DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Proceso de canonización de Santa Clara, VII-XX


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VII. SÉPTIMA TESTIGO

1. Sor Balbina de messer Martín de Coccorano [o Corozano], monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo estaba en el monasterio de San Damián hacía más de treinta y seis años, bajo el gobierno de madonna Clara, de santa memoria, entonces abadesa del dicho monasterio; y que el Señor Dios adornó su vida y conducta religiosa con muchos dones y virtudes, que de ningún modo se podrían referir.

2. En efecto, la madonna permaneció virgen desde su nacimiento; entre las hermanas era la más humilde de todas, y tenía tal fervor de espíritu, que de buen grado, por el amor de Dios, hubiese soportado el martirio en defensa de la fe y de su Orden. Y antes de caer enferma deseó marchar a Marruecos, donde, según se decía, habían padecido el martirio algunos frailes.

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, contestó que había vivido con ella durante todo el tiempo antedicho, y veía y oía el amor que la dicha madonna tenía a la fe y a la Orden.

3. Y dijo que era diligentísima y muy solícita en la oración y en la contemplación, y en exhortar a las hermanas; y que en esto ponía todo su empeño.

4. Sobre su humildad, y sobre la virtud de sus oraciones, y sobre la austeridad en el vestido y en el lecho, y sobre la abstinencia y el ayuno, dijo todo igual que sor Felipa, a excepción de que no había visto el lecho de sarmientos, pero había oído decir que lo había tenido durante algún tiempo. Pero sí había visto que tenía un lecho de una tabla mísera.

5. En cuanto a que ella lavaba los bacines de las hermanas enfermas, dijo lo mismo que sor Cecilia.

6. Sobre la liberación de la ciudad de Asís, cuando la sitió Vidal de Aversa, y sobre la liberación del monasterio de los sarracenos y de otros enemigos, por sus oraciones, dijo igual que sor Felipa.

7. Sobre los milagros realizados en favor de las hermanas, trazando con su mano sobre ellas la señal de la cruz, declaró lo mismo que sor Felipa. Y añadió que de modo semejante había sido curada sor Bienvenida de Perusa, de una enfermedad por la que había perdido la voz, por la dicha santa, al hacer ésta sobre ella la señal de la cruz.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió que lo había oído de sus labios.

8. Sobre el amor y el Privilegio de la Pobreza, dijo lo mismo que la citada sor Felipa.

9. Declaró también esta testigo haber escuchado a la dicha madonna Clara que en la noche de la Navidad del Señor próxima pasada había oído los maitines y los otros oficios divinos que se celebraban aquella noche en la iglesia de San Francisco como si hubiese estado presente allí. Y, así, decía a las hermanas: «Vosotras me habéis dejado aquí sola, yéndoos a la capilla para maitines, pero el Señor me ha proveído bien, al no poder yo levantarme de la cama».

10. Y también dijo haber escuchado a la dicha madonna Clara la visión de la tetilla de san Francisco, como la relató sor Felipa.

11. Manifestó además la testigo que ella, por su simplicidad, no sabría decir de ninguna manera los bienes y las virtudes en que abundaba, y en tal grado, que creía firmemente que, desde la Virgen María hasta el presente, ninguna mujer había tenido mayor mérito que la madonna.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió que de otras muchas santas había oído lo que se escribe en los libros, pero que de esta madonna Clara había visto la santidad de su vida durante todo el dicho tiempo, menos un año y cinco meses en que, por mandato de madonna Clara, estuvo en el monasterio de Arezzo, en compañía de una señora que había sido enviada allí.

Y la testigo, que era sobrina carnal de santa Clara, observaba atentamente su vida y costumbres; y así, considerada la tal vida, le parecía muy maravillosa.

Preguntada por qué le parecía maravillosa, respondió: por la mucha abstinencia, que parecía imposible que la pudiese soportar un hombre; y por las otras cosas maravillosas casi infinitas que Dios obraba por ella y en ella, como se ha dicho antes.

Cómo curó a una hermana del dolor,
de la fiebre y de un absceso

12. Y añadió la testigo que, estando ella misma enferma, se hallaba una noche muy abatida por un fuerte dolor en la cadera; y comenzó a quejarse y lamentarse. Y la madonna le preguntó qué tenía. Entonces la testigo le confió su dolor, y la madre se inclinó justo sobre su cadera, en el lugar del dolor; y después le aplicó un paño que tenía puesto sobre su cabeza. E inmediatamente le desapareció la dolencia por completo.

Preguntada sobre cuándo había sucedido esto, contestó: hacía más de doce años.

Preguntada sobre quién estaba presente, respondió que la testigo estaba sola con ella, en una habitación donde solía hacer oración. Del mes y del día o la noche no se acordaba.

13. Otra vez, antes de lo anterior, la testigo fue curada por la dicha santa Clara de una fiebre continua y de un absceso que tenía en el pecho, al costado derecho, tan grave que las hermanas creyeron que se moría. Eso fue hace veinte años.

Preguntada por cuánto tiempo lo había tenido, contestó: tres días.

14. Dijo también haber oído a una mujer que el Señor la había librado de cinco demonios por los méritos de la dicha santa.

Preguntada sobre de dónde era aquella mujer, respondió que de Pisa, según decía ella misma, que había ido al monasterio al lugar donde se habla a las hermanas, para dar gracias a Dios y a la dicha santa.

Preguntada sobre cuánto tiempo hacía de este hecho, respondió: hace unos cuatro años. Y afirmaba aquella mujer que los demonios decían: «Las oraciones de aquella santa nos abrasan».

VIII. OCTAVA TESTIGO

1. Sor Lucía de Roma, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que fueron tales la santidad y la bondad de madonna Clara, abadesa que fue del monasterio de San Damián, que de ningún modo podría exponerlas plenamente.

Preguntada sobre en qué había consistido esta santidad y bondad, respondió que en su mucha humildad, en la afabilidad, honestidad y paciencia.

2. Preguntada sobre cuánto tiempo había vivido en el monasterio, contestó que, en cuanto a las buenas obras, según le parecía, muy poco; pero, en cuanto al tiempo, era tanto que no se acordaba, pues madonna Clara la había recibido en el monasterio por amor de Dios cuando era muy niña.

Y dijo que siempre había visto a madonna Clara vivir en gran santidad.

3. Preguntada sobre en qué forma de santidad, respondió: en la mucha mortificación de su carne y en la mucha aspereza de su vida. Y en cuanto podía, procuraba agradar a Dios y amaestrar a sus hermanas en el amor de Dios; y tenía mucha compasión de las hermanas, en el alma y en el cuerpo. Y añadió la testigo que sólo teniendo la ciencia de los santos podría expresar la bondad y santidad que había visto en madonna Clara.

