DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

FRANCISCO DE OSUNA
1492 (?) - 1540 (?)

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Fray Francisco de Osuna, franciscano (OFM), nació en Osuna (Sevilla) hacia 1492 y murió hacia 1540. Escritor ascético. De familia modesta que estaba al servicio de los Téllez Girón, condes de Ureña. A la edad de dieciocho años asiste a la conquista de Trípoli (25-VIII-1510), a las órdenes del general Navarro. A su regreso, orienta su vida hacia la carrera eclesiástica y estudia, de 1510 a 1513, los rudimentos de latín y las primeras nociones de Retórica, seguramente en Sevilla, en el Colegio-Universidad de maese Rodrigo de Santaella. En 1513 vestía el hábito franciscano, según todos los indicios, en la provincia de Castilla. Hecha la profesión, habrá que contar con un mínimo de ocho años de estudios, 1514-1522: un año en San Antonio de la Cabrera para perfeccionar las Humanidades, tres en Torrelaguna para la Filosofía, y cuatro para la Teología en el convento de Alcalá donde, en calidad de externo, sigue los cursos de la Universidad, pero sin sacar título académico, honor reservado entonces a pocos religiosos. Por consiguiente, entre 1518-1522, sería condiscípulo del célebre Francisco Ortiz y, por consiguiente, discípulo de Clemente, Carrasco, Ciruelo, Sancho de Miranda, Alfonso de Castro y Antonio de Nebrija.

La ordenación sacerdotal tendría lugar hacia 1519-1520, pero el nuevo sacerdote permanecería dos o tres años en el convento de Alcalá para terminar la Teología e iniciarse en el ministerio apostólico. Consta que en 1523 residía en el eremitorio de la Salceda donde los religiosos y los fieles le consultaban sobre cuestiones místicas. Pudo ser en este tiempo (1523-1526) cuando nuestro personaje permaneció en la provincia de Los Angeles que, animada del espíritu de Juan de la Puebla, era, según el testimonio del propio Osuna, la más fervorosa de las provincias de España. Parece ser que entre 1526-1530 pasó algún tiempo en Escalona, residencia de D. Diego Pacheco, duque de Escalona y marqués de Villena, a quien va dirigido el tercer Abecedario, aparecido en Toledo el 31-VIII-1527.

Frente a la doctrina de los alumbrados, que tanto pululaban en este tiempo, Osuna defiende en sus obras la sana doctrina del recogimiento. Por entonces desarrolla una gran actividad literaria, pues de noviembre de 1528 a junio de 1531 publica nada menos que cinco obras en castellano. A finales de 1531 se encontraba en Sevilla invitado por el cardenal arzobispo D. Alonso Manrique. El vicario general de los franciscanos, Antonio de Calcena, preside en Guadalajara, el 4-X-1528, un Capítulo de las provincias franciscanas de España, y en él es nombrado Osuna comisario general de Indias, cargo que ocupa hasta el 16-V-1529; aunque nunca fue a América ocupado en la impresión de sus obras, desde Sevilla, donde permanece durante este tiempo, se preocupa por los misioneros franciscanos de ultramar.

A partir de 1532 y hasta 1536, Osuna permanece en el extranjero. Por Pentecostés de 1532 asiste en Toulouse a la Congregación general de la familia Ultramontana, tal vez como compañero del provincial de Castilla, Diego de Cisneros. Provisto de una obediencia del ex comisario Matías Weynsen, su protector, sale de Toulouse para Lyón y de aquí hacia París donde lo encontramos en octubre de 1533; a comienzos de 1534 se encontraba en Amberes, donde permanece hasta finales de 1536, ocupado en la impresión de dos obras y en atender a los comerciantes españoles allí establecidos. Aprovechando su estancia en Amberes hace un viaje a Colonia, entrando en Alemania por Aquisgrán. Terminado su trabajo en los Países Bajos, embarcó en Amberes rumbo a España a finales de 1536, llegando a Vigo o La Coruña a comienzos de 1537. De regreso en la provincia religiosa, tenemos escasas noticias sobre la actividad de sus últimos años, pero sobrevivió poco tiempo, pues debió de fallecer en 1540 ó 1541, si bien desconocemos el lugar de su fallecimiento.

Obras: Abecedario espiritual, 1.ª parte, Sevilla 1528; 2.ª parte, Sevilla 1530; 3.ª parte, Toledo 1527; 4.ª parte, Sevilla 1530; 5.ª parte, Burgos 1542; 6.ª parte, Medina del Campo 1554; Gracioso combite de las gracias del sancto Sacramento del altar, Sevilla 1530; Norte de los estados, Sevilla 1531; Sanctuarium biblicum, Toulouse 1533; Pars meridionalis, París 1533; Expositio super «Missus est», Amberes 1535; Pars occidentales, Amberes 1536; Trilogium evangelicum, Amberes 1536.

Bibliografía: Fidel de Ros, Un maître de Ste. Thérèse. Le P. François d'Osuna. Sa vie, son oeuvre, sa doctrine spirituelle, París 1936.

[Manuel de Castro, OFM, s.v. Osuna. Francisco de, en Q. Aldea (dir), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, III, Madrid 1973, 1850-1851].

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FRANCISCO DE OSUNA

Escritor místico franciscano de extraordinario influjo en la mística española del siglo XVI. Nace en Osuna (Sevilla) hacia 1492. Toma el hábito franciscano en la Provincia de Castilla hacia 1513 y cursa sus estudios en casas de la Orden y en Alcalá. Ordenado sacerdote hacia 1520, es destinado al convento de la Salceda, donde mantiene relaciones con los alumbrados, pero sin contagiarse de sus errores. En 1528-29 es nombrado Comisario General de Indias en Sevilla, donde publica algunas de sus obras. Entre 1532 y 1537 reside en Francia y Países Bajos y publica sus obras latinas. Vuelto a España, muere hacia 1540.

Es considerable su producción literaria: Tercer Abecedario, Toledo 1527 (su obra maestra, sobre el recogimiento); Primero, Sevilla 1528 (sobre la Pasión); Segundo, ib. 1530 (ejercicios ascéticos); Cuarto o Ley de amor, ib. 1530 (sobre el amor divino); Gracioso convite, ib. 1530 (sobre la comunión, incluso frecuente); Norte de estados, ib. 1531 (espiritualidad seglar); Sanctuarium biblicum: Pars septentrionalis, Toulouse 1533 (sermones latinos); Pars meridionalis, París 1533; Missus est (sobre la Encarnación) con la Pars orientalis, Amberes 1536; Pars occidentalis, ib. 1536; Quinto Abecedario, Burgos 1542 (póstumo, sobre riqueza y pobreza); Sexto, Medina 1554 (sobre las cinco Llagas). Las obras españolas tuvieron más de 40 ediciones con traducciones diversas, las latinas más de 23.

Su síntesis doctrinal -intelectual afectiva- aunque no sistemática y carente de precisiones, que son fruto de la mística posterior, es original y completa. Carece de plan lógico en la exposición (agrupa arbitrariamente las doctrinas según las letras del alfabeto) y su estilo es directo, elocuente, matizado, de vocabulario riquísimo y abundante en metáforas, pecando a veces de prolijidad oratoria e incluso de preciosismo. Tiene el gran mérito de haber sido el primero en escribir de mística en castellano, dejando así la lengua preparada para la obra de los místicos carmelitas, de los cuales es predecesor y maestro. A pesar de vivir en pleno renacimiento, su mentalidad es netamente escolástica. Escotista, sigue en muchas cosas a S. Tomás y al nominalismo. Su doctrina mística depende mucho de S. Bernardo (y apócrifos) y sobre todo de Ricardo de S. Víctor y Gersón. Emplea a S. Bernardino de Siena, S. Vicente Ferrer, Ubertino de Casale, el Cartujano, etc.

