DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE HABACUC (Ha 3,2-4. 13a. 15-19)
Juicio de Dios

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2Señor, he oído tu fama,
me ha impresionado tu obra.
En medio de los años, realízala;
en medio de los años, manifiéstala;
en el terremoto, acuérdate de la misericordia.

3El Señor viene de Temán;
el Santo, del monte Farán:
su resplandor eclipsa el cielo,
la tierra se llena de su alabanza;
4su brillo es como el día,
su mano destella velando su poder.

[ 5Ante él marcha la Peste,
la Fiebre sigue sus pasos.

6Se detiene, y tiembla la tierra,
mira, y dispersa a las naciones;
se desmoronan las viejas montañas,
se prosternan los collados primordiales,
los caminos primordiales, ante él.

7Agobiadas veo las tiendas de Cusán,
sacudidas las lonas de Madián.

8¿Es que arde, Señor, contra los ríos,
contra los ríos tu cólera,
contra el mar tu furor,
cuando montas tus caballos,
tu carro victorioso?

9Despiertas y alertas tu arco,
está llena de flechas tu aljaba.
10Hiendes con torrentes el suelo,
al verte se retuercen los montes,
pasa una tromba de agua,
el océano alza su fragor,
levanta sus brazos a lo alto.

11Sol y luna se detienen en su morada,
a la luz de tus flechas que cruzan,
al brillo del relámpago de tu lanza.

12Caminas airado por la tierra,
pisoteas furioso a las naciones.]

13Sales a salvar a tu pueblo,
a salvar a tu ungido.

[ Aplastas al cabecilla de los malvados,
lo despojas de pies a cabeza;
14con sus propios dardos
traspasas la cabeza a sus huestes,
que me atacan para destrozarme,
exultantes como quien va a devorar
a un indefenso a escondidas.]

15Pisas el mar con tus caballos,
revolviendo las aguas del océano.

16Lo escuché y temblaron mis entrañas,
al oírlo se estremecieron mis labios;
me entró un escalofrío por los huesos,
vacilaban mis piernas al andar;
gimo ante el día de angustia
que sobreviene al pueblo que nos oprime.

17Aunque la higuera no echa yemas
y las viñas no tienen fruto,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil,
y no quedan vacas en el establo,
18yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi salvador.

19El Señor soberano es mi fuerza,
él me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. La liturgia de las Laudes nos propone una serie de cánticos bíblicos de gran intensidad espiritual para acompañar la oración fundamental de los salmos. Hoy hemos escuchado un ejemplo tomado del capítulo tercero y último del libro de Habacuc. Este profeta, que vivió a fines del siglo VII a.C., cuando el reino de Judá se sentía aplastado entre dos superpotencias en expansión, por un lado Egipto y por otro Babilonia.

Con todo, muchos estudiosos consideran que este himno final es una cita. Así pues, en un apéndice al breve escrito de Habacuc se habría insertado un auténtico canto litúrgico, «en el tono de las lamentaciones», «para acompañar con instrumentos de cuerda», como dicen las notas situadas al inicio y al final del cántico (cf. Ha 3,1.19b). La liturgia de las Laudes, recogiendo el hilo de la antigua plegaria de Israel, nos invita a transformar en canto cristiano esta composición, escogiendo algunos de sus versículos significativos (cf. vv. 2-4. 13a. 15-19a).

2. El himno, que entraña también una considerable fuerza poética, presenta una grandiosa imagen del Señor (cf. vv. 3-4). Su figura se impone solemne sobre todo el escenario del mundo, y el universo se estremece a su paso. Avanza desde el sur, desde Temán y desde el monte Farán (cf. v. 3), es decir, desde la región del Sinaí, sede de la gran epifanía reveladora para Israel. De igual modo, en el salmo 67 se describía al «Señor que viene del Sinaí al santuario» de Jerusalén (cf. v. 18). Su presencia, según una tradición bíblica constante, está llena de luz (cf. Ha 3,4).

