianza mosaica. Por sus infidelidades, Yahvé se separó de ella y la castigó. Pero Yahvé hará una nueva alianza y volverá a ser su Esposo (v. 5). Las nuevas relaciones, pues, no pueden ser más estrechas.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El admirable cántico que nos ha propuesto la Liturgia de Laudes, y que se acaba de proclamar, comienza como un Magníficat: «Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios» (Is 61,10). El texto se halla situado en la tercera parte del libro del profeta Isaías, una sección que según los estudiosos es de una época más tardía, cuando Israel, al volver del exilio en Babilonia (siglo VI a.C.), reanudó su vida de pueblo libre en la tierra de sus padres y reconstruyó Jerusalén y el templo. No por nada la ciudad santa, como veremos, ocupa el centro del cántico, y el horizonte que se está abriendo es luminoso y lleno de esperanza.

2. El profeta inicia su canto describiendo al pueblo renacido, vestido con traje de gala, como una pareja de novios ataviada para el gran día de la celebración nupcial (cf. v. 10). Inmediatamente después, se evoca otro símbolo, expresión de vida, de alegría y de novedad: el brote de una planta (cf. v. 11). Los profetas recurren a la imagen del brote, con formas diversas, para referirse al rey mesiánico (cf. Is 11,1; 53,2; Jr 23,5; Zc 3,8; 6,12). El Mesías es un retoño fecundo que renueva al mundo, y el profeta explica el sentido profundo de esta vitalidad: «El Señor hará brotar la justicia» (v. 11), por lo cual la ciudad santa se convertirá en un jardín de justicia, es decir, de fidelidad y verdad, de derecho y amor. Como decía poco antes el profeta, «llamarás a tus murallas "Salvación" y a tus puertas "Alabanza"» (Is 60,18).

3. El profeta sigue clamando con fuerza: el canto es incansable y quiere aludir al renacimiento de Jerusalén, ante la cual está a punto de abrirse una nueva era (cf. Is 62,1). La ciudad se presenta como una novia a punto de celebrar su boda.

En la Biblia, el simbolismo nupcial, que aparece con fuerza en este pasaje (cf. vv. 4-5), es una de las imágenes más intensas para exaltar el vínculo de intimidad y el pacto de amor que existe entre el Señor y el pueblo elegido. Su belleza, hecha de «salvación», de «justicia» y de «gloria» (cf. vv. 1-2), será tan admirable que podrá ser «una magnífica corona en la mano del Señor» (cf. v. 3).

El elemento decisivo será el cambio de nombre, como sucede también en nuestros días cuando una joven se casa. Tomar un «nuevo nombre» (cf. v. 2) significa casi asumir una nueva identidad, emprender una misión, cambiar radicalmente de vida (cf. Gn 32,25-33).

4. El nuevo nombre que tomará la esposa Jerusalén, destinada a representar a todo el pueblo de Dios, se ilustra mediante el contraste que el profeta especifica: «Ya no te llamarán "Abandonada", ni a tu tierra, "Devastada"; a ti te llamarán "Mi favorita" y a tu tierra "Desposada"» (Is 62,4). Los nombres que indicaban la situación anterior de abandono y desolación, es decir, la devastación de la ciudad por obra de los babilonios y el drama del exilio, son sustituidos ahora por nombres de renacimiento, y son términos de amor y ternura, de fiesta y felicidad.

En este punto toda la atención se concentra en el esposo. Y he aquí la gran sorpresa: el Señor mismo asigna a Sión el nuevo nombre nupcial. Es estupenda, sobre todo, la declaración final, que resume el hilo temático del canto de amor que el pueblo ha entonado: «Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo» (v. 5).