Encontramos en Osuna toda la temática de la escuela y espiritualidad franciscana, pero su principal característica es la de haber estructurado y divulgado la doctrina sobre la oración de recogimiento que se practicaba en los conventos franciscanos en la época y es luego recogida por la mística posterior (Sta. Teresa). Este recogimiento consiste en una simple y purísima mirada a Dios, en lo íntimo del alma y sin ayuda de conceptos o imágenes (pobreza espiritual), para allegarse con amor «al incogitable Dios, que con sólo amor se deja tocar» (IV Ab. cap. 26), hasta llegar a la unión transformante. Se llega a él pasado un largo proceso de ascetismo y ejercicio de la oración discursiva. Dicha mirada a Dios es compatible en los perfectísimos con la representación de la humanidad de Cristo, pero conviene a los que no lo son, y a causa de su imperfección misma, prescindir a veces de ella para poderse fijar en Dios desnudamente. Osuna valora la consolación espiritual (desconfiando de los fenómenos extraordinarios), que deriva naturalmente de la presencia amorosa de Dios, quien sólo la retira para probar al alma. Doctrinas éstas que, aunque hayan sido a veces mal interpretadas, se mantienen dentro de la rigurosa ortodoxia como se desprende de una lectura atenta de sus obras. Osuna ha influido grandemente en los místicos españoles del siglo XVI, especialmente en los carmelitas; en los franciscanos, Bernardino de Laredo, Juan de los Ángeles, S. Pedro de Alcántara; en fray Luis de Granada, Baltasar Álvarez, Bartolomé de los Mártires, etc.

[Pedro de Alcántara Martínez, OFM, s.v. Osuna, Francisco de, en Gran Enciclopedia Rialp. Tomo XVII. Madrid, Ed. Rialp, 1973, p. 515].

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VIDA Y OBRAS DE
FRANCISCO DE OSUNA

por Melquíades Andrés

1. NACIMIENTO Y JUVENTUD

«Como yo dende niño me haya criado a vuestras migajas e mis antecesores hayan sido criados familiares de vuestra casa, parecióme cosa justa ofrecer mi primer fruto donde recibí el favor de mi tierna edad». Con estas palabras de la dedicatoria del Primer Abecedario, dirigidas al conde de Ureña y señor de Osuna, da a conocer fray Francisco de Osuna su carta de naturaleza. En esta rica villa andaluza nació, al parecer, en el «annus mirabilis» de 1492. Michel-Ange retrasa su nacimiento hasta 1497. La villa de Osuna se encontraba a la sazón en un momento de elevada prosperidad, gobernada por don Tello Girón y enriquecida por la guerra de Granada y su proximidad a Sevilla.

Apenas conocemos datos seguros de su infancia. Habría que analizar lo que tienen de autobiográficas las alusiones a juegos infantiles, a animales y plantas, a niños y escolares, repartidas esporádicamente a lo largo de sus obras. Él mismo nos confiesa que asistió en 1510 a la toma de Trípoli: «De ella fui testigo ocular, pues me hallé presente siendo niño (puer)», dice en un sermón latino en honor del apóstol Santiago el Mayor. ¿Tomó parte en aquella empresa como soldado voluntario o como criado de algún noble? No lo puedo precisar. Él se considera como un muchacho (puer), trece, catorce, dieciocho años, según naciera en 1492 o en 1497. Es de subido interés constatar que antes de entrar en el claustro tuvo una experiencia profunda de vida, como San Ignacio de Loyola y Bernardino de Laredo.

En Quinto Abecedario espiritual narra una peregrinación a Santiago de Compostela (1510-1513): «Acuérdome que, siendo yo mozo seglar, iba con otro compañero a Santiago. Y como pasásemos por la puerta de un monasterio donde hacían limosna a los pobres, dijo mi compañero que iba enfermo: Quiero ir a recibir aquella limosna. Y díjele yo: Conciencia es que, teniendo nosotros dineros, vamos a recibir la limosna de los pobres...».

2. FRANCISCANO DE LA OBSERVANCIA

Aquel mozo seglar, cuya formación literaria y eclesiástica ignoramos, en un momento determinado, que cabe situar hacia 1513, entra en la Orden de franciscanos de la Observancia. ¿En la provincia de los Angeles (Andalucía)? ¿En Castilla? Nada puedo afirmar con seguridad. Ni lo indica él expresamente en sus obras, ni lo alcanzan a probar apodícticamente sus biógrafos. A base de deducciones muy ponderadas, Fidel de Ros cree que ingresó en la provincia de Castilla. ¿Qué proceso interior le llevó a profesar entre los discípulos del Poverello de Asís? No he encontrado alusiones en sus obras.

Otra nueva incógnita: dónde cursó sus estudios humanísticos. ¿Y los teológicos? A mi parecer, sobre estos últimos sólo cabe una respuesta: Alcalá, reciente fundación cisneriana. En su convento tomó el hábito y profesó, según Diego Álvarez. ¿Vendría a la villa de Henares atraído por la fama de modernidad de la nueva fundación universitaria y allí ingresó en los frailes franciscanos? Pudiera ser. En Alcalá se formó teológicamente, a mi parecer, como se deduce de modo indirecto de sus obras, especialmente del Cuarto Abecedario o Ley de amor (Sevilla 1530), en el cual se muestra clara su formación en el método teológico de las tres vías: tomismo, escotismo y nominalismo, y, dentro del nominalismo, en la teología de Gabriel Biel, que era el titular de la cátedra de teología nominal complutense. En Salamanca, el titular de teología nominal era Gregorio de Rímini.

Esta constatación la creo de suma importancia por haber sido Alcalá la capital de la espiritualidad española desde 1515 al menos hasta 1530. En Alcalá se fundieron humanismo y teología gracias a las cátedras de lenguas fundadas por el cardenal Cisneros. Ellas hicieron de los futuros teólogos humanistas de relieve, escritores de gusto depurado y de amor decidido a la verdad y a las fuentes.

En la villa universitaria complutense se entrecruzaron la espiritualidad de las reformas y observancias: la del amor puro, de Alonso de Madrid; la del recogimiento, de los recolectorios franciscanos; la del cristianismo evangélico, de Erasmo; la de los alumbrados del reino de Toledo, de 1525; la de los nacientes Ejercicios espirituales de San Ignacio. Cosa curiosa: Lutero se formó teológicamente en Gabriel Biel, a quien ataca decididamente en 1517 y 1518. En cambio, Osuna penetra en los estudios teológicos a través de las tres vías, es decir, del estudio de la teología escotista, tomista y nominal, de Escoto, Santo Tomás y Gabriel Biel. No creo, en cambio, que Osuna estudiara humanidades en Alcalá, dado su escaso conocimiento del griego y del hebreo.

3. LA ESPIRITUALIDAD DE LAS OBSERVANCIAS

Es la que caracteriza a la espiritualidad española en la segunda mitad del siglo XV y primeros años del XVI. Afectó a franciscanos, dominicos, agustinos, benedictinos, jerónimos y a algunos pequeños núcleos de sacerdotes y seglares. Las observancias imponen su prestigio sobre la conventualidad y triunfan definitivamente de la misma cuando la jerarquía, por medio de Cisneros, las asume oficialmente en 1494 y las impone obligatoriamente en la corona de Castilla. Las observancias constituyen el órgano más importante de la reforma española a lo largo del siglo XV. Los Reyes Católicos la completaron mediante la cuidada selección de obispos residenciales.

Esta espiritualidad, analizada a través de las obras que de la misma se conservan, se caracteriza por rechazar el estudio de la teología verbosista, por un peculiar antiintelectualísmo, por la insistencia en la práctica metódica de las virtudes y desarraigo de los vicios, el alargamiento del tiempo dedicado a la oración vocal, la práctica sistemática de la oración mental, si bien desconocemos el método por ellos empleado, y una ascesis exigente de mortificación.

Las palabras recolectorios y recoletos no son ajenas al espíritu de este movimiento en los siglos XV y XVI. Los recolectorios fueron los hogares más importantes de la espiritualidad española hasta que adquirieron pujanza los santos desiertos carmelitas de la reforma teresiana. En ellos se vivía la espiritualidad propia de la reforma u observancia respectiva. Esta espiritualidad de oración y retiro se va perfilando poco a poco hasta constituir la vía del recogimiento.

