DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

FRANCISCANAS MISIONERAS DE MARÍA (FMM)

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Congregación religiosa de derecho pontificio fundada en 1877 por la Madre María de la Pasión en la India. El Instituto recibió la aprobación pontificia definitiva en 1890 y había sido agregado a la Orden Franciscana (O.F.M.) en 1882. Al principio se llamaron "Misioneras de María" por su dedicación a la actividad misionera y su inspiración en la Virgen; pero cuando fueron agregadas a la O.F.M., antepusieron el calificativo de "Franciscanas", fijando el nombre completo con que nos son conocidas. El crecimiento y expansión del Instituto por todo el mundo fue muy rápido. La Congregación ha seguido el ritmo de la historia y los signos de los tiempos, adaptando su vida y actividades a la vida eclesial y a las necesidades del mundo.


El 31 de diciembre del año 2000 eran 7.829 las Franciscanas Misioneras de María, de 76 nacionalidades, al servicio de la Misión, en 76 países a través de todo el mundo.

Las Franciscanas Misioneras de María son religiosas que han hecho la opción de seguir a Cristo a través del camino trazado por María de la Pasión, fundadora del Instituto de las FMM. Como ella, se comprometen a vivir en comunidad y se entregan a la oración y al servicio de la misión universal. Es un estilo de vida consagrada en la Iglesia mediante los tres votos de pobreza, obediencia y castidad.

La espiritualidad específicamente misionera ha caracterizado a las Franciscanas Misioneras de María desde los comienzos. Centradas en la Eucaristía, las FMM viven el testimonio y la proclamación del Evangelio a la manera de Francisco de Asís. En el corazón de esta espiritualidad está María, la Madre de Jesús, con su ofrenda total al plan de Dios para que el mundo tenga vida. Las FMM viven en comunidad y buscan crear una auténtica comunión entre ellas, comunión que se convierte en comunicación de la Buena Nueva del Evangelio, en medio del pueblo al que son enviadas. Artífices de paz y de reconciliación, las FMM se esfuerzan por crear lazos de unidad en medio de religiones y pueblos diferentes y, a menudo, opuestos. La internacionalidad entre ellas se convierte en camino y signo de comunión en un mundo dividido. Este encuentro de culturas, vivido en comunidad, abre el espíritu a lo universal.

María de la Pasión, cuyo nombre de familia es Hélène de Chappotin, fundó en 1877 el Instituto de las Franciscanas Misioneras de María. Ella nació en Francia en 1839, siendo la menor de cinco hermanos. Después de la muerte de su madre, a los 21 años entró en un monasterio de clarisas. La espiritualidad de San Francisco de Asís que allí recibió, la marcó para toda su vida. Por falta de salud no pudo continuar la vida de clarisa, y en 1864, guiada por su director espiritual, entró en la recién fundada Sociedad de María Reparadora, donde recibió el nombre de María de la Pasión. Antes de terminar su período de formación fue enviada como misionera a la India donde, poco después, fue elegida responsable de la misión. Durante diez años, vivió con intensidad su experiencia misionera, hasta que una serie de acontecimientos y dificultades la llevaron a fundar un Instituto específicamente misionero. Su mayor deseo era propagar el amor de Cristo al mundo y llevar vida a todos.

En 1876 va a Roma y el 6 de enero de 1877 el papa Pío IX aprueba la fundación del nuevo instituto misionero. En 1882, entra a formar parte de la Familia Franciscana y desde entonces es conocido con el nombre de Franciscanas Misioneras de María. A su muerte, en el año 1904, María de la Pasión había acogido a más de 2.000 FMM que vivían en unas ochenta comunidades por todo el mundo. Mujeres jóvenes de diferentes países se iban uniendo al nuevo instituto misionero haciéndolo crecer rápidamente. Hermanas de diferentes culturas y nacionalidades eran enviadas a una misma misión, de modo que la internacionalidad fue muy pronto una característica particular del Instituto. Hoy, las FMM continúan en esta línea de la fundadora, siempre dispuestas a vivir en comunidades internacionales o interculturales, en actitud de apertura al mundo entero.