5. El canto no se refiere ya a las bodas entre un rey y una reina, sino que celebra el amor profundo que une para siempre a Dios con Jerusalén. En su esposa terrena, que es la nación santa, el Señor encuentra la misma felicidad que el marido experimenta con su mujer amada. En vez del Dios distante y trascendente, justo juez, tenemos al Dios cercano y enamorado. Este simbolismo nupcial se encuentra también en el Nuevo Testamento (cf. Ef 5,21-32) y luego lo recogen y desarrollan los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, san Ambrosio recuerda que, desde esta perspectiva, «el esposo es Cristo, la esposa es la Iglesia, que es esposa por su amor y virgen por su pureza inmaculada» (Esposizione del Vangelo secondo Luca: Opere esegetiche X/II, Milán-Roma 1978, p. 289).

Y, en otra de sus obras, prosigue: «La Iglesia es hermosa. Por eso, el Verbo de Dios le dice: "¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti!" (Ct 4,7), porque la culpa ha sido borrada... Por tanto, el Señor Jesús -impulsado por el deseo de un amor tan grande, por la belleza de sus atavíos y por su gracia, dado que en los que han sido purificados ya no hay ninguna mancha de culpa- dice a la Iglesia: "Ponme cual sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo" (Ct 8,6), es decir: estás engalanada, alma mía, eres muy bella, no te falta nada. "Ponme cual sello sobre tu corazón", para que por él tu fe brille en la plenitud del sacramento. También tus obras resplandezcan y muestren la imagen de Dios, a imagen del cual has sido hecha» (I misteri, nn. 49.41: Opere dogmatiche, III, Milán-Roma 1982, pp. 156-157).

[Audiencia general del Miércoles 18 de junio de 2003]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

Este cántico de Isaías es un himno a Jerusalén, que será restaurada después de los años tristes del cautiverio. Nuestro texto tiene como dos partes. En la primera parte es la propia Jerusalén quien habla; se siente exultante y radiante al pensar en los días que se le acercan: El Señor me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas. En la segunda parte es el profeta quien habla, dirigiéndose a Jerusalén, que está a punto de abandonar el destierro de Babilonia: Los pueblos vecinos, por donde pasarán las caravanas de los desterrados que retornan, verán tu justicia y tu gloria; ya no te llamarán «Abandonada», como cuando eras esclava en Babilonia, sino «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, como un joven que se casa con su novia.

Dios continúa amando también a su pueblo en nuestros días, incluso cuando nosotros le hemos sido infieles. Este cántico nos recuerda el amor indefectible de Dios hacia nosotros. Los mismos castigos y silencios de Dios, aquellos momentos en que, personal o eclesialmente, nos podemos sentir como si fuésemos la «Abandonada», terminarán y desembocarán en un nuevo amor de Dios, esposo que no nos abandonará, porque el Señor nos prefiere a nosotros, y nuestra tierra tendrá un Dios por marido.

En la celebración comunitaria, es recomendable que este cántico sea distribuido entre la asamblea y un lector que representara al profeta. La asamblea podría recitar o cantar a dos coros desde el principio del canto hasta «los himnos, ante los pueblos»; el lector proclamaría, desde el ambón, la parte final, desde «Por amor de Sión no callaré». Si no es posible cantar la antífona propia, este cántico se puede acompañar cantando alguna antífona que celebre la gloria del pueblo de Dios, por ejemplo: «Hija de Sión, alégrate» (MD 606).

Oración I: Reconstruye, Señor, las murallas de la nueva Jerusalén, tú, que no dejas nunca de amar a tu pueblo; haz de la Iglesia una corona fúlgida en tus manos, perdonando todas sus infidelidades; por tu bondad, favorece nuevamente a Sión, para que, renovada y enriquecida con tus dones, como una novia que se adorna con sus joyas, pueda ser tomada como tu desposada y encuentres en ella la alegría que encuentra el marido con su esposa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor Jesús, que has venido al mundo, como esposo amante, a traer la paz y la salvación a la Iglesia, tu amada, y la has envuelto en un manto de triunfo, como una novia que se adorna con sus joyas, haz que esta esposa, que tu mismo te has elegido, te ame siempre con amor indefectible y que, unida a la Virgen María y envuelta en santidad, desborde de gozo y alegría y se alegre siempre contigo, su Dios y su Señor. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

61,10: Como novia que se adorna: los símbolos de las mayores alegrías sirven aquí para expresar la alegría espiritual de la era de gracia. Los símbolos se hallan también en contexto escatológico en Jr 33,11; Mt 22,2; Ap 21,2.

