DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE JEREMÍAS (Jr 14,17-21)
Lamentación del pueblo
en tiempo de hambre y de guerra

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17[ Diles esta palabra:]
Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.

18Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.

19¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿Tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por qué nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.

20Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

21No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

[22¿Hay entre los ídolos de los paganos uno que dé lluvia?
¿Sueltan solos los cielos sus chubascos?
Tú, Señor, eres nuestro Dios, en ti esperamos,
porque eres tú quien hace todo eso.]

 

[Canto elegíaco sobre la ruina de Judá como pueblo. La mortandad es tan grande, que tanto en el campo como en la ciudad no hay sino muertos a espada y desfallecidos de hambre (v. 18). La expresión «doncella de mi pueblo» es sinónima de «pueblo» de Judá, personificado en una doncella, objeto de los amores de Yahvé (Is 23,12). Los sacerdotes y los profetas, que antes habían hecho creer que no habría guerra ni necesidades, se verán obligados a andar errantes por un país que no conocen (v. 18) en busca de alimentos para cubrir sus necesidades más elementales. Después de reflejar el estado de trágica ruina de su pueblo, el profeta se identifica con éste, lanzando una súplica angustiosa a Yahvé para que evite tanta desgracia: ¿Por qué has rechazado del todo a Judá? (v. 19). El profeta recuerda las relaciones íntimas que en otro tiempo hubo entre Yahvé y su pueblo en virtud de la alianza. Yahvé había prometido estar siempre con su pueblo, pero ahora apenas hay esperanza de salvación. Quizá haya cambiado Yahvé de sentimientos para con su pueblo: ¿Tiene asco tu garganta de Sión? (v. 19). En otro tiempo los castigó, pero no tanto como ahora: ¿Por qué nos has herido sin remedio? (v. 19).

La catástrofe es tal, que no hay esperanza: en vez de paz y bienestar, cada vez hay mayor turbación y angustia. Ciertamente que todo esto ha venido por los pecados de Judá, y el pueblo lo reconoce (v. 20); pero al menos que no los rechace por su nombre. Es preciso que su nombre, es decir, su fama como omnipotente y protector de sus fieles, permanezca entre las gentes. Además, Jerusalén es su trono glorioso (v. 21), que sería profanado por las gentes y desprestigiado ante ellas si llegaran a ocupar la Ciudad Santa. Están, pues, en juego los intereses de Yahvé, y si bien el pueblo como pecador merece todo esto, sin embargo, el celo de su gloria debe salir en defensa de éste para que no sea objeto de burla entre las naciones. La derrota de su pueblo sería la derrota del prestigio de Yahvé entre los pueblos paganos. Y, como una última apelación, le recuerda la antigua alianza: recuerda y no rompas tu alianza con nosotros (v. 21). Aunque el pueblo le había sido infiel, sin embargo, siempre subsistían las cláusulas de la alianza con Israel. Precisamente, por mantener las promesas de esta alianza, Yahvé había protegido milagrosamente a su pueblo en muchas situaciones críticas.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El canto que el profeta Jeremías, desde su horizonte histórico, eleva al cielo es amargo y lleno de sufrimiento (cf. Jr 14,17-21). Lo hemos escuchado ahora como invocación, pues se reza en la liturgia de Laudes el viernes, día en que se conmemora la muerte del Señor. El contexto del que brota esta lamentación es una calamidad que a menudo azota a la tierra de Oriente Próximo: la sequía. Pero a este drama natural el profeta une otro no menos terrible: la tragedia de la guerra: «Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre» (v. 18). Por desgracia, la descripción es trágicamente actual en numerosas regiones de nuestro planeta.

