DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

MARTÍN DE VALENCIA (-1534)
por Lino Gómez Canedo, o.f.m.

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Fray Martín nació en Valencia de Don Juan (León, España) y murió en Amecameca (México). Provincial de la provincia franciscana española de San Gabriel, fue luego el superior de la expedición de "los doce apóstoles de México" en 1524. Falleció con fama de santidad y se le considera como padre de la Iglesia mejicana.

Fray Martín de Valencia es el único del grupo de «los doce apóstoles de México» de quien tenemos noticias relativamente abundantes, porque dos de sus compañeros de apostolado escribieron biografías del mismo. Fue natural de Valencia de Don Juan, población de la actual provincia de León, que desempeñó importante papel en la historia del antiguo reino castellano-leonés. Tierra de Campos, agrícola y ganadera. Vistió el hábito franciscano e hizo su noviciado en el convento de San Francisco de Mayorga -en la misma tierra de Campos-, que pertenecía a la provincia franciscana de Santiago. Fue su maestro fray Juan de Argumanes, notable escritor místico, en un tiempo vicario de los observantes de la provincia de Santiago. Durante su noviciado leyó fray Martín el libro de las Conformidades (de San Francisco con Cristo), uno de los más leídos entre los observantes de aquel tiempo. No sabemos nada de su educación, pero la gramática y filosofía pudo estudiarlas en el mismo Mayorga, donde los franciscanos tenían un estudio desde 1424. Que estudió teología no cabe duda, pues en la «Obediencia» se le califica de «confesor y predicador docto», y Sahagún -que no solía calificar a ojo- dice que era «competentemente letrado».

Al parecer, en fecha temprana supo que «en la provincia de la Piedad, que es en el reino de Portugal» -la referencia de Jiménez es importante para la cronología del relato-, vivía entonces fray Juan de Guadalupe, y consiguió pasar allí desde el convento de Mayorga, no sin cierta resistencia de los religiosos que allí moraban. Después de algún tiempo con los guadalupanos, se pasó a la provincia de San Gabriel, «que aún era custodia», escribe Jiménez, lo cual significa que fue antes de 1519. Fray Martín trabajó mucho para que la custodia fuese elevada a provincia, para lo cual tuvo incluso que viajar a Roma. Por este tiempo, la provincia de Santiago, con el fin de atraerlo de nuevo a su seno, le permitió morar en un retiro cerca de Belvís, donde edificó el monasterio de Nuestra Señora del Berrocal y moró algunos años, «dando tan buen ejemplo y doctrina, así en aquella villa de Belvís como en toda aquella comarca, que le tenían por un apóstol y todos lo amaban y obedecían como a su padre», dice Motolinía. Desde allí hizo una visita a la famosa «beata» del Barco de Avila, quien le dijo «que no era la voluntad de Dios que procurase la ida [a misionar entre infieles], porque venida la hora Dios le llamaría». Era hombre de hondas preocupaciones espirituales, con tendencia predominante al retiro y al ascetismo. En una ocasión -refiere el fidelísimo Jiménez-, quiso cambiar la vida franciscana por la de cartujo, pero dirigiéndose ya a un monasterio de esta orden le sobrevino tan recio dolor en un pie, que le fue imposible continuar el camino, accidente que le hizo pensar que no era aquella resolución según la voluntad de Dios. En aparente contradicción, perseveró, sin embargo, en el deseo de consagrarse a las misiones de infieles. En los diez años que vivió en la Nueva España (1524-1534) fue dos veces superior mayor de la custodia mexicana (1524-27 y 1530-34); en el intermedio estuvo al frente del convento de Tlaxcala y se dedicó intensamente al apostolado, incluso catequizando niños, como lo había hecho también en la ciudad de México y su contorno. Casi al fin de su vida, quiso emprender otra misión a tierras lejanas del Pacífico, pero volvió a la vida eremítica en el monte de Amecameca, aunque no del todo. Se retiró al convento de Tlalmanalco -al parecer, uno de sus predilectos en todo tiempo-, y allí siguió trabajando «en la doctrina de los indios, especialmente en su ejercicio de enseñar niños», escribe fray Jerónimo de Mendieta.

Desde Tlalmanalco solía retirarse a otro conventito, visita de aquél, «casa muy quieta y aparejada para orar» -escribe, a su vez, Motolinía-, porque está en la ladera de una serranilla y es un eremitorio devoto, «y junto a esta casa está una cueva devota y muy al propósito del siervo de Dios, para a tiempos darse allí a la oración y a tiempos salirse fuera de la cueva en una arbolada; y entre aquellos árboles había uno muy grande debajo del cual se iba a orar por la mañana. Y certifícanme que luego que allí se ponía a rezar, el árbol se henchía de aves, las cuales, con su canto, hacían dulce armonía, con lo cual él sentía mucha consolidación y alababa y bendecía al Señor; y como él se partía, las aves también se iban, y que después de la muerte del siervo de Dios nunca más se ayuntaron las aves de aquella manera. Lo uno y lo otro fue notado de muchos que allí tenían alguna conversación con el siervo de Dios, así en verlas ayuntar e irse para él como en el no parecer más después de su muerte».