4. Y dijo haber oído que el Señor había curado por sus méritos a bastantes hermanas, pero que ella no había estado presente, por hallarse enferma.

IX. NOVENA TESTIGO

1. Sor Francisca de messer Capitáneo de Col de Mezzo, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo había vivido en el dicho monasterio durante más de veintiún años, que se habían cumplido en el mes de mayo pasado, y que eso fue en el tiempo en que santa Clara era abadesa del dicho monasterio. Y dijo que, aunque tuviese tanta sabiduría como Salomón y tanta elocuencia como san Pablo, no creía poder decir con exactitud la bondad y santidad que había visto en madonna Clara a lo largo de todo el tiempo dicho.

2. Preguntada sobre qué había visto ella, respondió que una vez entraron los sarracenos en el claustro del monasterio, y madonna Clara se hizo conducir hasta la puerta del refectorio y mandó que trajesen ante ella un cofrecito donde se guardaba el santísimo Sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Y, postrándose en tierra en oración, rogó con lágrimas diciendo, entre otras, estas palabras: «Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar». Entonces la testigo oyó una voz de maravillosa suavidad, que decía: «¡Yo te defenderé siempre!» Entonces la dicha madonna rogó también por la ciudad, diciendo: «Señor, plázcate defender también a esta ciudad». Y aquella misma voz sonó y dijo: «La ciudad sufrirá muchos peligros, pero será protegida». Y entonces la dicha madonna se volvió a las hermanas y les dijo: «No temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno, ni ahora ni en el futuro, mientras obedezcáis los mandamientos de Dios». Y entonces los sarracenos se marcharon sin causar mal ni daño alguno.

Preguntada sobre cuándo había sucedido esto, respondió que no lo recordaba.

Preguntada asimismo sobre el mes, el día y la hora, contestó: el mes de septiembre, un viernes, según creía, como a la hora de tercia.

Preguntada que quién estaba presente, contestó: las hermanas que estaban en la oración.

Preguntada sobre qué otras hermanas habían oído aquella voz, dijo que la habían oído la testigo y otra hermana ya fallecida, pues ellas sostenían a la madonna.

Preguntada sobre cómo sabia que la otra hermana había oído la voz, respondió: porque lo dijo la hermana. Y santa Clara llamó a las dos aquella tarde, y les mandó que, mientras ella viviese, no se lo dijesen a persona alguna.

Preguntada sobre el nombre de aquella hermana que decía había fallecido, respondió que se llamaba sor Iluminada de Pisa.

3. Dijo también que, en otra ocasión, alguien dijo a la dicha madonna Clara que la ciudad de Asís iba a ser entregada; y que entonces la madonna llamó a sus hermanas y les dijo: «Muchos bienes hemos recibido de esta ciudad, y por ello debemos rogar a Dios que la guarde». Y les mandó que de madrugada fuesen a donde estaba ella. Las hermanas lo hicieron así y se presentaron junto a ella muy temprano. Y cuando estuvieron reunidas, la dicha madonna se hizo traer ceniza, se descubrió por completo la cabeza y mandó a todas hacer lo mismo. Después, tomando ceniza, ella se puso gran cantidad sobre su cabeza, recientemente rapada, y a continuación la puso también sobre la cabeza de todas las hermanas. Hecho esto, mandó que todas fuesen a la capilla a hacer oración. Y de tal modo lo cumplieron, que al día siguiente, de mañana, huyó aquel ejército, roto y a la desbandada. Y en aquel día de oración las hermanas hicieron penitencia, ayunando a pan y agua, y algunas no probaron bocado.

Preguntada sobre cuándo había sido esto, contestó que en tiempo de Vidal de Aversa.

4. Declaró también que una vez, en las calendas de mayo, la testigo había visto en el regazo de madonna Clara, ante su pecho, a un niño hermosísimo, de una belleza indescriptible, y la testigo misma, al verlo, sentía una indecible suavidad de dulzura. Y creía, sin género de duda, que aquel niño era el Hijo de Dios. Dijo también que en dicha ocasión vio sobre la cabeza de madonna Clara dos alas, resplandecientes como el sol, que alguna vez se elevaban en alto y alguna otra vez cubrían la cabeza de la dicha madonna.

Preguntada sobre qué otras personas habían visto esto, dijo que había sido ella sola, y que no se lo había revelado nunca a nadie, ni lo hubiera revelado tampoco ahora si no hubiera sido para honrar a tan santa madre.

5. Declaró asimismo la testigo que la dicha santa Clara, con la señal de la cruz y con sus oraciones, había curado a sor Bienvenida de madonna Diambra de la llaga que tenía bajo el brazo; y a sor Cristiana, de la sordera de un oído, como dijo sor Felipa, nombrada anteriormente, y como dijo sor Cristiana de sí misma.

6. Dijo igualmente que en una ocasión había visto llevar al monasterio a la dicha madonna Clara al hijo de messer Juan de maese Juan de Asís, que sufría de fiebre y de escrófulas; y la santa le hizo la señal de la cruz y le tocó, y con esto le curó.

Preguntada sobre cómo sabía esto, contestó que había oído al padre del niño decir en el locutorio que había sido curado instantáneamente. Pero la testigo no lo había visto antes de que fuera llevado a santa Clara, pero poco después le vio volver curado al monasterio.

Preguntada sobre los años que tenía el niño, contestó: cinco años.

Preguntada sobre el nombre del niño, dijo que no lo sabía.

7. Dijo también la testigo que, padeciendo ella de una enfermedad muy grave, que le afectaba a la cabeza, y le hacía castañetear mucho y le privaba de la memoria, hizo voto a la santa madre, cuando ésta se encontraba a punto de pasar de esta vida, e inmediatamente quedó sana. Y en adelante no volvió a padecer aquella enfermedad.

Preguntada sobre cuánto tiempo la había padecido, contestó: más de seis años.

8. Declaró también la testigo que una vez la dicha madonna Clara no podía levantarse del lecho por su enfermedad, y quería que le llevasen cierto pañolón, y no había allí nadie que se lo acercase; y he aquí que una gatita que había en el monasterio comenzó a tirar del pañolón y a arrastrarlo, para llevárselo según podía. Y entonces la madonna dijo a la gata: «Bandida, tú no lo sabes traer. ¿Por qué lo arrastras por el suelo?» Y la gata, como si hubiera comprendido sus palabras, comenzó a arrollar el pañolón, para que no rozase el suelo.

Preguntada sobre cómo sabia las predichas cosas, respondió que la dicha madonna se lo había referido ella misma.

9. Respecto de los corporales hechos con la tela hilada por ella, dijo la testigo haber contado ella misma personalmente cincuenta pares, los cuales fueron distribuidos a las iglesias, como lo declararon las hermanas testigos anteriores.

