DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Leyenda de Santa Clara, 30-62


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Del ferventísimo amor al Crucificado

30. Le es familiar el llanto sobre la pasión del Señor; y unas veces apura, de las sagradas heridas, la amargura de la mirra; otras veces sorbe los más dulces gozos. Le embriagan vehementemente las lágrimas de Cristo paciente, y la memoria le reproduce continuamente a aquel a quien el amor había grabado profundamente en su corazón. Enseña a las novicias a llorar a Cristo crucificado; y, a un tiempo, lo que enseña de palabra lo ejemplifica con hechos. En efecto, cuando en privado las exhortaba a tales afectos, antes que la abundancia de las palabras fluía el riego de sus lágrimas.

Sexta y nona son las horas del día en las que con mayor compunción se emociona de ordinario, queriendo inmolarse con el Señor inmolado. Precisamente ocurrió en una ocasión durante la hora de nona que, mientras oraba en la celda, el diablo, golpeándola en la mejilla, le inyectó de sangre un ojo y le dejó lívido el párpado.

Para alimentar su alma ininterrumpidamente en las delicias del Crucificado, meditaba muy a menudo la oración de las cinco llagas del Señor (1). Aprendió el Oficio de la Cruz, tal como lo había compuesto el amador de la cruz Francisco, y lo recitaba frecuentemente con afecto devoto como él. Ceñíase bajo el vestido, sobre la carne, una cuerdecilla anudada con trece nudos, memorial secreto de las heridas del Salvador.

Una conmemoración de la pasión del Señor

31. Sucedió un año, en el día de la santísima Cena en la cual el Señor amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Hacia el anochecer, cuando se acercaba la agonía del Señor, Clara, acongojada y triste, se encerró en lo secreto de la celda. Y acompañando con la oración al Señor en oración, su alma triste a par de muerte se embebe en aquella angustiosa tristeza de Él, y la memoria poco a poco queda compenetrada con la escena del prendimiento y de los escarnios, y así queda recostada en el lecho. Durante toda aquella noche y al día siguiente permanece abstraída, de tal modo ajena a sí misma que, con la mirada ausente, clavada siempre en su visión única, parecía concrucificada con Cristo, totalmente insensible. Vuelve repetidas veces donde ella una hija familiar por ver si acaso necesita alguna cosa, y la encuentra siempre en la misma actitud.

Llegada ya la noche del sábado, la devota hija enciende una candela y, con una seña, no con palabras, trae a la memoria de la madre el mandamiento de san Francisco. Porque es de saber que le había mandado el santo que no dejara pasar un solo día sin comer. Estando, digo, aquélla delante, Clara, cual si volviese de otro mundo, profirió esta frase: «¿Qué necesidad hay de luz? ¿Es que no es de día?» «Madre -repuso la otra-, se fue la noche, y se pasó un día, y volvió otra noche». Clara a ella: «Bendito sea este sueño, hija carísima, porque lo que tanto he ansiado me ha sido concedido. Mas guárdate de contar a nadie este sueño mientras yo esté con vida».

Diversos milagros que obraba
con la señal y la virtud de la cruz

32. Corresponde a su amante el Crucificado amado; y así, la que se inflama en tan grande amor para con el misterio de la cruz, es distinguida con prodigios y milagros por la eficacia de la cruz. Efectivamente, cuando traza la señal de la vivificante cruz sobre los enfermos, aleja de ellos prodigiosamente las enfermedades. Espigaré algunos entre los muchos casos.

A un hermano, de nombre Esteban, que padecía accesos de furia, lo envió el bienaventurado Francisco a madonna Clara con el fin de que trazase sobre él la señal de la santísima cruz. No en vano conocía su extraordinaria perfección y veneraba en ella su extraordinaria virtud. La hija de obediencia lo signa conforme a la orden del padre, y déjale dormir un rato, en el lugar donde ella misma solía orar. Con esto, muy poco después, vuelto del sueño, levántase sano y regresa libre de la locura donde el padre (cf. Proceso II 15).

33. Un niño de tres años, Mattiolo de nombre, de la ciudad de Espoleto, habíase introducido una piedrecita en las narices. Nadie se daba maña para extraérsela ni tampoco el niño para expulsarla. En tal extremo y angustia, es llevado a madonna Clara y, mientras es signado por ella con la señal de la cruz, de pronto, expulsa la piedra y queda libre el niño.

Otro niño, de Perusa, tenía todo un ojo velado por una mancha: fue conducido a la santa sierva de Dios. Ésta, después de palpar el ojo del niño, lo signó con la señal de la cruz y dijo: «Llevadlo a donde mi madre, que ella repita sobre él la señal de la cruz». Doña Hortulana, su madre, siguiendo a su plantita, había ingresado también después de la hija en la religión; y en aquel huerto cerrado, ella, viuda, servía con las vírgenes al Señor. Y he aquí que, en cuanto recibió de ella la señal de la cruz, inmediatamente el ojo del niño quedó limpio de la mancha y vio clara y diáfanamente. En consecuencia, asegura Clara que aquel niño ha sido curado por mérito de su madre; la madre, por su parte, declina en favor de la hija el crédito de la alabanza y se confiesa indigna de tanto honor.