Entre las que precedieron a María de la Pasión se encuentran siete FMM jóvenes que en China testimoniaron con el martirio su amor a Cristo, en el año 1900, y que fueron canonizadas por Juan Pablo II el 1 de octubre del 2000 (véase en nuestro «Santoral Franciscano» la página dedicada a la Sta. María Herminia de Jesús y Compañeras). Otra FMM, María Assunta Pallotta, en 1905 muere igualmente en China, dejando el testimonio de una vida muy sencilla y orientada completamente hacia Dios; también la santidad de María Assunta ha sido reconocida por la Iglesia con la beatificación.

Las Franciscanas Misioneras de María comparten la vida del pueblo al que son enviadas. Desde la fundación del Instituto, esto significa que las hermanas están disponibles para ser enviadas a todas partes, incluso a lugares lejanos y peligrosos. La comunicación del Evangelio es el principal objetivo de las FMM, testimoniando con sus vidas el mensaje evangélico dondequiera que estén y hagan lo que hagan. Cuando llegan a un nuevo país intentan responder a las necesidades del pueblo y de la Iglesia local. La orientación misionera de las FMM compromete a trabajar por la justicia, la paz y la integridad de la creación. El ecumenismo, el diálogo con todos, la colaboración con quienes buscan sinceramente la verdad y la justicia, son caminos para construir el Reino de Dios.

La joven que se prepara para vivir como Franciscana Misionera de María pasa un tiempo, generalmente alrededor de un año, en una comunidad FMM. Allí discierne, junto con las hermanas, la llamada personal de Cristo y las aptitudes necesarias para la vida de FMM. Este período se llama prenoviciado. Después del prenoviciado, la joven empieza una preparación más intensa, que dura por lo menos dos años. Durante este tiempo participa de la vida, la oración y el servicio apostólico de la comunidad. Es un tiempo dedicado a profundizar la relación personal con Cristo y la respuesta concreta a Dios que la llama. Descubre la espiritualidad del Instituto y se prepara para la consagración religiosa por medio de los votos. Es el periodo llamado noviciado. Terminado el noviciado, la joven se compromete con los tres votos de pobreza, obediencia y castidad por un periodo de tres años. La preparación a la vida de FMM se profundiza a través de su total participación en la vida, la oración y la misión de la comunidad. Al final de esta etapa, la joven se compromete de manera definitiva como FMM y en este momento recibe de la Superiora General su primer envío a la misión, que puede ser en cualquier país del mundo donde están presentes las FMM. A lo largo de toda su vida, cada Franciscana Misionera de María continúa profundizando su vocación específica, a través de la vida concreta, la oración, el estudio y, en ciertos períodos de la vida, con un tiempo de renovación espiritual.

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FRANCISCANAS MISIONERAS DE MARÍA EN EL MUNDO

(Cf. http://www.fmm.org/esp/index_esp.htm)

¿Quiénes somos?

Somos religiosas, originarias de muchos países, que vivimos en comunidades internacionales. Llamadas por el Espíritu a atravesar las fronteras de la cultura, de la lengua y de las creencias, estamos dispuestas a ir a donde se nos envíe para extender la Buena Noticia del amor de Dios a todos.

En el espíritu de Francisco de Asís, las Franciscanas Misioneras de María viven sencillamente, según el Evangelio.

Inspirándonos en el SÍ incondicional de María a Dios, encontramos nuestro valor para la misión en la contemplación de la Eucaristía.


Nuestra Espiritualidad

Nuestra espiritualidad es la de la familia franciscana. Dios nos ha llamado a anunciar el Evangelio, en todas partes y a todos, por la Misión Universal. Tras los pasos de Francisco de Asís, seguimos a Cristo humilde y pobre anunciando, por medio de la palabra, el DIOS-AMOR que nos salva. Nuestra vida está centrada en la Eucaristía. Nuestras raíces se consolidan en la contemplación de DIOS-AMOR, de DIOS-TRINIDAD en el misterio de la Encarnación y de la Pascua. Esto nos lleva a compromisos muy concretos: sencillez, fraternidad, proximidad a los más pobres, etc.; y también a la contemplación maravillada, a la participación en el misterio pascual, al ardor apostólico...

