DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE ISAÍAS (Is 40,10-17)
El buen pastor es el Dios altísimo y sapientísimo

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[9Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión;
alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén;
álzala, no temas, di a las ciudades de Judá:
«Aquí está vuestro Dios».]

10Mirad, el Señor Dios llega con poder,
y su brazo manda.
Mirad, viene con él su salario,
y su recompensa lo precede.

11Como un pastor que apacienta el rebaño,
su brazo lo reúne,
toma en brazos los corderos
y hace recostar a las madres.

12¿Quién ha medido a puñados el mar
o mensurado a palmos el cielo,
o a cuartillos el polvo de la tierra?

¿Quién ha pesado en la balanza los montes
y en la báscula las colinas?
13¿Quién ha medido el aliento del Señor?
¿Quién le ha sugerido su proyecto?

14¿Con quién se aconsejó para entenderlo,
para que le enseñara el camino exacto,
para que le enseñara el saber
y le sugiriese el método inteligente?

15Mirad, las naciones son gotas de un cubo
y valen lo que el polvillo de balanza.
Mirad, las islas pesan lo que un grano,
16el Líbano no basta para leña,
sus fieras no bastan para el holocausto.

17En su presencia, las naciones todas
como si no existieran,
valen para él nada y vacío.

 

[Libro de las consolaciones de Israel. Según la Biblia de Jerusalén, éste es el título que se da a la segunda parte del libro de Isaías, capítulos 40-55, inspirándose en los primeros versículos. La «consolación» es en efecto el tema principal de estos capítulos. Se atribuye este libro al «Segundo Isaías», un profeta anónimo del fin del Destierro en Babilonia. Ciro, rey de los persas, se apoderó del imperio babilónico allá por el año 550 a.C., y en su edicto del año 538 autorizó los primeros regresos de judíos a Israel. En la misma Biblia de Jerusalén, los vv. 1-11 llevan el subtítulo de Anuncio de la liberación, y los vv. 12 y ss., el de La grandeza divina. Los primeros versículos son una cantata a varias voces que sirve de obertura al libro: la esclavitud del pueblo ha concluido; se prepara un nuevo Éxodo bajo la guía de Dios. Este tema impregna todo el libro. El v. 11 de nuestro cántico es el tema del buen pastor, formulado por Jr 23,1-6, desarrollado por Ez 34, y continuado por Jesús, Mt 18,12-14; Jn 10,11-18. A partir del v. 12 se nos ofrece la exaltación de la grandeza divina comparada con la debilidad del hombre, que es un tema frecuente de los escritos de sapienciales. Las «islas», de las que se habla a menudo en el libro de la Consolación, son los archipiélagos y las costas lejanas del Mediterráneo, y en este sentido se establece aquí un parangón entre esta palabra y «las naciones». Para Nácar-Colunga el título de este cántico es Gloria de Yahvé en la liberación de su pueblo.--

Vuelta de Yahvé a Sión (vv. 9-11).- El profeta invita a unos supuestos mensajeros de buenas nuevas a que anuncien la proximidad de la llegada de Yahvé, que retorna a su pueblo después de haberse separado de él por sus pecados. Son portadores de albricias para Sión-Jerusalén y las ciudades de Judá. Y el objeto de su anuncio es el retorno victorioso de Yahvé, que llega con poder, y su brazo manda (brazo aquí es sinónimo de poder dominador), y trae, como los conquistadores, su salario..., su recompensa, es decir, el botín de los enemigos, llevado, al estilo oriental, delante de él como trofeo. Por otra parte, ese salario de Yahvé es también la salvación y liberación del pueblo escogido una vez vencidos los enemigos. Y, en contraste con esta actitud de vencedor bélico, Yahvé será para su pueblo redimido un pastor que la apaciente, prodigando los cuidados máximos a los componentes más débiles y necesitados de la comunidad israelita.

