DIRECTORIO FRANCISCANO
ESTUDIOS SOBRE LOS ESCRITOS
DE SAN FRANCISCO Y
DE SANTA CLARA DE ASÍS

DE CÁNTICO DE LAS CRIATURAS
por Éloi Leclerc, ofm

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[El P. Leclerc es autor de un profundo estudio sobre el "Cántico del Hermano Sol" o "Cántico de las Criaturas" de san Francisco de Asís: El Cántico de las Criaturas, que, traducido del francés al español, fue publicado en Oñate (Guipúzcoa), por la Editorial Franciscana Aránzazu, el año 1977. Del mismo reproducimos a continuación la "Introducción" (pp. 11-18), la "Conclusión" (pp. 243-255) y el "Postfacio" (pp. 257-267) en el que el P. Leclerc, que estuvo prisionero en un campo de concentración nazi, ilumina la experiencia de su negra noche del alma a la luz de aquella otra de Francisco en la que brotó el "Cántico"]

INTRODUCCIÓN

Este ensayo no pretende más que volver a leer el Cántico de las Criaturas de Francisco de Asís. Este Cántico puede entenderse en su sentido directo y material. Entonces aparece como una loa dirigida al Altísimo por (y a través de) los diversos elementos de la creación: el sol, la luna y las estrellas, el viento y el agua, el fuego y la tierra. Tal es la manera corriente de comprenderlo. Esta lectura se para en el sentido claro y primero, es decir, en las cosas que menciona expresamente el Cántico, o bien en la dimensión cósmica y religiosa del poema. A este nivel, la inspiración que anima la obra de Francisco de Asís parece la misma que la de los salmos y cánticos de la Biblia que celebran a Dios en la creación. En cuanto a la imagen del universo que implica este Cántico, se ha observado que es un reflejo del sistema cosmológico de la época: sistema caracterizado por el geocentrismo y la teoría de los cuatro elementos fundamentales de los antiguos.

Esta lectura del Cántico del Sol es desde luego válida. Pero ¿es exhaustiva? Al parecer, cabe leer este poema a otro nivel más profundo, prestando atención no ya sencillamente a las cosas que celebra, sino a la manera original, singular, como las imagina, valoriza y ordena. Entonces constataremos que los elementos cósmicos aparecen delicadamente diferenciados y se presentan en parejas fraternas, en un orden que no es reflejo de un escalonamiento objetivo ni de sistema cosmológico alguno. Y algo más chocante: algunos elementos reciben unos calificativos que carecen evidentemente de significado objetivo. Esto delata una valorización de los elementos, cuyo sentido no ha de buscarse solamente en las cosas mismas, ni en el contexto cultural de la época, sino en el sujeto. Las realidades cósmicas nos abren a unas profundidades que hablan de valores íntimos inconscientes.

Consecuentemente, el Cántico del Sol viene a expresar una fraternidad, no sólo con los elementos materiales, sino también con lo que estos elementos debidamente valorizados simbolizan, es decir, con los valores inconscientes de que están impregnados y a los que prestan una especie de lenguaje. ¿Cuáles son los valores íntimos así materializados? ¿Qué experiencia profunda es la que el Cántico del Sol expresa de modo simbólico e inconsciente? ¿Qué significan, en una palabra, cada una de las imágenes materiales empleadas y su ordenada secuencia? Todo esto nos induce a releer el poema, esforzándonos por descubrir y descifrar en su sentido primero y cósmico otro sentido, un sentido íntimo.

Una atención mayor al texto y el examen de las circunstancias de su composición nos llevan a esta lectura interior. Se ha llegado a decir que este poema acompaña como un estribillo a Francisco de Asís en toda su vida y que sus estrofas son los restos de la corriente ordinaria de sus ideas y sentimientos. Pero no es menos cierto que, en su forma acabada, brota al término de un largo itinerario espiritual. Casi veinte años se deslizaron desde la conversión de Francisco a la vida evangélica. Veinte años en los que se empeñó día tras día en seguir las huellas del Señor, meditando sin cesar «el advenimiento de dulcedumbre» y la pasión del Hijo altísimo de Dios. Y he aquí que acaba de recibir en su carne, sobre el monte Alverna, los estigmas que le asemejan plenamente a Cristo crucificado. Perdiendo sangre por todas sus heridas, agotado por los ayunos y la enfermedad, ciego y casi agonizante, Francisco no es sino «una sola cosa paciente y redentora con Cristo», según las palabras de Claudel. Sufría en todo su cuerpo y, más quizás, en su alma. Los valores evangélicos de pura simplicidad, de pobreza y de paz, que le parecían esenciales a la Revelación del Amor, estaban marginados en una cristiandad fascinada por el poder y dominada por la idea de cruzada. Hasta algunos de los suyos los contestaban a veces. En la vida de Francisco se cernía el ocaso. Y Francisco no conocía todavía del todo la paz del atardecer.

Entonces se produjo el suceso. Viniendo del Alverna, exhausto de fuerzas, Francisco se detuvo en el monasterio de San Damián, donde vivían Clara y sus hermanas. Allí había oído por primera vez las palabras de Cristo que le invitaron a restaurar su casa que amenazaba ruina. Clara le instaló en una casa contigua al convento. Pero los sufrimientos no daban tregua a Francisco. «Dos años antes de su muerte, estando ya muy enfermo y padeciendo, sobre todo, de los ojos, habitaba en San Damián, en una celdilla hecha de esteras... Yacía en este mismo lugar el bienaventurado Francisco y llevaba más de cincuenta días sin poder soportar de día la luz del sol, ni de noche el resplandor del fuego. Permanecía constantemente a oscuras tanto en la casa como en aquella celdilla. Tenía, además, grandes dolores en los ojos día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir...». Pero una noche, reflexionando sobre todas las tribulaciones que le agobiaban, tuvo piedad de sí mismo y dijo interiormente: «Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia» (LP 83).

Celano da a entender que se trabó entonces una batalla en el alma de Francisco y que oraba para resistir a la tentación del abatimiento: «Orans...sic positus in agone», «Hasta que al fin, mientras oraba así puesto en trance de lucha, obtuvo del Señor...» (2 Cel 213). En el transcurso de esta agonía, oyó de repente una voz: «"Dime, hermano: si por estas enfermedades y tribulaciones alguien te diera un tesoro tan grande que, en su comparación, consideraras como nada el que toda la tierra se convirtiera en oro; todas las piedras, en piedras preciosas, y toda el agua, en bálsamo; y estas cosas las tuvieras en tan poco como si en realidad fueran sólo pura tierra y piedras y agua materiales, ¿no te alegrarías por tan gran tesoro?" Respondió el bienaventurado Francisco: "En verdad, Señor, ése sería un gran tesoro, inefable, muy precioso, muy amable y deseable". "Pues bien, hermano -dijo la voz-, regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino"» (LP 83).

Un gozo sobrenatural se apoderó inmediatamente del alma de Francisco: el gozo de la certidumbre del Reino. Sabía que la ruta emprendida -la del sufrimiento con Cristo- era la ruta «que conduce a la Tierra de los vivientes» (2 R 6,5). En este instante, se levantó sobre el alma de Francisco una aurora espléndida. A la mañana llamó a sus compañeros y, no pudiendo contenerse de gozo, se puso a cantar el Cántico de las Criaturas que acababa de componer.

