DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE ANA (1 Sam 2,1-10)
Alegría de los humildes en Dios

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1Mi corazón se regocija por el Señor,
mi poder se exalta por Dios;
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
2No hay santo como el Señor,
no hay roca como nuestro Dios.

3No multipliquéis discursos altivos,
no echéis por la boca arrogancias,
porque el Señor es un Dios que sabe;
él es quien pesa las acciones.

4Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor;
5los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía.

6El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
7da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.

8Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria;
pues del Señor son los pilares de la tierra,
y sobre ellos afianzó el orbe.

9Él guarda los pasos de sus amigos,
mientras los malvados perecen en las tinieblas,
porque el hombre no triunfa por su fuerza.

10El Señor desbarata a sus contrarios,
el Altísimo truena desde el cielo,
el Señor juzga hasta el confín de la tierra.
Él da fuerza a su Rey,
exalta el poder de su Ungido.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Una voz de mujer nos guía hoy en la oración de alabanza al Señor de la vida. En efecto, en el relato del primer libro de Samuel, es Ana la persona que entona el himno que acabamos de proclamar, después de ofrecer al Señor su niño, el pequeño Samuel. Este será profeta en Israel y marcará con su acción el paso del pueblo hebreo a una nueva forma de gobierno, la monárquica, que tendrá como protagonistas al desventurado rey Saúl y al glorioso rey David. La vida de Ana era una historia de sufrimientos porque, como nos dice el relato, el Señor le había «hecho estéril el seno» (1 Sam 1,5).

En el antiguo Israel la mujer estéril era considerada como una rama seca, una presencia muerta, entre otras cosas porque impedía al marido tener una continuidad en el recuerdo de las generaciones sucesivas, un dato importante en una visión aún incierta y nebulosa del más allá.

2. Ana, sin embargo, había puesto su confianza en el Dios de la vida y había orado así: «Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré al Señor por todos los días de su vida» (1 Sam 1,11). Y Dios escuchó la plegaria de esta mujer humillada, precisamente dándole a Samuel: del tronco seco brotó un vástago vivo (cf. Is 11,1); lo que resultaba imposible a los ojos humanos, era una realidad palpitante en aquel niño que se debía consagrar al Señor.

El canto de acción de gracias que eleva a Dios esta madre será recogido y refundido por otra madre, María, la cual, permaneciendo virgen, engendrará por obra del Espíritu de Dios. En efecto, en el Magníficat de la madre de Jesús se trasluce en filigrana el cántico de Ana que, precisamente por esto, suele definirse «el Magníficat del Antiguo Testamento».

3. En realidad, los estudiosos observan que el autor sagrado puso en labios de Ana una especie de salmo regio, tejido de citas o alusiones a otros salmos.

Resalta en primer plano la imagen del rey hebreo atacado por adversarios más poderosos, pero que al final es salvado y triunfa porque a su lado el Señor rompe los arcos de los valientes (cf. 1 Sam 2,4). Es significativo el final del canto, cuando, en una solemne epifanía, entra Dios en escena: «El Señor desbarata a sus contrarios, el Altísimo truena desde el cielo, el Señor juzga hasta el confín de la tierra. Él da fuerza a su Rey, exalta el poder de su Ungido» (v. 10). En hebreo, la última palabra es precisamente «mesías», es decir, «consagrado», que permite transformar esta plegaria regia en canto de esperanza mesiánica.

4. Quiero subrayar dos temas en este himno de acción de gracias que expresa los sentimientos de Ana. El primero dominará también en el Magníficat de María y es el cambio radical de la situación realizado por Dios. Los poderosos son humillados, los débiles «se ciñen de valor»; los hartos se contratan por el pan, y los hambrientos engordan en un banquete suntuoso; el pobre es levantado del polvo y recibe «un trono de gloria» (cf. vv. 4.8).

Es fácil percibir en esta antigua plegaria el hilo conductor de las siete acciones que María ve realizadas en la historia de Dios Salvador: «Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios (...), derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo» (Lc 1,51-54).

