DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

VÍA CRUCIS DE CRISTO Y DEL CRISTIANO
Reflexiones sobre la práctica piadosa
de la meditación de la Pasión de nuestro Señor

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El período de la Cuaresma propicia la práctica piadosa del vía crucis. Es una manera muy fructífera de preparar el alma, día tras día, semana tras semana, al encuentro con el Divino Paciente en la trágica -y gloriosa- Semana santa. Cada estación de las catorce de que se compone actualmente el vía crucis golpea, como un grito potente, nuestra conciencia de cristianos que «con temor y temblor», pero también confiadamente, caminamos, con nuestros pecados a cuestas, hacia el Gólgota redentor, y hacia la casa del Padre. Al recorrer con la Iglesia cada uno de esos misterios dolorosos, sentimos que el dolor es un gran misterio, si el mismo Hijo de Dios ha querido atravesar la estrecha puerta de acceso y morar en él como en un santuario en el que todo hombre entra alguna vez y en el que define su ignorancia y miseria, al igual que su grandeza espiritual y su elevación religiosa. Juan Pablo II ha escrito: «Mediante el sufrimiento maduran para el reino de Dios los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo» (Salvifici doloris, 21).

El vía crucis es recuerdo, memoria histórica, enlace amoroso con aquel primer vía crucis que, desde el pretorio del gobernador romano hasta el monte Calvario, recorrió Jesús de Nazaret, nuestro Camino y nuestro Salvador. Fue, por ello, en Jerusalén donde los cristianos, ya desde los siglos IV y V, quisieron acompañar a Jesús siguiendo sus pasos. El Itinerario de Egeria, a fines del siglo IV, describe el momento: «Todos atraviesan la ciudad hasta la cruz. (...) Cuando se llega a la cruz se lee el texto evangélico en el que se narra que Jesús fue conducido a Pilato. (...) Todos desfilan; inclinándose, tocan la cruz con la frente y la besan, pero ninguno la toca con las manos». Con el pasar de los siglos, el «camino de la cruz», vivamente presente en la conciencia cristiana, fue adquiriendo número y forma. Se comenzó con siete estaciones -que representaban siete caídas- para subrayar la plenitud del sufrimiento tanto de Cristo como del cristiano. Hay tal vez un eco sapiencial en este número simbólico, un eco de todos los justos sufrientes de la historia, que alcanza en Cristo coronación suprema y sublime: «El justo cae siete veces, pero se levanta» (Pr 24,16). Y, al levantarse Cristo de la tierra y al ser levantado del suelo sobre el madero, «atraerá todo y a todos hacia sí» (cf. Jn 12,32).

De Jerusalén pasa el vía crucis a Europa al alba del segundo milenio cristiano. La atención prestada a la humanidad de Jesucristo por los monjes de Cluny y del Císter, primeramente, y, luego, la devoción de san Francisco de Asís por la pasión del Señor, contribuyeron a la formulación de las catorce estaciones, tomadas de los Evangelios y de antiguas tradiciones, pero variables en algunas de las escenas representadas. El vía crucis tradicional, atestiguado en España en la primera mitad del siglo XVII, encontró en el siglo siguiente un propagador convencido en san Leonardo de Puerto Mauricio, franciscano, que llegó a erigir más de quinientos setenta vía crucis. En el año 1750, a petición del Papa Benedicto XIV, lo erigió en el Coliseo, allí donde durante tres siglos muchos cristianos hallaron la última estación de su padecer por Cristo, su «Gólgota» y su gloria. Después de un período de interrupción a causa de las vicisitudes históricas, Pablo VI reinició la práctica del vía crucis en el Coliseo, el Viernes santo del año 1965, estimulado tal vez por su peregrinación a Tierra Santa en los primeros días del año precedente. Desde entonces hasta el presente se ha celebrado anualmente con la presencia del Santo Padre y gran afluencia de peregrinos.

El vía crucis es memoria, pero también contemplación del rostro doliente del Señor. Los cristianos en el vía crucis fijamos los ojos en el «varón de dolores, avezado al sufrimiento». En él, pausada y recogidamente, contemplamos el «rostro» del pecado y, juntamente, el «rostro» de la misericordia y de la salvación. Contemplamos un cuerpo ensangrentado, que con su sangre lava nuestra iniquidad y nuestra «locura». Contemplamos una corona de espinas, que sacude nuestros pensamientos frívolos, nuestros sentimientos de indiferencia, nuestras intenciones torcidas, nuestros deseos abominables, nuestros desvergonzados anhelos y añoranzas. Contemplamos unas manos y unos pies clavados al madero de la esclavitud y de la ignominia, para enseñarnos a todos la medida suprema de la obediencia filial y del abandono infinito. Contemplamos unos brazos abiertos, para abrazar nosotros, con él, todo dolor y todo sacrificio en bien de nuestros hermanos. Contemplamos una cabeza inclinada hacia la tierra, para decir a los hombres que su muerte será bendición para la humanidad entera, que quiere ser recordado así por los siglos: mirando amorosamente al mundo que lo ha crucificado.