Parece, pues, imposible comprender este Cántico sin relacionarlo directamente con la experiencia profunda de Francisco, con su áspero sufrimiento, con su paciencia heroica, con su combate cotidiano por los valores evangélicos, con su gozo sobrenatural, con su existencia íntima, en una palabra, con Cristo. Este Cántico brota de las profundidades de una existencia. Es su culmen y, sin duda, su más alta expresión. Pero hay algo a primera vista sorprendente: este hombre de ojos enfermos que no soportan la luz y no disfrutan de la vista de las criaturas, este hombre cuya mirada no tiene más horizonte que el esplendor del Reino, canta la materia para expresar su gozo: la materia ardiente y radiante, el sol, el fuego; la materia nutricia, el aire, el agua, la tierra, «nuestra madre la Tierra». Y canta en términos que evocan extrañamente las antiguas celebraciones paganas, en las que el hombre daba gracias por el dominio del Sol y por la maternidad y la fecundidad de la Tierra. Es el viejo lenguaje de lo sagrado, el de las hierofanías cósmicas, que se repite y se pronuncia con la espontaneidad, el candor y el calor de una lengua materna. ¡Y ni una sola referencia en todo el Cántico, ni una alusión al misterio sobrenatural de Cristo y de su Reino! Sólo se mencionan y celebran, a la gloria del Altísimo, las realidades materiales.

Habría ciertamente motivo de sorpresa si estas realidades cósmicas, por el modo en que se celebran, por la riqueza afectiva y onírica de que están inconscientemente impregnadas, no constituyesen una especie de lenguaje: el lenguaje de una experiencia íntima de lo sagrado. «Manifestar lo 'sagrado' sobre el 'cosmos' y manifestarlo en la 'psyqué' -dice P. Ricoeur- es la misma cosa... Cosmos y Psyqué son los dos polos de la misma 'expresividad'; yo me expreso expresando el mundo; yo exploro mi propia sacralidad descifrando la del mundo» [1]. Este juicio da, según creemos, la clave de una lectura interior del Cántico del Sol de Francisco de Asís.

Nosotros hemos probado esta clave. Hemos interrogado a cada elemento cósmico que celebra el poema, y hemos escudriñado el orden y la estructura en que los celebra, poniendo a su servicio las múltiples aportaciones de la hermenéutica contemporánea. Y a medida que avanzaba nuestra investigación, veíamos el Cántico del Sol alumbrándose desde dentro. Ya no se trataba solamente de un discurso poético-religioso sobre las cosas. Las cosas mismas aparecían como el vestido de un discurso más profundo. La alabanza cósmica se revelaba como el lenguaje simbólico, inconsciente, de una andadura interior, de una exploración del alma en sus honduras; más precisamente, se presentaba como una «poética» de la reconciliación del hombre con su «arqueología», y de su apertura a una existencia plenaria en la luz del Ser. Como los primeros discípulos de Francisco que se preguntaban sobre el significado del carro solar que les había visitado de noche, en la ausencia de su maestro, comprendimos que era el alma de Francisco la que resplandecía con tal esplendor en el Cántico del Sol.[2]

Leyendo este Cántico como un lenguaje simbólico de una experiencia que se despliega en la noche del alma, no pretendemos en modo alguno darle una interpretación alegórica. Al contrario, nos alejamos de semejante interpretación. Si la celebración franciscana de las criaturas puede efectivamente considerarse como significativa de valores íntimos, se debe a que, en Francisco, la comunión con las cosas es real y profunda, hasta el punto de empeñar el alma con todas sus potencias. No se trata de diluir la dimensión propiamente cósmica y realista de este texto: sería ir en contra de cuanto sabemos por otras fuentes sobre la actitud de Francisco hacia las criaturas. El amor de Francisco a las criaturas es real, profundo y religioso. Éstas, cada una a su manera y por su mismo ser, son para él una manifestación del poder, de la belleza o de la bondad del Altísimo: manifestación que a veces le arroba. Indiscutiblemente, Francisco tiene una experiencia cósmica de lo sagrado, una comunión con Dios por las cosas, en el hontanar de las cosas. Y su Cántico del Sol expresa sin duda alguna esta dimensión de su experiencia religiosa.

Esta dimensión cósmica, por real que sea, es inseparable, en Francisco, de otra dimensión de su vida espiritual: la de su unión con Dios por los caminos humildes de la encarnación del Hijo altísimo de Dios. Toda la originalidad de la experiencia religiosa de Francisco deriva precisamente de la síntesis que supo realizar entre estas dos dimensiones: la de la mística evangélica más íntima y personal y la de la mística cósmica más entusiasta. Francisco incorpora de una manera magnífica a su vida de unión con la persona de Cristo la gran emoción religiosa cósmica de las religiones panteístas. Une el Sol y la Cruz. Esto hace decir al filósofo alemán Max Scheler en su obra sobre la naturaleza y las formas de la simpatía: «Quedó reservado a uno de los mayores modeladores de almas y espíritus de la historia de la humanidad europea osar la notable tentativa de realizar la síntesis entre la mística amorosa acósmica [...] inaugurada por el cristianismo y fundida con el amor de Jesús, por una parte, y la fusión cosmo-vital, por otra, con el ser y la vida de la naturaleza. Esta síntesis fue la obra de Francisco de Asís».[3] De ella ha dimanado una de las experiencias espirituales más profundas y fascinantes que el hombre ha vivido sobre la tierra.

Loa cósmica y canto de honduras íntimas, ¿no es el Cántico del Sol, leído en la plenitud de sentido, el lenguaje de esta experiencia espiritual? En esta celebración fraternal de las cosas al honor del Altísimo, lo que en definitiva se nos significa ¿no es un acercamiento al Altísimo, que pasa a un tiempo por la humilde y ferviente comunión con todas las criaturas, y por la apertura del alma a sus propias honduras? Más precisamente, ¿no es un acercamiento al Altísimo, en que el alma, comulgando fraternalmente y con «gran humildad» con las criaturas, se reconcilia con su totalidad y con la totalidad de lo que es?

CONCLUSIÓN:
LA POÉTICA DE LA SALVACIÓN

«Sea cual fuere la relación del alma humana en sus sueños más audaces y sutiles con el sistema económico y social, ella va más allá del medio humano al inmenso medio cósmico. Y el contacto del universo hace vibrar sus fuerzas misteriosas y profundas, fuerzas de la vida eterna en movimiento que precedió a las sociedades humanas y las sobrepasará».[4]

¿Se preocupa quien muere al alba de que no salga el sol para él? Pues Francisco de Asís, ciego y moribundo, canta todavía el sol y todas las criaturas. Este hecho paradójico nos ha inducido a releer el Cántico del Hermano Sol y a interrogarnos sobre su verdadero sentido. ¿Con qué fraterniza, en definitiva, Francisco en este canto? ¿Qué encubren las expresiones «hermano Sol», «hermana Luna y las Estrellas», «hermano Viento», «hermana Agua», etc.? Es claro que, cuando Francisco canta a la «hermana Agua, muy útil y humilde y preciosa y casta», evoca algo más denso, más vasto y original que el H2O de los químicos.