Es una profesión de fe pronunciada por estas dos madres con respecto al Señor de la historia, que defiende a los últimos, a los miserables e infelices, a los ofendidos y humillados.

5. El otro tema que quiero poner de relieve se relaciona aún más con la figura de Ana: «La mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía» (1 Sam 2,5). Dios, que cambia radicalmente la situación de las personas, es también el señor de la vida y de la muerte. El seno estéril de Ana era como una tumba; a pesar de ello, Dios pudo hacer que en él brotara la vida, porque «él tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre» (Jb 12,10). En esta línea, se canta inmediatamente después: «El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta» (1 Sam 2,6).

La esperanza ya no atañe sólo a la vida del niño que nace, sino también a la que Dios puede hacer brotar después de la muerte. Así se abre un horizonte casi «pascual» de resurrección. Isaías cantará: «Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío y la tierra echará de su seno las sombras» (Is 26,19).

[Audiencia general del Miércoles 20 de marzo de 2002]

MONICIÓN PARA EL CÁNTICO

Dios es el único que, con su poder, puede desbaratar y cambiar todas las situaciones; es él únicamente quien puede «derribar del trono a los poderosos y enaltecer a los humildes» (Lc 1,52). Es éste el tema del cántico que el libro de Samuel pone en boca de Ana, la mujer estéril que da gracias a Dios porque le ha concedido dar a luz a su hijo Samuel.

Este cántico, sobre todo colocado, como lo hace la Liturgia de las Horas de hoy, después del salmo 76, viene a ser como una invitación a la esperanza ante cualquier dificultad. El salmo 76 ha terminado como una pregunta sin respuesta, a la manera de los muchos interrogantes que encontramos en nuestra vida: «Tú, Señor, guiabas a tu pueblo, como a un rebaño, por la mano de Moisés y de Aarón» (Sal 76,21); pero, ahora, «se ha cambiado la diestra del Altísimo» (v. 11), ¿es que «se ha agotado ya su misericordia» (v. 9)? Los años de la esterilidad de Ana fueron largos y difíciles, como lo son muchas de nuestras situaciones. Pero no perdamos la esperanza; los silencios de Dios pueden ser prolongados, pero el Señor al final siempre responde. De él son los pilares de la tierra y él guarda los pasos de sus amigos. El recuerdo de lo que Dios realizó con Ana debe aumentar nuestra esperanza e invitarnos a cantar siempre y en toda situación a Dios que siempre «auxilia a Israel, su siervo» (Lc 1,54), como decía María en el «Magníficat», inspirándose precisamente en este cántico de Ana.-- [Pedro Farnés]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL CÁNTICO

Introducción general

Los hombres que abren el prólogo del primer libro de Samuel son un buen programa teológico del mismo: «Dios-ha-creado» (Elcana), «Dios-hace-gracia» (Ana). Son los nombres de los progenitores. El fruto de su oración lleva el nombre divino: «El-nombre-es-Dios» (Samuel). El cántico del capítulo segundo es una explosión de alegría -el «Magníficat» del Antiguo Testamento- por la inundadora y beneficiosa presencia de Dios. Posiblemente es una composición de la época monárquica, pero se le atribuye a Ana porque Dios ha quitado el oprobio de la estéril. En último término, se celebra a Dios, cuyo nombre marca a los protagonistas de la historia de Samuel.

Este solemne «Magníficat» veterotestamentario puede ser recitado por un solo salmista, representante de la asamblea litúrgica. La asamblea puede expresar su alabanza cantando «El Señor hizo en mí maravillas», o bien «por siempre yo cantaré», o mejor la antífona propia si es posible cantarla. El cántico antifonal puede intercalarse entre las estrofas, siguiendo la división de la «Liturgia de las Horas».