Allí sintió que se aproximaba la muerte. «Ya se acaba, dijo a su compañero; la cabeza me duele». Regresaron a Tlalmanalco, y como su enfermedad se agravase, determinaron los frailes llevarlo a la enfermería de San Francisco de México; pero él había dicho mucho antes que no moriría en casa ni en cama, y en el embarcadero de Ayozingo dio el alma a Dios. Era el 21 de marzo de 1534. Volvieron con el cadáver a Tlalmanalco y lo enterraron en medio de la capilla mayor de la iglesia conventual. Estuvo allí sepultado por más de treinta años, y durante este tiempo fue abierta muchas veces su sepultura para ver su cuerpo, que permanecía «entero y sin ninguna corrupción», asegura Mendieta, basado en el testimonio de «religiosos de crédito», porque el cronista no consiguió verlo, a pesar de intentarlo en 1577. Cuando se empeñó en que abriesen una vez más la sepultura para él y el provincial, fray Miguel Navarro, a quien acompañaba, no se halló «el cuerpo ni indicio de él, sino algunas astillas o briznas de madera, que serían del ataúd en que fue sepultado, cosa que nos dejó admirados y turbados». Parece que las sospechas cayeron sobre los indios, pues -sigue diciendo Mendieta- se hicieron minuciosas investigaciones «entre los indios principales del pueblo», incluso con el apoyo de unas letras apostólicas en 1580, pero no fue posible descubrir rastro alguno. Donde se conserva todavía viva la memoria de fray Martín es en el monte de Amecameca, en el cual subsisten el eremitorio y capilla que él tanto amaba. Algunos piensan que por allí podría estar escondido su cuerpo.

Lino Gómez Canedo, Fray Martín de Valencia, en Pioneros de la cruz en México. Madrid, BAC Popular 90, 1988, pp. 43-46.


MARTÍN DE VALENCIA (-1534)
por Cirilo Tescaroli, m.c.c.j.

La vida y obras de fray Martín de Valencia es recordada con orgullo en todos los ambientes católicos de México.

Fray Martín, oriundo de la ciudad española de Valencia de Don Juan (en la provincia de León), fue elegido para predicar el Evangelio en la Nueva España junto con sus otros once compañeros de su Orden franciscana. Por el número de sus miembros, aquella comitiva se llamó «Misión de los Doce Apóstoles», y llegó a las playas de San Juan de Ulúa, Veracruz, el 13 de mayo de 1524. Al frente de la misma se encontraba fray Martín de Valencia.

Desde el inicio, los franciscanos llamaron la atención de los indios por su forma pobre y humilde de vivir. Los veían muy diferentes de los conquistadores. Según cuenta el padre Salvador Escalante en su libro Fray Martín de Valencia, los frailes cubrían sus cuerpos con sayales burdos, cortos y rotos. Dormían sobre una estera con un manojo de yerbas secas por cabecera, tapándose con unos mantos raídos. Su comida era siempre racionada y escasa. Se los veía andar descalzos largas distancias, sonrientes, alegres, modestos en el mirar y hablar, serviciales y desinteresados.

Fray Martín de Valencia, superior de la primera provincia franciscana, fue la figura más sobresaliente en México entre los misioneros del siglo XVI; a su prudencia y celo apostólico se debe el esplendor a que llegaron las misiones franciscanas en el Nuevo Mundo.

Un día, con esa sed infinita de convertir que tienen los apóstoles verdaderos, fray Martín, seguido de algunos frailes, se dirigió a pie descalzo hasta Tehuantepec, con el único intento de embarcarse hacia China para evangelizar también allí, aunque tuviera que pagar con el martirio. Sin embargo, como las embarcaciones mandadas construir por Hernán Cortés no pudieron hacer la travesía por haber sido hechas con madera verde, nuestro fraile regresó a Ciudad de México, llegando con las piernas monstruosamente hinchadas, los pies manando sangre y el corazón entristecido.

Apenas hacia nueve años que se había iniciado la siembra evangélica en el Anáhuac y ya fray Martín, a sus cincuenta y nueve años de edad, tenía la dicha de ver afirmada la evangelización a través del evento Guadalupano. La Virgen se había aparecido a dos indios, Juan Diego y Juan Bernardino, y esto le llenaba de entusiasmo.

Con el tiempo, a su cuerpo extenuado por las rigurosas penitencias, comenzaron a faltarle las fuerzas. Esto le llevó a renunciar a su prelacía y a retirarse al convento de Tlalmanalco, en el Estado de México. Desde allí se trasladaba frecuentemente a Amecameca, donde se recogía en una cueva a hacer oración y sacrificios por la conversión de las almas.

En 1534, sintiendo acercársele la muerte, los frailes e indígenas lo llevaron al embarcadero de Ayotzingo, a fin de conducirlo, a través de Chalco y Texcoco, a la enfermería de su protoconvento de San Francisco en la Ciudad de México. Apenas fue colocado en la canoa, a petición suya tuvieron que sacarlo a orilla porque sentía morirse. Allí, de rodillas, dijo suspirando a uno de sus compañeros la frase que lo haría célebre después de su muerte: «Hermano, han sido defraudados mis deseos de martirio».

Así terminaba la vida de un hombre que había dedicado toda su existencia a la predicación del Evangelio, y que la Iglesia de México venera hoy como su Fundador y Padre.

Cirilo Tescaroli, MCCJ, Fray Martín de Valencia. Al frente de la "Misión de los Doce", en R. Ballán, Misioneros de la primera hora. Grandes evangelizadores del Nuevo Mundo. Lima 1991, pp. 91-93.

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