Lo mismo se diga de los demás elementos que celebra este canto: desbordan todo concepto claro. Por otra parte, este Cántico, que brotó de noche y en el mayor sufrimiento, no puede reducirse a la expresión de una simple emoción estética ante el espectáculo de la naturaleza. Cierto, no cabe negar la dimensión poética y cósmica de la obra. Pero el discurso poético sobre las cosas hace eco en este caso a un discurso más profundo. Cada elemento celebrado evoca una realidad muy próxima y lejana a la vez, transparente e inagotable, exterior e íntima: una realidad que refleja al mismo tiempo la mirada clara del niño y las honduras insondables del alma.

En verdad, este poema nos ha parecido el lenguaje simbólico -sin duda inconsciente- de una experiencia que se desenvuelve en la noche del alma y en la que el hombre está comprometido por completo. El Cántico del Hermano Sol, lejos de ser simplemente acompañamiento u ornato de una existencia, celebra un devenir íntimo cuyo sentido es la reconciliación total del hombre con el mundo, consigo mismo y con Dios. Y no basta decir que es la expresión de una reconciliación, porque forma parte de la experiencia espiritual misma, donde desempeña un rol determinante. El canto es aquí existencia.

Francisco creía en el poder reconciliador de su Cántico, no sólo sobre él, sino también sobre los demás. Halló en este canto, dice el autor del Speculum, tanta dulcedumbre y confortamiento que quiso enviar a fray Pacífico, con algunos otros hermanos, a que recorrieran el mundo cantándolo. «Nosotros -decía Francisco- somos juglares del Señor... que deben levantar y mover los corazones de los hombres hacia la alegría espiritual» (EP 100). Y cuando estalló el conflicto entre el obispo de Asís y el podestá de la ciudad, Francisco, viendo que nadie mediaba para restablecer la paz, dijo a sus hermanos: «Id y cantad ante el obispo, el podestá y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes» (LP 101). La idea podía parecer ingenua. La experiencia probó que Francisco veía bien. Su Cántico tenía realmente un poder de reconciliación (cf. LP 101).

En el transcurso de la historia, el Cántico del Sol ha alumbrado y transfigurado no pocas rutas humanas. Ha iniciado a los seres en una nueva presencia al mundo y a sí mismos. Haciéndoles fraternizar con las cosas de la naturaleza «con gran humildad» y admiración, les ha permitido aceptarse a sí mismos, en su «arqueología»; les ha reconciliado con la parte oscura de su alma y les ha dado acceso a una existencia plenaria, gracias a una abertura de todo el ser a la luz del Altísimo. Dante tenía razón al decir:

En la pendiente del Subasio, donde la cuesta
se torna más suave, nació al mundo un sol
[...................]
Quien quiera, pues, hablar de este lugar
no diga Asís, que sería poco decir,
diga Oriente, si quiere hablar con propiedad.[5]

¿Ofrece hoy el mismo interés el Cántico del Sol? ¿Puede tener la misma resonancia en el alma del hombre contemporáneo y desempeñar el mismo rol de reconciliación y de transfiguración? Nuestro tiempo tiene buenas razones para sentirse orgulloso de sus conquistas científicas y técnicas. Desde los elementos ínfimos del átomo hasta las inmensidades del espacio, el hombre va tendiendo la red cada vez más vasta de sus conocimientos y de su poder. Pisando por primera vez el suelo de otro planeta, no sólo ha abierto un campo nuevo a sus exploraciones; ha adquirido también un nuevo conocimiento de sí. Ahora tiene la prueba de no hallarse irremediablemente confinado a la tierra y de ser ciudadano del espacio. Y el hombre mira siempre más alto, como fascinado por la imagen del «altísimo» con el que llega a medirse e identificarse secretamente.

¿Qué pesa todavía el Cántico de las Criaturas en la conciencia desmesuradamente agrandada del hombre contemporáneo? Es grande la tentación de considerarlo como la expresión de una visión del mundo demasiado simple, demasiado estrecha y, para decirlo todo de una vez, infantil y anticuada. Y no sin razón, según parece. En la era de la energía atómica, ¿para qué detenerse a contemplar los cuatro elementos «fundamentales» de los antiguos: la tierra, el agua, el fuego, el aire, como si fueran las raíces del Ser? Y ahora que la luna está a las puertas y muy pronto dejará de tener secretos para nosotros, ¿cómo seguiremos viendo en ella un algo «precioso» que nos ponga en relación con lo Sagrado? En cuanto al sol, bien sabemos que es una estrella, y no la mayor, ni mucho menos, en una multitud innumerable de muchas otras.

Si el Cántico del Sol no hubiera sido más que la celebración poética de un sistema arcaico del mundo, sería muy difícil seguir prestándole nuestra atención. A lo sumo podríamos admirar su candor. Pero no serviría a nuestra existencia. En realidad, como hemos tratado de mostrarlo en esta obra, lo que este Cántico expresa es menos una cosmología que una experiencia íntima y espiritual. La visión cosmológica es el vestido de un discurso profundo.

Este Cántico afecta y se impone a nuestra atención por su dimensión propiamente antropológica. Los verdaderos problemas humanos siguen intactos hoy como ayer, y esto a pesar de todas nuestras hazañas científicas y técnicas. Son los problemas que plantea la relación del hombre con sus semejantes, consigo mismo y con el misterio de la existencia. Y no puede menos de reconocerse que es más fácil al hombre poner el pie en el suelo de otro planeta que acoger al «Otro» y abrirse a la totalidad del Ser. Pues bien, a este nivel es donde el Cántico del Hermano Sol tiene todavía algo que decirnos: algo esencial.

Este Cántico que proclama la hermandad de todos los elementos cósmicos, es la expresión poética de una reconciliación del hombre con la totalidad de su ser y con el Ser mismo en su plenitud: reconciliación por la que el hombre se abre al misterio supraluminoso del mundo, donde se encuentra y se celebra el Ser todo entero como luz.

Y este Cántico nos entrega el secreto de dicha reconciliación, que no es posible sino a condición de que «el hombre esté disponible a la llamada del cielo más alto, pero permaneciendo al mismo tiempo bajo la protección de la tierra que le lleva y produce» (Heidegger). «Bajo la protección de la tierra», es decir, en una comunión fraternal con las cosas más humildes, a las que estamos vitalmente ligados y «que viven al alcance de la mano y de la mirada»: el agua, el fuego, el aire, la luz, el árbol, la casa...

Para comprender bien el alcance de semejante mensaje, no debemos perder de vista el verdadero sentido de la comunión franciscana con la naturaleza. Esta comunión nada tiene que ver con la visión romántica de las cosas, pues la naturaleza no se busca aquí como el reflejo del yo o como una decoración; su misión no es remitir la conciencia a sí misma y hacerle contemplar el desfile de sus estados. Su misión consiste en abrirle un camino más allá de la conciencia misma: a la plenitud del Ser.

