DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE ISAÍAS (Is 33,13-16)
Dios juzgará con justicia

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[10Ahora me pongo en pie, dice el Señor,
ahora me yergo, ahora me alzo:
11Concebiréis paja y pariréis rastrojo,
mi aliento como fuego os consumirá;
12los pueblos serán calcinados,
como cardos segados arderán.]

13Los lejanos, escuchad lo que he hecho;
los cercanos, reconoced mi fuerza.

14Temen en Sión los pecadores,
y un temblor agarra a los perversos:
«¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador,
quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?».

15El que procede con justicia y habla con rectitud
y rehúsa el lucro de la opresión,
el que sacude la mano rechazando el soborno
y tapa su oído a propuestas sanguinarias,
el que cierra los ojos para no ver la maldad:
16ése habitará en lo alto,
tendrá su alcázar en un picacho rocoso,
con abasto de pan y provisión de agua.

 

[Respuesta de Yahvé (vv. 10-14).- Yahvé ha oído la plegaria hecha por el profeta en nombre del pueblo, y está dispuesto a intervenir enérgicamente (v. 10). Los enemigos han concebido vanos proyectos, como de paja. El resultado será tan vano como la misma paja. Es más, el furor de ellos se volverá contra ellos como fuego devorador, porque Yahvé les castigará por haber atropellado a su pueblo (v. 11). Quedarán reducidos a cenizas (los pueblos: son los enemigos de Israel, asirios y aliados), pasto de las llamas (v. 12). Esta obra justiciera será objeto de admiración por parte de todos los que están lejos y los que están cerca (v. 13). Los pecadores que habitan en la ciudad santa se espantarán al ver la manifestación de la justicia divina sobre los enemigos de Israel, la cual alcanzará también a los israelitas, que han sido infieles a Yahvé, y confiesan que no pueden continuar habitando en medio de un fuego devorador (v. 14), es decir, rodeados de la santidad de Dios, que mora en Sión, y que es como un horno devorador para sus enemigos.

Respuesta a los pecadores (vv. 15-16).- Este fragmento tiene muchas analogías con la literatura de los Salmos (cf. Sal 15 y 23,4s). En él se enumeran las condiciones para pertenecer con derecho de ciudadanía a la nueva teocracia inaugurada con la victoria de Yahvé. Es un programa moral práctico: ser recto en palabras y obras, sin dejarse llevar de soborno ni dar oído a lo que pueda llevar a homicidios. Quien en su conducta privada se sujeta a este programa, habitará en lo alto; es decir, Dios le protegerá y le hará sentirse seguro como quien se refugia en fortalezas y lugares altos rocosos e inaccesibles a los enemigos. Por otra parte, Dios le bendecirá en sus bienes y no le faltará nada de lo necesario para la vida, como son el pan y el agua, símbolo de los bienes materiales sustanciales.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Entre los cánticos bíblicos que acompañan a los salmos en la liturgia de las Laudes encontramos el breve texto proclamado hoy. Está tomado de un capítulo del libro del profeta Isaías, el trigésimo tercero de su amplia y admirable colección de oráculos divinos.

El cántico comienza, en los versículos anteriores a los que se recogen en la liturgia (cf. vv. 10-12), con el anuncio de un ingreso potente y glorioso de Dios en el escenario de la historia humana: «Ahora me pongo en pie, dice el Señor, ahora me yergo, ahora me alzo» (v. 10). Las palabras de Dios se dirigen a los «lejanos» y a los «cercanos», es decir, a todas las naciones de la tierra, incluso a las más remotas, y a Israel, el pueblo «cercano» al Señor por la alianza (cf. v. 13).

En otro pasaje del libro de Isaías se afirma: «Yo pongo alabanza en los labios: ¡Paz, paz a los lejanos y a los cercanos! -dice el Señor-. Yo los curaré» (Is 57,19). Sin embargo, ahora las palabras del Señor se vuelven duras, asumen el tono del juicio sobre el mal de los «lejanos» y de los «cercanos».

2. En efecto, inmediatamente después, cunde el miedo entre los habitantes de Sión, en los que reinan el pecado y la impiedad (cf. Is 33,14). Son conscientes de que viven cerca del Señor, que reside en el templo, ha elegido caminar con ellos en la historia y se ha transformado en «Emmanuel», «Dios con nosotros» (cf. Is 7,14). Ahora bien, el Señor justo y santo no puede tolerar la impiedad, la corrupción y la injusticia. Como «fuego devorador» y «hoguera perpetua» (cf. Is 33,14), acomete el mal para aniquilarlo.