Vivimos juntas, en comunidad, y tratamos de crear una verdadera comunión entre nosotras, siendo testigos del Amor Infinito del Padre. Esta comunión se convierte en el camino para comunicar la Buena Noticia al pueblo al cual somos enviadas.


Nuestro «Carisma»

Nuestro carisma FMM se encuentra en el corazón de la espiritualidad franciscana. El elemento central de nuestro carisma es a la manera de María, VIVIR el «HEME AQUÍ» DEL VERBO para la vida del mundo (Encarnación - Pascua - Pentecostés): --en disponibilidad total --para la Misión Universal --en la adoración Eucarística.

Estos tres elementos se complementan y se influencian mutuamente, englobando nuestra vida entregada, como la de María, «por la Iglesia y la salvación del mundo».

Por el SÍ incondicional de María, el Espíritu ha realizado la voluntad del Padre: que el hombre viva. Ella ha contribuido a la Salvación dando Jesús al mundo.

Ella nos enseña cómo ofrecernos a Dios para la vida de nuestros hermanos, cómo esperar todo del Señor y de su gracia para llevar la salvación a los otros.

La presencia de María en nuestras vidas es uno de los más grandes dones de Dios: signo y sostén de nuestra consagración y de nuestra misión. Nos ayuda a santificar nuestro trabajo, a hacer de nuestras jornadas una ofrenda, una eucaristía viva, unida a la de Cristo. Como María, vivimos nuestra ofrenda en disponibilidad total y gozosa, dispuestas a ir donde somos enviadas. Como María, invitadas por Dios a colaborar en la Encarnación, estamos llamadas a tomar parte en la Encarnación del Evangelio, que se continúa hoy.


María de la Pasión, Fundadora de las FMM

1839-1856

Hélène de Chappotin, que sería más tarde la fundadora de las Franciscanas Misioneras de María con el nombre de María de la Pasión, nació en Nantes en 1839. Su familia y su ambiente están netamente caracterizados: antigua familia originaria de Lorena y Bretaña, abuelos que emigraron a Las Antillas durante la Revolución y regresaron a Bretaña con la Restauración, de una fe tradicional, viva pero austera, una ferviente adhesión a la Iglesia y a la monarquía cuyas causas aparecían entonces inseparablemente unidas.

En el corazón de esta familia, numerosa y unida, la benjamina Elena, extraordinariamente dotada, crecía feliz entre sus diez primos y primas en el viejo castillo de Le Fort, cerca de Nantes. Algunos trazos de su temperamento hacen presentir sus futuras orientaciones espirituales: la necesidad de poner inmediatamente en práctica lo que le parece bueno y bello, su amor por los pobres, su entusiasmo caballeresco por lo que ella llama las grandes causas.

A partir de 1850, la experiencia de la muerte va a marcar su joven existencia. Golpe tras golpe, ella pierde una prima muy querida y sus dos hermanas mayores. Las circunstancias obligan a sus padres a establecerse en Normandía. Allí, la desorientación y la separación de la banda alegre entre quienes ha crecido, la sumergen en una soledad donde su personalidad madura precozmente. Su naturaleza ardiente, su inteligencia y voluntad, se enfrentan desde su adolescencia a un interrogante permanente, que la lleva a veces hasta la angustia: ¿Qué es lo que vale la pena amar? Una vida de familia apacible como un capullo de seda protector que sin embargo se abre, sin defensa contra la muerte, ¿es esa la felicidad? Este tiempo que transcurre, ella lo llamará más tarde el de sus infidelidades, porque Dios no le ha mostrado aún su rostro y ella no sabe dónde fijar su corazón. Pero su sed de absoluto será bien pronto colmada. En 1856, una experiencia espiritual orienta toda su vida, Dios le revela a la vez su amor y su belleza. Y enseguida, la evidencia de que la vida religiosa será para ella el camino donde podrá entregarse sin reserva a Aquel que se ha apoderado de ella.