34. Una de las hermanas, de nombre Bienvenida, había sobrellevado durante casi doce años bajo un brazo la llaga de una fístula que destilaba pus por cinco orificios. La virgen de Dios Clara, compadecida de ella, le aplicó aquel su peculiar emplasto de la señal salutífera. Y de repente, a la señal de la cruz, quedó perfectamente curada de aquella úlcera de tantos años.

Otra hermana de la comunidad, Amada de nombre, yacía enferma de hidropesía desde hacía trece meses, consumida además por la fiebre, por la tos y por un dolor de costado. Compadecida de ella, madonna Clara recurre a aquel noble sistema de su arte medicinal: la signa con la cruz en el nombre de Cristo y al instante le devuelve la completa salud.

35. Otra sierva de Cristo, oriunda de Perusa, de tal manera había ido perdiendo la voz a lo largo de dos años, que apenas podía ya articular palabra audible. La noche de la Asunción de nuestra Señora, habiéndole sido revelado en visión que madonna Clara la curaría, aguardaba ansiosa a que llegase el día. En amaneciendo, va presurosa a donde la madre, le pide que la signe con la cruz y recupera la voz apenas ha sido signada.

Una hermana de nombre Cristiana, que había soportado durante largo tiempo la sordera de un oído, había probado, aunque en balde, muchos medicamentos contra aquel mal. Madonna Clara le signa la cabeza con dulzura, le toca la oreja y al punto recobra la facultad de oír.

Había en el monasterio una multitud de hermanas enfermas afligidas con diversos achaques. Entra Clara en la estancia, según costumbre, con su habitual medicamento y, hecha la señal de la cruz por cinco veces, al momento libra de la dolencia a cinco. A través de estos hechos queda patente que en el corazón de la virgen estaba plantado el árbol de la cruz, cuyo fruto restaura el alma, cuyas hojas ofrecen medicina para el cuerpo.

De la instrucción diaria de las monjas

36. Como maestra que era de las jóvenes sin formación y algo así como preceptora de las doncellas en el palacio del gran Rey, con tan acertado método las enseñaba y con tan delicado amor las formaba, que no hay elocuencia que pueda explicarlo cabalmente. Primero las enseña a apartar del interior del alma todo estrépito, a fin de que puedan permanecer fijas únicamente en la intimidad de Dios. Enséñales después a no dejarse llevar del amor de los parientes según la carne y a olvidar la casa paterna si quieren agradar a Cristo. Las exhorta a no hacer caso de las exigencias de la fragilidad del cuerpo y a frenar con el imperio de la razón las veleidades de la naturaleza. Les demuestra que el enemigo insidioso tiende lazos ocultos a las almas puras, y que tienta a los santos de un modo, y de otro a los mundanos. Quiere, por último, que a determinadas horas se ocupen en labores manuales, pero de modo que, conforme al deseo del fundador, vuelvan en seguida a enfervorizarse mediante el ejercicio de la oración y, abandonando la pesadez de la negligencia con el fuego del santo amor, desechen el frío de la indevoción. Jamás en lugar alguno hubo mayor observancia del silencio, ni fue más evidente no sólo la apariencia, sino la realidad de una vida de total honestidad. No hay allí fáciles charlas que entretengan el ánimo disipado, ni palabras ligeras que alimenten frívolos afectos. Pues la maestra misma, parca en palabras, ciñe en brevedad de expresión la riqueza de su pensamiento.

Del afán de escuchar la palabra de la santa predicación

37. Provee a las hijas, por medio de predicadores devotos, del alimento de la palabra de Dios, del que se reserva para sí una buena ración. Ya que, al oír la santa predicación, se siente inundada de tales transportes de gozo y de tal modo se deleita en el recuerdo de su Jesús, que en cierta ocasión, mientras predicaba fray Felipe de Atri, un bellísimo niño se le apareció a la virgen Clara y durante gran parte del sermón la recreó con sus gracias. A la vista de semejante aparición, la hermana que mereció ser testigo de tal visión de su madre se sentía inundada de una suavidad inefable.

Por otra parte, aunque no se había cultivado en las letras, gozaba, sin embargo, al escuchar la predicación de los letrados, consciente de que dentro de la corteza de las palabras se escondía el meollo que ella penetraba con fina sutileza y lo gustaba bien sabrosamente. Sabía extraer del sermón de cualquier orador lo que aprovechase al alma, a sabiendas de que no es menor habilidad recoger de vez en cuando una flor de un áspero espino que comer el fruto de un árbol de calidad.

En cierta ocasión, el señor papa Gregorio había prohibido que ningún fraile se acercase sin su licencia a los monasterios de las damas. Entonces la piadosa madre, doliéndose de que las hermanas iban a tener más escaso el manjar de la doctrina sagrada, dijo entre gemidos: «Quítenos ya para siempre a todos los frailes toda vez que nos retira a los que nos administraban el nutrimento de vida». Y de inmediato devolvió al ministro todos los hermanos, pues no quería tener limosneros que procuraran el pan corporal cuando ya no disponía de los limosneros del pan espiritual. Oyendo esto el papa Gregorio, remitió inmediatamente tal prohibición al criterio y autoridad del ministro general.

