DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

CÁNTICO DE TOBÍAS
(Tb 13,1-10)

Dios castiga y salva

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1Bendito sea Dios, que vive eternamente,
y cuyo reino dura por los siglos:
2él azota y se compadece,
hunde hasta el abismo y saca de él,
y no hay quien escape de su mano.

3Dadle gracias, Israelitas, ante los gentiles,
porque él nos dispersó entre ellos.
4Proclamad allí su grandeza,
ensalzadlo ante todos los vivientes:
que él es nuestro Dios y Señor,
nuestro padre por todos los siglos.

5Él nos azota por nuestros delitos,
pero se compadecerá de nuevo,
y os congregará de entre todas las naciones
por donde estáis dispersados.

6Si volvéis a él de todo corazón
y con toda el alma,
siendo sinceros con él,
él volverá a vosotros
y no os ocultará su rostro.

7Veréis lo que hará con vosotros,
le daréis gracias a boca llena,
bendeciréis al Señor de la justicia
y ensalzaréis al rey de los siglos.

8Yo le doy gracias en mi cautiverio,
anuncio su grandeza y su poder
a un pueblo pecador.

Convertíos, pecadores,
obrad rectamente en su presencia:
quizás os mostrará benevolencia
y tendrá compasión.

9Ensalzaré a mi Dios, al rey del cielo,
y me alegraré de su grandeza.
10Que todos alaben al Señor
y le den gracias en Jerusalén.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. «Ensalzaré a mi Dios, al rey del cielo» (Tb 13,9). El que pronuncia estas palabras es el anciano Tobit, del que el Antiguo Testamento traza una breve historia edificante en el libro que toma el nombre de su hijo, Tobías.

Para comprender plenamente el sentido de este himno, es preciso tener presentes las páginas narrativas que lo preceden. La historia está ambientada entre los israelitas exiliados en Nínive. En ellos piensa el autor sagrado, que escribe muchos siglos después, para ponerlos como ejemplo a sus hermanos y hermanas en la fe dispersos en medio de un pueblo extranjero y tentados de abandonar las tradiciones de sus padres. Así, el retrato de Tobit y de su familia se ofrece como un programa de vida. Él es el hombre que, a pesar de todo, permanece fiel a las normas de la ley y, en particular, a la práctica de la limosna. Tiene la desgracia de quedarse pobre y ciego, pero no pierde la fe. Y la respuesta de Dios no tarda en llegar, por medio del ángel Rafael, que guía al joven Tobías en un viaje peligroso, procurándole un matrimonio feliz y, por último, curando la ceguera de su padre Tobit.

El mensaje es claro: quien hace el bien, sobre todo abriendo su corazón a las necesidades del prójimo, agrada al Señor, y, aunque sea probado, experimentará al fin su benevolencia.

2. En este trasfondo resaltan las palabras de nuestro himno. Invitan a mirar a lo alto, a «Dios que vive eternamente», a su reino que «dura por los siglos». A partir de esta mirada dirigida a Dios se desarrolla un breve esbozo de teología de la historia, en el que el autor sagrado trata de responder al interrogante que se plantea el pueblo de Dios disperso y probado: ¿por qué Dios nos trata así? La respuesta alude al mismo tiempo a la justicia y a la misericordia divina: «Él nos azota por nuestros delitos, pero se compadecerá de nuevo» (v. 5).

El castigo aparece así como una especie de pedagogía divina, en la que, sin embargo, la misericordia tiene siempre la última palabra: «Él azota y se compadece, hunde hasta el abismo y saca de él» (v. 2).

Por tanto, podemos fiarnos absolutamente de Dios, que no abandona jamás a su criatura. Más aún, las palabras del himno llevan a una perspectiva que atribuye un significado salvífico incluso a la situación de sufrimiento, convirtiendo el exilio en una ocasión para testimoniar las obras de Dios: «Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles, porque él nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza» (vv. 3-4).

3. Desde esta invitación a leer el exilio en clave providencial, nuestra meditación puede ensancharse hasta la consideración del sentido misteriosamente positivo que asume la condición de sufrimiento cuando se vive en el abandono al designio de Dios. Diversos pasajes del Antiguo Testamento ya delinean este tema. Basta pensar en la historia que narra el libro del Génesis acerca de José, vendido por sus hermanos y destinado a ser en el futuro su salvador (cf. Gn 37,2-36). Y no podemos olvidar el libro de Job. Aquí sufre incluso el hombre inocente, el cual sólo logra explicarse su drama recurriendo a la grandeza y la sabiduría de Dios (cf. Jb 42,1-6).