1856-1865

A esto sigue un período de búsqueda y espera, marcado por la muerte brutal de su madre que no puede resignarse a su vocación. Dolorosa y ruda prueba para Elena que debe frenar un tiempo sus proyectos. Pero en 1860, toma contacto con las Clarisas que acaban de establecerse en Nantes. Este encuentro es determinante: su vocación religiosa, que dudaba hasta entonces sobre la orientación a tomar, se ha fijado para siempre: Me hice hija de san Francisco y nunca dejé de serlo.

El 9 de diciembre de 1860, entra en las Clarisas: sólo será una breve etapa, pero capital, en su caminar. El 23 de enero, en una nueva experiencia espiritual muy fuerte, Cristo crucificado levanta, para ella, un poco el velo que oculta su futuro: está llamada a dar su vida por la Iglesia y por el Papa. La orientación de fondo sigue siendo la misma: disponibilidad total a Dios cuya belleza ha extasiado su corazón; los acontecimientos, poco a poco, le van mostrando las modalidades de su donación, aceptadas de una vez por todas. En los días que siguen al 23 de enero, Elena cae enferma, y su familia, que había aceptado mal su partida, multiplica las presiones para hacerla volver a casa. Enseguida debe dejar el monasterio de las Clarisas.

En los años de 1861 a 1864, Elena vive un periodo de desierto y madurez cuyos frutos no aparecerán hasta más tarde. Su familia está persuadida de que la vida religiosa es muy ruda para su salud, y gana para su opinión a todos los sacerdotes de Nantes. Elena se encuentra aislada, cargada de todas las gracias recibidas, sin abrirse a nadie. Le queda un camino: la lectura, su pasión desde la infancia. La biblioteca de Le Fort es rica en obras de grandes autores espirituales del siglo XVII. Ellos le dan acceso a la Sagrada Escritura y a los Padres de la Iglesia, especialmente San Agustín. Esto será para ella una inestimable adquisición. Poco a poco la vigilancia de la familia disminuye y, en 1864, Elena encuentra ayuda y apoyo en un jesuita, el padre Petit, recientemente llegado a Nantes, que no había sido prevenido contra su vocación.

Él orienta a Elena hacia la nueva congregación de María Reparadora que él mismo ha contribuido a fundar con la baronesa de Hoogvorst, y ésta acepta inmediatamente la petición de la joven. El pensamiento de mis Clarisas me rompía el corazón, dice Elena, pero como la voluntad de Dios parece orientarla por ese camino, y su familia está al fin dispuesta a dejarla partir, ella entra con las Hermanas de María Reparadora. Después de un año de noviciado, durante el que recibe el nombre de María de la Pasión, de forma inesperada (porque las Reparadoras no tenían orientación específicamente misionera) es enviada en misión a India, en la región del Maduré.


1865-1876

Su estancia en India durará once años. Allí se completa la larga preparación de etapa en etapa, hacia su tarea y su misión propias de fundadora, en la Iglesia, de un Instituto cuya visión debe ser universal. El Maduré, donde ella llega, es una misión que ha conocido muchas vicisitudes, y fue prácticamente abandonada después de la supresión de la Compañía de Jesús, en 1774. Confiada de nuevo a los Jesuitas, en 1837, está aún en 1865 en estado de nuevo comienzo, laborioso y dubitativo, en medio de divisiones numerosas debido principalmente a las querellas entre ritos y jurisdicciones, derivándose de ello rivalidades múltiples. La inexperiencia de las misioneras debe afrontar cada día situaciones difíciles.