Grandeza del poder y sabiduría de Dios (vv. 12-17).- Nadie debe desesperar respecto de las promesas divinas si se tiene en cuenta la omnipotencia de Dios y superioridad sobre todas las criaturas. Él conserva todas las cosas en su peso y medida: mensura el mar y el cielo, los recoge en su mano y los mide a cuartillos. Su sabiduría es proporcionada a su poder, y no necesita de consejero alguno (v. 13). Nadie podrá oponerse a sus designios, pues los pueblos y colectividades sociales (las naciones, v. 15) son como gotas de agua en un recipiente o polvillo en una balanza en comparación con el poder e inteligencia de Dios. Las mismas islas son insignificantes y las conmueve como polvillo. Es más, Yahvé es tan inmenso que no habría bastante combustible en el Líbano ni animales suficientes para preparar un holocausto digno de Él (v. 16).-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. En el libro del gran profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII a.C., se recogen también las voces de otros profetas, discípulos y continuadores suyos. Es el caso del que los estudiosos de la Biblia han llamado «el segundo Isaías», el profeta del regreso de Israel del exilio en Babilonia, que tuvo lugar en el siglo VI a.C. Su obra constituye los capítulos 40-55 del libro de Isaías, y precisamente del primero de estos capítulos está tomado el cántico que ha entrado en la Liturgia de las Laudes y que se acaba de proclamar.

Este cántico consta de dos partes: los dos primeros versículos provienen del final de un hermosísimo oráculo de consolación que anuncia el regreso de los desterrados a Jerusalén, guiados por Dios mismo (cf. Is 40,1-11). Los versículos sucesivos forman el inicio de un discurso apologético, que exalta la omnisciencia y la omnipotencia de Dios y, por otra parte, somete a dura crítica a los fabricantes de ídolos.

2. Así pues, al inicio del texto litúrgico aparece la figura poderosa de Dios, que vuelve a Jerusalén precedido de sus trofeos, como Jacob había vuelto a Tierra Santa precedido de sus rebaños (cf. Gn 31,17; 32,17). Los trofeos de Dios son los hebreos desterrados, que él libró de las manos de sus conquistadores. Por tanto, Dios se presenta «como pastor» (Is 40,11). Esta imagen, frecuente en la Biblia y en otras tradiciones antiguas, evoca la idea de guía y de dominio, pero aquí los rasgos son sobre todo tiernos y apasionados, porque el pastor es también el compañero de viaje de sus ovejas (cf. Sal 22). Vela por su grey, no sólo alimentándola y preocupándose de que no se disperse, sino también cuidando con ternura de los corderitos y de las ovejas que han dado a luz (cf. Is 40,11).

3. Después de la descripción de la entrada en escena del Señor, rey y pastor, viene la reflexión sobre su acción como Creador del universo. Nadie puede equipararse a él en esta obra grandiosa y colosal: desde luego, no el hombre, y mucho menos los ídolos, seres muertos e impotentes. El profeta recurre luego a una serie de preguntas retóricas, es decir, preguntas en las que se incluye ya la respuesta. Son pronunciadas en una especie de proceso: nadie puede competir con Dios y arrogarse su inmenso poder o su ilimitada sabiduría.

Nadie es capaz de medir el inmenso universo creado por Dios. El profeta destaca que los instrumentos humanos son ridículamente inadecuados para esa tarea. Por otra parte, Dios actuó en solitario; nadie pudo ayudarle o aconsejarle en un proyecto tan inmenso como el de la creación cósmica (cf. vv. 13-14).

En su 18ª Catequesis bautismal, san Cirilo de Jerusalén, comentando este cántico, invita a no medir a Dios con la vara de nuestra limitación humana: «Para ti, hombre tan pequeño y débil, la distancia de la Gotia a la India, de España a Persia, es grande, pero para Dios, que tiene en su mano el mundo entero, cualquier tierra está cerca» (Le Catechesi, Roma 1993, p. 408).

4. Después de celebrar la omnipotencia de Dios en la creación, el profeta pondera su señorío sobre la historia, es decir, sobre las naciones, sobre la humanidad que puebla la tierra. Los habitantes de los territorios conocidos, pero también los de las regiones remotas, que la Biblia llama «islas» lejanas, son una realidad microscópica comparada con la grandeza infinita del Señor. Las imágenes son brillantes e intensas: los pueblos son como «gotas de un cubo», «polvillo de balanza», «un grano» (Is 40,15).