La comunión franciscana con la naturaleza, efectivamente, es, en primer lugar, la expresión de un profundo despojo de sí. Frente al Altísimo, del que «ningún hombre es digno de hacer mención», Francisco se coloca deliberadamente al lado de las criaturas; toma lugar entre ellas y fraterniza con las más humildes. Lejos de encerrarse en la conciencia de la dignidad espiritual, comulga verdaderamente con sus orígenes oscuros: con «nuestra hermana la madre Tierra». Y no se trata de una visión puramente intelectual o de una actitud meramente sentimental. Siguiendo a Cristo humilde y pobre, Francisco se entrega efectivamente a las cosas, a su rudo contacto... Ciudadano de costumbres refinadas, acepta vivir pobremente entre las cosas de la naturaleza, muy cerca de ellas, sin protección ni defensa, y sin la menor voluntad de dominio y posesión. Aprende a conocerlas sometiéndoseles. La experiencia franciscana de la naturaleza tiene un aspecto rudo y austero, que con frecuencia se olvida. Por la obediencia a las cosas, Francisco quiere despojarse de toda voluntad propia (SalVir 14-18). Así entra en la hermandad de las criaturas y se convierte en el hombre del sol, del viento, del agua...: un hombre cuya existencia toma el color de las cosas materiales más humildes hasta en sus aspiraciones más altas.

En segundo lugar, la comunión franciscana con la naturaleza se halla toda ella impulsada e impregnada por el gran soplo de la alabanza. Francisco no se contenta con vivir cerca de las cosas. Quiere decirlas, celebrarlas en un canto que es una loa del Altísimo. Este canto es la expresión de una experiencia arrobadora del mundo. He aquí un punto muy importante. Las cosas no tienen eco en nosotros sino en la medida en que nos dejamos captar por su admiración. El hombre no puede liberarse de su propia voluntad por una simple decisión del querer. Entregado al solo querer, se crisparía irremediablemente sobre sí mismo como cota de su destino; no sabría consentir de verdad a que otra cosa disponga de su ser. Sólo la admiración opera este milagro por una especie de quiebra. Sacando al hombre fuera de sí, la admiración le desase de su yo y le abre a una comunión profunda con el mundo. P. Ricoeur escribe muy atinadamente: «El encantamiento de la poesía me libera de mí mismo y me purifica».[6]

La humildad franciscana, que acerca tan íntimamente al hombre espiritual a las cosas de la naturaleza y, por ende, a sus propios orígenes oscuros, sería imposible sin el soplo de la poesía y de la alabanza que la sustenta. «La disciplina de la realidad no es nada sin la gracia de la imaginación».[7] Esta gracia entra a pleno rendimiento en el Cántico de las Criaturas. Nuestros análisis han mostrado la profundidad y la delicadeza con que celebra e imagina Francisco de Asís las cosas. Las mira por encima de toda codicia, de todo deseo de posesión y de dominio. La imaginación misma parece borrarse ante ellas, cuando, en realidad, las abre a su mayor dimensión, situándolas en el «Horizonte Abierto», donde aparecen «preciosas» en su misma simplicidad. No requieren sobrecargas, ni retoques ornamentales. Ahí están a ojos vistas, en su color cotidiano, como una epifanía del Ser, las más humildes y las más altas, el agua en la tierra y las estrellas en el cielo. En cada una de ellas irradia:

... lo que no está en parte alguna y nada lo limita:
lo puro, lo incontrolado, que se respira,
que se sabe infinito y no se ambiciona...[8]

Esto lanza el alma de Francisco a la admiración arrobada y la sume en la gran fraternidad de las criaturas.

La comunión franciscana con la naturaleza se presenta como un camino de reconocimiento en el doble sentido de la palabra: exploración y acción de gracias a la vez. El universo que celebra Francisco oculta un tesoro: el tesoro que su alabanza se empeña en sacarlo a luz. Todas estas cosas «preciosas» las habita una presencia viva: una presencia misteriosa e íntima a la vez. Fraternizando admirado con el sol, la luna y las estrellas, el viento, el agua, el fuego y la tierra, Francisco explora paradójicamente sus profundidades íntimas. Bajo la cobertura de las grandes imágenes cósmicas con las que descubre su afinidad estrechísima, engarza con sus experiencias afectivas primeras. Lo que entonces se despierta en él y le hace tan jovial, tan nuevo ante las cosas de la naturaleza, es su ser más profundo. En su mirada maravillada brilla de nuevo la luz del primer despertar, la del ser que nace al mundo en medio de impresiones singulares. Inconsciente, pero realmente, Francisco vuelve a encontrar el mundo encantado de la infancia.

¿No contradice este retorno del alma a sí misma a lo que decíamos antes? En la experiencia de la admiración, decíamos, el hombre se desase de su yo. ¿Qué significa entonces este volver a sumergirse en el pasado propio más arcaico? Hemos de ver con claridad que, lejos de inducir a plegarse sobre sí mismo, esta inmersión es el camino por el que el alma se libera y se abre a la luz del Ser. El descenso humilde a las profundidades oscuras, mediante el encantamiento de la poesía, desemboca en una transfiguración de las fuerzas primeras del alma. La gracia de la admiración arrobada y de la alabanza es una gracia de renovación. Despierta la infancia en el hombre, pero no para reeditar el pasado. Cierto, el hombre encuentra el pasado, pero decantado de cuanto no es lo esencial, purificado de todo lo que era simplemente relativo a un deseo o a un estado de alma. Las cosas hablan aquí el lenguaje de lo esencial y de lo eterno. La estética y la ontología se juntan. En el esplendor de lo simple brilla la luz del ser, que es el alba de lo sagrado. La cosa más humilde deviene anunciación. Se verifica la experiencia descrita felizmente por Guardini en Las edades de la vida: «La existencia adquiere entonces el carácter que toma en una naturaleza muerta de Cézanne. Una mesa. En la mesa un plato. En el plato unas manzanas. Nada más. Todo está ahí, a la luz de la evidencia. Nada que preguntar. Nada, por tanto, que responder. Y, no obstante, doquier un misterio. Las cosas son más de lo que nos entrega su presencia inmediata. Se acaba por pensar que, en adelante, el misterio es esta claridad».[9]

Hay poetas que captan las cosas a brazo partido, que las coloran con todos los fuegos de sus pasiones y las retuercen al antojo de sus deseos. Para éstos, las cosas no existen realmente; no son más que el reflejo de su yo. Hay otros, en cambio -y son los mayores-, que ven las cosas existir en su gratuidad, despojadas de todas nuestras proyecciones. Las cosas vibran a sus ojos con una luz singular e intensa. La cosa más humilde, la más cotidiana, como la silla de cocina pintada por Van Gogh, les restituye el milagro de la existencia y su encantamiento.

Si las cosas disponen de nuestro ser a esta profundidad, no es ciertamente para replegarlo sobre sí mismo, sino para renovarlo de arriba abajo con el misterio de la claridad que de ellas dimana. Son el camino para pasar a la plenitud y universalidad del ser. Gracias a ellas, el hombre encuentra la casa de su infancia, pero esta casa tiene ahora las dimensiones del universo. El hombre traba conocimiento con el gozo supremo e inocente de existir. Puede comportarse como un niño en presencia del último secreto de las cosas, con la misma confianza. ¿Qué tiene de extraño que su canto irradie el esplendor de «una mañana maravillosa de luz, una mañana para ser eternamente niño»? En verdad, el Cántico de las Criaturas sobre las que irradia un gran sol fraternal es también el canto de la infancia: de una infancia eterna.