Con esta escuela de espiritualidad enlazó Francisco de Osuna en Alcalá de Henares. Y, precisamente a una casa de retiro o recogimiento, la Salceda, se retiró después de terminar sus estudios y ordenarse de sacerdote, para preparar su acción apostólica de predicador.

4. ESTUDIANTE DE TEOLOGÍA EN ALCALÁ

Osuna estudió teología en Alcalá, como se deduce de su conocimiento de las tres vías, y especialmente de la vía nominal de Gabriel Biel. La enseñanza de la teología en Alcalá se distingue por ser algo nuevo, de espaldas al verbosismo como método teológico y abierto decididamente al humanismo. Cisneros impone en su Universidad el método teológico de presentar a la par a los alumnos las tres vías teológicas más acreditadas: tomismo, escotismo y nominalismo.

En este ambiente discurren los estudios de Francisco de Osuna y se desenvuelven sus obras, especialmente las de tono más científico, como el Cuarto Abecedario o Ley de amor, en el cual recurre con frecuencia a la autoridad de Santo Tomás, Escoto y Gabriel Biel. Su estima por Santo Tomás es grande, y en algunas ocasiones supera a la que siente por Escoto. Acaso se refleje también en la terminología osuniana cuando habla de los ejercicios espirituales como vías de ir a Dios. ¿Influiría también en Osuna el sentido de progreso que caracteriza a los nominalistas y a las primeras generaciones complutenses? El amor a la experiencia de los nominalistas pudiera reflejarse en la seguridad con que Osuna presenta como experimentados algunos aspectos de la espiritualidad, del mismo modo que los profesores de artes de Alcalá corregían las afirmaciones de la cosmografía de los antiguos gracias a las vivencias de los nuevos descubrimientos.

Osuna acudirá a la experiencia como argumento decisivo frente a las citas de autoridades: «El maestro de esta sabiduría del corazón, que con sola devoción se alcanza, es la experiencia... Los no experimentados no entienden tales cosas, si no las leen más expresamente en el libro de la experiencia» (III Ab. 5, 3). Osuna vive, recoge y formula su experiencia espiritual, la de los religiosos y directores de conciencia de los recolectorios. ¿No será ello reflejo del renacimiento y nominalismo complutenses?

Los nominalistas exaltan el primado de la voluntad, la omnipotencia, la libertad omnímoda y generosidad de Dios, que se dio y sigue dando al hombre por pura benevolencia. La respuesta del hombre debe ser situada en la misma línea de amor desinteresado y puro. De este modo la teología nominalista favorece el desarrollo de la espiritualidad del amor limpio, santo, sin mezcla de interés. No deja de ser curioso que los franciscanos de esta época: Alonso de Madrid, Francisco de Osuna, Francisco de Ortiz, Bernabé de Palma y Bernardino de Laredo, propongan entre 1520 y 1535 la doctrina del puro amor. Sería interesante estudiar sus relaciones con el sistema nominalista. Ortiz y Osuna estudiaron en Alcalá.

Otro aspecto de la teología nominal es la universalización o democratización de la perfección cristiana o su extensión a todos los bautizados. Esta doctrina sacaría la profesión de la perfección de los conventos y la llevaría a todos los fieles. Dios no niega su gracia al que hace lo que le corresponde: facienti quod est in se, Deus non denegat gratiam, repetían los nominalistas.

5. EN EL RECOLECTORIO DE NUESTRA SEÑORA DE LA SALCEDA

Terminado el curso teológico y recibida la ordenación sacerdotal, Francisco de Osuna viene a residir, hacia 1520-1523, a la casa franciscana de retiro de la Salceda.

Casas de retiro, de soledad, de oración o recolectorios, llamaban los franciscanos de la Observancia a determinados conventos en los cuales se llevaba una vida más austera, silenciosa y recogida en Dios. Sus moradores se dedicaban totalmente a la oración. La Salceda, fundada por Villacreces a fines del siglo XIV, conservó durante más de dos siglos el espíritu de las casas de recogimiento, centrado en un principio en la oración vocal y vida de mortificación, de acuerdo con la Regla primitiva, y más tarde en la oración mental y de recogimiento.

Las casas de retiro constituían focos permanentes de reforma. Por eso hubo ministros generales de la Orden partidarios y enemigos de las mismas. Entre los primeros deben ser recordados Francisco de Lycheto (1518-1520) y Francisco de Quiñones (1523-1527). Este último aprobó las constituciones de estas casas para España. En ellas se insiste en la oración personal y comunitaria, en el ayuno, silencio total, pobreza y soledad rigurosas. Las casas de oración de los franciscanos de la Observancia constituyeron el hogar de la espiritualidad de la Orden. En ellas se conservaba la vida religiosa según el espíritu de la Regla primitiva y se reformaba lo deformado que pervivía en otros conventos.

La provincia franciscana de Castilla contaba en 1522 con ocho conventos de recogimiento: Alcalá, Ocaña, El Castañar, Cifuentes, Escalona, Oropesa, Torrelaguna y la Salceda. En 1525 se sumaron los de Escamilla y Medinaceli. La regularidad de la observancia y el fervor debía de ser muy grande en aquella contornada, especialmente en la actual provincia de Guadalajara, parte, por entonces, del reino de Toledo.

Lo peculiar de muchas de estas casas, al menos de la de la Salceda, era la práctica de la vía del recogimiento, en la cual había maestros ancianos que iniciaban a los recién llegados. En la Salceda se conocieron, si es que no se habían encontrado en el convento de Alcalá o en las aulas de la recién fundada Universidad Complutense, Francisco de Ortiz y Francisco de Osuna. Ortiz, ilustre predicador y profesor de artes, había de parar en las cárceles de la Inquisición en 1529 y vivir después retirado en el convento de Torrelaguna. Francisco de Osuna, insigne predicador también, escribiría muchas obras espirituales en romance y recorrería Lyón, Toulouse, París y diversas ciudades de Flandes en busca de editores de sus obras latinas. Ambos pasearon juntos y platicaron sobre las inquietudes espirituales de aquellos años y sobre la naturaleza de la vía del recogimiento. Era necesario fijar con mucha precisión las ideas, ya que, al ser universalizada la vía espiritual del recogimiento y considerada como idónea para seglares, incluso casados, y al ser expuesta a grupos de laicos, no había sido bien entendida y eran confundidos recogimiento y dejamiento.

Los alumbrados, faltos de formación teológica de base, no entendían los planos más altos de la vía del recogimiento, ni sus fórmulas más breves y características. Ortiz afirmaba que su pecado mayor, en el caso de los alumbrados, había consistido en «hablar ante necios» y en querer explicarles lo que es oración de quietud, dejarse a Dios, secreto escondimiento, no hacer nada... y algunos detalles de procedimiento, como el empleo de los ojos y diversas actitudes corporales del hombre durante la oración. La definición que Ortiz hace de los alumbrados es sumamente gráfica y certera: «No es nuevo en la Iglesia haber nacido las herejías del mal entendimiento de las verdaderas palabras».

Alcaraz trabajaba con don Diego López Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona. En su castillo se entrecruzaron los franciscanos de la vía del recogimiento, los alumbrados de Alcaraz, los partidarios de la vía del beneficio de Juan de Cazalla, obispo de Verisa, y Juan de Valdés. No faltarían partidarios de la espiritualidad erasmiana. Osuna dedica al viejo marqués el Tercer Abecedario y afirma que éste ha hecho suya la vía del recogimiento porque la ama. La sombra de la torre del castillo de Escalona pesa de modo decisivo en la historia de la espiritualidad española de estos años.

Francisco de Osuna llegó a la Salceda en un momento delicado. La rica herencia franciscana de la oración de recogimiento pasaba por aguda crisis. Algunos la consideraban implicada con los nacientes movimientos alumbrados, aún no catalogados como vía espiritual escandalosa y peligrosa (1524) ni condenados por la Inquisición (1525). Osuna enseñó la vía del recogimiento a todo el que le pidió ayuda espiritual. Por eso los alumbrados trataron de defenderse complicándole a él y a Francisco de Ortiz en sus acusaciones y defensas. Desde luego, el pensamiento de ambos franciscanos sobre la oración de quietud y recogimiento es similar, por no decir idéntico, en lo referente a la doctrina, fuentes y no pocas formulaciones.