Ya en el capítulo 10, Isaías advertía: «La luz de Israel vendrá a ser fuego, y su Santo, llama; arderá y devorará» (v. 17). También el salmista cantaba: «Como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios» (Sal 67,3). Se quiere decir, en el ámbito de la economía del Antiguo Testamento, que Dios no es indiferente ante el bien y el mal, sino que muestra su indignación y su cólera contra la maldad.

3. Nuestro cántico no concluye con esta sombría escena de juicio. Más aún, reserva la parte más amplia e intensa a la santidad acogida y vivida como signo de la conversión y reconciliación con Dios, ya realizada. Siguiendo la línea de algunos salmos, como el 14 y el 23, que exponen las condiciones exigidas por el Señor para vivir en comunión gozosa con él en la liturgia del templo, Isaías enumera seis compromisos morales para el auténtico creyente, fiel y justo (cf. Is 33,15), el cual puede habitar, sin sufrir daño, en medio del fuego divino, para él fuente de beneficios.

El primer compromiso consiste en «proceder con justicia», es decir, en considerar la ley divina como lámpara que ilumina el sendero de la vida. El segundo coincide con el hablar leal y sincero, signo de relaciones sociales correctas y auténticas. Como tercer compromiso, Isaías propone «rehusar el lucro de la opresión» combatiendo así la violencia sobre los pobres y la riqueza injusta. Luego, el creyente se compromete a condenar la corrupción política y judicial «sacudiendo la mano para rechazar el soborno», imagen sugestiva que indica el rechazo de donativos hechos para desviar la aplicación de las leyes y el curso de la justicia.

4. El quinto compromiso se expresa con el gesto significativo de «taparse los oídos» cuando se hacen propuestas sanguinarias, invitaciones a cometer actos de violencia. El sexto y último compromiso se presenta con una imagen que, a primera vista, desconcierta porque no corresponde a nuestro modo de hablar. La expresión «cerrar un ojo» equivale a «hacer que no vemos para no tener que intervenir»; en cambio, el profeta dice que el hombre honrado «cierra los ojos para no ver la maldad», manifestando que rechaza completamente cualquier contacto con el mal.

San Jerónimo, en su comentario a Isaías, teniendo en cuenta el conjunto del pasaje, desarrolla así el concepto: «Toda iniquidad, opresión e injusticia, es un delito de sangre: y, aunque no mata con la espada, mata con la intención. "Cierra los ojos para no ver la maldad": ¡Feliz conciencia, que no escucha y no contempla el mal! Por eso, quien obra así, habitará "en lo alto", es decir, en el reino de los cielos o en la altísima gruta de "un picacho rocoso", o sea, en Jesucristo» (In Isaiam prophetam, 10,33: PL 24, 367).

De esta forma, san Jerónimo nos ayuda a comprender lo que significa «cerrar los ojos» en la expresión del profeta: se trata de una invitación a rechazar totalmente cualquier complicidad con el mal. Como se puede notar fácilmente, se citan los principales sentidos del cuerpo: en efecto, las manos, los pies, los ojos, los oídos y la lengua están implicados en el obrar moral humano.

5. Ahora bien, quien decide seguir esta conducta honrada y justa podrá acceder al templo del Señor, donde recibirá la seguridad del bienestar exterior e interior que Dios da a los que están en comunión con él. El profeta usa dos imágenes para describir este gozoso desenlace (cf. v. 16): la seguridad en un alcázar inexpugnable y la abundancia de pan y agua, símbolo de vida próspera y feliz.

La tradición ha interpretado espontáneamente el signo del agua como imagen del bautismo (cf., por ejemplo, la Carta de Bernabé, XI, 5), mientras que el pan se ha transfigurado para los cristianos en signo de la Eucaristía. Es lo que se lee, por ejemplo, en el comentario de san Justino mártir, el cual ve en las palabras de Isaías una profecía del «pan» eucarístico, «memoria» de la muerte redentora de Cristo (cf. Diálogo con Trifón, Paulinas 1988, p. 242).