La inmersión humilde del hombre en su arcaísmo, bajo el signo de imágenes cósmicas amorosamente celebradas, resulta ser el camino de una auténtica ascensión espiritual en la alabanza. Francisco nada tiene que temer de las fuerzas salvajes del alma. Las ha familiarizado. Las ha vuelto fraternas. Son ellas las que cantan en su Cántico a través de las imágenes del «hermano Sol», del «hermano Viento», de la «hermana Agua», del «hermano Fuego», etc. Todas estas imágenes fraternas evocan, cada una a su manera, una unidad que no se busca atrás, en un retorno a un paraíso perdido, sino en el corazón mismo del hombre, en un encuentro y reconciliación de la carne con el espíritu, de eros con ágape, de la naturaleza con la libertad, de la criatura con el Creador. Y no basta decir esto. Estas imágenes hacen ya participar en esta unidad. Tienen poder sobre las profundidades del alma. Participan del poder de la realidad que simbolizan. Y, por una especie de encantamiento, inspiran lo que significan. Suben del corazón y estallan en alabanzas. Cuando alcanza tal intensidad, el canto abre a la existencia total. Lleva al alma con todas sus fuerzas vivas a su más alto destino: al Altísimo.

Este Cántico que une el impulso al Altísimo y la comunión fraterna con todas las criaturas, constituye una captación unitiva de lo real, donde se cifra, sin duda, un punto esencial del mensaje franciscano. No podría construirse la vida espiritual por encima de la naturaleza, haciendo abstracción de ésta; no podría edificarse por encima de la parte oscura de nuestro ser, despreciando nuestras raíces cósmicas y psíquicas. La vida espiritual no puede menos de ser un crecimiento total en apertura a todo lo que es. El hombre que quiera renacer del Espíritu debe aceptar la hermandad con el agua. Y no solamente con el agua, sino con el fuego, con el viento, con la tierra... Tiene que fraternizar con todas las criaturas en canto y admiración. Incluso con la noche y sus oscuras claridades.

Debe saber penetrar en la roca, en la gruta secreta y sombría donde verá al Infante divino que despierta entre el asno y el buey. El Cántico de las Criaturas celebra este nacimiento divino en las profundidades del hombre.

No nos extrañemos, pues, de que esta loa cósmica acabe transformándose en una celebración del perdón y de la paz. El hermano del sol, del viento, del agua y de todas las criaturas ha llegado a ser un hombre maravillosamente humano: «Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, / y soportan enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las soporten en paz». ¡La paz y el perdón! He aquí los signos ciertos del nuevo nacimiento. Todo desprecio, toda agresividad han desaparecido. Toda turbación también. Es sabido que, para Francisco, la turbación del alma y la irritación son signos de una secreta posesión de sí; indican que el hombre está removido en sus profundidades por algo que no es el Espíritu del Señor (Adm 4. 13 y 14). El que verdaderamente participa del Espíritu del Señor no se turba, no se irrita por nada, ni siquiera por la falta de otro (Adm 11. 13 y 27; 2 R 7,3; 1 R 5,7). No que su vida se halle al abrigo de las tensiones humanas, no; pero en medio de ellas conserva la paz. Una inmensa voluntad de paz y de perdón le habita y le guía. Esta voluntad no proviene de una actividad periférica del alma; no se logra a imperativos, por simple decisión del querer. Brota de las profundidades y hace al hombre a la imagen de Dios: paciente con todas las criaturas, misericordioso, solar.

Lo más notable es que la pacificación del hombre en las relaciones con sus semejantes y consigo mismo resulta inseparable de una comunión humildísima y fraternalísima con las mismas cosas materiales: aquélla pasa por ésta. Es una idea cara a Francisco de Asís que el hombre no tiene acceso a una auténtica sabiduría espiritual sino por los caminos de la sencillez que le llevan a encontrarse con sus hermanas las criaturas inferiores: «¡Salve, reina Sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la santa y pura Simplicidad!» (SalVir 1). Y aquí no podemos menos de preguntarnos: ¿es posible en nuestro mundo moderno semejante comunión con la naturaleza? La relación del hombre con las cosas materiales y los seres inferiores se define hoy en términos, no de simpatía y comunión, sino de poder y conquista. Toda nuestra civilización técnica e industrial se basa en el poder del hombre sobre la naturaleza. Es la expresión de una razón dominadora del mundo que la ciencia ha llevado al cenit y que no deja lugar al canto y a la celebración de las cosas. El objeto de su canto y de su celebración es el poder del hombre y de la razón.

Pero aquí está precisamente la causa de que el hombre se encuentre aprisionado en un sistema de relaciones sociales que no expresan ninguna profundidad humana. Es un hecho a reconocer: donde triunfa la explotación técnica e industrial de la naturaleza, no se comprende la naturaleza humana sino en una perspectiva funcional, en una perspectiva de rendimiento. La ferocidad «racional» con que el hombre moderno trata la naturaleza, se vuelve contra él en las relaciones con sus semejantes. Le impide toda comunión profunda con los otros, como le impide asimismo todo acceso a sus propias profundidades. No le deja lugar más que para una existencia planificada: el reino del hombre «unidimensional».

¿Cuál será en estas condiciones el camino del hombre a una existencia pacificada? Porque tampoco puede renunciar a su poder sobre la naturaleza. La necesita demasiado para luchar contra la penuria y la enfermedad, para aliviar la pena de los hombres. Pero hay, quizás, una manera de usar la naturaleza, que, en lugar de destruirla o desnaturalizarla, visaría a ponerla al servicio del hombre entero, liberándola de todo lo que tiene de ciega. Marcuse observa con razón que «cultivar el suelo y destruirlo, extraer los recursos naturales y explotarlos con despilfarro, hacer talas en los bosques y erradicar las forestas, son hechos cualitativamente diferentes».[10] Y lo son no solamente para la naturaleza que los sufre, sino para el hombre mismo que los realiza.

El hombre moderno debe comprender que, en su acción sobre la naturaleza, tiene que habérselas inconscientemente consigo mismo, con su parte más secreta, pero más determinante. Según como trate el hombre las cosas de la naturaleza, se abre o se cierra a sus propias profundidades. No puede tener una reconciliación total y verdadera consigo y con sus semejantes, sin una hermandad con la naturaleza misma.

No se trata, repitámoslo, de una mera actitud sentimental, sino de una experiencia difícil que compromete al hombre entero desde sus profundidades inconscientes hasta su relación con la Transcendencia. Hermanar con todas las criaturas, como lo hizo Francisco de Asís, es, en definitiva, optar por una visión del mundo en que la reconciliación vence al desgarro; es abrirse por encima de todas las separaciones y todas las soledades a un universo de comunión, donde «el misterio de la tierra se une al de las estrellas» en un soplo de inmenso perdón y de reconciliación. Semejante experiencia espiritual es, en rigor, inefable en su sustancia. No puede expresarse sino en símbolos: en una celebración del mundo donde el alma, unida fraternalmente con todas las cosas, asume el color fulgurante del sol.