El corazón humano tiene exigencias profundas, y el vía crucis es una de las más significativas y señeras. Siendo el dolor alimento de toda existencia, el hombre necesita darle un rostro, configurarlo y hacerlo transparente para encontrar en la imagen la realidad de la experiencia, a la vez que alivio, consuelo, aliento, esperanza. En el vía crucis no damos expresión al dolor humano, se nos da y regala, se nos ofrece como misteriosa donación, se nos otorga como espejo y bendición desde la morada eterna del Padre y desde el corazón sensibilísimo del Hijo. Por los ojos de la carne el misterio del dolor nos llega a las fibras más sensibles del corazón; con el lenguaje visual se nos comunica una revelación estupenda de ternura y abandono; con el lento y colmado desfile de las estaciones, Dios mismo en su Palabra nos va enseñando la ciencia de la cruz, va como desgranando ante nosotros una pedagogía ascendente que comienza en el tribunal del procurador romano y culmina, entre el cielo y la tierra, en las manos del Padre.

El Hombre del vía crucis reclama compañía, participación, prolongación existencial, afectuosa imitación. Le acompañó Francisco de Asís, a quien Dios concedió el don de los estigmas tras el éxtasis del 17 de septiembre de 1224, y que llegó a escribir: «Lloro la pasión del Señor. Por amor a él no me avergonzaría de ir llorando a gritos por todo el mundo» (cf. TC 14). A participar en el banquete de la cruz de Jesucristo fue invitada Teresa de Lisieux, como se evidencia en su autobiografía: «Comenzaba mi vía crucis, cuando de repente me sentí presa de un amor tan violento hacia Dios, que no lo puedo explicar sino diciendo que parecía como si me hubieran hundido toda entera en el fuego. ¡Oh, qué fuego y qué dulzura al mismo tiempo!». Prolonga el vía crucis del Redentor, en su propia vida, el p. Maciel, cuyos labios pronunciaron estas densas palabras: «Déjame que me abrace a esta cruz con que la predilección de tu infinita misericordia me ha regalado... ¡Oh, si yo supiese morir en mi cruz como tú moriste en la tuya...!».

El vía crucis es, por último, silenciosa proclamación del sufrimiento gozoso y redentor, testimonio convincente y muda atracción hacia la sabiduría de la cruz. Santa Catalina de Siena contemplaba a Jesucristo «feliz y doliente en la cruz», y Teresa de Lisieux afirma que «en el huerto de los Olivos nuestro Señor gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, y sin embargo su agonía no era menos cruel». La atracción de Cristo crucificado ha sido puesta de relieve por el Papa Juan Pablo II en su vía crucis del Año jubilar 2000: «Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del Amor; del Amor divino, que ha llegado hasta el don total de sí mismo; del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo; del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso». Testimonio convincente el de la cruz para Paul Claudel, que, contemplando al Crucificado, exclama: «Estás sujeto, Señor, y no puedes escapar. Estás clavado en la cruz por las manos y los pies. No hay que buscar respuestas en el cielo, como hacen el hereje y el loco. ¡Me basta este Dios, clavado con cuatro clavos!».

Está claro que el vía crucis de Cristo es un camino que continúa en el vía crucis del cristiano. Allí donde hay un cristiano que sufre, allí está viviendo con el Crucificado una de las estaciones del vía crucis. Si es condenado a muerte injustamente, revivirá con Cristo la primera estación. Si es traicionado por un amigo, aprende a sentir lo que Cristo sintió al ser traicionado por Judas o por Pedro. Si sucumbe bajo el peso del dolor, está acompañando a Cristo en sus tres caídas camino del Calvario. Si en su tribulación y dolor alguien le ayuda y consuela, hace revivir en la historia las figuras de María, del Cirineo, de la Verónica, de las piadosas mujeres de Jerusalén, que con su presencia y amorosa solicitud aliviaron el duro camino del Condenado hacia el Calvario. Si es despojado de su dignidad de modo inhumano y brutal, está reflejando en sí mismo el despojamiento del Nazareno. Si muere por confesar su fe, está encarnando la muerte de Cristo, que confiesa su obediencia plena a la voluntad del Padre.

[Antonio Izquierdo, L.C., en L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, del 8-III-2002]

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