Nadie podría ofrecer un sacrificio digno de este grandioso Señor y rey: no bastarían todas las víctimas de la tierra, ni todos los bosques de cedros del Líbano para encender el fuego de este holocausto (cf. v. 16). El profeta recuerda al hombre su límite frente a la infinita grandeza y a la soberana omnipotencia de Dios. La conclusión es lapidaria: «En su presencia, las naciones todas, como si no existieran, valen para él nada y vacío» (v. 17).

5. Por consiguiente, el fiel es invitado, desde el inicio de la jornada, a adorar al Señor omnipotente. San Gregorio de Nisa, Padre de la Iglesia de Capadocia (siglo IV), meditaba así las palabras del cántico de Isaías: «Cuando escuchamos la palabra "omnipotente", pensamos en el hecho de que Dios mantiene todas las cosas en la existencia, tanto las inteligibles como las que pertenecen a la creación material. En efecto, por este motivo, tiene el orbe de la tierra; por este motivo, tiene en su mano los confines de la tierra; por este motivo, tiene en su puño el cielo; por este motivo, mide con su mano el agua del mar; por este motivo, abarca en sí toda la creación intelectual: para que todas las cosas permanezcan en la existencia, mantenidas con poder por la potencia que las abraza» (Teologia trinitaria, Milán 1994, p. 625).

San Jerónimo, por su parte, se queda atónito ante otra verdad sorprendente: la de Cristo, que, «a pesar de su condición divina, (...) se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Flp 2,6-7). Ese Dios infinito y omnipotente -afirma- se hizo pequeño y limitado. San Jerónimo lo contempla en el establo de Belén y exclama: «Aquel que encierra en un puño el universo, se halla aquí encerrado en un estrecho pesebre» (Carta 22,39, en: Opere scelte, I, Turín 1971, p. 379).

[Audiencia general del Miércoles 20 de noviembre de 2002]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

Literalmente este cántico se refiere al advenimiento de Ciro, el rey persa, que llega con poder, y cuyo brazo manda; en este rey es el mismo Señor Dios quien viene con su salario, para destruir Babilonia; de este modo, los hijos de Israel alcanzarán la libertad frente a sus opresores.

Pero esta victoria y este advenimiento fueron, ya para Israel, algo más que la victoria de un rey sobre otro rey; fue Dios quien se sirvió del rey persa para librar a su pueblo de la esclavitud. En la persona de Ciro es Yahvé quien llega para salvar a su rebaño, dispersado entre los gentiles, reuniéndolo con su brazo, tomando en brazos a los corderos y haciendo recostar a las madres.

Pero en nuestro cántico hay algo más que la buena noticia de la liberación; el texto nos habla también de los caminos inescrutables de Dios, cuando él se propone salvar al hombre. Nunca ningún israelita hubiera sospechado que sería por medio de un pueblo pagano y un rey extranjero que llegaría a la libertad. «Los planes de Dios no son nuestros planes, nuestros caminos no son sus caminos» (Is 55, 8).

Mantengamos, pues, firme nuestra esperanza y segura nuestra fe, aun cuando, con frecuencia, no comprendamos el proceder del Señor. ¿Quién le ha sugerido su proyecto? ¿Con quién se aconsejó para que le enseñara el camino exacto?

En la celebración comunitaria es recomendable que este cántico sea proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el cántico cantando alguna antífona que exprese la confianza que el pueblo de Dios tiene en el Señor, por ejemplo: «El Señor es mi fuerza» (MD 647) o bien «El Señor es mi pastor» (MD 801).

Oración I: Señor Dios, pastor eterno, que con tu amor reúnes a tu rebaño y con tu poder lo proteges, nadie puede medir tu aliento ni enseñarte el método inteligente; haz, pues, que nosotros, en medio de nuestras tinieblas, sepamos acallar nuestros deseos, como un niño en brazos de su madre, y estemos seguros de que nadie como tú conoce el camino exacto y el método inteligente. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Danos, Señor, tu luz, para que conozcamos tus misterios; tú eres el que está lejos y eres inaccesible, pero has querido acercarte a nuestra pequeñez; tú, el poderoso que no quieres aterrarnos con tu poder; mira, pues, nuestra pequeñez y, ya que has querido, en Cristo, asumir nuestra debilidad humana, haz que el fruto de la victoria de tu Hijo nos preceda siempre como trofeo. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL CÁNTICO

V. 9: Heraldo de Sión: la misión de Jerusalén es anunciar la buena nueva, el «evangelio». Sión es el heraldo que, después de haber recibido el mensaje, lo ha de pasar a las otras ciudades de Judá.