Unos meses después de su llegada, María de la Pasión es nombrada superiora de la casa de Tuticorin y un año más tarde, en 1867, a los 28 años, es nombrada provincial de las tres casas que las Reparadoras tienen en el Maduré. Este cargo, que ejercerá durante nueve años, va a darle una amplia experiencia de la vida y problemas misioneros. Surcando en situaciones difíciles y extenuantes toda esta región del sur de India, María de la Pasión se encuentra en contacto, no solamente con el pueblo indio que será para ella siempre muy amado, sino también con el clero misionero y los representantes de la autoridad colonial británica, anglicanos o protestantes. Así, al mismo tiempo que el universo no cristiano, ella descubre otras culturas, otras mentalidades, otras lenguas. En 1874, su campo de acción se extiende con la fundación de una nueva casa en Ootacamund, en la diócesis de Coimbatur, confiada a los Padres de las Misiones Extranjeras de París.

En 1876, una serie de circunstancias dolorosas y contradictorias le obligan a dejar, con una veintena de religiosas del Maduré, la congregación de María Reparadora. Esta nueva herida va a ser el punto de partida de su obra maestra en la Iglesia, que sella, al mismo tiempo, su proprio destino. Llegando a Roma con tres compañeras, en diciembre de 1876, ella somete al Papa Pío IX su deseo de continuar siendo religiosas fundando la congregación de las Misioneras de María, exclusivamente dedicada a la misión. El 6 de enero de 1877, Pío IX les hace saber que autoriza esta fundación, colocada en su punto de partida bajo la autoridad de Mons. Bardou, vicario apostólico de Coimbatur, al mismo tiempo que las invita a crear un noviciado en Francia.


1876-1884

Después de algunas semanas de búsqueda y de contactos diversos, María de la Pasión encuentra una calurosa acogida en su Bretaña natal, en Saint-Brieuc, cuyo obispo Mons. David se hace, desde el principio, su garante y protector. Enseguida se presentan vocaciones y, en 1880, de la pobreza de las primeras casitas de Saint-Brieuc, el noviciado se traslada a la propiedad de los Châtelets, antigua residencia de los obispos de Saint-Brieuc, comprada para las Misioneras de María por un bienhechor, padre de una de ellas. Sin embargo, numerosas cuestiones jurídicas quedan aún en suspenso. La llegada de muchas jóvenes vocaciones obliga a María de la Pasión a volver a Roma, para dar a su Instituto las bases canónicas regulares sin las que no podría desenvolverse. También quisiera darle el apoyo de una gran Orden religiosa que le asegurase estabilidad y apertura.

Desde su llegada a Roma, las circunstancias guían sus pasos hacia el ministro general de los Franciscanos e, inmediatamente, se siente de nuevo en «su casa» cerca de san Francisco a quien, en lo íntimo de su corazón, no ha dejado jamás de llamar Padre.

En agosto de 1882, se funda la casa de Roma, y el 4 de octubre siguiente, fiesta de san Francisco de Asís y celebración del séptimo centenario, María de la Pasión es recibida en la Tercera Orden Franciscana. Apoyada en sólidas bases: una implantación romana y la pertenencia a la Orden franciscana, María de la Pasión va a afrontar la larga y dolorosa batalla de los años 1882-1884 cuando su obra es puesta en entredicho. En efecto, se le abre un proceso de intención, contestando fundamentalmente la existencia de su Instituto. Se le suspende del cargo de superiora general y recibe la interdicción de comunicarse con sus hermanas.

Después de largas gestiones de quienes se constituyeron sus defensores: el ministro general de los Franciscanos y el obispo de Saint-Brieuc, obtienen que el papa León XIII nombre un «encargado de asuntos» para examinar su causa. Las conclusiones de la investigación son claras y decisivas: en abril de 1884, a María de la Pasión se le devuelve su cargo, y su Instituto es autorizado a desarrollarse en la familia franciscana.

Este período, en el que María de la Pasión se encontró de nuevo en el desierto, humillada, condenada sin haber sido escuchada, será para ella un crisol fundador. En el sufrimiento su carisma se purifica, se unifica, se hace más profundo. En esta época es cuando escribe sus textos más bellos, tanto espirituales como místicos.