61,11: Ante todos los pueblos: las naciones, muchas de las cuales han sido acerbos enemigos de Israel, se verán obligadas a confesar que éste es el pueblo a quien ha bendecido Yahvé. El paralelo entre la fecundidad de la tierra y el plan de Dios recuerda lo visto en Is 55,10-13.

62,1: No callaré: Dios habla por la voz de su profeta; el silencio divino (42,14; 57,11; 64,12) se rompe en este poema, que tiene muchas afinidades con los capítulos 40-55 del segundo Isaías. Sión es la Jerusalén nueva, centro espiritual del mundo.

62,2: Tu justicia: la que Yahvé ha hecho en ti salvándote, tu salvación, como pide el paralelismo con gloria en la segunda mitad del verso.

Te pondrán un nombre nuevo: que supone un cambio radical en la persona. En Jr 33,16 el nombre nuevo de Jerusalén es: «Yahvé-es-nuestra-justicia». Aquí los nombres son, como dice el verso siguiente: «Mi favorita» y «Desposada», expresando el nuevo carácter de Sión, por el que Dios se complacía en ella y la había recibido en su amistad.

[F. L. Moriarty, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL CÁNTICO

Introducción general

El tercer Isaías profetiza poco después de la restauración de Judá, en medio de la pobreza y del desánimo de los repatriados. Su mirada se dirige al futuro. Nuestro canto matinal consta de dos partes: la primera es un canto de alabanza y de acción de gracias en el que se celebra la esperanza como realidad ya vivida. Los dos primeros versículos de nuestro canto matinal cierran el capítulo de la vocación del Trito-Isaías. El capítulo siguiente -el 62-, es un himno a la nueva Jerusalén. Se aproxima el día de bodas. La luz de ese esperado día inunda la ciudad, que será corona refulgente sobre el monte. Todos la verán. Jerusalén recibe un nombre nuevo, reflejo del gozo que siente el marido en la unión. El nombre corresponde a la nueva realidad de «Desposada».

En el rezo comunitario, este cántico puede salmodiarse a dos coros, de acuerdo con las dos partes que lo componen:

Coro 1.º, Canto de alabanza: «Desbordo de gozo... ante todos los pueblos» (61,10-11).

Coro 2.º, La nueva Jerusalén: «Por amor de Sión... la encontrará tu Dios contigo» (62,1-5).

«Proclama mi alma la grandeza del Señor»

Un cambio de suertes espera a Israel. No es necesario ningún mediador humano. Dios, en persona, lo hará. Dios dará a su pueblo una admirable fecundidad, testimonio de su bendición. Israel desborda de gozo porque Dios lo ha envuelto en un manto de triunfo. La bendición, el triunfo vislumbrado por el profeta, es una imagen de la realidad. Efecto de la bendición divina será la presencia del Santo, llamado hijo de Dios. El auténtico bendito formado en el seno bendito de María. Desde ese momento cumbre de la historia la existencia de María es una proclamación de la grandeza de Dios. Existe una razón para que los pobres se alegren en el Señor, para que los hombres más pobres exulten en el Santo de Israel: Dios ha quitado nuestra vergüenza y sonrojo. Nos ha vestido el traje engalanado de ser hijos en su Hijo. Nosotros proclamamos su grandeza, desbordamos de gozo con el Señor, nos alegramos con nuestro Dios.