En la Salceda parece que compuso Francisco de Osuna algunos abecedarios, de doctrina breve, fácil y compendiosa, según él mismo nos indica en el prólogo al Primer Abecedario espiritual. Aquellos dísticos pasaron de mano en mano y fueron glosados por algunos «no según mi corazón», dice Osuna. Hubo necesidad de comentarlos de modo extenso y propio. Así nacieron los famosos Abecedarios espirituales.

El ingreso de Osuna en la Observancia franciscana, sus estudios en la Universidad de Alcalá y su retiro a la Salceda constituyen tres pilares fundamentales para la inteligencia de la obra del místico franciscano. En la Salceda alcanzó personalmente las más altas cimas de la vida espiritual y trató de formularla en los diversos abecedarios, en los cuales junta «todos los ejercicios que he probado ser útiles a la vida religiosa» (II Ab. pról.). En la Salceda parece que compuso sus obras de espiritualidad en castellano. Desde 1527 a 1532 se dedica a publicarlas y a ultimarlas: Tercer Abecedario (1527), Primero (1528), Segundo, Cuarto o Ley de amor, Gracioso convite (1530), Norte de estados (1531): un verdadero récord de obras publicadas en cinco años.

6. PREDICADOR. COMISARIO GENERAL

En la Salceda comenzó Osuna a ser uno de los predicadores más estimados de su Orden y de su tiempo. En los Abecedarios no son infrecuentes las alusiones explícitas o implícitas al trabajo apostólico del misionero y a la necesidad de volver al recolectorio a reparar fuerzas y a preparar futuras tareas. Es un orador popular, ardiente y apasionado. «Aun a estos indevotos predicadores que somos acontece encendernos tanto..., que delante del pueblo no podemos cesar de llorar» (I Ab.). La predicación de Osuna se encuentra en parte entreverada en sus obras castellanas, pero sobre todo en las latinas. Se divide en panegíricos y sermones sobre adviento, cuaresma, Pascua, domingos y fiestas del año litúrgico.

El 7 de junio de 1531 aparece en Sevilla Norte de estados, «en que se da regla de vivir a los mancebos, y a los casados, y a los viudos, y a todos los continentes... Compuesto por el reverendo padre fray Francisco de Osuna, comisario general de la Orden de San Francisco». Osuna ha publicado seis obras desde 1527 a 1531 y trabajado largamente en Sevilla, como comisario del General para las provincias franciscanas de América. No se conocen documentos sobre este cargo. Pero tanto Ros como Michel-Ange tratan por todos los medios a su alcance de clarificar este quehacer de nuestro biografiado y de ponerlo en relación con su estancia en la ciudad del Betis y la edición de sus obras castellanas. Osuna, como tantos hermanos suyos de la Observancia, hizo lo posible por que su vida fuese ignorada. Y, al menos hasta nuestros días, lo ha conseguido casi plenamente.

7. VIAJES POR EUROPA Y EDICIÓN DE LAS OBRAS LATINAS

En 1532 toma parte -¿acaso como comisario de Indias?- en la congregación general de la Orden en Toulouse. En aquella ciudad alarga su estancia durante varios meses. Enlaza con facilidad con los franciscanos de Aquitania y encuentra editor para su primera obra latina. El 1 de febrero de 1533 salía de las prensas de Toulouse Sanctuarium biblicum, colección de 58 sermones, en su mayor parte panegíricos de santos, y nueve sermones sobre la Virgen María. Esta obra es llamada, a veces, Pars septentrionalis.

Desde aquí marchó a Lyón a continuar la edición de sus obras en latín. Lo dice en el prólogo de Sanctuarium biblicum. No se entendió con los editores y prosiguió viaje a París, donde se halla ya a fines de octubre de 1533. Pars meridionalis salió a la calle en la ciudad del Sena en los días anteriores a la fiesta de Todos los Santos de 1533. Se trata de una voluminosa colección de ochenta sermones latinos sobre los evangelios de los domingos. El éxito acompañó al libro, el cual alcanzó otras seis ediciones hasta 1590 en Zaragoza, Medina, Venecia y Roma.

A principio de 1534 Osuna se encuentra en Amberes, «aquella solemnísima tienda de Europa, donde hay mayor trato que en Venecia», dice nuestro autor. Era una época de florecimiento extraordinario del comercio. «Yo estando allá oía muchas veces decir a los mercaderes que ni Escoto ni Santo Tomás alcanzaron las sotilezas de la mercaduría y cambios flandescos» (V Ab.). En Amberes ve la luz su obra Pars orientalis, o sermones sobre el adviento, dedicados al padre Matías Weynsen, a quien Osuna alaba sin reticencias. La obra se divide en dos partes o libros reunidos en un mismo volumen: Super «Missus est» liber alter... El libro segundo está dedicado al duque de Béjar, el mismo que en 1533 imprimió Via spiritus, de Bernabé de Palma, y se intitula: Alter sermonum liber super «Missus est».

Al año siguiente, enero de 1536, sale de las prensas Trilogium evangelicum, y en agosto, Pars occidentalis. La primera obra alcanzó dos ediciones, y la segunda, que es una cuaresma predicada, nueve. Trilogium contiene consideraciones sobre la pasión, resurrección y ascensión del Señor.

En los Países Bajos mantiene contactos estrechos con la colonia española, constituida principalmente por comerciantes. Allí conoció el fraile franciscano los problemas de conciencia de muchos mercaderes en relación con los cambios de dinero y algunas clases de contratos. «Se han hallado en Flandes muchos mercaderes que tienen ingenio de diablos en trampear... Ni Escoto ni Santo Tomás alcanzaron las sotilezas de la mercaduría... Y esto concedíalo yo». Allí predicó algunos sermones, como el 19 de Pars occidentalis.

En Amberes contrajo enfermedad de riñón, producida por las bajas temperaturas del invierno, húmedo y frío: «Como tuviese mucho mal de riñones, no sabía de dónde podía proceder. Empero, viendo los hielos del invierno hube de rogar a un rico que me diese pluma en que durmiese... Y la noche que adobé mi cama con el calor de la pluma, que me fue saludable; lancé de los riñones dos piedras, que el frío y ropa raída de mi cama habían congelado. Y acordéme de otros más pobres y más siervos de Dios que yo» (V Ab.).

El Quinto Abecedario es el más importante de Osuna, después del Tercero y Cuarto. En él trata de la pobreza y abundan las alusiones a los problemas sociales y a las costumbres de Flandes y del norte de Europa, vividos por el franciscano sevillano en los años de estancia en París y en los Países Bajos. «¡Oh cuántos, en pos de Satanás, van camino de Roma y de Alemaña padesciendo más tropezones que San Cristóbal! Huyen una cruz y topan ciento, padeciendo sobre todo sus dineros, y cuando piensan que traen una bula, traen una burla». Quinto Abecedario es complemento del Tercero. Recogimiento y pobreza son anverso y reverso de la misma medalla, parte positiva y negativa o purificativa de la vía del recogimiento. La riquísima visión de Osuna sobre la pobreza interior pasó de lleno a los místicos españoles posteriores.

8. ÚLTIMOS AÑOS

A finales de 1536 o principio de 1537 regresó a España. Es la última etapa de su vida. Durante ella compone el Quinto Abecedario, «que es consuelo de pobres y aviso de ricos». Se trata, sin duda, de la más bella obra sobre la pobreza escrita en castellano durante el siglo XVI, cargada de actualidad incluso en nuestros días. Pobreza no es sólo privación de riquezas, sino humildad, purificación y renuncia de sí mismo. Es la preparación necesaria para la oración de recogimiento. El pobre contemplativo busca a Dios más por voluntad y amor que por inteligencia.

