DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

PEDRO DE GANTE (1490-1572)
por Francisco Morales, o.f.m.

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El franciscano flamenco fray Pedro de Mura o de Gante está entre los grandes misioneros que evangelizaron el continente americano. Fue un hermano lego que sobresalió como apóstol de los mexicanos desde 1523, defensor de ese pueblo conquistado y gran enamorado de la cultura indígena.

El 27 de abril de 1522, tres frailes franciscanos de origen flamenco, fray Juan de Tecto, fray Juan de Aora y fray Pedro de Mura, salían del convento de San Francisco de la ciudad de Gante, en Bélgica, rumbo a España. De hecho, el destino final de su viaje no era la península Ibérica sino unas tierras, en parte desconocidas, en parte novedosas, de las que mucha gente empezaba a hablar en Europa, debido a unas cartas que un conquistador español, don Hernán Cortés, enviaba al Emperador Carlos V, natural de la ciudad de donde partían estos frailes, y lejanamente emparentado con uno de ellos, fray Pedro de Mura, mejor conocido como fray Pedro de Gante. El 21 de abril de 1519, día de Viernes Santo, Cortés desembarcó en México, en el lugar que hoy se llama Veracruz, acompañado de fray Bartolomé de Olmedo, religioso mercedario.

Fue fray Pedro uno de los misioneros más notables de México durante el siglo XVI, época de oro de las misiones franciscanas en América. Nacido hacia 1490 en una ciudad que él mismo llama Iguen, en Bélgica, entró a la Orden franciscana para el estado de hermano lego, profesión que nunca quiso dejar ni siquiera cuando, años más tarde, el Emperador lo quiso nombrar arzobispo de México. Estimado por su saber y virtud, lo escogió fray Juan Glapión, también flamenco, catedrático de la Universidad de París y confesor de Carlos V, para la primera misión que se organizó hacia la Nueva España. Junto con los dos franciscanos antes mencionados, tras una estancia aproximada de un año en España, partió para México el 31 de mayo de 1523, desembarcando en las costas de Veracruz el 13 de agosto del mismo año.

Entre gente de «bonísima complexión y natural»

Impresionante debió ser para este religioso su primer contacto con la nueva tierra. Escribe a sus hermanos de religión, en la primera carta que les envía, seis años después de su llegada: esta tierra parece un paraíso y «aventaja a todas las demás del mundo, porque no es fría ni caliente en demasía». Descripción que entiende bien quien ha vivido en países de Europa, como Bélgica, con temperaturas extremas, días de escaso sol y en gran parte brumosos. Pero, desde luego, no es la tierra lo que más llamó la atención de fray Pedro de Gante, sino su gente, a la que iba a dedicar con cariño y comprensión el resto de su vida: «Los nacidos en esta tierra -añade en su carta- son de bonísima complexión y natural, aptos para todo y más para recibir nuestra fe».

Esto escribía el 27 de junio de 1529, cuando empezaba a ver los primeros frutos de sus desvelos en las multitudes que venían a pedirle el bautismo, a veces tan numerosas que él mismo había perdido la cuenta. Pero al principio no fue así.

Pedro de Gante llegó a México con sus compañeros en los meses en los que se trataba de levantar de las ruinas de la destrucción a un nuevo pueblo. Escribía acerca de estos años un misionero llegado poco tiempo después de fray Pedro: «Quedó destruida la tierra de las revueltas y plagas ya dichas que quedaron muchas casas (destruidas) del todo y ninguna hubo en donde no cupiese parte del dolor y llanto».

Fray Pedro y sus compañeros no pudieron quedarse por este motivo en la ciudad de México-Tenochtitlan. A sugerencia de Hernán Cortés, se dirigieron a la ciudad de Texcoco en donde se hospedaron en los palacios de Hernando Ixtlixochitl, gobernador de la ciudad, cristiano y fiel aliado de Cortés. Allí, al año siguiente, los doce franciscanos que también se dirigían a la ciudad de México, los encontraron estudiando lo que fray Juan de Tecto llamaba «la teología que de todo punto ignoró san Agustín», significando -comenta un misionero contemporáneo- «el idioma de los indios». Tarea que se hacía no sólo difícil, sino casi humanamente imposible, pues en esos primeros años se enfrentaban a una lengua prácticamente sin escrituras y sin caracteres.

Maestro y formador de misioneros

En estas circunstancias es donde aparece el rico espíritu misionero de Pedro de Gante. En medio de un mundo totalmente ajeno a su cultura, sin medios para comprenderlo, privado de sus compañeros flamencos fray Juan de Tecto y fray Juan de Aora, muertos hacia 1525 en la desventurada expedición a Honduras, e inclusive tentado de regresar a su patria como lo deja entrever en su primera carta, se sobrepone a esta situación adversa y con una dedicación ejemplar se entrega al estudio y conocimiento del medio indígena.

Entremezclando ideas educativas de Europa con las de la cultura prehispánica, y aprovechando el ingenio e inteligencia de los indígenas así como sus elementos artísticos más sobresalientes (pintura, música, danza, drama), fray Pedro de Gante fijó, quizá sin pretenderlo, un sistema misional-educativo que se extenderá por toda América.