2. Jeremías entra en escena con el rostro bañado en lágrimas: su llanto es una lamentación incesante por «la doncella de su pueblo», es decir, por Jerusalén. En efecto, según un símbolo bíblico muy conocido, la ciudad se representa con una imagen femenina, «la hija de Sión». El profeta participa íntimamente en la «terrible desgracia» y en la «herida de fuertes dolores» de su pueblo (v. 17). A menudo sus palabras están marcadas por el dolor y las lágrimas, porque Israel no se deja penetrar del mensaje misterioso que el sufrimiento implica. En otro pasaje, Jeremías exclama: «Si no lo oyereis, en silencio llorará mi alma por ese orgullo, y dejarán caer mis ojos lágrimas, y verterán copiosas lágrimas, porque va cautiva la grey del Señor» (Jr 13,17).

3. El motivo de la desgarradora invocación del profeta se ha de buscar, como decíamos, en dos acontecimientos trágicos: la espada y el hambre, es decir, la guerra y la carestía (cf. Jr 14,18). Así pues, se trata de una situación histórica dolorosa y es significativo el retrato del profeta y del sacerdote, los custodios de la palabra del Señor, los cuales «vagan sin sentido por el país» (ib.).

La segunda parte del cántico (cf. vv. 19-21) ya no es una lamentación individual, en primera persona singular, sino una súplica colectiva dirigida a Dios: «¿Por qué nos has herido sin remedio?» (v. 19). En efecto, además de la espada y del hambre, hay una tragedia mayor: la del silencio de Dios, que ya no se revela y parece haberse encerrado en su cielo, como disgustado por la conducta de la humanidad. Por eso, las preguntas dirigidas a él se hacen tensas y explícitas en sentido típicamente religioso: «¿Por qué has rechazado del todo a Judá? ¿Tiene asco tu garganta de Sión?» (v. 19). Ya se sienten solos y abandonados, privados de paz, de salvación y de esperanza. El pueblo, abandonado a sí mismo, se encuentra desconcertado e invadido por el terror.

Esta soledad existencial, ¿no es la fuente profunda de tanta insatisfacción, que captamos también en nuestros días? Tanta inseguridad y tantas reacciones desconsideradas tienen su raíz en el hecho de haberse alejado de Dios, roca de salvación.

4. En este momento se produce un cambio radical: el pueblo vuelve a Dios y le dirige una intensa oración. Ante todo, reconoce su pecado con una breve pero sentida confesión de culpa: «Señor, reconocemos nuestra impiedad (...), pecamos contra ti» (v. 20). Por consiguiente, el silencio de Dios era provocado por el alejamiento del hombre. Si el pueblo se convierte y vuelve al Señor, también Dios se mostrará dispuesto a salir a su encuentro para abrazarlo.

Al final, el profeta usa dos palabras fundamentales: el «recuerdo» y la «alianza» (v. 21). Dios es invitado por su pueblo a «recordar», es decir, a reanudar el hilo de su benevolencia generosa, manifestada tantas veces en el pasado con intervenciones decisivas para salvar a Israel. Dios es invitado a recordar que se ha unido a su pueblo mediante una alianza de fidelidad y amor. Precisamente por esta alianza, el pueblo puede confiar en que el Señor intervendrá para liberarlo y salvarlo. El compromiso que ha asumido, el honor de su «nombre», el hecho de su presencia en el templo, su «trono glorioso», impulsan a Dios, después del juicio por el pecado y el silencio, a acercarse nuevamente a su pueblo para devolverle la vida, la paz y la alegría.

Por consiguiente, al igual que los israelitas, también nosotros podemos tener la certeza de que el Señor no nos abandona para siempre, sino que, después de cada prueba purificadora, vuelve a «iluminar su rostro sobre nosotros, nos otorga su favor (...) y nos concede la paz», como reza la bendición sacerdotal recogida en el libro de los Números (cf. Nm 6,25-26).