1884-1904

Los veinte años que siguen van a ser testigos del florecimiento extraordinario de este nuevo retoño de la familia franciscana que se desarrolla de manera que nadie hubiera podido prever. Pero, la afluencia de jóvenes que llegan como contagiadas, y las llamadas provenientes de todas las partes del mundo, no la turban ni la embriagan. Ella asume de forma realista la tarea que se le impone: formar, organizar, asegurar el futuro.

Su vida, en el curso de estos 20 años, es una «gesta» heroica donde se la ve presente en todos los frentes: material, espiritual, apostólico, social, eclesial. Ochenta y seis fundaciones se desgranan sobre todos los continentes, Europa, Asia, África, América, con unas 3.000 religiosas. En 1900, siete Franciscanas Misioneras de María son martirizadas en China durante la revuelta de los Boxers, dando a la fundadora la ¡alegría de tener ahora siete verdaderas Franciscanas Misioneras de María! Para reemplazarlas, ella enviará un nuevo grupo y, entre ellas, una joven hermana, María Asunta, cuya generosidad silenciosa conquistó enseguida el afecto de los chinos, antes de morir de tifus en 1905.

Unos cincuenta años mas tarde, todas serán reconocidas por la Iglesia por el testimonio de sus vidas heroicas, y sus beatificaciones serán como el sello puesto por la Iglesia sobre la vida y obra de María de la Pasión. Ella misma celebrará su pascua pasando de aquí a la casa del Padre el 15 de noviembre de 1904, en San Remo. Su causa de beatificación también está en curso.


Fundación del Instituto

Al inicio del año 1877, María de la Pasión se hallaba en Roma. Después de doce años de fructuosos trabajos misioneros en India, como miembro de la Sociedad de María Reparadora, circunstancias imprevistas le obligan a cambiar su primera orientación. Lealmente viene a Roma -como había hecho Francisco con sus primeros compañeros- buscando luz cerca del sucesor de Pedro, el Papa Pío IX. Para dar este paso tuvo que dejar su comunidad de Ootacamund, en el Vicariato Apostólico de Coimbatur; ella y 3 hermanas vinieron a Roma mientras que, en India, se quedaron dieciséis hermanas. Se alojaron en la Via Santa Chiara, una callejuela cercana al Panteón. Esperando que la situación sea un poco más clara ellas rezan, aunque sus sentimientos van de la inquietud a la esperanza.

El 6 de Enero de 1877, fiesta de la Manifestación de Cristo a los Gentiles, Pío IX autorizó a Monseñor Bardou, Vicario Apostólico de Coimbatur, la fundación en su diócesis del Instituto de las Misioneras de María, consagrado especialmente a las misiones. Las hermanas, tanto en Ootacamund como en Roma, acogieron con gozo esta noticia.

El Instituto nació en India. «Alegrémonos de que nuestro Instituto haya nacido en esta fiesta de la Epifanía. Bendigamos a San Francisco que, en este mismo día, nos hizo la promesa, por medio de su Sucesor, de acogernos siempre bajo su manto, y recordemos su invitación: "Para encontrar sitio bajo este manto y ser un rayo de la Estrella Inmaculada que atrae las almas a Jesús, es preciso ser muy puras, muy pequeñas"» (Meditación de María de la Pasión).

El Cardenal Franchi invita a María de la Pasión a abrir un noviciado en Francia. Algunos días después, durante una audiencia, el Papa le da ánimos y le impone las manos como confirmación de la misión que, en nombre de Dios, acababa de otorgarle.

María de la Pasión no puede prever la envergadura de la misma; día tras día, año tras año, está atenta a los signos de los tiempos, a las sorpresas de la Providencia manifestadas siempre por los acontecimientos. Confía en Dios y sigue adelante, a pesar de las contradicciones, de las pruebas crucificantes que imprimirán un sello especial a los primeros años de la vida del Instituto.