Con gozo me gozaré en Yahvé

Ana la estéril y la joven doncella María conocen el gozo de la maternidad. Su gozo no es tanto por el fruto del seno, sino por Dios que hace germinar y produce simiente. Dios ha hecho gracia a Ana y a María. Los nombres de sus respectivos hijos («El-nombre-es-Dios» y «Dios-salva») son un reconocimiento del verdadero Salvador. Al gesto del nombre se une la voz que proclama el regocijo por el Señor y la abundancia de gozo con su salvación. La exultación de María es la alegría de la Iglesia, la madre estéril que da a luz abundantes hijos. Con gozo estremecido exultamos por tan fecunda madre, y proclamamos la grandeza de Dios nuestro Salvador.

Dios mira benévolamente al pobre

El poderoso cree en su fuerza. Pero sus arcos se quiebran, su hartazgo es mentiroso, la madre fecunda queda baldía, mientras que el cobarde, el hambriento y la estéril ven cambiado su signo. Sólo hay una potencia salvadora, la de Aquel que afianzó el orbe. Ante el único Soberano, los hombres han de adoptar una actitud de humilde dependencia y no de arrogancia altiva. Dios está siempre con el humilde y abatido, para avivar su espíritu. María, la pobre esclava del Señor, es un elocuente ejemplo del proceder divino. Jesús, hijo de la sierva obediente, pone en escena la mirada benevolente de Dios dirigida al pobre, a quien confía sólo en Dios. El mismo es el Siervo pendiente del gesto del Padre. Nadie tan autorizado como él pudo acuñar este axioma: «Quien se exalta será humillado, quien se humilla será enaltecido». Es el camino seguido por Jesús, seguido por María, ensalzada en cuerpo y alma a la gloria. Tal es la meta de la Iglesia.

Auxilia a Israel, tu siervo

En el salmo anterior, el 76, pesaba un silencio denso: «¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad, o la cólera cierra sus entrañas?» «¿Es que el Señor nos rechaza para siempre?» Es el pesado silencio de Dios, vivido en la esterilidad de Ana. Pero si Dios guarda los pasos de sus amigos, está asegurado un mañana de esperanza. De hecho la salvación ha germinado en una tierra sin marido. Dios se ha desposado con ella. El añoso árbol de Israel ha rejuvenecido en el seno de María, porque para Dios nada hay imposible. Dios sabe auxiliar. Dios sabe sopesar las acciones. ¡Qué espléndido auxilio! ¡Qué magnífico regalo! ... ¡Alegría! ¡Sentida y emocionada alegría! Dios continúa auxiliando a Israel, y aún lo auxiliará hasta que herede un trono de gloria.

Resonancias en la vida religiosa

Triunfaremos con la fuerza de Dios: La situación desgraciada de millones de hombres, hermanos nuestros, la espiral de violencia que nos envuelve, el progresivo aumento de la inmoralidad pública y de la injusticia, nos hacen suspirar por un cambio radical en nuestra sociedad. No podemos tolerar ese reparto injusto de los bienes, ni ese lugar social que se le concede al pobre, ni ese influjo maléfico que destroza las personas en fase aún de formación.

Al mismo tiempo sería poco inteligente y ridículamente arrogante esperar este cambio de los hombres. Ellos sustituyen dictadura por dictadura, injusticia por injusticia; al menos a largo plazo. «El hombre no triunfa por su fuerza». Sólo de Dios y de sus designios esperamos la salvación.

Nosotros, comunidad, solidaria con los cobardes, los hambrientos, los estériles, los desvalidos, los pobres, sabemos que Dios romperá los arcos de los valientes, hará que los hartos pasen necesidad, que la madre de muchos quede baldía, que derrocará de su trono a los poderosos, desbaratará a sus contrarios; Dios transmutará las situaciones injustas. El triunfo del hombre tendrá lugar cuando Dios le comunique su fuerza.

Como María se inspiró en este cántico, también nosotros nos dejamos inspirar por él y proclamamos con este vigoroso lenguaje que, desde que Jesús vino a este mundo, el poder de las tinieblas está herido de muerte y el poder de la debilidad tiene moral de victoria. Así lo proclamamos festivamente en nuestro mundo.-- [Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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