5. En conclusión, la súplica de Jeremías se podría comparar con una conmovedora exhortación dirigida a los cristianos de Cartago por san Cipriano, obispo de esa ciudad en el siglo III. En tiempo de persecución, san Cipriano exhorta a sus fieles a invocar al Señor. Esta imploración no es idéntica a la súplica del profeta, porque no contiene una confesión de los pecados, pues la persecución no es un castigo por los pecados, sino una participación en la pasión de Cristo. A pesar de ello, se trata de una invocación tan apremiante como la de Jeremías. «Imploremos todos al Señor -dice san Cipriano- con sinceridad, sin dejar de pedir, confiando en obtener lo que pedimos. Implorémosle gimiendo y llorando, como es justo que imploren los que se encuentran entre los desventurados que lloran y otros que temen desgracias, entre los muchos que sufren por las matanzas y los pocos que quedan de pie. Pidamos que pronto se nos devuelva la paz, que se nos preste ayuda en nuestros escondrijos y en los peligros, que se cumpla lo que el Señor se digna mostrar a sus siervos: la restauración de su Iglesia, la seguridad de nuestra salvación eterna, el cielo despejado después de la lluvia, la luz después de las tinieblas, la calma tras las tempestades y los torbellinos, la ayuda compasiva de su amor de padre, las grandezas de la divina majestad, que conocemos muy bien» (Epistula 11, 8, en: S. Pricoco-M. Simonetti, La preghiera dei cristiani, Milán 2000, pp. 138-139).

[Audiencia general del Miércoles 11 de diciembre de 2002]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

El cántico de Jeremías es una plegaria penitencial que cuadra muy bien con la oración del viernes, día de la muerte del Señor. Una prolongada sequía está destruyendo, año tras año, las cosechas de los campos y, ante tamaña desgracia, el profeta pide ayuda y misericordia a Dios. Pero Dios se muestra inexorable: los hijos de Judá van en pos de dioses extranjeros y tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país. El Señor, por tanto, no solamente dejará sin remedio la sequía, sino que al castigo de los campos sin cosechas seguirá el azote de la guerra. Ante tal respuesta por parte del Señor, Jeremías no desfallece; confiesa las culpas del pueblo, -Señor, reconocemos nuestra impiedad-, y espera el perdón de Dios, -no rompas tu alianza con nosotros, no nos rechaces-.

Pidamos, también nosotros, al Señor que, a pesar de nuestras infidelidades, no nos abandone. Que nuestra plegaria sea la del publicano humilde que se reconoce pecador; aunque nuestras culpas merecen el castigo, el Señor se apiadará de nosotros por amor de su nombre.

En la celebración comunitaria, es recomendable que este cántico sea proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el cántico cantando alguna antífona de matiz penitencial, por ejemplo: «¡Perdón, Señor, hemos pecado!» (MD 802) o bien «Danos, Señor, un corazón nuevo» (MD 971).

Oración I: Señor, reconocemos nuestra impiedad: hemos pecado contra ti como nuestros padres de Israel, hemos merecido que tu garganta tenga asco de nuestro pueblo; pero tu amor supera nuestras culpas, recuerda y no rompas tu alianza con nosotros, no nos rechaces, por tu nombre. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor Jesús, tú que lloraste sobre tu ciudad de Jerusalén, que no quiso reconocerte como su Salvador, haz que nosotros nos compadezcamos también y lloremos por los sufrimientos de la humanidad, signos del mal profundo que nos penetra a todos los humanos; cura la terrible desgracia de nuestro pueblo, su herida de fuertes dolores, y no rompas tu alianza con nosotros, tú que moriste en la cruz por todos los hombres y ahora vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

VV. 17-18: Cuadro desolador que, a través de los ojos del profeta, arranca de los ojos divinos un torrente de amargas e incesantes lágrimas (Jr 8,21; 9,18; 10,19). Visión lastimosa del reino de Judá, la doncella hija de mi pueblo bajo el efecto de una herida grave en extremo: en el campo, la espada,y en la ciudad, el hambre, reinan incontrastables, mientras los mismos profetas y sacerdotes, perdido el control de guías religiosos del pueblo, andan errantes e inconscientes, víctimas del común desastre.