Para nosotros, que leemos desde una perspectiva cristiana estos pasajes del Antiguo Testamento, el único punto de referencia es la cruz de Cristo, en la que encuentra una respuesta profunda el misterio del dolor en el mundo.

4. El himno de Tobit invita a la conversión a los pecadores que han sido castigados por sus delitos (cf. v. 5), y les abre la perspectiva maravillosa de una conversión «recíproca» de Dios y del hombre: «Si os convertís a él de todo corazón y con toda el alma, siendo sinceros con él, él se convertirá a vosotros y no os ocultará su rostro» (v. 6). Es muy elocuente el uso de la misma palabra -«conversión»- aplicada a la criatura y a Dios, aunque con significado diverso.

Si el autor del cántico piensa tal vez en los beneficios que acompañan la «vuelta» de Dios, o sea, su favor renovado al pueblo, nosotros debemos pensar sobre todo, a luz del misterio de Cristo, en el don que consiste en Dios mismo. El hombre tiene necesidad de Dios antes que de sus dones. El pecado es una tragedia, no tanto porque nos atrae los castigos de Dios, cuanto porque lo aleja de nuestro corazón.

5. Por tanto, el cántico dirige nuestra mirada al rostro de Dios, considerado como Padre, y nos invita a la bendición y a la alabanza: «Él es nuestro Dios y Señor, nuestro Padre» (v. 4). En estas palabras se alude a la «filiación» especial que Israel experimenta como don de la alianza y que prepara el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. En Jesús resplandecerá entonces este rostro del Padre y se revelará su misericordia sin límites.

Bastaría pensar en la parábola del Padre misericordioso narrada por el evangelista san Lucas. A la conversión del hijo pródigo no sólo corresponde el perdón del Padre, sino también un abrazo de infinita ternura, acompañado por la alegría y la fiesta: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó» (Lc 15,20). Las expresiones de nuestro cántico siguen la misma línea de esta conmovedora imagen evangélica. Y de ahí brota la necesidad de alabar y dar gracias a Dios: «Veréis lo que hará con vosotros; le daréis gracias a boca llena; bendeciréis al Señor de la justicia y ensalzaréis al Rey de los siglos» (v. 7).

[Audiencia general del Miércoles 25 de julio de 2001]

MONICIÓN SÁLMICA

Compuesto por un piadoso israelita que vive en la diáspora, el cántico de Tobit quiere ser una exhortación a la fidelidad, ante la seducción de las costumbres paganas, y una invitación a la esperanza, ante los sufrimientos a que el pueblo de Dios se ve sometido por los habitantes del lugar.

Con la dispersión, fuera de Palestina, han llegado horas amargas, pero Dios azota y se compadece. La diáspora entre gentes que no comparten la fe de Israel es motivo de sufrimiento, pero este sufrimiento es fecundo y lleva a Israel a realizar una misión evangelizadora del pueblo opresor: Proclamad ante los gentiles la grandeza de Dios. Además, la hora del sufrimiento es momento de examen (Dios nos azota por nuestros delitos) y de esperanza (si volvéis a él de todo corazón, él volverá a vosotros y os congregará de entre las naciones por donde estáis dispersados).

También hoy el pueblo de Dios vive una nueva diáspora en un mundo que no comparte nuestra fe cristiana; también la Iglesia debe ser evangelizadora de quienes desconocen el rostro de Dios revelado por Cristo; también nosotros hemos sido infieles y merecemos el azote de nuestro Padre; también el nuevo Israel está llamado a la esperanza... Por ello, el cántico de Tobit puede ser nuestra oración: Dios nos azota, pero se compadecerá de nosotros; Dios nos azota, pero, si volvemos a él, nos congregará definitivamente en su reino escatológico de entre las naciones por donde estamos dispersados; Dios nos dispersó entre las naciones, pero para que, con nuestra fe y nuestra esperanza, proclamemos ante los gentiles la grandeza de Dios.-- [Pedro Farnés]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL CÁNTICO

Introducción general

La composición de la «novela ejemplar» que es el libro de Tobías, tiene lugar en el siglo III antes de Cristo. El judaísmo de la diáspora occidental pudo ser la cuna del libro. Abundan en el mismo las enseñanzas sapienciales. La esperanza escatológica, por su parte, tiene una buena cabida al final del libro. En esta parte última, a la que pertenece el capítulo 13, resuena el «Libro de la Consolación» de Isaías: los judíos dispersos vuelven sus ojos hacia Jerusalén, su metrópoli espiritual, llamada a ser la capital del mundo entero.