10. Manifestó también que, creyendo en cierta ocasión las hermanas que la bienaventurada madre estaba a punto de morir y que el sacerdote le debía administrar la sagrada comunión del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, la testigo vio sobre la cabeza de la dicha madre santa Clara un resplandor muy grande; y le pareció que el Cuerpo del Señor era un niño pequeño y muy hermoso. Y luego que la santa madre lo hubo recibido con mucha devoción, como acostumbraba siempre, dijo estas palabras: «Tan gran beneficio me ha hecho Dios hoy, que el cielo y la tierra no se le pueden comparar».

Preguntada sobre si había allí alguna otra hermana que hubiese visto esto, respondió que no lo sabía, pero lo sabía bien de sí misma.

Preguntada sobre cuándo había sido esto, respondió que alrededor de la fiesta del pasado san Martín, hacía tres años.

Preguntada sobre qué hora del día, contestó: por la mañana, después de la Misa.

X. DÉCIMA TESTIGO

1. Sor Inés, hija de messer Opórtulo de Bernardo de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que cuando ella, siendo muy niña, entró en el monasterio, madonna Clara, abadesa que fue del dicho monasterio, usaba un cilicio hecho de pelos de caballo anudados. Y dijo que la madonna se lo prestó una vez por espacio de tres días, y le pareció tan áspero, que de ninguna manera lo pudo soportar.

2. Declaró también la testigo que de ningún modo podría ella expresar la humildad, la afabilidad, la paciencia y la grandeza de la vida santa y de las virtudes de madonna Clara, según cuanto ella había visto en todo el tiempo que estuvo en el monasterio. Parecía que todos los bienes estaban en ella y que no tenía nada de reprensible, sino que podía ser alabada como santa.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió: por haber estado en el monasterio bajo su cuidado cerca de treinta y tres años.

3. Y afirmó que madonna Clara, por la noche, después de completas, quedaba largo tiempo en oración, derramando abundantes lágrimas. Y hacia la media noche, de modo semejante, se levantaba a la oración, mientras estuvo sana; y despertaba a las hermanas llamándolas sin palabras. Y también hacía oración especialmente a la hora de sexta, pues decía que a aquella hora había sido clavado en la cruz nuestro Señor.

4. También dijo que la dicha santa se mortificaba mucho con ayunos.

Preguntada sobre cómo sabía las cosas dichas, contestó: como está dicho arriba, porque estaba presente.

5. También declaró que, si la dicha madonna Clara veía a una hermana sufrir alguna tentación o tribulación, la llamaba en secreto y la consolaba, llorando; y a veces se echaba a sus pies.

Preguntada por cómo sabía las dichas cosas, contestó que había visto a varias de las que ella llamaba para consolarlas. Y alguna de éstas le dijo que la madonna se le había echado a los pies.

Preguntada por el nombre de aquella hermana, contestó que se llamaba sor Iluminada de Pisa, ya fallecida.

6. Dijo también, sobre la humildad de la madonna, que fue tanta que lavaba los pies a las hermanas y a las serviciales. Una vez, al lavar los pies a una de éstas, y queriendo besárselos, como solía, la hermana, involuntariamente, le golpeó la boca con el pie. Y la madonna se regocijó con eso y le besó la planta de aquel pie.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió: porque lo presenció.

Preguntada sobre el tiempo en que ocurrió esto, respondió: en la cuaresma.

Preguntada sobre el día, respondió: un jueves.

7. Declaró también que la mayor parte del tiempo que la testigo vivió en el monasterio, la dicha madonna usó una estera por lecho y un poco de paja por almohada; y con esta cama estaba contenta. Y que esto lo sabía porque lo había visto.

Declaró también haber oído que antes de que la testigo entrase en el monasterio, la dicha madonna Clara tenía un lecho de sarmientos; pero después de caer enferma, por mandato de san Francisco, usaba un jergón de paja.

8. Declaró además la testigo que la dicha madonna Clara gozaba mucho escuchando la palabra de Dios; y aunque no había estudiado letras, le gustaba oír a los predicadores doctos. Predicando un día fray Felipe de Atri, de la Orden de los Frailes Menores, la testigo vio junto a santa Clara un niño hermosísimo, que le parecía de unos tres años de edad. Y suplicando la testigo que Dios no permitiese fuese un engaño, se le respondió en el corazón con estas palabras: «Yo estoy en medio de ellos» (Mt 18,20), significando con tales palabras que el niño era Jesucristo, el cual está en medio de los predicadores y de los oyentes cuando están y escuchan como deben.

Preguntada sobre cuándo había sucedido esto, contestó: hace unos veintiún años.

Preguntada sobre en qué tiempo había sido, contestó: en la semana después de Pascua, en que se canta: «Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11).

Preguntada sobre quién estaba presente, contestó que estaban las hermanas.

Preguntada sobre si alguna de ellas había visto a aquel niño, contestó que una hermana le había dicho a la testigo: «Sé que tú has visto algo».

Preguntada sobre el tiempo que había permanecido el niño allí, contestó: durante gran parte de la plática. Y declaró que entonces un gran resplandor parecía envolver a la dicha madre santa Clara; no como de cosa material, sino como un resplandor de estrellas. Y afirmó que la testigo, por la dicha aparición, sentía una suavidad inexplicable.

Después de esto vio otro gran resplandor, no del color del anterior, sino todo rojo, que parecía despedir chispas de fuego, y que rodeó por completo a la dicha santa, y le cubrió toda la cabeza. Y dudando la testigo qué era aquello, se le respondió, no con la voz, pero sí en la mente: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» (Lc 1,35).

9. También dijo que, por la virtud de la oración de santa Clara, se creía que el monasterio había sido defendido de los sarracenos y la ciudad de Asís librada del asedio de los enemigos. La misma testigo vio a la madre santa Clara orar por esto con lágrimas muy humildemente, con las manos juntas y los ojos elevados al cielo.

10. Dijo también que, estando santa Clara cercana a la muerte, exhortaba a la testigo y a las otras hermanas a permanecer en oración, y pedía a la testigo que recitase la oración de las cinco llagas del Señor. Y, dentro de lo que se le podía entender, pues hablaba muy bajo, tenía continuamente en los labios la Pasión del Señor, y lo mismo el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Y casi la última palabra que la santa madre habló a la dicha testigo fue ésta: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos» (Sal 115,15).

11. Declaró también que en cierta ocasión, por la gran insistencia de la testigo, le lavaron los pies a la predicha madre santa Clara, y que la testigo bebió de aquella agua y la encontró tan dulce y sabrosa, que difícilmente lo podría explicar.