Es una irradiación de su misterio trascendente, pero que se comunica a la humanidad. En efecto, la luz está fuera de nosotros, no la podemos aferrar o detener; sin embargo, nos envuelve, ilumina y calienta. Así es Dios, lejano y cercano, inasible pero está a nuestro lado, más aún, dispuesto a estar con nosotros y en nosotros. Al revelarse su majestad, responde desde la tierra un coro de alabanza: es la respuesta cósmica, una especie de oración a la que el hombre da voz.

La tradición cristiana ha vivido esta experiencia interior no sólo dentro de la espiritualidad personal, sino también en atrevidas creaciones artísticas. Por no citar las majestuosas catedrales de la Edad Media, mencionamos sobre todo el arte del Oriente cristiano con sus admirables iconos y con las geniales arquitecturas de sus iglesias y sus monasterios.

La iglesia de Santa Sofía de Constantinopla es, a este respecto, una especie de arquetipo por lo que atañe a la delimitación del espacio de la oración cristiana, en la que la presencia y la inasibilidad de la luz permiten captar tanto la intimidad como la trascendencia de la realidad divina. Penetra en toda la comunidad orante hasta la médula de sus huesos y a la vez la invita a superarse a sí misma para sumergirse en la inefabilidad del misterio. Son también significativas las propuestas artísticas y espirituales características de los monasterios de esa tradición cristiana. En aquellos auténticos espacios sagrados -y el pensamiento va inmediatamente al monte Athos- el tiempo contiene en sí un signo de la eternidad. El misterio de Dios se manifiesta y se oculta en esos espacios a través de la oración continua de los monjes y de los ermitaños, que desde siempre han sido considerados semejantes a los ángeles.

3. Pero volvamos al cántico del profeta Habacuc. Para el autor sagrado, el ingreso del Señor en el mundo tiene un significado preciso. Quiere entrar en la historia de la humanidad, «en medio de los años», como se repite dos veces en el versículo 2, para juzgar y mejorar esa historia, que nosotros llevamos de modo tan confuso y a menudo perverso.

Entonces, Dios muestra su indignación (cf. v. 2c) contra el mal. Y el canto hace referencia a una serie de intervenciones divinas inexorables, aun sin especificar si se trata de acciones directas o indirectas. Se evoca el éxodo de Israel, cuando la caballería del faraón quedó ahogada en el mar (cf. v. 15). Pero también se vislumbra la perspectiva de la obra que el Señor está a punto de realizar con respecto al nuevo opresor de su pueblo. La intervención divina se presenta de un modo casi «visible» mediante una serie de imágenes agrícolas: «La higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo» (cf. v. 17). Todo lo que es signo de paz y fertilidad es eliminado y el mundo aparece como un desierto. Se trata de un símbolo frecuente en otros profetas (cf. Jr 4,19-26; 12,7-13; 14,1-10), para ilustrar el juicio del Señor, que no es indiferente ante el mal, la opresión y la injusticia.

4. Ante la irrupción divina el orante se estremece (cf. Ha 3,16), un escalofrío le penetra por los huesos, tiemblan sus entrañas y vacilan sus piernas al andar, porque el Dios de la justicia es infalible, a diferencia de los jueces terrenos.

Pero el ingreso del Señor tiene también otra función, que en nuestro canto se ensalza con alegría. En efecto, en su indignación no olvida su misericordia (cf. v. 2). Sale del horizonte de su gloria no sólo para destruir la arrogancia del impío, sino también para salvar a su pueblo y a su ungido (cf. v. 13), es decir, a Israel y a su rey. Quiere ser también liberador de los oprimidos, suscitar la esperanza en el corazón de las víctimas, abrir una nueva era de justicia.

5. Por eso, nuestro cántico, a pesar de estar marcado por el «tono de las lamentaciones», se transforma en un himno de alegría. En efecto, las calamidades anunciadas están orientadas a la liberación de los oprimidos (cf. v. 15). Por consiguiente, provocan la alegría del justo, que exclama: «Yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador» (v. 18). Esa misma actitud la sugiere Jesús a sus discípulos en el tiempo de los cataclismos apocalípticos: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28).