De su gran caridad en favor de las hermanas

38. Y no sólo ama esta venerable abadesa las almas de sus hijas, sino que sirve también, y con admirable celo de caridad, a sus cuerpos. Así, muchas veces las recubre con sus propias manos contra el frío de la noche mientras duermen, y las que comprende que no están capacitadas para la observancia del rigor común, quiere que vivan contentas bajo un régimen más benigno. Si a alguna le turbaba la tentación; si, como suele suceder, a alguna le atacaba la tristeza, llamándola aparte, la consolaba entre lágrimas. Alguna vez llegaba a postrarse a los pies de las afectadas por la melancolía para aliviar con maternales cariños la intensidad de la pena.

Y las hijas, agradecidas a sus bondades, le corresponden con una total entrega de sí mismas. Comprenden, de hecho, el afecto con que la madre las ama, respetan en la maestra su oficio de prelada, siguen a la educadora en su recto proceder y admiran en la esposa de Dios la prerrogativa de una santidad perfecta.

De sus enfermedades y continuos dolores

39. Había corrido durante cuarenta años en el estadio de la altísima pobreza, y he aquí que, precedida de múltiples dolores, se acercaba ya al premio de la llamada suprema. Y es que el vigor de su constitución física, castigado en los primeros años por la austeridad de la penitencia, fue vencido en los últimos tiempos por una cruel enfermedad; y así, la que estando sana se había enriquecido con los méritos de sus obras, estando enferma se enriquecía con los méritos de sus sufrimientos. Puesto que la virtud se perfecciona en la enfermedad (2).

Hasta qué punto su maravillosa virtud se acrisoló en la enfermedad se manifiesta principalmente en que durante veintiocho años de continuo dolor no resuena en sus labios una murmuración ni una queja; por el contrario, a todas horas brotan de sus labios santas palabras, a todas horas acciones de gracias.

Y aunque, rendida por el peso de las enfermedades, parecía que era inminente su fin, plugo, sin embargo, al Señor retrasar su tránsito hasta el momento en que pudiese ser exaltada con dignos honores por la Iglesia romana, de la que era hechura e hija singular. Es el caso que, mientras el Sumo Pontífice con los cardenales se demoraba en Lyón, Clara empezó a sentirse más apretada que de costumbre por su enfermedad, y la espada de un dolor sin medida atormentaba las almas de sus hijas.

40. Por aquellos días, una sierva de Cristo, virgen consagrada a Dios en el monasterio de San Pablo de la orden de San Benito, tiene la siguiente visión: se ve a sí misma en San Damián, juntamente con sus hermanas, asistiendo a la enfermedad de madonna Clara, y ve a ésta yacer en un lecho precioso. Y mientras lloran todas aguardando entre lágrimas el tránsito de la bienaventurada Clara, aparece una hermosa mujer a la cabecera del lecho y habla a las que lloran: «No lloréis, ¡oh hijas! -les dice-, a la que aún ha de seguir viviendo; porque no podrá morir hasta que venga el Señor con sus discípulos».

Y he aquí que a poco llegó la Curia romana a Perusa. Enterado el señor Ostiense de que la gravedad iba en aumento, se apresura a visitar desde Perusa a la esposa de Cristo, de la cual había sido por oficio, padre; por la atención, mentor; por afecto purísimo, siempre devoto amigo. Alimenta a la enferma con el sacramento del Cuerpo del Señor, alimenta también a las demás con la exhortación de una saludable plática.

Suplica ella con lágrimas a este padre únicamente que, por el nombre de Cristo, tome bajo su amparo su alma y las de las otras damas. Pero sobre todo le pide que le obtenga del señor Papa y de los cardenales la confirmación del privilegio de la pobreza; lo que aquel fidelísimo amigo de la Orden, cual lo prometió de palabra, lo realizó en los hechos.

Al cabo de un año, el señor Papa se trasladó desde Perusa a Asís con los cardenales, cumpliéndose así la referida visión sobre el tránsito de la santa. Porque hay que tener en cuenta que el Sumo Pontífice, colocado entre Dios y los hombres, representa a la persona misma del Señor; y así, en el templo de la Iglesia militante le rodean familiarmente los señores cardenales, como a Cristo sus discípulos.

Cómo, estando enferma, el señor Inocencio
la visitó, la absolvió y la bendijo

41. Se apresura ya la divina Providencia a cumplir sus propósitos respecto a Clara; se apresura Cristo a sublimar al palacio del reino soberano a la pobre peregrina. Ansía ya ella y suspira con todo su anhelo verse libre de este cuerpo de muerte (cf. Rom 7,24) y contemplar en las etéreas mansiones a Cristo reinante, a quien pobre en la tierra, ella, pobrecilla, ha seguido de todo corazón. Y he aquí que a sus benditos miembros, deshechos ya por viejas dolencias, se les suma una extrema debilidad, que presagia su próxima llamada hacia el Señor y le prepara el camino de la salud eterna.

Se da prisa el señor Inocencio IV, de santa memoria, juntamente con los cardenales, por visitar a la sierva de Cristo, y no duda en honrar con su presencia papal la muerte de aquella cuya vida había comprobado tan superior a la de las demás mujeres de nuestro tiempo. Entrando en el monasterio, se dirige al lecho y acerca su mano a los labios de la enferma para que la bese. La toma ella con suma gratitud y pide besar con exquisita reverencia el pie del Papa. Se acomoda bondadosamente sobre un escaño de madera el cortés Pontífice, y le presenta su pie, que ella llena de besos en la planta y en el empeine, reclinando sobre él reverentemente su rostro.