Preguntada sobre si ninguna otra hermana había probado también de aquella agua, respondió que no, pues la dicha madre santa Clara la tiró de inmediato, para que ninguna otra la bebiese.

XI. UNDÉCIMA TESTIGO

1. Sor Bienvenida de madonna Diambra de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo había sufrido unas llagas bajo el brazo y en el pecho, llamadas fístulas, en las que se colocaban cinco tapones, pues tenía cinco cabezas; y que había soportado esta enfermedad por espacio de doce años. Una noche se llegó a la madre santa Clara, llorando y pidiéndole auxilio. Y entonces la bondadosa madre, conmovida con su acostumbrada piedad, se levantó de su lecho y, arrodillándose, oró al Señor. Y, cuando terminó su oración, se volvió hacia la testigo, hizo la señal de la cruz, primero sobre sí misma y luego sobre la testigo, rezó el padrenuestro, y le tocó las llagas con su mano descubierta. Y así quedó curada de unas llagas que parecían incurables.

Interrogada sobre cuánto tiempo hacía que había sucedido esto, respondió que creía que en el mes de septiembre último se habían cumplido dos años, y que no había sufrido más de aquella enfermedad.

2. Dijo también que hacía más de veintinueve años que la testigo había llegado al monasterio, y que desde entonces siempre estuvo bajo el gobierno de la santísima madre madonna Clara. Y la madonna, primero, le enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas; segundo, le enseñó a confesar íntegramente y con frecuencia sus pecados; y, tercero, la amaestró a tener siempre en la memoria la Pasión del Señor.

Maravillosa visita de la corte celestial
en el feliz tránsito de santa Clara

3. Dijo también la testigo que entre el viernes y el sábado, tercer día antes de la muerte de madonna Clara, de feliz memoria, la testigo estaba sentada junto al lecho de la madonna, con otras hermanas, llorando la muerte de tal y tan grande madre. Y sin que nadie le hablase, la madonna comenzó a encomendar su alma, diciendo así: «Vete en paz, pues tendrás buena escolta; porque el que te creó previó antes que serías santificada; y, después que te creó, infundió en ti el Espíritu Santo; y luego te ha cuidado como la madre a su hijo pequeñito».

Y una hermana, llamada sor Anastasia, preguntó a la madonna con quién hablaba y a quién decía aquellas palabras, y la madonna respondió: «Hablo a mi alma bendita».

4. Y entonces la testigo comenzó en seguida a reflexionar sobre la grande y maravillosa santidad de madonna Clara; y en este pensamiento le parecía que toda la corte celestial se ponía en movimiento y se preparaba para honrarla. Y especialmente nuestra gloriosa Señora, la bienaventurada Virgen María, preparaba sus prendas para vestir a la nueva santa. Y mientras la testigo se entretenía pensando e imaginando esto, vio de pronto con los ojos de su cuerpo una gran multitud de vírgenes, vestidas de blanco, con coronas sobre sus cabezas, que se acercaban y entraban por la puerta de la habitación en que yacía la dicha madre santa Clara. Y en medio de estas vírgenes había una más alta, y, por encima de lo que se puede decir, bellísima entre todas las otras, la cual tenía en la cabeza una corona mayor que las demás. Y sobre la corona tenía una bola de oro, a modo de un incensario, del que salía tal resplandor, que parecía iluminar toda la casa.

Y las vírgenes se acercaron al lecho de la dicha madonna santa Clara. Y la que parecía más alta la cubrió primero en el lecho con una tela finísima, tan fina que, por su sutileza, se veía a madonna Clara, aun estando cubierta con ella.

Luego, la Virgen de las vírgenes, la más alta, inclinó su rostro sobre el rostro de la virgen santa Clara, o quizá sobre su pecho, pues la testigo no pudo distinguir bien si sobre el uno o sobre el otro. Hecho esto, desaparecieron todas.

Preguntada sobre si la testigo entonces velaba o dormía, contestó que estaba despierta, y bien despierta, y que eso fue entrando la noche, como se ha dicho.

Preguntada sobre quiénes estaban presentes, dijo que había varias hermanas, de las que unas dormían y otras velaban; pero no sabía si vieron las cosas que vio ella, pues la testigo no se lo había revelado a nadie nunca hasta ahora.

Preguntada sobre cuándo y en qué día había sucedido esto, contestó: el viernes, al anochecer; y la santísima madonna Clara murió luego, el lunes siguiente.

5. Dijo también la testigo que todo lo que se decía de la santidad de la vida de la predicha madonna Clara era verdad, y que, por mucho que ella la ponderara, todavía había habido más en ella; y no creía que desde nuestra Señora la bienaventurada Virgen María hubiese existido jamás mujer de mayor santidad que la dicha madonna santa Clara. Pues ella fue virgen, fue humilde, inflamada en el amor de Dios, permanente en la oración y contemplación, diligente en la aspereza del alimento y del vestido, y maravillosa en los ayunos y vigilias, al extremo de que muchas se admiraban de que pudiese vivir con tan poco alimento.

Tenía gran compasión de las afligidas; era afable y generosa con todas las hermanas. Y toda su conversación era sobre Dios, y no quería hablar ni oír de las cosas del mundo. Y en el gobierno del monasterio y de las hermanas era próvida y discreta, más de lo que se puede decir.

Preguntada sobre cómo sabía todas las cosas antedichas, contestó: porque estuvo presente con ella en el monasterio durante todo el dicho tiempo de veintinueve años, y vio todas las cosas antedichas, y, si fuese necesario, sabría contar las antedichas cosas al detalle.

XII. DUODÉCIMA TESTIGO

1. Sor Beatriz de messer Favarone de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo fue hermana carnal de madonna Clara, de santa memoria, cuya vida había sido casi angélica desde su niñez, ya que fue virgen y permaneció siempre en virginidad. Y era solícita en las buenas obras de santidad, y tanto que su buena fama se divulgó entre todos los que la conocían.

Conversión de santa Clara

2. Y dijo que, habiendo oído san Francisco la fama de su santidad, muchas veces se acercó a ella para predicarle; y la virgen Clara aceptó su predicación y renunció al mundo y a todas las cosas terrenas, y se fue a servir a Dios tan pronto como le fue posible.

3. Y vendió toda su herencia y parte de la herencia de la testigo y la dio a los pobres.

4. Y luego, san Francisco la tonsuró ante el altar, en la iglesia de la Virgen María, llamada de la Porciúncula, y después la llevó a la iglesia de San Pablo de las Abadesas. Y, como sus parientes quisieron sacarla de allí, madonna Clara agarró los manteles del altar y se descubrió la cabeza, mostrándola rapada; y de ningún modo quiso acceder, ni se dejó sacar de allí, ni regresar con ellos.