POSTFACIO:
EL LENGUAJE DE LA NOCHE DEL ALMA

Abril de 1945: los ejércitos aliados penetran en el corazón de Alemania. Por la línea de ferrocarril que une Passau con Munich, un largo mercancías rueda lentamente. En los vagones se amontonan deportados a millares. Están encerrados desde hace veintiún días. Han muerto unos centenares. Centenares agonizan, hambrientos, delirantes. Salido de Buchenwald, el tren da una larga vuelta por Checoslovaquia y los montes de Bohemia y se dirige a Dachau, cerca de Munich. Y he aquí que en uno de estos vagones resuena un canto: el Cántico de las Criaturas de Francisco de Asís. ¡Increíble! Pero cierto. «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano Sol... Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre Tierra...».

¿Qué significaba este canto en semejantes circunstancias? Los que lo cantaron eran fantasmas entre muertos. ¿Qué pasaba en aquel vagón?

Al cabo de este estudio del Cántico del Sol, permítasenos arrancar unas páginas de nuestro diario e insertarlas aquí. No podríamos ofrecer una ilustración mejor de la tesis que acabamos de desarrollar: el Cántico del Sol de Francisco de Asís no es solamente la expresión de una emoción estética, o estético-religiosa ante el espectáculo de la naturaleza; es el lenguaje de una experiencia que tiene lugar en la noche del alma.

Pero a la hora de abrir este diario nos invade un escrúpulo. ¿Quién puede pretender haberse acercado a la experiencia del Poverello? En la historia ha habido un solo Francisco de Asís. Él solo cantó de verdad el sol y la muerte con el mismo corazón fraternal. No, no pretendemos en modo alguno haberle imitado, ni de cerca, ni de lejos. Pero ¡ya es mucho que se nos diera el haber cantado el sol en la muerte!

* * *

... 7 de abril, tarde. Cae la noche, el tren rueda. ¿En qué dirección? No lo sabemos. Una cosa es cierta: estamos embarcados; noventa o cien hombres por vagón, acurrucados, apiñados, un camarada entre las piernas, como esqueletos empotrados unos en otros. Comienza la horrible pesadilla. (No podíamos entonces sospechar que la cosa iba a durar, no tres, cuatro o cinco días, sino exactamente veintiún días y veintiuna noches).

Imposible estirar las piernas. ¡Y estábamos tan agotados! ¡Tan desesperados! Aquella mañana esperábamos en el campo de Buchenwald una pronta liberación. La habíamos esperado todo el invierno entre hambre, frío y trabajo duro, en la misma muerte. Muchos habían muerto. En fin, habíamos pasado por todo. Pero la liberación había asomado: sólo a unos kilómetros de nosotros había aparecido tan real y poderosa como el sol primaveral victorioso sobre el largo invierno. De lo alto de la colina de Buchenwald divisábamos el fuego de los cañonazos americanos. Todo era cuestión de días, quizás de horas. El cañón retumbaba y la esperanza hacía trepidar nuestros corazones.

Pero los S.S. decidieron la evacuación de una parte del campo. Muchas columnas de detenidos habían tomado ya la ruta, bajo una fuerte escolta, los días anteriores. Hoy nos tocaba a nosotros. Con la muerte en el alma bajamos a pie los pocos kilómetros que separan las alturas de Buchenwald de la estación de Weimar. Volvimos la espalda a la esperanza. Formamos una larga columna de unos cuatro a cinco mil condenados. No éramos ya seres vivos. Algunos camaradas caían exhaustos. Los S.S. los remataban con un tiro en la cabeza. La ruta se veía en algunos lugares salpicada de sangre y sesos.

En la estación de Weimar nos embarcaron.

Rodábamos a lo ignoto. Dos S.S. vigilaban cada vagón. Unos vagones son cubiertos; otros, como el nuestro, negros todavía de carbón, tienen por techo el cielo. Algunos camaradas han logrado traer una cobertura: felizmente, pues las noches son todavía frías en Alemania en esta estación del año, apenas terminado el invierno. Y no habíamos comido nada. Un silencio de muerte reina sobre nosotros. Acunados por la marcha del tren nos abandonamos a una tristeza sin fondo.

Al día siguiente a la mañana, 8 de abril: parada en una pequeña estación. El tren se estaciona durante todo el día y durante toda la noche. Nos está prohibido levantarnos, ni siquiera para estirar las piernas. Estamos condenados a permanecer acurrucados día tras día. Por todo avituallamiento, unas patatas y algo de pan. Nada caliente, desde luego. Y hace una niebla muy fría.

En el centenar de hombres apilados en nuestro vagón los hay de todos los países de Europa. Los hay también de todas las categorías sociales. La mayor parte frisan los veinte y treinta años. Todos parecen avejentados. Algunos saben por qué han sido arrestados y deportados: formaban parte de una red de resistencia. Otros están allí simplemente porque han sido apresados en una redada en París, en Varsovia o en algún otro lugar. Hablamos lo menos posible de estas cosas. Cuando la miseria es extrema, ¿qué queda por conocer de un hombre sino su sufrimiento con el que uno se identifica? Y aquí el sufrimiento es de todos y sin límites. Todas las diferencias se desvanecen ante esta comunidad de destino. Perdidos en esta masa estamos cinco hijos de san Francisco.

El lunes 9 de abril, el tren emprende la marcha, muy avanzada la mañana. Mientras rodamos, la vigilancia de los S.S. se afloja. Aprovechamos la circunstancia para levantarnos un momento y osar una mirada sobre el país que atravesamos. A la tarde, el tren se para en los arrabales de Leipzig. Los S.S. mandan sacar de los vagones a los primeros muertos del viaje, que son enterrados sumariamente al borde de la vía férrea. Por la noche rodamos lentamente hacia el Este, lo mismo que durante toda la mañana del martes. Durante un tiempo bordeamos el Elba. No quedan sino unos cincuenta kilómetros para Dresden. Pero he aquí que el tren cambia de dirección y se dirige al sur.

Es probable que la intención de los S.S. fuera conducirnos al campo de concentración de Flossenburg, situado en la frontera checoslovaca, en el Oberpfälzer Wald; pero por razones que ignoramos debieron renunciar a este destino.

La cosa es que la mañana del miércoles, 10 de abril, nos encontramos en Pilsen, Checoslovaquia. Inmediatamente se forman grupos de checos en las inmediaciones de la vía. Su emoción a la vista de nuestros vestidos raídos y de nuestras figuras cadavéricas es grande. Comienzan a lanzarnos pan. Los S.S. responden con unos tiros de metralleta. El tren avanza lentamente, pasa bajo un puente de la ciudad. Gente que acude lanza víveres desde el puente a nuestros vagones. Nos atropellamos para coger los pedazos de pan. Más que nunca se nos prohíbe levantarnos. Pero el hambre es fuerte. El tren se detiene en una pequeña estación en plena campaña, no lejos de Pilsen, donde nos ponen en vía muerta. Recibimos algo de avituallamiento a la tarde: una bola de pan para diez hombres. Y la jornada se acaba sacando a los muertos, cuyo número se eleva cada día. Los cadáveres no se entierran a lo largo de la vía, se amontonan en grandes vagones abiertos enganchados al fin del convoy. Por cierto, no son ya más que unos esqueletos. Se les empuña por brazos y pies, y se les lanza al vagón como sacos.