42. Pide luego con rostro angelical al Sumo Pontífice la remisión de todos sus pecados. Y él exclama: «¡Ojalá no tuviera yo más necesidad de perdón!»; y le imparte, con el beneficio de una total absolución, la gracia de una bendición amplísima. Cuando todos se retiran, como aquel día había recibido también de manos del ministro provincial la sagrada Hostia, levantados los ojos al cielo y juntas las manos hacia Dios, dice con lágrimas a sus hermanas: «Hijitas mías, alabad al Señor, ya que Cristo se ha dignado concederme hoy tales beneficios, que cielo tierra no se bastarían para pagarlos. Hoy -prosiguió- he recibido al Altísimo y he merecido ver a su Vicario».

Cómo responde a su hermana que llora

43. Rodean el lecho de su Madre aquellas hijas que muy pronto quedarán huérfanas, cuyas almas atravesaba una espada de dolor.

No las retrae el sueño, no las aparta el hambre; sino que, olvidadas del lecho y de la mesa, día y noche tan sólo piensan en llorar. Entre ellas, la devota virgen Inés, saturada de amargas lágrimas, le dice insistentemente a su hermana que no se marche abandonándola a ella. Le responde Clara: «Hermana carísima, es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque llegarás ante el Señor en seguida de mí, y Él te concederá un gran consuelo antes de que me aparte de ti».

Del tránsito final y de lo que en él sucedió y se vio

44. Se la ve, finalmente, debatirse en la agonía durante muchos días, en los que va en aumento la fe de las gentes y la devoción de los pueblos. La visitan asiduamente cardenales y prelados honrándola cada día como a verdadera santa. Y es ciertamente admirable que, no pudiendo tomar alimento alguno durante diecisiete días, la vigorizaba el Señor con tanta fortaleza, que podía ella confortar en el servicio de Cristo a cuantos la visitaban. Y como el piadoso varón fray Rainaldo la exhortara a la paciencia en aquel prolongado martirio de tan graves enfermedades, ella, con voz clara y serena, le contestó: «Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil».

45. Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras. Cuando aparece entre ellos fray Junípero, notable saetero del Señor, que solía lanzar ardientes palabras sobre Él, inundada de renovada alegría, pregunta si tiene a punto alguna nueva. Él, abriendo su boca, desde el horno de su ferviente corazón, deja salir las chispas llameantes de sus dichos, y en sus palabras la virgen de Dios recibe gran consuelo.

Vuélvese finalmente a las hijas que lloran para recomendarles la pobreza del Señor y les recuerda con ponderación los beneficios divinos. Bendice a sus devotos y devotas e implora la gracia de una larga bendición sobre todas las damas pobres de sus monasterios, tanto presentes como futuros.

¿Quién podrá relatar el resto sin llorar? Están presentes aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco: Ángel el uno, que, lloroso él, consuela a las que lloran; León el otro, que besa el lecho de la moribunda. Plañen las hijas desamparadas ante la separación de la piadosa madre y acompañan con lágrimas a quien se les va y no han de ver más en la tierra. Duélense muy amargamente de que todo su consuelo se les marcha con ella y de que, abandonadas en este valle de lágrimas, ya no se verán más consoladas por su maestra.

A duras penas, únicamente el pudor retiene sus manos para que no se desgarren sus cuerpos; y el fuego del dolor se hace más ardiente porque no puede evaporarse con el llanto exterior. La observancia conventual ordena silencio, pero la violencia del dolor les arranca gemidos y sollozos; los rostros están ya tumefactos por las lágrimas, mas el ímpetu del corazón lacerado les suministra nuevos ríos de llanto.

46. Entretanto, la virgen santísima, vuelta hacia sí misma, habla quedamente a su alma: «Ve segura -le dice-, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve -añade-, porque aquel que te creó te santificó; y, guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Tú, Señor -prosigue-, seas bendito porque me creaste».

Preguntándole una de las hermanas que a quién hablaba, ella le respondió: «Hablo a mi alma bendita». No estaba ya lejano su glorioso tránsito, pues, dirigiéndose luego a una de sus hijas, le dice: «¿Ves tú, ¡oh hija!, al Rey de la gloria a quien estoy viendo?»

La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas a porfía, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado.

A la mañana siguiente, pues, del día del bienaventurado Lorenzo, sale aquella alma santísima para ser laureada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos. Bendito este éxodo del valle de miseria que para ella fue la entrada en la vida bienaventurada. Ahora, a cambio de sus austerísimos ayunos, se alegra en la mesa de los ciudadanos del cielo; y desde ahora, a cambio de la vileza de las cenizas, es bienaventurada en el reino celeste, condecorada con la estola de la eterna gloria.

Cómo la Curia romana asistió a las exequias de la virgen
con gran concurso del pueblo

47. La noticia del tránsito de la virgen conmovió de inmediato, con impresionante resonancia, a toda la ciudad.

Acuden en tropel los hombres, acuden en masa las mujeres al lugar, y es tal la marea de gente que afluye, que la ciudad parece desierta. Todos la proclaman santa, todos la llaman amada de Dios y no pocos, en medio de las frases laudatorias, rompen a llorar. Acude el podestá con un cortejo de caballeros y una tropa de hombres armados, y aquella tarde y toda la noche hacen guardia vigilante, no sea que perdiesen algo de aquel precioso tesoro que está al alcance de todos.