La luz eterna nos ilumina

Israel desterrado, encarcelado, pagó el precio de su pecado. Al menos habían visto la luz. Otros pueblos yacían en tinieblas. Es necesario que también ellos vean la luz. Nada mejor para ello que despierte inmediatamente Jerusalén. Dios, por su parte, va a despertar como en los días de antaño para que la salvación que proporciona a Jerusalén llamee como una antorcha. Todas las naciones verán la acción del Señor; caminarán al resplandor de la alborada que iluminará a Sión. El hombre necesita la luz para ver perfectamente, para responder con acierto a la pregunta que a todos se les formula: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Si ajustamos nuestra vida a lo que proclaman nuestros labios, habrá roto en verdad la aurora de la salvación. ¿Ya hemos visto la luz? No podemos callar ni descansar. Dios quiere que nuestra vida sea luz para otros, para que llevemos la salvación hasta el fin de la tierra. Nosotros y ellos caminamos hacia el reino de la luz eterna, donde no habrá noche. Que esa Luz indeficiente nos ilumine ahora y por siempre.

«Te voy a enseñar a la novia»

El repudio de Israel, la novia, no es irreversible. Dios lo reunirá con gran cariño. Dios siente por su pueblo una pasión parecida a la que experimenta el hombre por su mujer. Dios ha hecho su elección: prefiere a la «abandonada», a la «devastada». Ya no se llamará así, sino «Mi favorita» y «Desposada». ¡Qué amor tan entrañable el mostrado por Dios al desposarse con nuestra carne! Quienes en otro tiempo no éramos pueblo, somos ahora el pueblo de Dios; de los que antes no tuvo compasión, ahora son compadecidos. Nosotros, la Iglesia es la novia que se prepara para las bodas del Cordero. Tiene en su interior la gloria de Dios. Por sus puertas, abiertas a los cuatro puntos cardinales, entran todos los hombres, excepto aquellos que cometen abominación y mentira. Han llegado las bodas del Cordero, el momento en que Dios Padre es la herencia de los elegidos.

Resonancias en la vida religiosa

Vocación a la virginidad fecunda: El hombre, al margen de la Gracia y sus llamadas, es un ser desnudo, abandonado, devastado, sin-nombre. Su deseo más íntimo de trascendencia quedaría truncado y pervertido.

Pero cuando la Gracia ilumina y provoca la visión en un hombre o una mujer, acontece aquello que proclama este precioso canto de Isaías.

Porque vocación es una llamada a la alegría, un impulso que nos hace desbordar de gozo. La experiencia vocacional trueca el rumbo de nuestra existencia: cubre nuestra desnudez con un vestido de gala y un manto de triunfo, convierte el abandono y la soledad de nuestra pobreza virginal en estado esponsalicio «como un novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas», adornado de fecundidad «como un jardín hace brotar sus semillas». El mismo Dios se vincula intrínsecamente a nuestra vida: «como un joven se casa con una doncella, así te desposa el que te construyó», «el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá marido». Dios mismo nos concede una nueva personalidad: «Te pondrán un nombre nuevo, impuesto por la boca del Señor».

Nuestra llamada a la virginidad es vocación al amor que Dios derrama profusamente en nuestra existencia; no es vocación a la esterilidad, ni a la soledad: «tu tierra tendrá marido», «a ti te llamarán la "desposada"».

Oraciones sálmicas

Oración I: Desbordamos de gozo y nos alegramos contigo, Dios nuestro, porque te has fijado en la humillación de nuestra situación pecadora, y nos has quitado nuestra vergüenza y sonrojo, vistiéndonos un traje de gala, revistiéndonos de Cristo, para ser tus hijos; que nada ni nadie nos haga volver a la antigua situación. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: La salvación ha llameado como una antorcha y ha irrumpido la aurora de tu justicia, Padre de amor, cuando tu Hijo, tras su historia terrestre y su muerte, resucitó y se convirtió en el Viviente; que su vida y su luz no se apaguen nunca en nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Como un esposo lleno de amor y de celos, te has fijado en nuestra comunidad y la has rescatado del abandono, de la devastación, convirtiéndola en tu preferida, tu desposada; haz que vivamos esta unión contigo para que tu comunidad te colme de felicidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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