[Audiencia general del Miércoles 30 de octubre de 2002]

MONICIÓN SÁLMICA

Este cántico alude literalmente a la liberación de Jerusalén cuando Senaquerib levantó el asedio de la ciudad (2 R 18,13-16). El profeta quiere tranquilizar al pueblo que está aún lleno de temor, anunciándole la victoria que se avecina: Escuchad lo que he hecho, reconoced mi fuerza. Pero Isaías se dirige también a los israelitas que han sido infieles a la alianza, profanando la misma santidad de Jerusalén. Cuando estos israelitas contemplen el castigo del ejército de Senaquerib, temerán también por sus propias infidelidades; también temen en Sión los pecadores, y un temblor agarra a los perversos: «¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador, la hoguera perpetua, que va a destruir al enemigo?» Que el pueblo de Dios no tema: si se convierte y procede con justicia, habitará en lo alto de la Jerusalén libertada y, perdonado por Dios, tendrá abasto de pan y provisión de agua.

Como oración de la mañana, este cántico nos invita a la contemplación del triunfo pascual inaugurado por Jesús. El asedio de Jerusalén levantado es como un signo de que la muerte y el pecado han sido ya derrotados: Escuchad lo que he hecho, reconoced mi fuerza. Pero las palabras de este himno de victoria son también exhortación a la penitencia. Hemos sido llamados al reino de Dios, a formar parte de la Iglesia santa; si nuestro comportamiento nos hace temer que sucumbiremos, juntamente con los enemigos de Dios, que el mensaje de este cántico nos devuelva la paz: Si procedemos con justicia, habitaremos en lo alto de la Jerusalén definitiva, y, en el banquete eterno, gozaremos, con abasto de pan, de la mesa de Dios.

En la celebración comunitaria, es recomendable que este cántico sea proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el cántico cantando alguna antífona penitencial o de acción de gracias, por ejemplo: «Padre, hemos pecado contra ti» (MD 933) o bien «Grandes y maravillosas son tus obras».

Oración I: Señor Dios, que, por la victoria de Jesucristo, nos has hecho conocer tu fuerza y, por su gloriosa ascensión a tu derecha, nos has dado la esperanza de habitar un día en lo alto, concédenos también tu ayuda, para que procedamos con justicia y cerremos nuestros ojos para no ver la maldad; así un día podremos habitar contigo en el picacho rocoso de tu reino eterno, por los siglos dedos siglos. Amén.

Oración II: Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal, tú que manifestaste a Moisés tu nombre desde la zarza ardiente y, en Cristo, tu Hijo, nos has revelado las exigencias de la nueva ley, ayúdanos a proceder siempre con justicia y a cumplir siempre con espíritu filial tus mandamientos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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Introducción general

El presente poema forma parte de una composición mayor, relacionada con el «Apocalipsis de Isaías». Ha llegado la hora de la liquidación histórica. Algún acontecimiento político-religioso grave obliga al compositor a pensar sobre las realidades últimas, sobre el compromiso que surge de un Dios cercano. Hay quien dice -fundamentándose en Is 33,8- que ese acontecimiento es el enfrentamiento bélico entre Antíoco Eupator y los hermanos Macabeos. Tal vez sea demasiado pretenciosa, incluso innecesaria, una datación tan precisa. Los versículos que integran nuestro himno son un tanto heterogéneos: a la súplica anterior (vv. 7-9) se responde con un oráculo (vv. 10-13); sigue una consulta cúltica (v. 14), con una respuesta igualmente cúltica (vv. 15-16).

Para el rezo comunitario, hacemos unas indicaciones. Extraídos del capítulo 33, tal vez pueda aplicarse a los versículos que integran nuestro himno el siguiente esquema: lo que queda del oráculo (v. 13) y la consulta cúltica (v. 14a) puede ser proclamado por la asamblea, excluyendo la pregunta concreta (v. 14b) que sería recitada por un salmista, como sucedía en «las liturgias de la Ley». El presidente responde (vv. 15-16):

Asamblea, «Los lejanos escuchad... agarra a los perversos» (vv. 13-14a).

Salmista, Consulta: «¿Quién de nosotros habitará... una hoguera perpetua?» (v. 14b).

Presidente, Respuesta: «El que procede con justicia... y provisión de agua» (vv 15-16).