Al día siguiente, jueves, 11 de abril, el tren no sale en todo el día de esta pequeña estación. A la tarde se saca a los muertos. No hay otra novedad. Tampoco el día siguiente, en que seguimos esperando sin víveres hasta la tarde. A la tarde se sacan los muertos. La vida se ha simplificado trágicamente para nosotros. Nos queda una sola ocupación: ver morir aguardando que nos toque la vez. Se calcula una media de dos muertos diarios por vagón, o sea un centenar cada día en todo el convoy.

Las jornadas de inmovilidad nos parecen interminables. Pero las noches nos reservan otro suplicio. Al lado de los moribundos en estertores, algunos, acostados, se disputan un poco de lugar; otros se vuelven locos y se dan de cabezadas contra las paredes del tren para acabar con la pesadilla. Y encima, un S.S. reparte a todo el mundo culatazos para restablecer la calma. Pero esto es nada. Lo que hace mal, un mal atroz, es sorprenderse a sí mismo en trance de atisbar la muerte de un vecino pensando que mañana habrá un poco más de espacio para estirarse.

En la noche del viernes al sábado, tentativas de evasión en algunos vagones: este gesto de desesperación nos costará caro. A la mañana, un oficial S.S. sube a nuestro vagón y dispara a quemarropa sobre el montón de prisioneros. Alcanza a dos compañeros: agonizarán largo tiempo.

Fue el lunes 16 de abril cuando el tren emprendió de nuevo la marcha. Tenemos la impresión de que los S.S. no saben qué hacer con nosotros y sólo les queda exterminarnos a todos. Y hace un tiempo espléndido. Todo invita a la vida. Sobre nuestras cabezas, un gran cielo azul. Las alondras cantan, ebrias de espacio y de libertad. Los hombres y las mujeres trabajan en los campos a la siembra. Y en el fondo despuntan unas pequeñas iglesias. Nuestro tren se inmoviliza al atardecer en una meseta. Y de nuevo, la espera, cara a cara con la muerte. Vivimos absolutamente ajenos a lo que ocurre en el mundo. ¿Dónde están los Aliados? ¿Qué pasa en Francia en este momento? Estas grandes cuestiones no parecen siquiera afectarnos. Para muchos de nosotros es demasiado tarde.

En la noche del martes al miércoles, el tren toma la salida. Rueda en dirección sudoeste. Esta vez nos adentramos por los montes de Bohemia. El paisaje es grandioso. Desde el fondo de nuestro vagón contemplamos la foresta que escala altas pendientes. El follaje ligero y reciente de los abedules se destaca del verde sombrío de los pinos gigantes. Aquí y allí refulge el oro de las retamas en flor. Es el estallido de la primavera. La naturaleza, ignara de lo que ocurre entre los hombres, continúa reverdeciendo y refloreciendo. Un sol radiante hace subir de la tierra húmeda y tibia el buen olor de la primavera en eclosión. En algunos lugares, las pendientes se acercan y forman un desfiladero rocoso y escarpado. Nuestro tren, con sus cinco mil condenados, penetra lentamente en estas gargantas salvajes. Se nos ocurre que nos llevan allí para alguna celebración bárbara. Y de súbito nos invade el espanto. Por encima de las paredes del vagón, sobre nuestras cabezas, se yergue la figura del oficial S.S., «el matón». Le llamábamos así porque había matado ya a varios de nosotros. Nos mira como el ave de presa la nidada que va a degollar. Su metralleta nos apunta. Y el monstruo dispara. Dos compañeros agonizan. A uno de ellos, una bala le ha herido en el vientre. Arroja sangre por la boca. Estamos en sangre. Una inmensa ansiedad nos encoge cuerpo y alma. No caben dudas, estamos condenados al exterminio. Con este pensamiento sentimos agitarse locamente el alma en nuestro almario, como pajarillo herido de muerte, que se debate en su sangre y no quiere morir.

* * *

Hemos rodado todo el día. Esta tarde, el tren se ha parado en una pequeña estación, a la salida de Böhmerwald. El puente del ferrocarril sobre el Danubio, en Passau, acaba de ser cortado. Estamos condenados a permanecer en vía muerta varios días, exactamente seis días. Jornadas largas y terribles. Para colmo de desdichas, la lluvia sucede al buen tiempo. Cae fría y persistente durante tres días y tres noches. Estamos transidos de frío. Nada caliente, por supuesto, para el estómago. Al volver de llevar a los muertos, algunos logran recoger maderas y ladrillos. Sobre los ladrillos encendemos en el vagón un fuego, ¡bueno!, un aprendiz de fuego. Y nos apresuramos a secarnos y calentarnos a su derredor. La llama es demasiado débil; no es fácil calentar esqueletos. La mayor parte de los días los pasamos sin alimento alguno. Tenemos que contentarnos con algunas hojitas de tagarnina arrancadas a toda prisa del borde de la vía al volver del transporte de los muertos.

¡Los muertos! Cada vez son más numerosos. Unos mueren de disentería; otros de agotamiento. A otros les ataca la erisipela, que es lo más horroroso que puede verse. Una noche, un día, y no hay quien los reconozca; el rostro tumefacto y en ascua aparece completamente desfigurado. Delirando de fiebre, estos desgraciados gritan de noche; piden de beber, pero en vano. Y a la mañana yacen sus cuerpos atesados presa de la muerte. A veces, los cadáveres siguen todo el día en el vagón, bañados en los charcos de agua que aquí y allí se han formado en el vagón.

Esta inundación de sufrimientos nos sumerge en una agonía extrema. Ya no se trata de la angustia del vivo en lucha con la muerte. En medio de tamaña miseria nace en nosotros un sentimiento extraño que nos corroe todas las certezas íntimas, incluso aquellas sobre las que se apoyaba hasta ahora nuestra existencia. Tenemos la impresión cada vez más fuerte de estar abandonados a un destino ciego y salvaje. Somos millares de hombres abandonados al hambre, al frío, a la tiña y a la muerte. Es el aplastamiento total del hombre. El hombre, el ser que creíamos hecho a la imagen de Dios, nos parece un ser irrisorio, sin valor, sin apoyo, sin esperanza: un ser a merced de un remolino de fuerzas que se burlan de él, o, mejor, le ignoran. Tomamos conciencia de ser eso, nada más que eso. Y un gran vacío se abre ante nosotros: la sinrazón del hombre y la inexistencia de Dios. Entre los cadáveres que yacen en los charcos de agua del vagón, está fulano, compañero, mengano, amigo. Todo lo que tenemos a la vista y todo lo que nos toca aguantar nos está gritando que estamos sometidos a una ley de bronce, entregados al reino de fuerzas ciegas, y que así es la realidad, la única realidad.

* * *

Una realidad de la que el Padre está ausente. Basta haberlo experimentado una vez en la vida para no tener ganas de hablar a la ligera de la muerte de Dios. Es una experiencia atroz. Donde el Padre está ausente, el Hijo entra en agonía. La agonía del Hijo es siempre el silencio del Padre, la ausencia del Padre. Y ¿dónde hallar en este infierno la menor traza del Padre? Y comprendimos estas palabras: «Mi alma está triste hasta la muerte».