Cargado de llagas y enfermo de consideración, escribe todavía Sexto Abecedario, sobre las cinco llagas de nuestro Salvador. La meditación de la pasión es el tema fundamental de la espiritualidad española en la primera mitad del siglo XVI. Otras espiritualidades se han cimentado en la encarnación o en otros misterios. Nuestra espiritualidad de esta época tomó como base el misterio de la redención a través de la locura de la cruz. Más que hacer una teología de la cruz, hizo de la cruz el camino seguro para ir a Dios. De ahí la recomendación de reducir todas las otras meditaciones a la pasión. Las otras meditaciones traen poco provecho; en cambio, ésta humilla mucho al alma y, más que ninguna otra, la lleva a Dios y la cumple de toda virtud.

Entre 1537-1540 fueron reeditados Primero, Segundo, Tercer Abecedario y Gracioso convite. ¿Intervino Osuna personalmente en estas reediciones? Es de suponerlo, pero faltan documentos que lo acrediten. Sus pasos se nos escapan. Como si quisiera vivir en toda su profundidad la virtud de la pobreza, descrita por él en el Quinto Abecedario, que por entonces traía entre manos.

Murió a fines de 1540, en 1541 o a principio de 1542, antes del 31 de marzo de este año, día en que sale de la imprenta Quinto Abecedario con la noticia de su muerte.

Francisco de Osuna es un hombre de la generación teológica humanista o cisneriana, o de Alcalá. Todavía vibra en Osuna el sentido de lucha del caballero de la Reconquista. Busca incansablemente la verdad, valora la experiencia y el saber, no descuida el bien decir.

Osuna fue un buscador incansable de Dios y de los caminos para ir con rapidez y seguridad hacia Él. Encontró ese camino en la vía del recogimiento, que acertó a codificar y a centrar en la aspiración, en el deseo, en el amor. Osuna es a la espiritualidad española lo que Francisco de Vitoria es a la dogmática. La vía del recogimiento es la más céntrica de la espiritualidad española del siglo XVI en sí misma, por su relación con las demás espiritualidades contemporáneas y posteriores, por su influencia en San Juan de Avila, San Francisco de Borja, la primitiva Compañía de Jesús, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Acaso murió fray Francisco de Osuna sin saber que en 1537, en Hortigosa, camino de Becedas, un ejemplar del Tercer Abecedario había caído en manos de la «incansable andariega» de los campos de España, de la cual había comenzado a ser «maestro». Desde entonces, ambos nombres, Teresa de Jesús y Francisco de Osuna, se encuentran entrañablemente unidos. El mejor libro sobre el místico andaluz, obra del padre Fidel de Ros, a quien tanto debe la historia de la espiritualidad española, se titula así: Un maestro de Santa Teresa: El Padre Francisco de Osuna, París 1936.

[Melquíades Andrés, Introducción General, a la obra: Francisco de Osuna. Tercer Abecedario espiritual. Estudio histórico y edición crítica. Madrid, BAC-333, 1972.- Aquí entresacamos, sin notas, parte del cap. I de la amplísima introducción, en concreto de las pp. 3-22].

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LA VIDA Y LA OBRA DE
FRANCISCO DE OSUNA

por Saturnino López Santidrián

1. AMBIENTE JUVENIL Y CARÁCTER

La dedicatoria del Primer Abecedario ofrece el lugar de origen de nuestro autor y una pequeña noticia de su familia. Así dice al Conde de Ureña, señor de Osuna: «Como yo desde niño me haya criado a vuestras migajas e mis antepasados hayan sido criados familiares de vuestra casa, parecióme cosa justa ofrecer mi primer fruto donde recibí el favor de mi tierna edad». La villa de Osuna, que vio jugar a aquel niño entre sus patios y casitas blancas, se encontraba en un momento de esplendor en torno a la opulencia de sus futuros duques. Esta localidad se encuentra a 86 Km al S.E. de Sevilla en una fértil llanura, regada por el Salado, que produce olivos, cereales, frutas y viñedos.

Nace alrededor de 1492, pues en la toma de Trípoli, 1510, él mismo se considera puer, la palabra latina que significa adolescente; comprendía entre los trece y dieciocho años. Las imágenes de Andalucía, que luego esmaltarán sus páginas de colorido, brincan en sus ojos penetrantes. Su espíritu es vivaz y observador, buena base natural para un contemplativo. La consideración de los beneficios tiene el hechizo de lo espontáneo; el agua, las hierbas, las abejas, la palmera... le emiten el lenguaje del amor.

Siendo sus padres los «criados familiares» es de suponer que su talento atrajera la atención de los Condes y que las frecuentes entradas y salidas a palacio pulieran sus modales. Así pues, le será fácil tomar postura precisa ante las diversas esferas sociales. Conoce la vida de los ricos, de las damas de la aristocracia, del alto clero y de los hidalgos arruinados. Lo vemos con gran delicadeza y a veces con suave ironía.

A él personalmente le gusta la vida hogareña; allí junto al fuego aprendería los refranes. Es propenso a la gratitud, no olvida a sus protectores, siente orgullo por su patria en expansión y se conmueve ante las pobres gentes, como lo vemos en Consuelo de pobres y aviso de ricos, título del Quinto Abecedario. Su salud es frágil, especialmente sensible a la humedad (padeció de reuma y de los riñones), pero nada interceptará su laboriosidad y permanente austeridad. Goza de gran libertad para decir a cada uno lo que le corresponde, a veces con el ardor de la oratoria, pero sin dejarse arrebatar de pretenciosa altanería o resentimiento. Sus críticas estarán llenas de exigencia y de respeto.

Dos virtudes humanas le merecen especial consideración: la franqueza y la magnanimidad. Según él, son las que más asemejan a la postura del mismo Dios. Lo que vivamente le hiere son los vicios opuestos: la hipocresía, la avaricia, la pereza, la denigración y los prejuicios de raza.

¿Cuál era la condición social de su familia? La cuestión se nos plantea sobre dos o tres interrogantes: el que nuestro autor fuera gentilhombre o del pueblo llano, el que hubiera dejado su apellido al entrar en religión o conservara el mismo, o incluso si era de ascendencia conversa por llevar sobrenombre de ciudad.

Yo me inclino a creer que es la grandeza y finura de espíritu la que le hace tomar tanto celo contra la discriminación de pureza de sangre: de otro modo la misma energía de palabras, dichas por un converso, podía resultar contraproducente. Lo acostumbrado en los Frailes Menores de entonces era prescindir del apellido de familia, para favorecer el sentido de igualdad, aunque algunos lo conservaron.

En cuanto a la cualidad social de los padres, Fidèle de Ros piensa que estarían al servicio de los condes como criados o pequeños arrendatarios y si se intentara hacer un noble a nuestro autor habría que convenir que sus padres estaban en muy oscuro rango, permaneciendo su hijo totalmente libre de los prejuicios de clase. Ciertamente habrá que conceder que no ejercían un papel relevante, pero tampoco olvidar que eran los «criados familiares», las personas de confianza de un señor de vasto caudal económico y territorial.

El nacimiento de nuestro autor, 1492, coincide con la rendición de Granada y la conquista de América. No pocos mayores le contarían aquellas aventuras. Lo que más impresionó la fresca imaginación del joven fue la toma de Trípoli, en la que él personalmente participa el día de Santiago de 1510. En la mocedad de Osuna no se aprecian detalles de ligereza moral. De su juventud sabemos también de una peregrinación en la que acompañó a un amigo a Santiago (1512-1513?) (V Ab. 1, 97).

2. INGRESO EN LA OBSERVANCIA

Poco después de este viaje pide el ingreso en la Observancia franciscana. ¿Fue una decisión a la ligera? Posiblemente se había orientado ya hacia los estudios eclesiásticos. Los detalles de la peregrinación son propios de un muchacho tocado por especial inquietud religiosa. Acompaña a un amigo enfermo y, al colocarse éste en la fila de los pobres para recibir su pan, se observa en la reacción de Francisco una gran rectitud en lo que pertenece a los necesitados y, a la vez, respeto a la virtud de la limosna: A la mitad del camino su compañero, que iba enfermo, quiso juntarse al tropel de mendigos que recibían limosna a la puerta de un monasterio. Francisco le dijo: ¿Cómo teniendo nosotros dinero vas a ir a pedir limosna reservada a los pobres? Y le respondió: «Yo no la tomaré sino como medicina para sanar de esta enfermedad». Efectivamente, a la limosna se la veía como vehículo de comunión con Cristo. En ciertos monasterios del Camino de Santiago, como en Castrojeriz, se daba un pan a los pobres al que el pueblo atribuía efectos medicinales.