En el cántico de Habacuc es bellísimo el versículo final, que expresa la serenidad recuperada. Al Señor se le define -como había hecho David en el salmo 17- no sólo como «la fuerza» de su fiel, sino también como aquel que le da agilidad, lozanía y serenidad en los peligros. David cantaba: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, (...). Él me da pies de ciervo y me coloca en las alturas» (Sal 17,2.34). Ahora nuestro cantor exclama: «El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas» (Ha 3,19). Cuando se tiene al Señor al lado, no se temen ni pesadillas ni obstáculos, sino que se prosigue con paso ligero y con alegría por el camino de la vida, aunque sea duro.

[Audiencia general del Miércoles 15 de mayo de 2002]


Santa Sofía de Constantinopla (interior)

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

El cántico que hoy será el tema de nuestra oración concluye el libro de Habacuc, obra escrita cuando la amenaza de invasión por parte del pueblo babilónico hacía temer lo peor para Israel. En este cántico se mezclan los acentos de temor y de esperanza de un espíritu que se siente como a las puertas de la muerte, pero que, con todo, quiere continuar esperando en la protección de Dios: El Señor viene desde Temán; lo escuché y temblaron mis entrañas, al oírlo me entró un escalofrío por los huesos. Pero Dios puede manifestar su salvación incluso en el castigo; es éste el deseo del profeta: En el terremoto, acuérdate de la misericordia. Es más, el mismo castigo que se acerca se ve ya como un castigo más bien de los enemigos de Judá que del propio pueblo de Dios. El profeta, pensando que la invasión se convertirá en castigo de los mismos invasores, dice que espera con tranquilidad el día de angustia que sobreviene al pueblo que nos oprime. Por esto el profeta se atreve incluso a cantar esta venida de Dios a través de la invasión de los enemigos, como la venida de Dios que sale a salvar a su pueblo. Esta plena confianza en el amor de Yahvé hace decir al autor de este cántico que, aunque la invasión destruya los campos y los bienes de Judá, aunque la higuera no eche yemas y las viñas no tengan fruto, aunque los campos no den cosechas y se acaben las ovejas del redil, él exultará con el Señor y se gloriará en Dios su Salvador.

Que sea ésta también nuestra oración de fe ante los castigos de aquel que sabemos que cuando nos castiga lo hace para corregirnos como un padre; cuando Jesús anunció los castigos del fin de los tiempos, ya los presentaba a sus discípulos como salvación: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). Todos los castigos de Dios son salvación: el Señor también cuando castiga sale a salvar a su pueblo, a salvar a su ungido, destruyendo únicamente el poder del mal.-- [Pedro Farnés]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL CÁNTICO

Introducción general

Dolorosos acontecimientos se ciernen sobre Judá en los días en que profetiza Habacuc. Los imperios se suceden. Ahora Dios suscita a los caldeos, «pueblo acerbo y fogoso», rápido, rapaz y cruel. ¿Por qué este nuevo azote? ¿La «justicia» de Dios, su fidelidad a la alianza, se ha eclipsado para siempre? Aunque se tenga la impresión de que Dios, al responder, se haya retirado aún más profundamente a la oscuridad, Habacuc abre un portillo a la esperanza: si sucumbe quien no tenga el alma recta, el justo que permanece fiel vivirá. La teofanía, cantada hímnicamente en el capítulo 3 de Habacuc, es el momento de la intervención de Dios en favor de quienes permanecen fieles. Dios está dispuesto a repetir su «obra» salvadora. El himno consta de una invocación introductoria (v. 2), una descripción de la intervención de Dios en la historia del pueblo (vv. 3-15) y una conclusión, que recoge un acto de confianza en una nueva intervención (vv. 16-19).

Las tres partes de las que consta el himno inciden en el presente, en el pasado y en el futuro. La invocación presente está seguida del recuerdo histórico del pasado y evoca un acto de confianza que mira hacia el futuro. Este último momento puede dividirse en otros dos: la convulsión que afecta ya ahora a los fieles y a la naturaleza, y el acto de confianza propiamente dicho. Estas observaciones nos sugieren la siguiente salmodia:

Presidente, Invocación: «Señor, he oído tu fama... acuérdate de la misericordia» (v. 2).

Asamblea, Teofanía creadora: «El Señor viene de Temán... las aguas del océano» (vv. 3-4. 13a. 15).