Es negra la noche de nuestra alma. Y, sin embargo, cuando en la mañana del 26 de abril uno de nosotros [uno de los cinco religiosos franciscanos] se halla en las últimas y la luz de su mirada casi nos ha dejado, lo que sube del corazón a los labios no es un grito de desesperación, ni de rebelión, sino un canto, un canto de alabanza: el Cántico del Sol de Francisco de Asís. Y a la verdad, no tenemos que esforzarnos para cantarlo. Este canto brota espontáneamente de nuestra noche y de nuestro despojo como único lenguaje a la medida de las circunstancias.

¿Qué es, pues, lo que nos empuja a loar a Dios por la gran fraternidad cósmica? Las teorías no tienen curso en nuestro desconcierto. Inútil tratar de abrigarse en ellas. Lo que nos queda y tiene un valor inconmensurable a nuestros ojos es el gesto de paciencia o de amistad que nos testimonia tal o cual camarada. Este gesto de uno sumergido como nosotros en el sufrimiento y en la angustia, es un rayo de luz que cae milagrosamente en el fondo tenebroso de nuestra miseria. Vuelve a darnos un rostro, nos recrea. De repente volvemos a saber que somos hombres. Y este gesto de ayuda y de amistad de que somos objeto, podemos hacerlo también nosotros con otro, oponiendo así al reino brutal de la fuerza una libertad y un amor que testimonian otra realidad. Prestando su mano dura al que es homicida desde el principio (cf. Jn 8,44), el hombre ha conseguido hacer un mundo sin Dios. Pero no del todo. En este mundo sombrío, la caridad divina arroja todavía su fulgor. El hombre fraternal es siempre un testimonio del Padre. Quien le ve, ve al Padre.

Y además, por sorprendente que parezca, hay una experiencia maravillosa del mundo, y de lo sagrado en el mundo, que no puede vivirse sino en un despojo supremo del alma y del cuerpo. En la necesidad y en la miseria se llega a apreciar en su justo valor un bocado de pan, un trago de agua, un rayo de sol y, de tarde en tarde, como algo que viene del otro mundo, el saludo simpático de un pasante. Esas gotas de lluvia, que se estremecen en los hilos de alambre telefónicos después de la tempestad, a la luz del atardecer, hacen barruntar a unos ojos despojados una inocencia infinita. ¡Y ese cielo grande, lavado, tan puro, tan luminoso, encima de nuestras cabezas! Todas estas humildes cosas que nos quedan por contemplar desde el fondo de nuestro vagón, no son una casualidad que se ofrece a nuestros ojos y pasa ante ellos. Hablan suavemente al alma. ¿De dónde vienen esa pureza y esa inocencia que nos sobrecogen de repente a través de ellas? ¿De dónde, esa limpidez y ese fulgor del mundo, únicamente perceptibles en la mayor pobreza? ¡La inocencia de las cosas! Se reirán o se sonreirán de esto. Pero se trata de una experiencia insuperable. «Hay que ver en sí el caos para concebir una estrella danzante», decía Nietzsche. En cuanto al caos, es algo que no se nos escatima. Todo está devastado en nuestro derredor y en nosotros. La Historia ha pasado sobre nuestras vidas como un ciclón. Pero he aquí que sobre este cúmulo de ruinas brilla «la gran estrella nocturna de la pobreza».

* * *

Lo que nos guiña, sin duda, a través de la limpidez inalterable de las cosas es lo que hay de más primitivo en el ser, lo que, en el desencadenamiento de la Historia, permanece intacto: lo invencible, lo eterno. El hombre de la metralleta puede sembrar la muerte y tener espantados a millares de hombres; puede destruir muchas cosas. Pero nada puede contra esta fuente oculta de pureza y de inocencia. La mano del hombre no alcanza esta profundidad.

Esta pureza e inocencia no vienen de nosotros. Pero afloran en nosotros, en lo más hondo del alma, donde resucitan la infancia. Lejos de ser nuestra mirada la que las crea, son ellas las que recrean en nosotros la mirada del niño; la recrean en una especie de agonía, cuando somos bastante pobres para acogerlas. ¡Qué caos hay que llevar dentro para ver nacer el mundo a la luz! A la sombra de la Crucifixión, al término del viaje, es donde el cristiano encuentra siempre la mirada del niño. Esta mirada despojada no se fija en un paraíso perdido. Expresa una inmensa voluntad de paz y de misericordia en el corazón mismo de la devastación y de la muerte. Y a pesar del poder aparente de la muerte, él es el más fuerte. Es capaz de tener en jaque la más monstruosa empresa de barbarie. En la Historia en furia, esta visión expresa ya la palabra final. No se contenta con decirla. La canta.

Era esta visión la que, cierta mañana de abril, en cierto lugar de Alemania, nos hacía cantar, en torno a nuestro hermano moribundo, al sol y a las estrellas, al viento y al agua, al fuego y a la tierra y «también a cuantos perdonan por tu amor...». «Cuando él murió ligero y sin nombre», no hubo en el cielo alondras que revolotearan. Pero una paz sobrenatural se apoderó de nuestros corazones. A la noche sacamos su cuerpo vigilados por los S.S. a quienes parecía que nos movíamos demasiado despacio. Fue el último muerto de nuestro vagón.

¿Cómo podríamos olvidar una experiencia semejante al volver a leer hoy el Cántico de las Criaturas de Francisco de Asís?

N O T A S

[1] P. Ricoeur, Finitude et Culpabilité II, La Symbolique du mal, París, 1960, pp. 19-20.

[2] 1Cel 47: «... una noche el beatísimo padre Francisco se ausentó corporalmente de su presencia. Y he aquí que a eso de la media noche, estando unos hermanos descansando y otros orando fervorosamente en silencio, entró por la puertecilla de la casa un carro de fuego deslumbrador que dio dos o tres vueltas por la habitación; sobre él había un gran globo, que, semejándose al sol, hizo resplandeciente la noche. Quedaron atónitos cuantos estaban en vela y se sobresaltaron los que dormían; sintiéronse iluminados no menos en el corazón que en el cuerpo. Reunidos todos, se preguntaban qué podría significar aquello... Comprendieron finalmente y descubrieron que era el alma del santo Padre, radiante con aquel inmenso fulgor, la cual, en gracia, sobre todo, a su pureza y a su gran piedad con sus hijos, había merecido del Señor don tan singular» (1 Cel 47).

[3] M. Scheler, Nature et forme de la Sympathie, trad. M. Lefebvre, París, 1950, p. 136.

[4] J. Jaures, Histoire socialiste. Introduction.

[5] Dante, La Divina Comedia, El Paraíso, XI, 49-54: «Di questa costa, là dov'ella frange / più sua rattezza, nacque al mondo un sole [...] Però chi d'esso loco fa parole / non dica Ascesi, chè direbbe corto, / ma Oriente, se proprio dir vole».

[6] P. Ricoeur, Philosophie de la volonté: Le volontaire et l'involontaire. París, Aubier, 1950, p. 448.

[7] P. Ricoeur, De l'interprétation. Essai sur Freud. París, Ed. du Seuil, 1965, p. 529.

[8] R. M. Rilke, Les elégies de Duino. París, Aubier, 1943, p. 85.

[9] R. Guardini, Les âges de la vie, París, Le Cerf, 1957, p. 81.

[10] H. Marcuse, L'homme unidimensionnel. París, Ed. de Minuit, 1968, p. 264.

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