Al día siguiente se pone en movimiento toda la Curia: el Vicario de Cristo, con los cardenales, llega al lugar, y toda la población se encamina hacia San Damián. Era justo el momento en que iban a comenzar los oficios divinos y los frailes iniciaban el de difuntos; cuando, de pronto, el señor papa dice que debe rezarse el oficio de las vírgenes, y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla antes aún de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura. Observándole el eminentísimo señor Ostiense que en esta materia se ha de proceder con prudente demora, se celebra por fin la misa de difuntos.

A continuación, sentándose el Sumo Pontífice, y con él la comitiva de cardenales y prelados, el obispo Ostiense, tomando como tema el de vanidad de vanidades, elogia en notable sermón a esta gloriosa despreciadora de la vanidad.

48. A continuación, los cardenales presbíteros, con devota deferencia, rodean el santo cadáver y, en torno al cuerpo de la virgen, terminan los oficios de ritual. Al final, considerando que ni es seguro ni conveniente que tan inestimable tesoro quede a trasmano de los ciudadanos, en medio de himnos y cánticos, entre sones de trompeta y júbilo extraordinario, la levantan y la conducen con todo honor a San Jorge.

Este es el mismo lugar donde el cuerpo del santo padre Francisco había sido enterrado primeramente, como si quien le había trazado mientras vivía el camino de la vida, le hubiese preparado como por presagio el lugar de descanso para cuando muriera.

Muy pronto comenzó a acudir al túmulo de la virgen gran concurrencia de pueblo que alababa a Dios y clamaba: «Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de los hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, primiceria de las Damas Pobres, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida».

Al cabo de pocos días, Inés, llamada a las bodas del Cordero, siguió a su hermana Clara a las eternas delicias; allí entrambas hijas de Sión, hermanas por naturaleza, por gracia y por reinado, exultan en Dios con júbilo sin fin (3).

Y por cierto que antes de morir recibió Inés aquella consolación que Clara le había prometido. En efecto, como había pasado del mundo a la cruz precedida por su hermana, asimismo, ahora que Clara comenzaba a brillar con prodigios y milagros, Inés pasó ya madura, en pos de ella, de esta luz languideciente, a resplandecer por siempre ante Dios. Por concesión de nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

PARTE SEGUNDA

De los milagros de santa Clara
después que salió del mundo

49. Estos son los verdaderos prodigios de los santos, éste es el testimonio digno de veneración de sus milagros: la santidad de sus costumbres y la perfección de sus obras. Juan, ciertamente, no realizó ninguna señal; sin embargo, no serán considerados más santos que Juan los que hacen milagros. Por tanto, bastaría para testimonio de la santidad de la virgen Clara el elogio de su vida perfectísima; pero en parte la tibieza, en parte la devoción popular, piden también otras cosas. Por eso Clara, que, mientras vivía, brilló por sus méritos, ahora que está inmersa en el abismo de la claridad perpetua, no menos refulge por todo el ámbito de la tierra con el esplendor de los milagros. La verdad sincera que he jurado me obliga a describir muchas cosas; su abundancia, a pasar por alto muchísimas.

De los liberados del demonio

50. Un niño de Perusa, de nombre Jacobino, más que enfermo parecía poseído de un pésimo demonio. Así, unas veces se arrojaba desesperadamente al fuego, otras se golpeaba contra el suelo; y, por último, mordía las piedras hasta romperse los dientes, hiriéndose miserablemente la cabeza y desgarrándose hasta dejar ensangrentado todo su cuerpo. Con la boca torcida, sacando la lengua fuera, con tal extraña habilidad contorsionaba frecuentemente sus miembros haciéndose una bola, que colocaba la rodilla sobre el cuello. Dos veces al día le acometía esta locura al muchacho; y ni entre dos personas podían impedir que se despojara de sus vestidos. Se busca la ayuda de médicos competentes, pero no se encuentra quien pueda solucionar su situación.

Su padre, llamado Guidoloto, al no haber encontrado entre los hombres remedio alguno para tanto infortunio, recurre al valimiento de santa Clara. «¡Oh virgen santísima! -exclama-; ¡oh Clara!, digna de veneración para todo el mundo, a ti te ofrezco mi desgraciado hijo, de ti imploro con toda instancia su salud». Lleno de fe, acude presuroso al sepulcro de la santa, y, colocando al muchacho sobre la tumba de la virgen, obtiene el favor en el instante mismo en que lo solicita. En efecto, el muchacho queda al momento libre de aquella enfermedad y nunca más es molestado de semejante mal.

Otro milagro

51. Alejandrina de la Fratta, de la diócesis de Perusa, estaba atormentada por un demonio crudelísimo. A tal punto la había reducido a su poder, que la hacía revolotear como una avecilla encima de una alta roca que se erguía sobre la corriente impetuosa del río; y deslizarse luego por la delgadísima rama de un árbol asomado a las aguas del Tíber, y jugar allí como en un circo; para remate y a causa de sus pecados, habiendo quedado paralítica del costado izquierdo y teniendo la mano contrahecha, de nada le sirvieron los remedios tantas veces intentados.