La amenaza del Dios Santísimo

Una de las supremas categorías religioso-políticas en el libro de Isaías es el Emmanuel, «Dios con-nosotros» (Is 7,14). Su cercanía es la del Dios santísimo que pone al descubierto el pecado del hombre. La solución normal es que el hombre pecador muera ante la cercanía de Dios. Pero el Dios viviente no se complace con la muerte del hombre. Arbitra otra solución: que el profeta y el pueblo pasen a través del fuego purificador y se conviertan en testigos de Dios (Is 6,8). La cercanía de Dios obligó a Jesús a pasar por idéntico bautismo de fuego. Quien, como Simón Pedro, experimenta al Dios con nosotros en Jesús, se estremece por el propio pecado. Pero no se puede refugiar ahí, sino que, salado por el fuego (Mc 9,49), es un testigo de la santidad de Dios. Lo único que le cabe hacer es dejarlo todo y seguir al Señor. Éste ya no tiembla ante Dios; se regocija.

Buscad las cosas de arriba

Los acontecimientos graves tienen la ventaja de situarnos ante lo importante. El resto ya no interesa. ¿Quién puede soportar a Dios hasta el fin? No los obradores del mal, que perecen ante Dios como la cera se derrite al fuego. Soporta a Dios quien renuncia a un conocimiento de oídas y llega a una nueva visión. Jesús fue ese hombre: desechó el gozo de lo inmediato y soportó la cruz sin miedo a la ignominia. Llegado a este extremo experimentó la cálida acogida del seno del Padre. Hay que olvidar lo que se sabía de Dios, para aprender de Jesús que es su explicación. Sólo quien ha nacido de arriba, quien busca las cosas de arriba, puede soportar a Dios hasta el fin. Está dispuesto a amar a los hermanos como signo de que ha visto a Dios.

Viático de eternidad

A Elías, en su peregrinación hacia el encuentro con Dios, se le invita a comer y a beber porque el camino es largo. Con esa comida llegó hasta el monte de Dios. Aquí tendrá abasto de pan y provisión de agua. Hay un nuevo alimento preparado para las gentes que han salido a un lugar solitario y se les ha hecho tarde (Mt 14,15). Jesús mismo les da el pan a través de los discípulos. Imperativamente ofrece a todos comer ese pan que es su Cuerpo. Si uno come de ese pan, no tendrá hambre, nunca tendrá sed. Este pan, que contiene en sí todo deleite, es un anticipo del pan que se gusta en el Reino eterno. Ya ahora hace dichosos. Es una ayuda que sostiene nuestra marcha hacia el encuentro con Dios.

Resonancias en la vida religiosa

Vivimos en la presencia abrasadora de Dios: Como a sus Doce discípulos el Señor nos ha convocado para que «estemos con Él». Su presencia entre nosotros no es ningún elemento decorativo ni una idea poética, es una realidad estremecedora, de la que a veces somos poco conscientes.

Sí. Estamos en la presencia del Hijo de Dios a quien define este cántico de Isaías como un «fuego devorador», «una hoguera perpetua». Y no es posible continuar esta forma de existencia sin dejarnos acrisolar, sin permitir que la ganga se nos desprenda violenta y poderosamente. Nuestro hombre viejo ha de sentir temor y temblor, porque Cristo lo destruirá.

Sólo con la fuerza de esta tremenda purificación podremos escalar la altura, el picacho rocoso a donde la Palabra de Dios nos llama constantemente. Nos instalaremos allí donde no hay carencia, donde hay estabilidad inconmovible. Y en tal situación nuestros ojos se cerrarán ante el mal, nuestras manos se sacudirán rechazando el soborno, nuestros oídos no atenderán a propuestas malvadas.

Estar en la presencia de Dios es nuestra vocación. Presencia estremecedora; presencia transformante.

Oraciones sálmicas

Oración I: Oh Dios nuestro, Emmanuel, que pones al descubierto nuestros pecados; no permitas que muramos en tu presencia; transfórmanos con tu fuego purificador y conviértenos en testigos de tu cercanía. Tú que vives y reinas con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y eres Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Padre, tu Hijo soportó la cruz sin miedo a la ignominia; destruye en nosotros esas imágenes de lo divino tan interesadas y comprometedoras; haznos nacer de arriba para comprender tu misteriosa presencia entre nosotros. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Padre de tu pueblo peregrino, acuérdate de nuestro fatigoso caminar, de nuestra hambre, de nuestras situaciones desesperadas; que no nos falte el abasto del Pan de Vida, que es Jesús, ni la provisión de Agua que es tu Espíritu; con ellos concédenos tu Vida futura. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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