Desde pronto sus devociones fueron convincentes y sólidas. En el Gracioso Convite dice que él, «antes que fuese sacerdote», había tomado el propósito de comulgar los domingos y las fiestas.

¿En qué provincia franciscana pide ser admitido? El P. Michel-Ange, siguiendo la Crónica de Torrubia, cree que pertenecía a la de Andalucía. Fidèle de Ros certifica, por el contrario, que es a la de Castilla. El Quinto Abecedario alaba las virtudes del bienaventurado Juan de Navarrete, «que siendo súbdito en mi provincia, procuró la libertad y alcanzándola fuese por toda la España a predicar». Diego Álvarez nos concreta que el ilustre predicador Juan, con fama de santo, tomó el hábito en el convento de Alcalá de Henares y que murió en Pontevedra el 1528.

Las ideas reformistas de Osuna armonizan perfectamente con la mentalidad de Francisco de Quiñones -más tarde Ministro General-, lo cual hace suponer que el postulante fuese aceptado por él en el noviciado cuando, en función de Vicario, gobernaba la Provincia de Castilla (1512-1515). Ingresa entre dos hitos fundamentales: después que Cisneros había recibido de Alejandro VI autorización oficial para reformar (1492) y antes que León X promulgara la Bula de Unión Ite vos (1517).

No se puede precisar dónde hace el año de prueba. Era un tiempo riguroso de ayunos, oración y penitencia: «Los que no han de perseverar, luego quiebran en estas cosas» (L. de Salazar). Esta medida para evitar los fáciles ingresos de tiempos precedentes, tenía sus inconvenientes. Los que eran más fuertes en la voluntad que en el cuerpo podían quedar debilitados para siempre; eso parece haber sucedido a nuestro novicio.

3. ESTUDIOS EN ALCALÁ

Sus cualidades y entusiasmo se sobrepusieron a la duda de tenerlo que devolver a su casa por debilidad física. Después de aquel primer suplicio de doce meses, reanudaría los estudios. Los cursos de Filosofía se realizaban, para la Provincia de Castilla, en el convento de Torrelaguna, pueblo natal de Cisneros, donde el arzobispo de Toledo había reunido una biblioteca especializada. Y la casa destinada para los cuatro años de la Teología era la de Alcalá de Henares.

El hecho de que siga las tres vías (tomismo, escotismo y nominalismo) nos asegura que hizo los estudios en la Universidad Complutense. De forma que, en el nominalismo, no cita a Gregorio de Rímini, el maestro explicado en Salamanca, sino a Gabriel Biel, que a la sazón lo era en la cátedra de Alcalá. Gabriel es el último comentarista de Occam y en teología mística sigue a Gersón. En sus obras nuestro místico andaluz cita más veces a Escoto, pero no siente menos cariño y estima por Sto. Tomás.

En el nominalismo existe una inclinación a valorar al individuo, la espiritualidad afectiva, todo lo simbólico, lo concreto, lo experimental. Es el sistema de moda en España entre el 1508 y 1530. Esto no quiere decir que Osuna sea nominalista. Según la formación recibida, es un espíritu abierto con cierto predominio por los teólogos de su Orden. Sin duda habría oído por boca de grandes profesores (como Pedro Sánchez Ciruelo) el «non iurare in verba magistri». Estos hombres están convencidos del aspecto evolutivo de la clarificación de la verdad. Cisneros, a través de las Constituciones, ha creado una Universidad realista y pastoral. La teología está enraizada en los Padres y en la Escritura.

Aunque las cátedras de lenguas funcionasen ya con Nebrija, no parece que nuestro escritor se especializara en este campo. Personalmente siente una clara curiosidad por las etimologías.

En cuanto a exégesis, nuestro autor sigue el método de Vicente de Lerins. El uso de la alegoría es frecuentísimo, conforme al gusto de entonces. Los Abecedarios son deudores de un caudal de simbología que, desde los primeros siglos, se va acrecentando en la mística afectiva.

El dominio del latín es abundante, siendo su estilo el de los sermones, no el acicalado de los humanistas. No se dirige a oídos refinados, ni comprende el apóstol que se dé más importancia a la forma literaria que a las ideas de fondo. Dios usa de instrumentos simples, dice, y la misma Escritura está en lenguaje popular.

Donde no le faltarán méritos, en orden a madurar los medios populares de expresión de la experiencia mística, es en las obras en romance. Según el criterio renacentista, no se podría llegar a la fama e inmortalidad sin escribir en lengua clásica. Gracias a Dios, prefirió poner la espiritualidad al alcance de los sencillos. El esfuerzo que hubo de realizar como iniciador de esta vulgarización lo dejó atestiguado. Con ello comienza a enriquecer y elaborar un tipo de lenguaje, preparando el camino a nuestras cumbres de la espiritualidad. El P. Crisógono proclama, entusiasmado, de los Abecedarios: «Libros admirables por el fondo y por la forma, casi resulta mengua para ellos calificarles de precursores de las obras de Teresa, o de fray Juan de los Ángeles».

Su formación es escolástica, con apertura de espíritu. Basando sus afirmaciones sobre cimientos sólidos, no es especialista de lo metafísico y abstracto. Predicador y místico, su código supremo es el amor. El recelo heredado de la Devotio moderna dentro de las Observancias hacia lo especulativo y analítico lo supo superar y hacer de puente para la nueva cultura espiritual. No es justo considerarle fautor de la sola corriente afectiva. Valora las funciones del entendimiento y las dirige hacia el amor. Allí donde ya la razón no comprende deben actuar los resortes afectivos, sublimados por la caridad. Podemos decir que, ante las legítimas corrientes, es el hombre de la integración: «Ninguna otra cosa hago yo de día y de noche más principalmente que atalayar y especular cómo podré con buena doctrina más aprovechar a la grey de Cristo» (V Ab. 2, 62).

4. EL JOVEN SACERDOTE EN NTRA. SEÑORA DE LA SALCEDA

Los superiores pronto se dieron cuenta de sus aficiones y conocimientos en el campo espiritual. En torno al 1522-1523 lo envían a la Salceda, cerca de la villa de Tendilla. Aquel centro de la reforma villacreciana era un arsenal de la mística afectiva.

Las casas de recolección se alzan como faros de la reforma interior, trincheras pacíficas en la lucha con la resistencia conventual. Tuvieron Ministros Generales enemigos como Soncinas (1521-1523) y otros entusiastas de las mismas, como Quiñones (1523-1527), quien aprobó sus constituciones para España. Sus moradores, unos diecisiete en cada centro, se dedicaban en el silencio a la oración, estudio y penitencia. Allí se retiraban antes y después de jornadas intensas de predicación. La Provincia de Castilla designa en 1522 ocho de estos lugares: Alcalá, Ocaña, la Salceda, el Castañar, Cifuentes, Escalona, Torrelaguna y Oropesa; en 1525 se añaden Escamilla y Medinaceli.

