DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
(Gerardo Diego)

 

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Entre tantas dudosas certidumbres
que me mienten, halagan los sentidos,
Tú, callado y sin nubes, tan desnudo,
tan transparente de ternura y trigo
¿qué me quieres decir -labios sellados-
desde tu oculto y cándido presidio?
¿Qué me destellas, ay, qué me insinúas,
qué me quieres, Amor, Secreto mío?
Porque las ondas que abres y propagas
desde la fresca fuente de tu círculo
me alcanzan y me anegan, me coronan,
me ciñen de suavísimos anillos.
Mas ya sé lo que quieres, lo que buscas.
Si la Esperanza es prenda de prodigios,
si el sol de Caridad arde sin tregua,
lo que pides es Fe, los ojos niños.
Quererte, sí, y creerte. ¿Tú me esperas?
¿Me quieres Tú? ¿De veras que yo existo?
¿Tú me crees, Señor? Yo creo y quiero
creer en Ti, quererte a Ti y contigo.

Sí, mi divino prisionero errante,
mi voluntario capitán cautivo,
mi disfrazado amante de imposibles,
mi cifra donde anida el infinito.
Sí. Tú eres Tú, te creo y te conozco.
Ya te aprendí y te sé, paz del Espíritu.
Prosternarse, humillarse: eso fue todo.
Deponer, abdicar cetros, designios.
Por Ti hasta la indigencia, hasta el despojo
quedarse en puros huesos desvalidos.
La reina Inteligencia hágase esclava,
sea la Voluntad sierva de siglos.
Y queden ahí devueltos, desmontados,
en su estuche de raso los sentidos.
Veo y no veo, palpo y nada palpo,
escucho sordo y flor de ausencia aspiro.
No hay más que una verdad: Tú, Rey de Reyes.
Tú, Sacramento, Corpus Christi, Cristo.

Ya me tienes vaciado,
vacante de fruto y flor,
desposeído de todo,
todo para Ti, Señor.

No soy más que tu proyecto,
tu disponibilidad.
Lléname de amor y cielo,
rebósame de piedad.

He enmudecido mi música
en silencio de tapiz.
Me negué hasta el claro sueño,
hasta la misma raíz.

Ven, ruiseñor, a habitarme.
Hazme cuna de Belén.
Ven a cantar en mi jaula
abierta, infinita, ven.

Rosas en el ocaso de la víspera,
las nubes hoy se han despertado blancas.
Es ya la aurora bajo palio de oro,
la gloria teologal de la mañana.
Deslumbradora nieve en las cortinas
que descorren dos ángeles de brasa
y en medio el pecho azul de cielo, abierto
para dar paso a un Sol que se le salta.
El Sol, el Sol de Corpus. Cómo vibran
sus rayos de oro y miel, cómo remansan
recogiéndose al centro, al hogar íntimo
donde un Cordero su toisón recama.

Pero ¿qué traslación, qué meteoro
es éste que me busca, que me abraza?
Viene por mí, cae hacia mí derecho,
y en lugar de crecer, cuanto más baja,
más se aprieta de amor, más se reduce,
se achica, se cercena, se acompasa,
hasta inscribirse humilde en la estatura
del mísero dintel de mi cabaña.

Oh sol que el cielo entero no te ciñe
y en sus collados últimos derramas
la unidad de tu ser con brío y luces
que no saben de eclipses ni distancias.
Yo no soy digno, no, de contemplarte,
de encerrarte en mi pecho, torpe casa
de la abominación, lonja del crimen
apenas hoy barrida y alfombrada.
Mas ya el milagro se consuma, y tomo,
comulgo el Pan de la divina gracia.

No soy digno, no era digno,
pero ahora un templo soy.
Ilumínanse mis bóvedas
y todo temblando estoy.

Esto que vuela en mi bosque
es un pájaro de luz,
es una flecha con alas
desclavada de una cruz.

Y se ahínca en mi madera
y me embriaga de olor.
Ya, aunque se disuelva en brisa,
me quedará el resplandor.

Quédate, fuego, conmigo.
Espera un instante, así.
Transparéntame mis huesos.
No te separes de mí.

Dentro de mí te guardo, oh Certidumbre,
como el mosto en agraz guarda el racimo.
Te siento navegando por mis venas
como la madre mar a sus navíos.
Dentro de mí, fuera de mí, impregnándome,
como a la abeja mieles y zumbidos,
como la luz al fuego o como el suave
color, calor al reflejar del vidrio.
Te oigo cantar, orillas de mi lengua,
florecer en silencio de martirios.
Dulce y concreto estás en mí encerrado.
Lo que ignoran los hombres, pajarillos
lo saben bien, lo rizan, lo gorjean,
flores lo aroman por los huertos tibios,
estrellas lo constelan, lo tachonan,
telegrafían destellando visos,
ángeles del amor lo vuelan fúlgidos,
lo velan rumorosos y purísimos.