5. Más tarde, san Francisco, fray Felipe y fray Bernardo la llevaron a la iglesia del Santo Ángel de Panzo, donde estuvo poco tiempo y de donde fue llevada a la iglesia de San Damián, lugar en que el Señor le dio más hermanas que gobernar.

Preguntada por cómo sabía las cosas antedichas, contestó que, siendo ella su hermana, unas cosas las había visto y otras las había oído de la misma madonna Clara y de otros.

Preguntada sobre cuánto tiempo hacía, contestó: unos cuarenta y dos años.

Vida religiosa de santa Clara en el monasterio

6. Dijo también la testigo que, siendo madonna Clara abadesa en el monasterio, se condujo en su gobierno tan santa y tan prudentemente, y tantos milagros hizo Dios por medio de ella, que todas las hermanas y todos los que la conocieron la tuvieron y la tienen como santa.

Preguntada por en qué estaba la santidad de madonna Clara, respondió que estaba en la virginidad, en la humildad, en la paciencia y afabilidad, en la corrección necesaria, en las dulces exhortaciones a las hermanas, en la asiduidad en la oración y la contemplación, en la abstinencia y el ayuno, en la aspereza del lecho y del vestido, en el desprecio de sí misma, en el fervor del amor de Dios, en el deseo del martirio; y, por encima de todo, en el amor al Privilegio de la Pobreza.

7. Preguntada por cómo sabía las cosas antedichas, contestó: porque había visto que ella practicaba todas estas cosas, y porque era su hermana carnal y había vivido con ella en el monasterio durante unos veinticuatro años. Y antes había tratado y vivido con ella, como hermana suya. Y aseguró que era tal la bondad de madonna Clara, que su lengua no era capaz de expresala.

8. Preguntada sobre qué milagros había obrado el Señor por medio de ella, contestó que Dios había curado a algunas hermanas al trazar ella la señal de la cruz sobre las mismas. Y otros muchos milagros; pues Dios, por sus oraciones, defendió al monasterio de los sarracenos, y a la ciudad de Asís del asedio de los enemigos, según se cree públicamente.

Preguntada por cómo sabía esto, contestó: porque vio cuando ella hizo oración y cuando huyeron los sarracenos sin hacer ningún daño a ninguna ni al monasterio. Y luego de haber hecho oración, al día siguiente, el ejército que estaba a las puertas de la ciudad de Asís se retiró.

9. Preguntada sobre la curación de las hermanas, contestó que por medio de madonna Clara habían sido curadas sor Bienvenida, sor Cristiana y otras más.

Preguntada sobre cómo lo sabía, contestó que primero las había visto enfermas y muy mal, hasta que la santa madre, trazando sobre ellas la señal de la cruz, con la oración, las curó; y después las había visto sanas.

XIII. DECIMOTERCERA TESTIGO

1. Sor Cristiana de messer Bernardo de Suppo de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento sobre la vida y modo de vida, lo mismo que había dicho sor Beatriz; y añadió que la virgen de Dios, Clara, se fue de su casa paterna del siglo de un modo maravilloso.

Pues, temiendo que se le impidiese la marcha, no quiso salir por la puerta acostumbrada, sino que se dirigió a otra puerta de la casa, la cual, para que no se pudiese abrir, estaba trancada con unos troncos pesados y con una columna de piedra, estorbos que difícilmente hubieran podido ser removidos por muchos hombres. Y ella sola, con el auxilio de Jesucristo, los apartó y abrió la puerta. Y a la mañana siguiente, muchos, al ver abierta aquella puerta, se maravillaron sobremanera de que lo hubiera podido hacer una jovencita.

Preguntada por cómo sabía estas cosas, contestó: que la testigo vivía entonces en aquella casa, y había estado antes con ella, y la conocía porque habitaba con ella en Asís.

Preguntada sobre cuándo había ocurrido esto, respondió: hace cuarenta y dos años, o algo más.

Preguntada sobre la edad que tenía entonces santa Clara, respondió que dieciocho años, según se decía.

2. Declaró también que entonces, en la casa de su padre, era tenida por todos como honesta y santa. Y dijo que en el mes de mayo se habían cumplido los treinta y cuatro años que la testigo entró en el monasterio. Y había estado bajo la disciplina y el gobierno de madonna santa Clara, cuya santidad de vida iluminó el monasterio entero y lo informó con todas las virtudes y costumbres que se requieren en las mujeres santas.

3. De tales virtudes dijo la testigo que podría responder completa y verazmente si se le preguntase de cada virtud en particular. Y sobre todo, que madonna Clara estaba toda encendida en caridad y amaba a sus hermanas como a sí misma, y si alguna vez oía algo que no agradaba a Dios, con gran compasión se afanaba en corregirlo sin tardanza. Y porque fue tal y tan santa y estuvo tan adornada de virtudes, quiso Dios que ella fuese la primera madre y maestra de la Orden. Y tan bien guardó el monasterio y la Orden y a sí misma de todo contagio de pecado, que su memoria será reverenciada por siempre. Y las hermanas creen que la santa madre ruega a Dios por ellas en el cielo, quien en la tierra las gobernó con tanta prudencia, bondad y vigilancia en la religión y en el propósito de la pobreza.

Preguntada por cómo sabía las cosas dichas, respondió que las había visto y había vivido con ella en el monasterio durante el tiempo antedicho, y antes había habitado con ella y la había conocido, como se ha dicho arriba.

4. Sobre la aspereza de los vestidos y cilicios y sobre la abstinencia y sobre la oración, dijo que jamás había oído que hubiese existido en el mundo una semejante a ella, o que la aventajase en las cosas antedichas.

Y de estas cosas dijo: las conocía porque las había visto.

5. Sobre la curación de sor Bienvenida, de sus fístulas, dijo todo lo que había dicho la misma sor Bienvenida, porque había estado presente.

6. También, sobre la curación de sor Amada, de su hidropesía, dijo lo que había dicho la misma sor Amada, porque había estado presente.

7. Y sobre la curación de sor Cristiana dijo lo mismo que sor Cristiana.

8. También sobre la curación de sor Andrea de Ferrara afirmó lo mismo que había dicho sor Felipa.

9. Igualmente, sobre la oración hecha para defender y librar al monasterio de los sarracenos, y sobre la oración hecha para librar a la ciudad de Asís, asediada por los enemigos, dijo lo mismo que la citada sor Felipa. Y añadió que la testigo misma había sido quien, por mandato de la santa madre madonna Clara, había llamado a las hermanas para que permaneciesen en oración.

10. Declaró también que la dicha madonna Clara, en la enfermedad de que murió, no dejaba nunca de alabar a Dios, exhortando a las hermanas a la perfecta observancia de la Orden, y, sobre todo, al amor de la pobreza.