Francisco, cuando llega a la Salceda (20 Km al sureste de Guadalajara), procura estar atento y emular a los mejores: «Inconveniente es muy grande no seguir los delanteros» (II Ab.). Busca la sabiduría, el equilibrio y la paz de los ancianos cargados de experiencia. En este mismo lugar había pasado algunos de sus años más felices el ahora Cardenal Cisneros, ejerciendo el cargo de Guardián. ¿A qué género de oración se entregaban los recogidos de la Salceda? Siguiendo la herencia villacreciana, se comenzaría por meditar la vida y sufrimientos de Cristo: ello era la base de la iluminación, así como el impulso hacia los profundos afectos. Por eso el primer proyecto de Osuna no era sino un libro en tres partes: la primera sobre la Pasión, la segunda sobre los ejercicios de la vida religiosa, y la tercera sobre el recogimiento u oración afectiva. El maestro más considerado allí era el longevo Cristóbal de Tendilla; hay párrafos que pudieran expresar su benéfico influjo: «Yo conocí un mancebo que en esta vía del recogimiento quiso seguir los consejos de un santo viejo con toda su posibilidad, y cada día le preguntaba cosas que hallaba nuevamente en este camino del recogimiento, y al cabo de un año apenas había el viejo recibido cosa del Señor que el mancebo no tuviese en lo interior alguna experiencia de ello y quedó casi hecho dechado suyo; bien creo que fue en gran parte por los méritos de este santo varón» (III Ab. 8, 4).

Sabemos que la prudencia sugería a nuestro franciscano la exposición de sus vivencias como de otro, respaldando así la humildad y la eficacia, por lo que es fácil que con la palabra «mancebo» nos oculte su propia personalidad: Las cosas que los varones espirituales saben de Dios «díganlas como de otro y traigan otras semejanzas de la Escritura, porque no caigan los otros en él» (III Ab. 18, 4). En algún otro lugar dice que no escatimaba recorrer a pie varias leguas para consultar a alguno de estos «filósofos de Cristo».

5. REACCIÓN CONTRA EL PELIGRO ALUMBRADISTA

Recién llegado de Alcalá, Francisco de Osuna posee una buena estructura teológica y ricos criterios de discernimiento. A los pocos meses de su estancia había compuesto algunos abecedarios de doctrina compendiosa, bajo el modo mnemotécnico de dísticos. No se había percatado de lo delicado del momento y, sin consentimiento suyo, aquellos apuntes fueron pasando de mano en mano, siendo glosados según mentalidad muy diversa: «Como entre los estrechos amigos no haya cosa encubierta, viendo mi humilde doctrina aficionáronse a ella por ser breve y fácil y compendiosa, e tomándola comunicáronla (triste de mí) a otros sin yo saberlo, y así vino de mano en mano lo que yo tenía secreto. E como la brevedad de estos abecedarios diese ocasión a algunos de los glosar, y viese sobre ellos declaraciones no según mi corazón, e otros me importunasen que los declarase conforme al intento primero que tuve, soy constreñido a me extender más de lo que pensaba e mostrar la preñez de estas espigas» (I Ab.).

El centro del alumbradismo es su doctrina del dejamiento, que es presentado como un programa soteriológico que libera de lo visible y de lo múltiple. El dejamiento consiste en suspender todo acto de la voluntad creada, como único medio que puede apartar del fondo esencial, de aquello que verdaderamente «es». No son las obras ni devociones lo que puede salvar, sino una contemplación especial, como cauce inductivo de una paz inmutable ante apetencias o tentaciones. En la proposición 11 del Edicto se dice «que después que uno se hubiese dejado en Dios, sólo esto le bastaba para salvar su ánima»... pues bajo un matiz gnóstico-monista, el que hace algo por su parte para salvarse se arruina a sí mismo, prolongando su engaño. Así, Pedro R. de Alcaraz aconseja a una persona que negase su voluntad, aunque fuese buena, y, entrando en detalles de casuística, le añade que si su deseo era ir a misa o escuchar un sermón, mejor obra hacía quedándose en casa.

En el círculo de aquellos amigos de Osuna es fácil que en un principio estuviera F. Ortiz, a quien los alumbrados intentan envolver, en sus procesos, con Osuna. Su único pecado, dice, consistió en «hablar con necios».

Cuando Francisco de Osuna se da cuenta del riesgo que corría todo un rico patrimonio de la familia observante, hubo de glosar de modo extenso y preciso sus esquemas, y así nacieron los Abecedarios espirituales, comenzando por la parte que pudiera correr más peligro, la dedicada a la oración de recogimiento.

6. INTENSA ACTIVIDAD COMO PREDICADOR,
ESCRITOR, Y COMISARIO GENERAL DE LAS INDIAS

Una gran fuerza le empuja a predicar y a escribir. Por ello renuncia a otras ocupaciones o cargos. Se edifica de todos, observa, compara. Escribe en su celda y expande consejos. Mira con respeto los valores del pasado y procura ser fiel a un presente de reforma. Su celo de joven le arranca de la silla para hacerle misionero infatigable y apasionado. Predicador aplaudido por muchos, sabio, natural, lleno de fuego y prudente reserva. Sus sermones elevan un «perfume de vieja escolástica y de sutil exégesis» (F. de Ros). Las frases son directas; no comprende los discursos rebuscados.

Nuestro inquieto franciscano baja a Sevilla. Desde noviembre de 1528 a junio de 1531 tiene el período más fecundo de su vida. Nada menos que concluye y publica allí cinco de las obras castellanas.

Así pues, también recibiría el influjo favorable de la Provincia de los Ángeles, reformada por Juan de la Puebla y a la que Osuna considera la más fervorosa de España, y de la de Andalucía. Mientras se encontraba en el trabajo de presentación de los escritos acepta el honorable cargo de Comisario General de las Indias, título con el que aparece publicado el Norte de los Estados, en 1531, aunque parece, según los cuidadosos cálculos del P. Michel-Ange y del P. Fidèle de Ros, que no ejerció esta función sino entre octubre de 1528 y Pentecostés de 1529. Se trataba de una especie de prelado de emigrantes, que poseía plenos poderes para hacer las veces del Ministro General ausente. En aquel embarque del Nuevo Mundo, de unos 63 navíos anuales de partida y unos 36 de regreso, no le faltarían ocasiones de hacerse útil a los misioneros de ultramar, a la vez que enviaría como visitador para las islas y continente a Juan de Toledo.

7. VIAJE PARA IMPRIMIR LAS OBRAS LATINAS
Y CONOCER LA SITUACIÓN CENTRO-EUROPEA

Al poco tiempo el franciscano se despide de su encantadora tierra y toma caminos del norte. En Pentecostés de 1532 está participando en la Congregación General de Toulouse. ¿Por qué fue, se pregunta Fidèle de Ros, como representante de Castilla junto a su Provincial, o para rendir cuentas de la labor de los religiosos misioneros en las Indias?

Osuna, como escritor, tiene su ilusión puesta en los Países Bajos. Quiere conocer de cerca su mentalidad espiritual y la delicada situación. El P. Matías Weysen, Comisario saliente de la Cismontania y futuro de la Germania meridional, le facilita el permiso.

Mientras otros van regresando del Congreso él permanece en el gran convento de la observancia, retenido por una acogida afectuosa; se queda, según dice, para instruirse y edificarse, con una comunidad que predicaba con ardor contra los vicios y que se oponía a los primeros brotes en el Languedoc de herejía luterana.

Muy sugestiva era esta estancia, de la que conserva gratos recuerdos, pero no se distrae de su primer propósito, la publicación de los libros en latín. El Sanctuarium Biblicum aparece en Toulouse el 1 de febrero de 1533. Después de unos ocho meses de permanencia reemprende viaje hacia Lyón. En el Quinto Abecedario nos dice que no llega a un acuerdo con los editores de esta ciudad, ya que la compañía de libreros «se alza con los libros de más ganancia, y no da lugar a otros libros pobres». Atravesando quizás no lejos de Cluny, se endereza hacia París. En vísperas de Todos los Santos de 1533 sale de sus prensas la Pars Meridionalis.

En cuanto alza la primavera de 1534 Osuna se ha introducido en Amberes, donde tiene tiempo de preparar la edición del Missus est, que ve la luz a últimos de febrero de 1535. Nuestro laborioso escritor encuentra en Amberes el arte tipográfico más barato y perfeccionado, lo cual aprovecha para imprimir otros dos libros: en enero el Trilogium, dedicado a Juan III de Portugal, y en agosto la Pars Occidentalis, encabezada por una carta dedicada al cardenal Alfonso, infante de Portugal. No es difícil que a estos personajes les hubiera conocido de joven en alguna fiesta organizada por los Téllez Girón.