V. 10: Su brazo manda: por eso en Isaías se atribuye la redención y la salvación al poderoso brazo de Dios.

V. 11: Como un pastor: la solicitud de Dios por su pueblo se expresa por medio de la comparación del pastor. Véase Salmo 23 y compárese con Lc 15,3-7 y Jn 10,1-18.

V 13: ¿Quién ha medido el aliento del Señor?: el espíritu, la fuerza vivificante que ejecuta todos los designios de Yahvé. Véase el uso que San Pablo hace de estos textos en Rm 11,34 y 1 Co 2,16. Las ideas de esta sección (v. 12-17), y aun las expresiones, son características del estilo sapiencial.

V. 15: Gotas de un cubo: pone de relieve el poeta lo insignificante que es el mundo comparado con el Creador. Pero no por eso quedan el mundo ni las islas donde habitan los gentiles excluidos del mensaje de salvación, tema muy importante del segundo Isaías. Si se atenúa la importancia de las islas, es únicamente para aumentar la fe y la confianza de los desterrados. Por lo demás, no es ésta la última palabra ni la más importante sobre el asunto de los gentiles: tal palabra se encierra en el misterio del amor universal de Dios.

V. 16: El Líbano no basta: no bastaría la madera de sus bosques de cedros para ofrecer a Dios un holocausto digno de Él, como tampoco bastarían los animales todos para el mismo fin: Dios trasciende a la naturaleza.

[F. L. Moriarty, En La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL CÁNTICO

Introducción general

Este cántico pertenece al «Libro de la Consolación», de Isaías. La misión de este profeta -el segundo Isaías- es preparar a su Pueblo desterrado en Babilonia para que emprenda un segundo Éxodo, una nueva vuelta a la tierra de los antepasados, que es la tierra de Dios. Infundir consuelo, esperanza, nueva fe en Dios, tal es la finalidad de sus oráculos. El cántico de nuestros Laudes corresponde, en parte, al prólogo del libro y en parte al desarrollo del mismo. Los vv. 10-11 forman parte de la vocación del Deutero-Isaías (vv. 1-11). Los siguientes (vv. 12-17) son parte de la primera polémica contra los ídolos. Con ella, el autor pretende devolver la confianza en Dios, afirmando su grandeza, sabiduría, dominio y poder en la naturaleza y en la historia. Los vv 12-17 recogen los dos primeros argumentos en favor del poder divino.

La finalidad de este himno, decíamos, es infundir confianza en el pueblo de Dios. Si los dos primeros versículos (10-11), pertenecientes al relato vocacional, recogen sintéticamente el contenido de la misión profética, los restantes comienzan a desarrollarla. Nos proporcionan las dos primeras razones en favor de Dios. En consecuencia, puede ser salmodiado por tres salmistas distintos, y acogido silenciosamente por la asamblea, cuya esperanza se pretende avivar:

Presidente, Misión vocacional: «Mirad, el Señor Dios... recostar a las madres» (vv. 10-11).

Salmista 1.º, Dios creador: «¿Quién ha medido... el método inteligente?» (vv. 12-14).

Salmista 2.º, Poder histórico de Dios: «Mirad, las naciones... nada y vacío» (vv. 15-17).

El Señor es mi pastor

Malos pastores esquilmaron al rebaño dispersado ahora por los montes. El alegre mensajero no ha olvidado las palabras de sus predecesores: «Yo recogeré el resto de mis ovejas de todas las tierras» (Jer 23,3; Is 4,3). El brazo poderoso que actuó en Egipto va a actuar inmediatamente en Babilonia. Trae en sus manos el salario que merece el sufrimiento de su pueblo. Dentro de poco reunirá a su rebaño; en verdes y fértiles praderas lo recostará. Aunque al ser herido el Pastor se dispersen, una vez más, las ovejas, una vez resucitado irá a la cabeza del rebaño, formado por los hijos de Dios que estaban dispersos. Porque el Buen Pastor nos ha tomado en sus brazos, hemos podido volver al guardián de nuestras vidas. Apacentados ya ahora en verdes prados, nos conducirá a los pastos celestiales.