VV. 19-22: Con una nueva súplica, paralela a la anterior de los versículos 7-9 en sus líneas generales, pero de trazos más vigorosos y de mayor fondo teológico, intenta el pueblo un último asalto a la misericordia de Yahvé. Tras esperar en vano la paz-bonanza en la desgracia y la cura de la herida-destrucción, llega a pensar, aunque sin querer persuadirse del todo, que el amor de su Dios se ha convertido definitivamente en abandono-odio hacia Judá y Sión-Jerusalén. Con un movimiento estudiado, reconoce su inveterada impiedad-iniquidad: por su conducta de pecado contra Yahvé merecen el castigo y el abandono, pero: a) el nombre sagrado de Yahvé invocado sobre él, b) el trono de la gloria de su Dios colocado un día en Jerusalén (Jr 3,17), y que no puede ser deshonrado (Lam 2,1), c) el pacto eterno del Señor con el pueblo escogido (Ex 19), todos esos títulos deben prevalecer sobre las infidelidades humanas, por grandes que sean. De cara a este Dios, el único verdadero y el solo capaz de impedir la lluvia o mandarla sobre la tierra, el pueblo concluye de nuevo con un confiado en ti esperamos, pues has hecho todo esto (sequía y destrucción) y tú, Señor absoluto de la naturaleza y de sus leyes, puedes hacer lo contrario.

[F. L. Moriarty, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL CÁNTICO

Introducción general

Pertenecen estos versículos a la sección que se ocupa de las dificultades ministeriales de Jeremías. El pueblo ya ha sido asolado por la sequía. Ahora va a sufrir un segundo azote aún peor: la guerra. Ni antes ni ahora se le permite interceder al profeta. No vale siquiera que disculpe a su pueblo, engañado por falsos profetas (Jr 14,10-16). Aunque ahora supliquen con mayor intensidad y arrepentimiento, Dios los rechaza con mayor aspereza. El profeta está solo, impotente, entre los clamores del pueblo y la ira divina. Posiblemente debemos situarnos poco antes de la primera deportación (año 597 a.C.) o entre la primera y la segunda deportación (a 587 a.C.).

La lamentación del pueblo consta de dos partes distintas gramatical y temáticamente. En la primera parte uno se expresa en nombre de toda la comunidad; en la segunda, habla el pueblo. La primera describe la lamentable situación externa del pueblo; la segunda es una súplica que brota del corazón del pueblo. Puede salmodiarse así:

Presidente, La guerra, azote del pueblo: «Mis ojos se deshacen... sin sentido por el país» (vv. 17-18).

Asamblea, Súplica del pueblo: «¿Por qué has rechazado... tu alianza con nosotros?» (vv. 19-21).

Días de tribulación y de calamidad

El mundo de Jeremías va a pasar por el dolor purificador: No se engendrarán nuevos hijos; los ya engendrados mueren o desfallecen de hambre; sacerdotes y profetas -dados a los conjuros- no tienen en cuenta al Dios de la tierra; toda voz de gozo y de alegría se extinguirá. El profeta debe callar hasta que Dios actúe y purifique. La acción divina alcanzó incluso al leño verde. Que las hijas de Jerusalén lloren por ellas y por sus hijos, que hagan penitencia, porque Dios quiere purificar a su pueblo (Lc 23,28). Es preciso que el pueblo de Dios pase por la tribulación, ya que ha creído en el nombre de Cristo (Mt 5,11ss: las bienaventuranzas). Será el pueblo que venga de la gran tribulación, que haya lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Ap 7,14).