De 1534 a 1536 no sólo hace paseos a la imprenta. También se pone en contacto con la vida en «aquella solemnísima tienda de Europa, donde hay mayor trato que en Venecia». El puerto de Escalda, tan relacionado con Vizcaya y Castilla, pronto atrae sus miradas; un español en aquel paseo marítimo se encontraba como en su propia casa. Por entonces la colonia española es la más importante de la ciudad en número y dinero entre los foráneos. Hasta la lengua se generaliza y en castellano se redactan las actas oficiales.

Osuna está orgulloso de los suyos en estos momentos de expansión nacional. Se mantienen muy fieles a la pureza de la fe defendida durante siglos, pero no tanto a la pureza de conducta. Todo está cambiando hacia un positivismo económico y hay algo que le preocupa. Se pone al corriente de los tratos y finanzas y lamenta contemplar cómo algunos españoles están adquiriendo fortunas desmesuradas. La ley debiera evitarlo y favorecer una igualdad de oportunidades para los menos potentes. No valen disculpas solapadas: «Pensar que después podrás hacer grandes limosnas y templos y obras pías» (V Ab. 2, 55).

Lo que admira en las gentes de los Países Bajos es la laboriosidad, que bien quisiera un poco para los habitantes de España, donde se aprende el arte de ser señoritos: «En esto es Flandes mucho de loar, que hombre ni mujer por nobles y ricos que sean jamás se hallan ociosos. Todos han de saber oficio, todos han de saber arte, todos han de tener ejercicio, y nadie se ha de estar ocioso en casa». Los muchachos criados en la ociosidad «salen malos hombres, dados a los vicios, y necios, e inútiles». Lo primero que deben hacer los predicadores y rectores de España «es luchar denodadamente contra la holgazanería, de suerte que llevasen al costado la herramienta, como los niños vascos llevan las espadas» (V Ab.). En Flandes «oí que no había sino cinco pecados mortales», capitales (VI Ab.); efectivamente nuestro franciscano parece que no encuentra la envidia y la pereza, tan metidas en la zona mediterránea. No les considerará tan excelentes en otros puntos.

Su mirada hacia el problema del protestantismo no es optimista. Los primeros intentos de diálogo habían fracasado, «no quiera la Iglesia disputar con ellos» (V Ab. 1, 12). Pero parece que está previendo la intolerancia: San Pablo no iba gritando «¡Hereje, hereje!, ni los amenazaba con el fuego, antes los inflamaba con espíritu de amor de Jesucristo, que cura muy bien esta enfermedad» (V Ab.). Lo que pide a los religiosos es competencia teológica y una vida reformada. Hace mención a la rebelión de los campesinos en Alemania superior el 1525 y cómo los Electores realizaron una atroz represión matando a más de cien mil (V Ab. 1, 12).

De 1534 a 1535 ciudades flamencas, como Amberes, habían dejado infiltrarse ideas anabaptistas y él mismo contempló revueltas bajo pretexto de comunidad de bienes. Aquí da paso a su agudeza: Como no dan importancia a la suerte de tener sólo cinco pecados capitales, quieren rebajar también la cuota de los diez mandamientos: A la lujuria la consideran un pecadillo y al séptimo lo intentan abolir (V Ab. 2, 8).

Otra noticia de su estancia en Amberes es que allí se le agravó la enfermedad del riñón. Le afectarían las bajas temperaturas de los húmedos inviernos. Por otra parte, parece que no se sirvió de su autoridad sino para hacer más valioso el testimonio de pobreza en el que había vivido en las casas de recolección. Sólo ante el dolor hubo de pedir a uno de aquellos ricos españoles un colchón de pluma.

Antes de regresar al país aprovecha para visitar los centros de peregrinación de Alemania. El primero es Aquisgrán, ciudad de tan notables reliquias «que yo no quisiera haber dejado de ver por tres años de mi vida». Allí, que es donde había sido coronado, admiraría el gigantesco brazo del «bienaventurado Carlomagno». La meta era ir a «Colonia a visitar las once mil vírgenes». No nos facilita las fechas de su viaje.

8. REGRESO A ESPAÑA Y REDACCIÓN
DE LOS ÚLTIMOS «ABECEDARIOS»

Concluidos sus trabajos en Flandes volvió a España a finales de 1536 o comienzos de 1537. Tomaría el barco en Amberes y arribaría a algún puerto del Cantábrico. Así tuvo la oportunidad de acercarse a Pontevedra y venerar el sepulcro de Navarrete. Hubo de ser entonces su visita, pues Navarrete murió el 1528, tiempo en que Francisco se encontraba en Sevilla. Más aún, el Quinto Abecedario dice que, cuando llegó, ya se había escrito un libro sobre este predicador con fama de hacer milagros.

De aquí en adelante no tenemos muchos datos. Los dos años siguientes dedicaría su tiempo y atención en redactar Consuelo de pobres y aviso de ricos, al menos en la segunda parte, que es donde ofrece más noticias de Flandes. Había madurado ideas, visto situaciones y necesidades. Conoce la problemática de toda Europa: la economía, la política, el erasmismo, luteranismo y la misma espiritualidad renana. Debía de orientar, de perfilar fórmulas, de manifestar confidencias. El camino de la vida ha sido ir desechando las falsas riquezas para conseguir la pobreza de espíritu. Éste es el principio que le ha guiado y en esta obra quiere dejar un amplio testamento. Así escribe el más completo tratado del siglo XVI sobre la pobreza. Su visión interior pasará de lleno a los místicos posteriores: pobreza-recogimiento. Las tensiones y problemática en que se desenvuelve lo llenan de actualidad.

¿Trabaja en algo más los últimos años? Podemos observar que de 1537 a 1539 se reeditan cuatro obras castellanas, tres en Burgos y una en Valladolid, y es presumible que hiciera las revisiones. Sus fuerzas se iban desmoronando, por eso nunca pudo presentar su proyecto de un segundo Norte de los Estados, en el que trataría de la virginidad y matrimonio, quizás para contrapesar al erasmismo.

Enfermo, aún accede a legarnos la última vivencia: «Con tanta importunidad, a un hombre tan llagado y enfermo como yo, soy mandado que haga este libro», dice en el prólogo del Sexto Abecedario, refiriéndose a la duquesa de Béjar, Teresa de Zúñiga. Así pues, los últimos meses los dedica a escribir sobre las llagas de Cristo. San Francisco portó ocultos los estigmas, nuestro hermano menor ha sido fiel seguidor vertiendo en sus páginas el más puro franciscanismo.

A la edad de unos cuarenta y ocho años, entre 1540-1541, Francisco de Osuna deja de existir. La fecha máxima la ofrece el editor del Quinto Abecedario. El 31 de marzo de 1542 Juan de Espinosa dice en su dedicatoria al obispo Antonio de Guevara: «En mi parecer el padre Fray Francisco de Osuna no debe tener menos corona en el cielo, que acá debe ser loado en la tierra».

En fin, Francisco de Osuna permanece como una figura de primera línea, no sólo para la espiritualidad española, sino para la europea. El pueblo, según la Crónica de Torrubia, lo llamaba «Chrisólogo Minorita», el palabra de oro de los predicadores franciscanos; llegando a ser también el escritor espiritual más leído en la Península de 1527 a 1559.

Aunque no llegó a conocerlo, el más sonado espaldarazo de maestro lo recibirá de Sta. Teresa, en un par de agradecidos párrafos de elogio. Nicolás Antonio, entendido en calidad y belleza de estilo, no duda en dar a los Abecedarios el título de «monumentos de la lengua nacional». Y, como dirá el P. Crisógono, sus escritos fueron escuela de los más celebrados místicos.

[Saturnino López Santidrián, Introducción, a la obra: Tercer abecedario espiritual de Francisco de Osuna. Introducción y edición. Madrid, BAC-592, 1998.- Aquí entresacamos, sin notas, parte del cap. I de la amplísima introducción, en concreto de las pp. 5-26].

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