Con interés especial en la educación de los niños, ya desde su llegada en 1523, junto con sus compañeros pidió a Cortés que le enviase a Texcoco a los hijos de la nobleza indígena para educarlos cristianamente. Poco después de la llegada de los «doce franciscanos» en 1524, y una vez establecido el convento de San Francisco de México, Pedro de Gante se trasladó a esta ciudad en donde, ya con más experiencia, organizó una escuela con doble objeto: instruir en la fe cristiana a los niños más sobresalientes de la sociedad indígena, y formar con ellos un grupo misionero que tomara la delantera en la evangelización, ya que algunos misioneros se sentían aún carecer de la facilidad en el manejo del idioma para predicar en esos primeros años a una lista, que parecía interminable, de pueblos.

Pedro de Gante lo explica de esta forma: «He escogido unos cincuenta (niños) de los más avisados, y cada semana les enseño a uno por uno lo que toca decir o predicar la domínica siguiente; lo cual no me es corto trabajo, atento día y noche a este negocio para componerles y concordarles sus sermones». Encontramos así a Pedro de Gante dedicado a la enseñanza y predicación día y noche: «En el día enseño a leer, escribir y cantar; en la noche, doctrina cristiana y sermones».

Defensor del pueblo conquistado

Poco después, Pedro de Gante añadiría un objetivo más a su escuela: la enseñanza de artes manuales. Su intención en este caso era abrir las puertas a la sociedad indígena no sólo a las artesanías, que aún vemos en muchos pueblos, sino a la libertad de trabajo y noble sustentamiento, luchando por desterrar la ignominia de la servidumbre. Con palabras claras lo dice al Emperador: «Aviso, como siervo de Vuestra Magestad, que si no provee en que (los indios) tributen como en España (los españoles) de lo que tienen y no más, y que sus personas no sean esclavos y sirvan, la tierra se perderá...». Pide, por lo mismo, que los indios sean «personas libres y que... no sirvan, pues los españoles nunca sirvieron». Enérgico reclamo exigiendo el mismo tratamiento para españoles e indios.

Se ha insistido poco en esta voz de protesta de fray Pedro de Gante, una de las más vigorosas de su época. Su cercanía al Emperador y la conciencia de ser uno de los misioneros que mejor conocía la situación del indio, por convivir con ellos, lo lleva a exponer y defender con valentía los derechos del pueblo conquistado, pues, en su expresión, «no fueron descubiertos sino para buscalles su salvación... Vasallos de Vuestra Magestad son, la sangre de Cristo costaron, sus haciendas las han tomado, razón será que (Vuestra Magestad) se duela dellos; y pues están desposeídos de sus tierras, que en pago les ganen ánimas».

Verdadero grito cristiano en favor del desposeído. Lo pudo haber más impetuoso, pero quizá no más sincero, pues éste provenía del fraile que renuncia a las dignidades para seguir trabajando por un pueblo al que se entrega en tal forma que incluso llega a olvidar su lengua nativa: «Grande estorbo (para escribir a su patria) fue... haber olvidado del todo mi lengua nativa». Así les pide a sus hermanos religiosos de Flandes «que por amor de Dios (se tomen) el trabajo de traducir esta carta (27 de septiembre, 1529) en lengua flamenca o alemana y la envíen a mis parientes, que a lo menos sepan de mí algo cierto y favorable, como que vivo estoy y bueno».

Un enamorado de su nuevo pueblo

De la escuela de México de fray Pedro de Gante salieron, además de misioneros, los primeros artesanos: pintores, canteros, carpinteros. Con ellos se edifican los primeros templos, a veces capillas sencillas con techos de enramada; otras, iglesias solemnes, como la de San José de los naturales, de la ciudad de México, a cuya sombra la entonces iglesia de San Francisco parecía humilde y pequeña, nos dice un misionero contemporáneo. Fruto de la escuela fueron también un buen número de pinturas, imágenes y retablos que adornaron los primeros templos del lugar, sin contar las artesanías de los herreros, sastres, zapateros y otros oficiales que aprendieron su profesión allí.

Pedro de Gante dejó otros testimonios del amor a su nuevo pueblo: catecismos hermosamente pintados en escritura ideográfica como lo hacían los indios en sus códices prehispánicos, doctrinas amplísimas en lengua náhuatl, escritas en caracteres latinos.

Los indios, por su parte, correspondieron crecidamente al amor de su maestro. Ningún documento más elocuente que aquel canto en náhuatl que todavía en vida de fray Pedro entonaban los indios: «Libro de colores es tu corazón, padre Pedro; los que son tus cantos, que a Jesucristo entonamos, tú los haces llegar a San Francisco, el que vino a vivir en la tierra».

Libro de colores fue el corazón de Pedro de Gante para los indios: como los libros de su antigua cultura, irradiando sabiduría y amor.

Francisco Morales, OFM, Fray Pedro de Gante. «Libro de colores es tu corazón», en R. Ballán, Misioneros de la primera hora. Grandes evangelizadores del Nuevo Mundo. Lima 1991, pp. 75-81.

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