El tiempo ha sido acortado

Una nación abocada al exterminio llora su desgracia. Se alteran los valores. La Doncella es incapaz de engendrar, como también lo es el célibe Jeremías (Jr 16,1-4). No vale la pena tener hijos que sumarán dolor al dolor. Esta concepción negativa de la vida personal, familiar y social tiene ahora un tono positivo: ha llegado el momento oportuno para que Dios actúe. La vida célibe y fecunda de Jesús ha acortado efectivamente el tiempo. Quienes disfrutan de los valores de este mundo deben comportarse «como si no» fuesen valores, porque la representación teatral de este mundo está para concluir (1 Co 7,31). Existe tan sólo un valor supremo: Cristo y los asuntos del Señor, que son los intereses de los demás. El célibe por el Reino de los cielos se preocupa por esos asuntos, dedicándose a ellos enteramente, en cuerpo y alma. Ese tal da a luz un mundo nuevo, hijo de los dolores de su virginidad y de la acción del Padre.

Perdón, Señor, perdón

La finalidad de la profecía era enfrentar al pueblo con su propio pecado, no para hundirlo en él, sino para que clame. A Israel le ha llegado el momento del clamor, de la conversión. Es una vuelta al Señor «con todo el corazón y con toda el alma», de suerte que pueda decir: «Aquí nos tienes de vuelta a ti, porque Tú, Señor, eres nuestro Dios» (Jr 16,1-4). Vuelto a Dios, el pecador cobra horror al resto de los dioses, obra de manos humanas. Para que el hombre sea valiente y emprenda el camino de regreso, Dios ha de curar, debe hacer volver. He aquí que Dios ya ha curado. Nos insta apremiantemente a que volvamos: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis; pero, en caso de que uno peque, tenemos un defensor ante el Padre, Jesús, el Mesías justo, que expía nuestros pecados, y no sólo los nuestros, sino también los del mundo entero» (1 Jn 2,1-2). Con la confianza que nos da el Defensor ante el Padre retornamos con humildad de corazón y una plegaria en los labios: «Perdón, Señor, perdón»; hemos pecado.

Resonancias en la vida religiosa

Nuestra impaciencia profética: ¡Que el tiempo se abrevie!, es el clamor de aquellos religiosos que asumen la condición del hombre pobre, explotado, herido. Es imposible compartir la situación más desgraciada de nuestros hermanos sin sentir en nuestro corazón la mordedura del mal y sin vernos afectados por la irrefrenable impaciencia de una situación intolerable. Como el profeta Jeremías, asistimos día y noche a las terribles desgracias de nuestro mundo: terrorismo, guerra, defecciones en la fe, profanación de lo santo. Hasta se nos antoja pensar que la ausencia de Dios es casi definitiva y que las esperanzas que suscitamos están llamadas a apagarse y a encender más aún la desilusión.

Nuestra súplica no puede cesar; también nosotros hemos de reconocer en ella nuestra complicidad en el pecado del mundo; y por ello le pedimos al Padre que no nos rechace; que establezca con nosotros su alianza para que podamos proclamarla y podamos servir a su instauración. Que nuestra impaciencia profética haga germinar una auténtica esperanza entre los pobres y desgraciados.

Oraciones sálmicas

Oración I: Oh Dios purificador, que permites que nuestros ojos se deshagan en lágrimas y nos rodee la desolación; haznos comprender el sentido del dolor contemplando el sufrimiento de tu Hijo, sacrificado por nuestras maldades, y concédenos la capacidad de reaccionar ante el mal que nosotros hemos hecho. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Que el tiempo de la desgracia se abrevie, Señor; envía a tu Hijo para que se restaure todo aquello que el pecado ha trastrocado y para que, contagiados por su Espíritu, colaboremos en la creación de la nueva humanidad. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Padre, reconocemos nuestra impiedad, hemos pecado contra ti y no somos dignos de ser llamados hijos tuyos; incita nuestra fe para que acojamos a tu Hijo Jesús y volvamos a ti, siguiéndole por el camino estrecho de la cruz y esperanzados de conseguir tu perdón y tu bienaventuranza. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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