Con arrepentido corazón se llega a la tumba de la gloriosa virgen Clara e, invocada su protección contra aquella triple desgracia, logra saludable resultado con un solo remedio. Pues queda expedita la mano contrahecha, recobra la salud el costado y la posesa queda libre del demonio.

Otra mujer de la misma localidad obtuvo también por entonces, ante el sepulcro de la santa, el beneficio de verse libre del demonio y de múltiples dolencias.

De uno que sanó de locura furiosa

52. A un joven francés que iba en el séquito de la Curia le había atacado una locura furiosa privándole del uso de la palabra y agitándole el cuerpo monstruosamente. Nadie lograba refrenarlo en modo alguno, antes bien, se revolvía del modo más horrible entre las manos de quienes intentaban contenerlo. Lo atan con cuerdas a unas angarillas y sus compatriotas lo conducen, contra su voluntad, a la iglesia de Santa Clara; lo colocan ante el sepulcro de la santa y de inmediato, gracias a la fe de quienes lo acompañan, se ve libre de su mal.

De la curación de un epiléptico

Valentín de Espelo se hallaba tan minado por la epilepsia, que seis veces por día caía en tierra dondequiera que se hallara. Padecía además contracción de una pierna, por lo que no podía andar expeditamente. Montado sobre un asnillo, lo conducen al sepulcro de santa Clara, donde queda tendido durante dos días y tres noches; al tercer día, sin que nadie lo tocase, su pierna hizo un gran ruido e inmediatamente quedó sano de ambas enfermedades.

De un ciego que recobró la vista

Santiaguito, llamado el hijo de la Espoletana, enfermo de ceguera por espacio de doce años, necesitaba un guía para moverse, pues de otro modo caminaba perdido. Ya en cierta ocasión, abandonado por su lazarillo, cayó desde una altura fracturándose un brazo e hiriéndose en la cabeza.

Una noche, mientras dormía cabe el puente de Narni, se le apareció en sueños una señora que le dijo: «Santiaguito, ¿por qué no vienes a Asís a verme y te curarías?» Al levantarse por la mañana cuenta, estremecido, a otros dos ciegos su visión. Estos le responden: «Oímos hablar, hace poco, de una dama que ha muerto en la ciudad de Asís, y se dice que el poder del Señor honra su sepulcro con gracias de curaciones y muchos milagros».

Oído esto, se pone en camino con gran diligencia y, albergándose aquella noche en Espoleto, se repite la misma visión. Se apresura aún más, parece que vuela por el ansia de recobrar la vista.

53. Mas, al llegar a Asís, se encuentra con que son tantos los que se aglomeran alrededor del mausoleo de la virgen, que de ningún modo puede él acercarse hasta la tumba. Lleno de fe y más aún de pena porque no puede pasar, apoya la cabeza sobre una piedra y se duerme allí afuera. Y he aquí que por tercera vez oye la misma voz que le dice: «Santiago, el Señor te concederá el favor si logras entrar».

En despertando, pide entre lágrimas a la muchedumbre, gritando y redoblando sus ruegos, que, por amor de Dios, le permitan pasar. Habiéndole abierto paso, arroja el calzado, se despoja de sus vestidos, cíñese al cuello una correa y, tocando el sepulcro, en esta humilde actitud, se adormece en un leve sueño. «Levántate -le dice la bienaventurada Clara-, levántate, que ya estás curado».

Incorporándose de pronto, disipada toda su ceguera, desaparecida toda oscuridad de sus ojos, contempla, claramente, gracias a Clara, la claridad de la luz; y glorifica al Señor alabándolo e invita a todos a bendecir a Dios por tan maravilloso portento.

De la recuperación de una mano inutilizada

54. Un hombre de Perusa, llamado Bongiovanni di Martino, se había enrolado con sus paisanos contra los de Foligno. Se armó una pelea entre los dos bandos, y una pedrada le fracturó malamente una mano. Deseando vivamente curarse, gastó con los médicos mucho dinero, sin que todos aquellos recursos pudieran evitar que la mano le quedara inútil e incapaz para cualquier trabajo. Molesto de soportar el peso de aquella mano derecha, que ni suya le parecía ya y que de nada le servía, manifestó varias veces el deseo de que se la cortaran.

Pero al oír hablar de los prodigios que el Señor se dignaba realizar por medio de su sierva Clara, hace voto y va presuroso al sepulcro de la virgen: ofrece una mano de cera y se postra sobre la tumba de la santa. Y en seguida, antes ya de salir de la iglesia, su mano recobra la salud.

De los contrahechos

55. Un tal Pedrito, del castillo de Bettona, consumido por una enfermedad de tres años, aparecía como disecado, desgastado por tan prolongado mal. Debido al mismo, se había contrahecho tanto de la cintura, que, siempre encorvado y doblado hacia el suelo, apenas podía andar ayudado de un bastón.

El padre del niño recurre a la experiencia y habilidad de muchos médicos, en particular de los especialistas en fracturas de huesos. Estaba dispuesto a gastar todos sus bienes con tal de recuperar la salud del niño. Mas como todos respondieran que no había curación posible para aquel mal, acudió a la intercesión de la nueva santa, cuyos prodigios oía contar. Lleva al niño a donde descansan los preciosos restos de la virgen y, poco después de presentarse ante el sepulcro, recibió la gracia de la curación completa, ya que inmediatamente se yergue derecho y sano, andando y saltando y alabando a Dios, e invita al pueblo allí congregado a alabar a santa Clara.