Preguntada por cómo lo sabía, dijo que muchas veces había estado presente.

11. También, sobre la venta de su herencia, la testigo dijo que los parientes de madonna Clara habían querido dar más cantidad que ninguno de los otros, pero que ella no había querido vendérsela a ellos, sino a otros, para que no quedasen defraudados los pobres.

Y todo lo que recibió de la venta de la herencia lo distribuyó a los pobres.

Preguntada por cómo lo sabía, respondió: porque lo había visto y oído.

XIV. DECIMOCUARTA TESTIGO

1. Sor Angeluccia de messer Angeleio de Espoleto, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que hacía veintiocho años que la testigo estaba en el dicho monasterio de San Damián, y que, durante todo ese tiempo que había estado en el monasterio bajo el gobierno de madonna Clara, de santa memoria, había visto tantos y tan grandes bienes en ella, que en verdad podría decirse de ella tanto como de cualquier otro santo que esté en el paraíso.

2. Preguntada sobre qué bienes eran, contestó que, cuando la testigo entró en el monasterio, la madonna Clara estaba enferma y, sin embargo, de noche se incorporaba en el lecho y velaba en oración, con abundantes lágrimas.

Y lo mismo por la mañana, hacia la hora de tercia.

3. Y se cree firmemente que sus oraciones libraron una vez al monasterio de la violencia de los sarracenos, que habían entrado ya en el claustro del monasterio. Y en otra ocasión libró a la ciudad de Asís del asedio de los enemigos.

4. Declaró también que tanta había sido su humildad y bondad hacia las hermanas, y tanta su paciencia y constancia en las tribulaciones, y tanta su austeridad de vida, y tanta su estrechez en el comer y en el vestir, y tanta su caridad hacia todas, y tanta su prudencia y cuidado en exhortar a las hermanas sus súbditas, y era tal su gracia y dulzura al amonestar a las hermanas, y en las demás cosas buenas y santas que hubo en madonna Clara, que su lengua no era capaz de expresarlas ni de comprenderlas de ningún modo; pues su santidad era mucho mayor de lo que ella pudiera decir jamás. Y también del amor a la pobreza, que poseía en sumo grado.

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, respondió: porque había estado con ella durante todo el tiempo indicado y había visto la santidad de su vida, como queda dicho.

5. Y ninguna de las hermanas duda de que Dios ha obrado por medio de ella muchos milagros, aun en vida, como se ha declarado arriba.

Preguntada por cómo lo sabía, contestó: porque vio cuando sor Bienvenida quedó repentinamente curada de sus llagas con la señal de la cruz trazada sobre ella por madonna Clara con su mano. Y oyó que otras hermanas y otras personas de fuera del monasterio habían sido curadas de la manera dicha.

6. Vio también la testigo cuando, al cerrarse la puerta del edificio, es decir, del monasterio, cayó encima de madonna Clara; y las hermanas creyeron que aquella puerta la habría matado, por lo que prorrumpieron en un gran llanto. Pero la madonna resultó sin ningún daño, y aseguró no haber sentido en absoluto el peso de aquella puerta, no obstante ser tan pesada, que con dificultad pudieron tres frailes colocarla de nuevo en su sitio.

Preguntada por cómo lo sabía, respondió: porque lo vio y estaba presente allí.

Preguntada sobre cuándo había ocurrido esto, contestó que hacía unos siete años.

Preguntada sobre el día, contestó que fue en la octava de san Pedro, la tarde del domingo.

Y entonces, al grito de la testigo, acudieron inmediatamente las hermanas y encontraron que aún tenía encima la dicha puerta, pues la testigo no podía levantarla sola.

7. Declaró también la testigo que la muerte de la dicha madonna Clara fue maravillosa y gloriosa; y que pocos días antes de su muerte, una tarde comenzó a hablar de la Trinidad y a decir otras palabras sobre Dios con tal sutileza, que muchos doctos apenas la habrían podido comprender; y dijo otras cosas más.

Preguntada sobre qué otras palabras había dicho, respondió y dijo lo mismo que acerca de esto había dicho sor Felipa, citada antes.

8. Dijo igualmente la testigo que, habiendo oído cantar una vez la dicha santa madre madonna Clara, después de Pascua: «Vi el agua que salía del templo por el lado derecho», recibió de ello tal alegría y lo guardó en su mente de tal manera, que siempre, después de comer y luego de completas, hacía que las rociasen con agua bendita a ella y a las hermanas, y les decía: «Hermanas e hijas mías, siempre debéis recordar y tener en la memoria aquella bendita agua que salió del costado derecho de nuestro Señor Jesucristo pendiente de la cruz».

9. Declaró asimismo que, cuando la santísima madre enviaba fuera del monasterio a las hermanas serviciales, les exhortaba a que, cuando viesen los árboles bellos, floridos y frondosos, alabasen a Dios; y que, igualmente, al ver a los hombres y a las demás criaturas, alabasen a Dios siempre, por todas y en todas las cosas.

XV. DECIMOQUINTA TESTIGO

1. El día 28 del mes de noviembre, en la enfermería del monasterio, en presencia de fray Marcos, de sor Felipa y de las demás hermanas, sor Balbina de Porzano, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento muy enteramente sobre la santidad de la vida de madonna Clara y sobre su gran bondad.

2. Dijo también que la testigo misma vio sobre la madre santa Clara la puerta que le había caído encima y que todavía no había sido levantada. Y afirmó que santa Clara decía que la puerta no le había hecho daño alguno, sino que la había tenido sobre ella como un suave manto.

Y dijo la testigo que aquella puerta era pesadísima, y que ella y las demás hermanas habían acudido a los gritos de sor Angeluccia, pues todas temían que aquella puerta la hubiese matado. Preguntada sobre el tiempo, dijo que hacía unos siete años.

[TESTIMONIO DE LA COMUNIDAD REUNIDA]

1. El mismo día, 28 de noviembre, en el edificio del claustro de San Damián, estando presentes messer Leonardo, arcediano de Espoleto, y don Jacobo, párroco de Trevi, los cuales acompañaban al sobredicho messer Bartolomé, obispo de Espoleto, y fray Marcos, de la Orden de los Frailes Menores, capellán del dicho monasterio, reunida toda la comunidad de las monjas encerradas del monasterio de San Damián, habiendo jurado algunas de ellas decir la verdad y habiendo dado testimonio sobre la vida, conversión y conducta religiosa de la santa memoria de madonna santa Clara y sobre los milagros que se decían hechos por sus méritos; madonna sor Benita, entonces abadesa, con las demás monjas del monasterio de San Damián, declararon unánimemente, en presencia del dicho venerable messer obispo de Espoleto, que todo lo que había de santidad en cualquier santa, después de la Virgen María, se puede verazmente decir y atestiguar de madonna Clara, de santa memoria, que fue su abadesa y madre santísima.