El cántico puede dividirse en cinco estrofas, y en el rezo comunitario es recomendable, para resaltar la fuerza de los imperativos y exhortativos, que cada estrofa sea proclamada por un salmista, dejando la última para el presidente de la asamblea: vv. 1-3, 4-5, 6-7, 8 y 9-10.

El poder de Dios

Tanto en el pasado como en las situaciones más desesperadas del presente -es el caso de Tobías-, Dios es poderoso. El poder divino adquiere un relieve insospechado cuando la imagen «hundir en el abismo y sacar de él» recibe un contenido nuevo. La omnipotencia divina puede llegar hasta el país del olvido (Sal 88,13), del que nadie retorna. No es mera posibilidad; es un hecho, primero ilustrado con signos, posteriormente con la estremecedora realidad del Dios que «hace revivir, resurgir, ascender, despertar». Una actuación que lleva a la Iglesia primera a confesar: «Dios resucitó a Jesús de entre los muertos». Desde esa intervención divina, el cristiano nunca estará en una situación desesperada: «la muerte ha sido devorada por la victoria». Bendecimos a Dios, que vive eternamente, porque también nosotros viviremos con una vida semejante a la suya.

Volveré a la casa de mi Padre

El castigo sufrido por Israel fue medicinal: debía aprender en carne propia lo que era alejarse de Dios y sufrir el anhelo del retorno, la búsqueda del rostro de Dios. En verdad, Dios no está lejos de quienes le buscan. Como el padre que siente ternura por sus hijos, nuestro Dios espera constantemente el retorno de los hijos que abandonaron la casa paterna; siempre está dispuesto a besar efusivamente a quien vuelve y a festejarlo con generosidad (Lc 10,11-31). «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!» (Rm 5,10). Dios nos ha ofrecido todo. ¡Ahí está! Basta con que lo queramos aceptar. Con un horizonte tal de esperanza, oremos por los pecadores.

Portadores del Evangelio

Los judíos de la diáspora reciben la invitación de dar gracias a Dios entre las naciones, de anunciar la grandeza y el poder de Dios, de ensalzar al Rey del cielo para que las gentes anuncien sus maravillas. Han de llevar la experiencia religiosa a los demás. En parecida circunstancia nos hallamos quienes hemos contemplado el rostro de Dios y continuamos en el seno del mundo. El mundo no comprenderá nuestra conducta, y podrá impugnar la fe y la acción del creyente. En esta situación nos confortará Aquel que venció al mundo. Por otra parte, el mundo entero es el destinatario de la Buena Nueva. La diáspora eclesial ha de ser la luz del mundo, hasta que Dios se forme, de todos los puntos de la tierra, el pueblo de los redimidos. Alabemos a Dios junto con la Iglesia misionera.

Resonancias en la vida religiosa

Peregrinos y extranjeros en el mundo: «Vosotros no sois del mundo. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo». Partícipes del destino de todos los creyentes, nosotros los religiosos resaltamos en nuestra forma de vivir esa común no-pertenencia al mundo. Estamos en él, pero como peregrinos y extranjeros. Estamos en tierra extranjera, alienados y rechazados por no pocos de quienes nos rodean.

No obstante, somos fáciles a las alianzas, rompiendo la fidelidad hacia Aquel que nos llamó a la Patria de su Reino. La incoherencia de nuestra vida, la esquizofrenia que existe entre lo que profesamos ser y lo que en realidad somos es nuestro mayor castigo. A veces estamos hundidos, desesperados, azotados, disminuidos.

El cántico de Tobías nos invita a confiar en nuestro Dios, a darle gracias en este nuestro destierro, a convertirnos de verdad a Él, pues aunque aparezcamos ante los demás como anacrónicos, extraños, ese signo evangelizará a los demás como anuncio de la grandeza y poder de Dios.

Confiemos en el Señor de nuestro destierro. «El no nos ocultará su rostro». Le daremos gracias a boca llena y nos alegraremos en Él.-- [Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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