56. Había un muchacho de diez años, de la villa de San Quirico, de la diócesis de Asís, tullido desde el vientre de su madre; tenía las piernas delgadas, andaba de través y, caminando zigzagueante, apenas si podía levantarse cuando caía. Su madre lo había ofrecido muchas veces en voto al bienaventurado Francisco, sin lograr la más leve mejoría.

Enterándose a la sazón de que la bienaventurada Clara brillaba con el esplendor de recientes milagros, condujo al muchacho a su sepulcro. Pasados algunos días, resonaron los huesos de sus tibias, y los miembros se le enderezaron recobrando su forma natural; y aquello que san Francisco, implorado con tantos ruegos, no le había otorgado, se lo concedió su discípula Clara, por el divino favor.

57. Un ciudadano de Gubbio, de nombre Santiago de Franco, tenía un niño de cinco años que, por debilidad de los pies, ni había andado nunca ni podía andar; el hombre se lamentaba por aquel hijo, cual si fuera un monstruo de su casa y el oprobio de la familia. El niño solía estar tendido en el suelo, se arrastraba por el polvo, intentando de cuando en cuando ponerse en pie con la ayuda de un bastón, sin lograrlo nunca: la naturaleza, que le infundía el deseo de andar, le negaba la posibilidad.

Sus padres lo encomiendan al valimiento de santa Clara y, para expresarlo con sus propias palabras, quieren que sea el «hombre de santa Clara» si logra mediante ella la curación. Hecho el voto, acto seguido, la virgen de Cristo cura a «su hombre», restituyendo la facultad de andar normalmente al niño que le habían ofrecido. De inmediato sus padres, llegándose presurosos a la tumba de la virgen con el niño, que brincaba y saltaba de júbilo, lo consagran al Señor.

58. Una mujer del castillo de Bevagna, llamada Pleneria, que sufría desde hacía mucho tiempo encogimiento de cintura, no podía andar si no era sosteniéndose con un bastón. Pero a pesar de la ayuda del bastón, no lograda enderezarse, sino que se arrastraba con vacilantes pasos.

Un viernes se hizo llevar hasta el sepulcro de santa Clara; allí, orando con suma devoción, obtuvo de inmediato lo que confiadamente pedía. De modo que al día siguiente, sábado, lograda la completa curación, quien había tenido que ser llevada por los otros regresó a su casa por su propio pie.

De la curación de varios tumores de garganta

Una muchacha de Perusa había soportado con mucho dolor y por largo tiempo unos tumores de garganta que comúnmente se llaman escrófulas. Se le podían contar hasta veinte, de modo que su garganta aparecía bastante más abultada que la cabeza de la muchacha. La madre la llevó muchas veces al sepulcro de la virgen Clara, donde, con grandísima devoción, imploraba de la santa su favor. Y habiéndose quedado la muchacha postrada allí toda una noche ante el sepulcro, rompió a sudar, y las escrófulas comenzaron a ablandarse y a derivar un poco de su lugar. Poco a poco, pasado un tiempo, por los méritos de santa Clara, de tal modo desaparecieron, que no quedó en absoluto ni rastro de las mismas.

59. Un mal semejante tenía en su garganta una de las hermanas, por nombre Andrea, en vida todavía de santa Clara. Extraño es en verdad que, en medio de aquellas piedras incandescentes, se ocultase un alma tan fría y que, entre las vírgenes prudentes, hiciese el tonto tal imprudente. Lo cierto es que una noche apretó Andrea su garganta hasta el ahogo, con el intento de expulsar por la boca aquel cuajarón, queriendo sobreponerse por su cuenta a la divina voluntad.

Mas al momento, Clara, por inspiración, tuvo conocimiento del hecho. «Corre -dice a una de las hermanas-, corre volando al piso de abajo y dale a sorber a la hermana Andrea de Ferrara un huevo pasado por agua, y sube con ella aquí».

Bajando aquélla presurosa, encontró a la dicha Andrea privada del habla, próxima a la asfixia a causa de la opresión de sus manos. La levanta como puede y la lleva consigo a donde la madre; y la sierva de Dios le dice: «Miserable, confiesa al Señor tus pensamientos, que también yo los conozco a fondo. Mira, lo que tú pretendiste curar lo curará el Señor Jesucristo. Pero haz por mejorar tu vida, porque de otra enfermedad que has de padecer no te recuperarás».

Tras estas palabras recibió el espíritu de compunción y mejoró de vida muy notablemente. De allí a poco, ya curada del tumor, falleció de otra enfermedad.

De los salvados de los lobos

60. La salvaje ferocidad de los crueles lobos asolaba la comarca; es más, muchas veces, abalanzándose sobre los hombres, se alimentaban de carne humana.

Sucedióle a una mujer, de nombre Bona, de Monte Galliano, de la diócesis de Asís, que tenía dos hijos; apenas acababa de llorar la pérdida de uno de ellos arrebatado por los lobos cuando he aquí que éstos se precipitaron con la misma ferocidad sobre el segundo. Estaba, en efecto, la madre en su casa entregada a los quehaceres del hogar cuando un lobo clava los dientes en el niño que se entretenía afuera, y, mordiéndolo en el cuello, huye a toda velocidad con su presa a la selva.