Y esto se puede encontrar y entender en ella, en su vida. Por lo que todas están dispuestas a jurar, a declarar y a testificar. Pues habían visto su maravillosa conversión y, durante los años que habían convivido con ella en el monasterio, habían observado la santidad de su vida y su angelical conducta religiosa, cosas que no se pueden explicar nunca a satisfacción con palabras humanas.

XVI. DECIMOSEXTO TESTIGO

1. Aquel mismo día, en la iglesia de San Pablo de Asís, ante el venerable padre señor obispo de Espoleto, estando también presentes Andriolo de Bartolo, Vianello de Bienvenido Lucchese y otros, messer Hugolino de Pedro Girardone, caballero de Asís, declaró bajo juramento sobre la vida, conversión, conducta religiosa y milagros que se dicen hechos por los méritos de madonna Clara, de santa memoria, y dijo que santa Clara fue de familia nobilísima de Asís, ya que su abuelo fue messer Offreduccio de Bernardino, y de este Offreduccio fue hijo messer Favarone, padre de santa Clara.

2. Esta santa fue virgen y en casa de su padre fue de honestísimo comportamiento y afable y graciosa para con todos. Y así como san Francisco fue el primero en la Orden de los Frailes Menores, y, con la ayuda de Dios, instituyó y comenzó la dicha Orden, así esta santa virgen Clara, por voluntad de Dios, fue la primera en la Orden de las Damas Encerradas. Y gobernó la Orden con toda santidad y bondad, como se ve y se atestigua por pública fama.

3. Dijo también que, como es notorio, la dicha virgen santa Clara entró en religión por la predicación de san Francisco y por su exhortación.

4. Declaró también que el testigo había abandonado a su mujer, llamada madonna Guiduzia, y la había devuelto a casa de su padre y su madre; y, durante más de veintidós años sin ella, nadie consiguió nunca que fuese por ella y la tomase de nuevo, a pesar de que había sido amonestado muchas veces, aun por personas religiosas; por fin, se le dijo -de parte de la dicha madonna santa Clara- que ésta había sabido por una visión que él debía recibirla pronto y de ella engendraría un hijo, con el cual debía alegrarse mucho y consolarse; y que el testigo, al oír esto, se enfadó mucho.

Pero a los pocos días se sintió forzado por un deseo tan grande, que buscó y recibió a su mujer, a la que durante tanto tiempo había tenido abandonada. Y de ella, como la dicha madonna santa Clara había entendido por visión, engendró un hijo, el cual vive todavía y con el que se alegra mucho y tiene gran consuelo.

5. Preguntado sobre si había visto a la dicha madonna Clara en la casa de su padre y su madre, como había declarado más arriba, contestó que sí y que la había visto llevar una vida santa y honesta, como dijo antes.

6. Preguntado sobre cómo sabía que la virgen de Dios, Clara, había entrado en religión por las pláticas de san Francisco, respondió que esto era cosa pública y conocida por todos. Y que él oyó que san Francisco la tonsuró en la iglesia de Santa María de la Porciúncula. Y después que ella entró en el monasterio de San Damián oyó -y así es manifiesto y conocido- que fue de tanta santidad y bondad en su Orden como puede serlo otra santa en el cielo.

* * *

A la misma hora y en el mismo lugar, en presencia de los testigos Ángel de Pelcio y Bonamanzia Barbieri, ante el sobredicho señor obispo, madonna Bona de Guelfuccio, Ranieri de Bernardo y Pedro de Damián prestaron juramento sobre la vida, conversión, conducta religiosa y milagros de santa Clara.

XVII. DECIMOSÉPTIMA TESTIGO

1. Madonna Bona de Guelfuccio de Asís declaró bajo juramento que conoció a santa Clara de cuando ella estaba en casa de su padre, pues la trató y estuvo en casa con ella; y por la mucha santidad de su vida, antes y después de entrar en religión, creía firmemente que había sido santificada en el vientre de su madre. Enviaba a los pobres los alimentos que decía comer, y la testigo certificaba habérselos llevado muchas veces.

2. La madonna Clara fue tenida siempre por todos como virgen purísima, y tenía gran fervor de espíritu, pensando cómo podría servir a Dios y agradarle.

3. Por esta razón, la testigo fue muchas veces con ella a hablar con san Francisco, e iba secretamente para no ser vista por los parientes.

Preguntada sobre qué le decía san Francisco, respondió que siempre la exhortaba a que se convirtiera a Jesucristo, y fray Felipe hacia lo mismo. Y ella les oía con gusto y asentía a todos aquellos bienes que le decían.

Preguntada sobre cuánto tiempo hacía que sucedieron las dichas cosas, respondió que hacía más de cuarenta y dos años, pues hacía cuarenta y dos años que ella había entrado en religión.

4. Y declaró que, al tiempo en que entró en religión, era una joven prudente, de unos dieciocho años de edad, y estaba siempre en casa; y se ocultaba, no queriendo ser vista, y, así, estaba de modo que no podía ser vista por los que pasaban delante de su casa.

Era también muy afable y se ocupaba en otras buenas obras.

Preguntada por cómo sabía las cosas dichas, contestó: porque vivía con ella.

5. Preguntada sobre cómo se convirtió la dicha madonna Clara, respondió que san Francisco le cortó los cabellos en la iglesia de Santa María de Porciúncula, según había oído, pues la testigo no estuvo presente, ya que entonces estaba en Roma, por la cuaresma.

6. Dijo también que madonna Clara, antes de que le cortasen los cabellos, la había mandado a visitar la iglesia de Santiago [de Compostela], pues madonna Clara estaba llena de gracia y quería que las demás también lo estuviesen.

7. También madonna Clara, estando aún en el siglo, le dio a la testigo por devoción cierta cantidad de dinero y le mandó que lo llevase a los que trabajaban en Santa María de la Porciúncula, para que comprasen carne.

8. Sobre la santidad de santa Clara, dijo que había sido tal, que conservaba en su corazón infinitas cosas que con la lengua no sabía expresar; pues cuanto la madre santa Clara hablaba era pura enseñanza para los demás.

XVIII. DECIMOCTAVO TESTIGO

1. Messer Ranieri de Bernardo de Asís declaró bajo juramento que no dudaba de la santidad de madonna santa Clara, de feliz memoria, ni de que estuviese como santa en el ciclo; y si alguno dudase de ella, de ninguna otra se debería creer; y aun antes parecería que nuestra fe habría que tenerla por nada.