Tierno y preciso estás, manso y sin prisa,
dulce y concreto estás, Secreto mío.
¿Qué valen todas mis verdades turbias
ante esa sola, oh Sacramento nítido?
En Ti y por Ti yo espero y creo y amo,
en Ti y por Ti, mi Pan, Misterio mío.

Este poema emplea una doble estructura métrica: romance heroico (versos de 11 sílabas) para la manifestación entusiasta de su talante admirativo ante la magnitud del misterio eucarístico, y el recurso al verso popular de la copla octosilábica para la manifestación más íntima y espontánea de sus sentimientos de comunión con Jesús sacramentado.

El romance a su vez se estructura en partes, en atención a los giros de su desarrollo expresivo:

Una 1ª parte, en dos estrofas, de rima débil en -íi, A) y B), prepara la composición.

A) Desde Entre tantas dudosas hasta a Ti y contigo, donde formula una pregunta inquietante: ¿Qué me quieres...?, porque, entre tantas interpelaciones dudosas con que el ruido de su entorno mundano le cerca, algo quiere significar el silencio y desnudez con que se le insinúa el amor manifiesto de Cristo hecho pan, transparente de ternura y trigo. Y hay otra razón, la sucesiva invasión, desde esa fuente secreta de la Eucaristía, de ondas como anillos, que le comprehenden, circunscriben hasta anegarle. Son signos que exigen del poeta una respuesta de amor y fe, en comunión con Dios.

B) La estrofa siguiente (Sí, mi divino... hasta ...Cristo) corrobora esta convicción afirmativa, que cobra intensa afectividad con las invocaciones titulares de Cristo: prisionero errante, capitán cautivo, disfrazado amante de imposibles, paz del Espíritu, que exponen aspectos verbales coincidentes de la misteriosa ocultación del sacramento por excelencia, porque "Tú eres Tú", esencial definición que recuerda en versión eucarística la respuesta a Moisés, Yo soy el que soy. Ante tanta grandeza y esplendidez divinas, la respuesta exige la renuncia más absoluta, incluidas Inteligencia y Voluntad en la consiguiente servidumbre a Dios, que el poeta subraya con la imagen de los sentidos desmontados en su estuche de raso, de modo que ni se ve ni se palpa lo que en los signos eucarísticos se ve y se palpa, como si Cristo hubiera quedado disuelto en flor de ausencia, ya que no otra cosa ocurre en el misterio sacramental de Cristo, Sacramento mayor.

2ª parte.- Rompe, por tanto, el poeta su expresión solemne, y obliga al verso endecasílabo a ceder su lugar a la humildad métrica de cuatro coplas de corte popular. Expone así su disposición interior, vaciado por la renuncia, enmudecido como por un silencio que colgase del retiro parietal de un tapiz, para dar cabal acogida al Señor, divino ruiseñor, cuya voz musical le llene como en jaula infinita.

3ª parte.- El regreso, entonces, al romance heroico, comporta la novedad rítmica de una nueva rima en -áa, más abierta y plena, para afirmar a Cristo, resuelto en total certidumbre y en fruto de fe. Mosto contenido en racimo eucarístico y embriagador que recorre sus venas como navío, como zumbido y miel de abeja, como luz de fuego, con claras connotaciones al signo en que se vierte la sangre de Cristo.

4ª parte descriptiva.- Las sensaciones se suceden intensivas, lo que entretiene el lenguaje adensando los sentimientos sobre dos temas, el canto y florecimiento interior en que se convierte la presencia de Cristo, con lo que pasa a destacar el misterio paradójico de que lo que los hombres no entienden, el cantar de los pájaros y el aroma de la flor, la telegrafía temblorosa de las estrellas y el vuelo de los ángeles del amor lo declaran paladinamente.

Una confesión cardinal de fe, esperanza y amor remata el rezo admirativo y afectuoso ante ese Secreto máximo que entraña el inextricable Secreto eucarístico del pan y el vino en que se integra y vierte el cuerpo y la sangre de Cristo.

Se trata de una composición de un tema arduo para la fe, tratado desde una óptica que orilla los alardes teológicos, ajenos a la labor poética, pero por eso mismo enriquecida con todos los recursos imaginativos de la figuración poética, cambios de ritmo y entonación, según lo va reclamando cada uno de los registros expresivos que plantea el desarrollo. Entusiasmo, recogida piedad, desbordamiento afectivo ante el favor impagable, prietas confesiones de fe consecuentes a la experiencia interior de la presencia de Cristo sacramentado, desprendida conversión a codazos consigo mismo para hacerle lugar y fruto final de supremo enriquecimiento que no admite parangón.

El engarce de piezas no puede ser más simple ni menos ágil y hermoso. (Fr. Ángel Martín, o.f.m.)

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