Creo en Dios, creador del cielo y de la tierra

El pueblo desterrado se lamenta de este modo: «Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa» (Is 40,27). Es necesario encender su esperanza. ¿Cómo puede olvidar al omnipotente Señor, hábil artesano que mide y pesa con precisión? El cielo, la tierra y el mar son obra de sus manos. Ningún Dios extranjero estaba junto a Él creando. Afirmar su fe y la nuestra en Dios creador es consolidar los corazones, dar ánimos. Dios sigue creando el cielo, la tierra y el mar: es un Dios lleno de vida creadora. Esa vida manifestada en Cristo tiene como correlato la creación de unos nuevos cielos y de una tierra nueva. Ya han comenzado a existir. Dios viviente es el ámbito en el que vivimos, nos movemos y existimos. Nuestra suerte no está oculta. Dios no ignora nuestra causa porque nosotros creemos en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra.

El poder de Dios que resucita a los muertos

Egipto, Asiria, Babilonia fueron poderes de este mundo que sedujeron al pueblo de Dios. Le hundieron en la ruina, porque aquéllos son humanos, no divinos, y sus caballos, carne y no espíritu. He ahí al pueblo de Dios convertido en un montón de huesos secos, sin vida. El Espíritu poderoso del Señor de la historia va a entrar en ellos, se incorporarán y vivirán. Antes los enemigos del pueblo serán destruidos en los montes de Israel. No es un bello sueño. Es la realidad acontecida en la carne de Cristo, el nuevo monte de Israel. Aquí sucumbió el pecado, enemigo dei hombre, cuando el poder de Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Ni Roma, ni Marx, ni las checas, ni los campos de concentración pueden competir con el poder soberano de Dios. «Valen lo que el polvillo de balanza». Caerá la Gran Babilonia. El pueblo de Dios sale precipitadamente de ella para no hacerse cómplice de sus pecados.

Resonancias en la vida religiosa

Nuestra irrefrenable impaciencia: Compartiendo con los hombres sus situaciones desgraciadas y anhelando, aguijoneados por esta condición postrada, el «día del Señor», el día de su venida liberadora, podemos identificarnos con este bello himno de Isaías.

Jesús, el mensajero de la Alegre Noticia, pronuncia en nuestra comunidad, solidaria con los pobres, su oráculo: «¡Mirad, el Señor Dios llega con poder! ¡Mirad, viene con él el salario!». El mensaje de Jesús continúa resonando en nuestra historia y alentando nuestra impaciente espera. El Padre se va acercando a nuestro mundo, va conquistando progresivamente todos los resortes de nuestra historia; aunque no aparezca su poderío, ya está actuando del modo más eficaz, aunque misterioso. ¿Quién puede comparársele? Él manifiesta su sabiduría en la creación y su poderío en la humanidad. Ante El quedarán desterrados todos los hombres injustos; perderá consistencia toda orgullosa pretensión humana.

Dejémonos evangelizar; que aumente nuestra esperanza; que se avive nuestra acción anticipadora del Reinado absoluto de Dios, el único capaz de instaurar el mundo nuevo.

Oraciones sálmicas

Oración I: Señor, Tú eres el Buen Pastor, que con tu brazo poderoso marcas el camino de nuestra historia, guardas del Maligno nuestra vida y nos reúnes en tu único rebaño; que reconozcamos tu grandeza y tu poderío para que no busquemos otros pastos ni otro pastor. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios, creador de nuestro mundo y conocedor de todos sus misterios; nadie sino sólo Tú puede dirigir acertadamente el rumbo de la historia; ofusca nuestra soberbia para que reconozcamos que ante ti el orgullo del hombre vale lo que el polvillo de balanza. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Nadie, sólo Tú, Señor, puede crear un mundo nuevo, porque sólo Tú conoces tu proyecto y el método inteligente; que esperemos en ti la culminación de tu creación y seamos ciudadanos de la nueva Humanidad, en Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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