El testigo conoció a la dicha madonna Clara cuando era niña en casa de su padre; y era virgen, y desde su primera edad comenzó a dedicarse a las obras santas, como si hubiese sido santificada en el vientre de su madre.

2. Como era bella de rostro, se trató de darle marido; y muchos de sus parientes le rogaban que consintiese en casarse; pero ella jamás accedió. Y el testigo mismo le había rogado muchas veces que accediese, y ella no quería ni oírle; antes bien, ella le predicaba a él el desprecio del mundo.

Preguntado por cómo sabía las dichas cosas, contestó: porque su mujer era pariente de la dicha madonna Clara, por lo que el testigo frecuentaba su casa con confianza y veía sus antedichas buenas obras.

3. Preguntado sobre qué buenas obras hacía, contestó que ayunaba, hacía oración, daba limosnas, todas las que podía y con gusto. Y, cuando se sentaba con los de su casa, siempre quería hablar de las cosas de Dios; y tan pronto como le fue posible, se hizo cortar los cabellos por san Francisco. Y como sus parientes quisieran sacarla de San Pablo y traérsela a Asís, no pudieron de ningún modo, porque no quiso, y les mostró la cabeza rapada; y de esta manera la dejaron quedarse.

4. Y la dicha madonna Clara fue de los más nobles linajes de la ciudad de Asís por ambas partes, tanto por su padre como por su madre.

Preguntado sobre cómo sabía las dichas cosas, contestó que era público en toda la comarca.

5. Dijo también el testigo que, cuando madonna Clara fue a residir al lugar de San Damián, como ella era santa, enseñó también a sus hijas a servir a Dios en santidad, tal como se ve hoy en ellas.

6. Y todos los ciudadanos creen firmemente que, por las oraciones y méritos de dicha madonna santa Clara, fue protegido el monasterio y librada la ciudad de los enemigos.

7. Preguntado sobre cuánto tiempo hacía que santa Clara había entrado en religión, contestó que hacía más de cuarenta años.

XIX. DECIMONONO TESTIGO

1. Pedro de Damiano, de la ciudad de Asís, declaró bajo juramento que el testigo y su padre eran vecinos de la casa de santa Clara, de su padre y de los demás familiares.

Y conoció a madonna Clara mientras estuvo en el siglo; y conoció a su padre, messer Favarone, noble, grande y poderoso en la ciudad, él y los otros de su casa.

Y madonna Clara fue noble y de noble linaje, de honesta conducta; y de su casa eran siete caballeros, todos nobles y poderosos.

Preguntado sobre cómo sabía las dichas cosas, contestó que las había visto, porque era su vecino.

2. Ya entonces, la dicha madonna Clara, que era muchacha en aquel tiempo, vivía espiritualmente, según se creía. Y vio que el padre y la madre y sus parientes la quisieron casar según su nobleza, magníficamente, con hombres grandes y poderosos.

Pero la muchacha, que tendría entonces aproximadamente diecisiete años, no pudo ser convencida de ninguna manera, porque quería permanecer virgen y vivir en pobreza, como lo demostró después, ya que vendió toda su herencia y la dio a los pobres. Y por todos era tenida como de buena conducta.

Preguntado por cómo lo sabía, contestó: porque era su vecino y sabía que nadie había podido persuadirla nunca a poner su afición en las cosas mundanas.

XX. VIGÉSIMO TESTIGO

1. El día 29 de noviembre, en la iglesia de San Pablo [de Asís], en presencia de messer Leonardo, arcediano de Espoleto, y de don Jacobo, párroco de Trevi, y del sobredicho señor obispo de Espoleto, Juan Ventura de Asís juró sobre las antedichas cosas, y dijo que el testigo moraba en casa de madonna Clara mientras ella estuvo en casa de su padre, siendo muchacha y virgen, pues él era hombre de armas de la casa.

2. Y entonces madonna Clara podía tener unos dieciocho años. Y era del más noble abolengo de toda la ciudad de Asís, por parte de padre y de madre. Su padre se llamó messer Favarone, y su abuelo, messer Offreduccio de Bernardino. Y la muchacha era tan honesta en su vida y costumbres como si hubiese estado mucho tiempo en el monasterio.

3. Preguntado sobre qué vida llevaba, respondió: aunque la corte de su casa era de las mayores de la ciudad y en ella se hacían grandes dispendios, con todo, los alimentos que le daban como en gran casa para comer, ella los reservaba y ocultaba, y luego los enviaba a los pobres.

Preguntado por cómo sabía las dichas cosas, contestó que, estando él en casa, las veía y las creía firmemente, porque así se decía.

4. Y ella, viviendo todavía en casa de su padre, llevaba bajo los otros vestidos una [áspera] estameña [o cilicio] de color blanco.

5. Dijo también que ayunaba y permanecía en oración, y hacía otras obras piadosas, como él había visto; y que se creía que desde el principio estaba inspirada por el Espíritu Santo.

6. También declaró que la dicha madonna Clara, cuando oyó que san Francisco había elegido el camino de la pobreza, decidió en su corazón hacer también ella lo mismo. Y así san Francisco la tonsuró en la iglesia de Santa María de la Porciúncula, o en la de San Pablo.

Y, al intentar sus parientes sacarla fuera de la iglesia de San Pablo y volverla a Asís, ella les mostró la cabeza rapada.

Preguntado sobre cómo lo sabía, contestó que lo oyó decir y era de fama pública.

7. Y después fue al lugar de San Damián, donde llegó a ser madre y maestra de la Orden de San Damián, y allí engendró muchos hijos e hijas en nuestro Señor Jesucristo, como hoy se ve.

8. También dijo que de su santidad no debería dudar nadie de ningún modo, pues el Señor obraba muchos milagros por ella, como es manifiesto.

9. Declaró también que aquel año, después de la muerte de la dicha madonna santa Clara, vio llevar, atado con cuerdas, al sepulcro de la dicha santa madonna Clara a un ultramontano [francés] atacado de furia, o bien endemoniado, y allí quedó curado (cf. LCl 52).

Preguntado por cómo lo sabía, contestó que vio al enfermo de este mal y que allí, ante el sepulcro de la dicha santa Clara, sanó repentinamente.

Preguntado sobre el nombre del enfermo, contestó que no lo sabía, pues no era de estas partes.

Preguntado por la invocación de qué santo fue curado, contestó que había sido junto al sepulcro de la dicha madonna santa Clara. Y esto fue público y notorio.

Preguntado sobre el mes y el día en que sucedió esto, contestó que creía que fue en el mes de septiembre pasado; del día dijo que no se acordaba.

Preguntado sobre quién estuvo presente, contestó que lo vieron todos los de la plaza, y corrieron junto con él al sepulcro de la dicha madonna santa Clara.

Proceso I-VI Introducción

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