Salmista 1.°, Calamidad presente: «Lo escuché y temblaron... y no quedan vacas en el establo» (vv. 16-17).

Salmista 2.°, Acto de confianza: «Yo exultaré con el Señor... caminar por las alturas» (vv. 18-19).

La admirable «obra» de Dios

El dolor clamoroso y suplicante de Israel en Egipto motivó la intervención liberadora del Señor. Es la maravillosa «obra» de Dios en el pasado que suscita el entusiasmo. Si Habauc, impresionado, se vuelve hacia el pasado es porque sabe que su Dios es misericordia, compasión. El Señor hará resplandecer su rostro benevolente ahora cuando el pueblo está turbado. Jesús, acreditado profeta en obras y palabras, es la admirable obra del Padre. Todo el que reconozca que Dios es Padre ha de aceptar que las obras de Jesús -portadoras de vida- son obras de Dios. Lo que se descubre, en definitiva, es la solicitud de Dios por su pueblo, especialmente por los débiles. Quien ha realizado la obra primordial de adherirse a Cristo, se asocia a la actividad de Jesús: libra al hombre de su impotencia, ayudándole a descubrir el rostro del Padre.

Dios manifiesta su poder en la montaña

Temán y Farán están en la ruta del Éxodo. En la cima del sistema sinaítico, Dios manifestó su poder, su gloria o majestad. El pueblo nacido del poder de Dios es capaz de encaminarse hacia la tierra. Dios le acompañará como sombra en el día y luz en la noche. Es el modo adecuado para salvar a su Pueblo. El poder y la salvación de Dios se han mostrado también ahora, en una alta montaña. No es el falso poder propuesto por el tentador, sino el auténtico que conlleva la transformación de la carne mortal de Jesús y la posterior donación de todo poder en el cielo y en la tierra. Al abrigo de este poder soberano se engendra un nuevo pueblo, cuya alma es el espíritu de las bienaventuranzas, dictadas igualmente desde la altura del monte. El nuevo pueblo, definitivamente salvado, está llamado a congregarse en torno al Cordero que está en pie sobre el monte Sión.

Se acerca vuestra liberación

Las intervenciones de Dios han sembrado constantemente el pavor entre los impíos. Incluso quienes han permanecido fieles viven la presencia purificadora de Dios: opresión en el corazón, afasia y quebrantamiento de huesos, titubeo en las piernas. La consternación es cósmica. Todo esto no es más que el inicio de la salvación. Son los dolores del parto que acompañan a todo nacimiento. El Primogénito de la nueva humanidad pasó previamente por esos dolores, que trastornaron el viejo orden e iniciaron la aparición de lo nuevo. En medio de la convulsión creacional, el creyente puede alegrarse, levantar la cabeza porque se acerca su liberación (Lc 21,28).

Resonancias en la vida religiosa

Esperando contra toda esperanza: El fracaso que diariamente nos acecha y que frecuentemente toma cuerpo en nuestra historia no es un argumento en contra de la presencia amorosa y poderosa de Dios. Es cierto que nuestra vida reproduce a veces el drama de Job: «La higuera, no echa yemas, y las viñas no tienen fruto; el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas; se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo»; que traducido a nuestro lenguaje podría significar: nuestra comunidad pierde vitalidad y fuerza de convocatoria, nuestros afanes apostólicos resultan estériles, el número de los componentes de nuestra comunidad va disminuyendo y todos vamos irremediablemente envejeciendo, quedando recluidos en una amarga soledad e impotencia.

Hay, sin embargo, una voz interior que nos llama a la esperanza contra toda esperanza. Los seguidores del Crucificado y Resucitado, Jesús el Mesías, tenemos derecho a proclamar: «Yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios mi Salvador». Nada hemos de temer, porque el Señor sale a salvar a su comunidad. Él actúa de un modo impresionante en la historia y en el cosmos: «Su resplandor eclipsa el cielo..., su brillo es como el día». Jesús, el Señor Resucitado, nos transmite con su Espíritu la fuerza regeneradora y alivia nuestro caminar hacia la altura. Cualquier catástrofe será para Él la ocasión de manifestar su glorioso poder.-- [Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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