Al oír los chillidos del niño, unos hombres que estaban en los viñedos gritan a la madre: «Mira a ver si tienes ahí contigo a tu hijo, porque acabamos de oír hace un momento gritos extraños».

Al darse cuenta la madre de que el hijo le había sido arrebatado por el lobo, levanta al cielo su clamor y, llenando el aire de lamentos, invoca a la virgen Clara, diciendo: «Gloriosa santa Clara, devuélveme a mi desdichado hijo. Devuelve -repite-, devuelve a la infeliz madre su tierno hijo. Si no lo haces así, me suicidaré yo arrojándome al agua».

Entretanto, los vecinos, corriendo tras el lobo, encuentran al niñito abandonado por él en la selva y, junto a él, un perro que le lame las heridas. La fiera salvaje primero lo había atrapado por el cuello; luego, para llevar más fácilmente su presa, lo enganchó por la cintura; en ambas partes había dejado huellas bien marcadas de sus dentelladas salvajes.

La señora, viendo atendido su ruego, acude con las vecinas donde su protectora y, mostrando a quien quiera ver las varias heridas del niño, prorrumpe en agradecimiento a Dios y a la santa.

61. Una muchacha del castillo de Cannara estaba sentada a pleno día en el campo; otra mujer había reclinado su cabeza en su regazo. Cuando, de pronto, un lobo, ávido de carne humana, dirige sus pasos furtivos en busca de una presa. La muchacha lo vio ciertamente; pero, creyendo que era un perro, ni se alarmó. Y mientras seguía registrando la cabellera de la que tenía en el regazo, la temible fiera se lanza sobre ella y, atrapándole el rostro con sus anchas fauces abiertas, corre con la presa hacia la selva.

Se levanta inmediatamente la mujer enloquecida y, acordándose de santa Clara, grita con todas sus fuerzas: «Auxilio, santa Clara, auxilio; a ti te encomiendo ahora esta jovencita». En seguida -cosa increíble- la que era transportada entre los dientes del lobo le increpa a éste, diciéndole: «Oye, ladrón, ¿te atreverás a llevarme aún, después que me han encomendado a tan santa virgen?» Confundido con esta invectiva, depositó al punto muellemente en tierra a la muchacha y, como ladrón sorprendido, huyó corriendo.

De la canonización de la virgen santa Clara

62. Ocupaba la sede de Pedro el clementísimo príncipe, el señor Alejandro IV, hombre amigo de toda santidad, el cual era a la vez tutela de los religiosos y columna firme de las religiones. Al difundirse la noticia de estas maravillas y resonar más anchamente de día en día la fama de las virtudes de la virgen, todo el mundo aguardaba ya con gran deseo la canonización de tan insigne virgen. Por fin, el mencionado Pontífice, movido por el cúmulo de tan señalados milagros a una decisión casi insólita, comenzó a tratar con los cardenales de su canonización.

Comisiona a personas discretas y dignísimas al examen de los milagros, y les encarga también la investigación de su prodigiosa vida. Aparece Clara como ejemplo clarísimo, en vida, de la práctica de todas las virtudes; se manifiesta, después de su tránsito, admirable por sus milagros auténticos y comprobados.

Siendo esto así, habiéndose reunido el día señalado el colegio de cardenales y estando presente la asamblea de arzobispos y obispos, ante una gran concurrencia de clero, religiosos, sabios y grandes de este mundo, el Sumo Pontífice propuso ante todos aquel asunto tan razonable; e inquiriendo de los prelados su juicio, todos dan inmediatamente su voto favorabilísimo y afirman que Clara debe ser glorificada en la tierra como Dios la ha glorificado en los cielos.

Acércase, pues, la fecha de su tránsito al Señor, dos años después del mismo; congregada una multitud de prelados y de todo el clero, y previo un sermón, el feliz Alejandro, a quien el Señor le había reservado esta gracia, ante una afluencia extraordinaria de gente, inscribió reverentemente a Clara en el catálogo de los santos y decretó que en toda la Iglesia se celebrase solemnemente su fiesta, que él con toda la Curia celebró por primera vez solemnísimamente.

Y todo esto tuvo lugar en Anagni, en la iglesia mayor, el año de la Encarnación del Señor de 1255 (4), primero del pontificado del señor Alejandro, para alabanza de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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Notas:

1) Se alude a la oración de las cinco Llagas, a que se refiere sor Inés de Opórtulo en Proceso X 10. Lazzeri (AFH 16, 1923, 246-249) aduce el texto de esta oración según Fr. Mariano de Florencia (siglo XVI) y la tradición florentina. Responde bien al pensamiento de santa Clara la conocida plegaria «En ego, o bone et dulcissime Iesu»; pero tampoco puede asegurarse nada sobre esta fórmula con suficiente garantía crítica.

2) 2 Cor 12,9. Celano aplica el texto en sentido acomodaticio.

3) Santa Inés debió de morir el 27 de agosto de 1253, no el 16 de noviembre.

4) Celano, extrañamente, señala sólo el año de la canonización de santa Clara (1255), pero no el mes ni el día. El acontecimiento debió de tener lugar, según Z. Lazzeri, el 15 de agosto de 1255.

LCl 1-29 Introducción

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