El martes 24 de
julio de 2007, el Santo Padre Benedicto XVI se reunió con los
párrocos y sacerdotes de las diócesis de Belluno-Feltre y Treviso
-unos cuatrocientos-, en la iglesia de Santa Justina mártir, de la
localidad de Auronzo di Cadore, cerca de Lorenzago, donde estaba disfrutando de
unos días de descanso. El encuentro con los sacerdotes comenzó
con el rezo de la hora Sexta. Siguió un diálogo cordial y
fraterno. Diez presbíteros, en representación de todos, le
hicieron sendas preguntas, a las que Su Santidad respondió con amplitud.
Ofrecemos seguidamente una de esas preguntas y la correspondiente respuesta de
Benedicto XVI.
Pregunta de Don
Samuele:
Cada vez aumentan más los casos de
personas divorciadas que se vuelven a casar, conviviendo, y nos piden a los
sacerdotes una ayuda para su vida espiritual. Estas personas con frecuencia
sufren por no poder acceder a los sacramentos. Es necesario afrontar esas
situaciones, compartiendo los sufrimientos que implican. Santo Padre, ¿con
qué actitudes humanas, espirituales y pastorales podemos conjugar la
misericordia y la verdad? Muchas gracias.
Respuesta de S. S.
Benedicto XVI:
Sí, se trata de un problema
doloroso, y ciertamente no existe una receta sencilla para resolverlo. Todos
sufrimos por este problema, pues todos tenemos cerca a personas que se
encuentran en esa situación y sabemos que para ellos es un dolor y un
sufrimiento, porque quieren estar en plena comunión con la Iglesia. El
vínculo de su matrimonio anterior reduce su participación en la
vida de la Iglesia. ¿Qué hacer?
Un primer punto sería, naturalmente,
la prevención, en la medida de lo posible. Por eso, resulta cada vez
más fundamental y necesaria la preparación para el matrimonio. El
Derecho canónico supone que el hombre como tal, incluso el que no tiene
una gran instrucción, quiere formar un matrimonio según la
naturaleza humana, como se indica en los primeros capítulos del
Génesis. Es hombre, tiene una naturaleza humana y, por consiguiente,
sabe lo que es el matrimonio. Quiere hacer lo que dice su naturaleza humana.
Esto es lo que da por supuesto el Derecho canónico. Es algo que se
impone: el hombre es hombre, la naturaleza es así, y le dice eso.
Pero hoy ese axioma, según el cual
el hombre quiere hacer lo que está en su naturaleza: un matrimonio
único y fiel, se transforma en un axioma un poco diverso.
«Volunt contrahere matrimonium sicut ceteri homines»
[Quieren contraer matrimonio como lo hacen todos los demás hombres]. Ya
no sólo habla la naturaleza, sino los «ceteri
homines»: lo que hacen todos. Y lo que hoy hacen todos no es
sólo el matrimonio natural, según el Creador, según la
creación. Lo que hacen los «ceteri homines» es
casarse con la idea de que un día el matrimonio puede fracasar y luego
se puede pasar a un segundo, a un tercero y a un cuarto matrimonio. Este
modelo, «como hacen todos», se convierte en un modelo opuesto a lo
que dice la naturaleza. Así resulta normal casarse, divorciarse y
volverse a casar; y nadie piensa que es algo que va contra la naturaleza
humana, o al menos es difícil encontrar a una persona que piense
así.
Por eso, para ayudar a las personas a
llegar realmente al matrimonio, no sólo en el sentido de la Iglesia,
sino también en el del Creador, debemos reparar la capacidad de escuchar
a la naturaleza. Así volvemos a la primera cuestión, a la primera
pregunta. Es necesario redescubrir en «lo que hacen todos» lo que nos
dice la naturaleza misma, que habla de modo diferente al de esa costumbre
moderna. En efecto, nos invita al matrimonio para toda la vida, con una
fidelidad que dure toda la vida, a pesar de los sufrimientos que implica crecer
juntos en el amor.
Así pues, los cursos de
preparación para el matrimonio deben ayudar a reparar en nosotros la voz
de la naturaleza, del Creador, para redescubrir en lo que hacen todos los
«ceteri homines» lo que nos dice íntimamente nuestro
ser mismo. En esta situación, entre lo que hacen todos y lo que dice
nuestro ser, los cursos de preparación para el matrimonio deben ser un
camino de redescubrimiento, para volver a aprender lo que nos dice nuestro ser;
deben ayudar a llegar a una verdadera decisión con respecto al
matrimonio según el Creador y según el Redentor.
Esos cursos de preparación son muy
importantes para «conocerse a sí mismos», para descubrir la
verdadera voluntad matrimonial. No basta la preparación, pues las
grandes crisis vienen después. Por eso, es muy importante el
acompañamiento durante los primeros diez años de matrimonio. En
la parroquia no sólo hay que promover los cursos de preparación,
sino también la comunión en el camino que viene después:
acompañarse y ayudarse recíprocamente. Los sacerdotes, y
también las familias que ya han hecho esas experiencias, que conocen
esos sufrimientos, esas tentaciones, deben ayudarles en sus momentos de crisis.
Es importante la presencia de una red de familias que se ayuden mutuamente.
También los Movimientos pueden prestar una gran ayuda.
La primera parte de mi respuesta sugiere la
prevención, no sólo en el sentido de preparar, sino
también de acompañar, es decir, la presencia de una red de
familias que ayude a afrontar esta situación moderna, donde todo habla
contra una fidelidad de por vida. Es necesario ayudar a encontrar esta
fidelidad, a aprenderla incluso en medio del sufrimiento.
Sin embargo, en caso de fracaso, es decir,
cuando los esposos no se sienten capaces de cumplir su primera voluntad, queda
siempre la pregunta de si realmente fue una voluntad, en el sentido del
sacramento. Por tanto, se puede abrir un proceso para la declaración de
nulidad. Si fue un verdadero matrimonio, y en consecuencia no pueden volver a
casarse, la presencia permanente de la Iglesia ayuda a estas personas a
soportar otro sufrimiento. En el primer caso tenemos el sufrimiento de superar
esa crisis, de aprender una fidelidad ardua y madura. En el segundo, tenemos el
sufrimiento de encontrarse en un vínculo nuevo, que no es el sacramental
y que por tanto no permite la comunión plena en los sacramentos de la
Iglesia. Aquí se trata de enseñar y aprender a vivir con este
sufrimiento. Volveremos a este punto en la primera pregunta de la otra
diócesis.
Por lo general, en nuestra
generación, en nuestra cultura, debemos redescubrir el valor del
sufrimiento, aprender que el sufrimiento puede ser algo muy positivo, pues nos
ayuda a madurar, a ser lo que debemos ser, a estar más cerca del
Señor, que sufrió por nosotros y sufre con nosotros. Así
pues, también en esta segunda situación es de suma importancia la
presencia del sacerdote, de las familias, de los Movimientos, la
comunión personal y comunitaria, la ayuda del amor al prójimo, un
amor muy específico. Sólo este amor profundo de la Iglesia, que
se realiza con un acompañamiento múltiple, puede ayudar a estas
personas a sentirse amadas por Cristo, miembros de la Iglesia, incluso en una
situación difícil, y a vivir la fe.
[L'Osservatore Romano, edición
semanal en lengua española, del 3-VIII-07]