En marzo de 1.877, María de la Pasión redacta el «Plan del Instituto de las Religiosas Misioneras de María», primer bosquejo de las Constituciones; el artículo 17 está redactado con vistas al futuro: «Cuando llegue el momento oportuno, el Instituto someterá sus Reglas al Papa, porque hace una profesión especial de respeto y obediencia a la Santa Sede, comprometiéndose a fundar allí donde la Iglesia lo desee, pues el fin del Instituto lo hace Universal». Desde el principio, esta universalidad compromete a todas las hermanas a una disponibilidad total al servicio de la evangelización: deben ir por doquier, a pesar de los riesgos, para testimoniar, allí donde se encuentren, el amor de Dios por todos los seres humanos, a través de todos los servicios y respondiendo a las necesidades de cuantos les rodeen.


Frutos de santidad entre las FMM

María Assunta Pallota

Una joven de principios del siglo XX, que vivía en la región de las Marcas, en Italia, se abre a la acción del Espíritu que la impulsa a consagrarse a Dios. Se hace Franciscana Misionera de María, en una vida contemplativa y activa.

Nace y crece en un ambiente muy sencillo. El Señor hace en ella «grandes cosas» en el pequeño camino por el que avanza: el camino de la minoridad, en el que toda su persona irradia el amor de Dios. A nuestro mundo, en búsqueda de poder y de riqueza, le dice: «Pido al Señor la gracia de dar a conocer al mundo la pureza de intención que consiste en hacer todo por amor de Dios, incluso las acciones más ordinarias». Y estas «pequeñas cosas» que hace, llegan a ser sus instrumentos de evangelización en Italia y en China...

Jesús es el centro de su vida. A través de la vida eucarística, crece en el don de ella misma; «adorando al Crucificado, que dio su vida por los hombres, llega al conocimiento del amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento», y aprende a dar la vida por sus hermanos.

Su vida se consume en una palabra que la resume: «¡SHEN-TI, SHEN-TI!»: EUCARISTÍA, EUCARISTÍA - acción de gracias, en chino.


Santa María Herminia de Jesús y Comps., Mártires de China

[Véase: http://www.franciscanos.org/santoral/herminia.html]

A través de estas páginas queremos acercarnos a la vida de siete misioneras que sufrieron la muerte, por su fe cristiana, junto con obispos, sacerdotes, seminaristas y laicos, en la lejana China. Son mártires, es decir, testigos: dieron su vida por fidelidad a Jesús y a su Evangelio.

Hoy como ayer, la savia que alimenta y une a los mártires de antaño y a los de nuestros días, es la misma: la vida de Jesús, Testigo del Amor del Padre, y su mensaje de fraternidad sin fronteras, fraternidad cimentada en la justicia y la misericordia, fraternidad que construye la paz. Estos hombres y mujeres -testigos de hoy y de ayer-, tuvieron y tienen las mismas actitudes de fondo: apertura a Dios, disponibilidad al Espíritu, entrega cotidiana al servicio de la gente, amor verdadero.

Por eso, conocer las vidas de siete misioneras -siete Franciscanas Misioneras de María-, puede ayudarnos a comprender mejor el camino de Dios en nuestras vidas, y suscitar y afianzar en nosotros un compromiso, sencillo pero real, con el Evangelio.

En 1898, monseñor Francisco Fogolla, obispo coadjutor en Chan-Sí (China), viene a Roma. Desea llevar una comunidad de religiosas misioneras a su lejana misión de ese inmenso país de Asia, en donde crece un pequeño núcleo de nuevos cristianos. Hace falta la presencia de la mujer para expresar, de alguna forma, el misterio del Amor del Dios revelado en y por Jesús, desconocido aún para ese pueblo numeroso, el más numeroso de nuestro planeta.

Encuentra a María de la Pasión, Superiora general y fundadora de una Congregación nueva y que se dice específicamente misionera, es decir, que su razón de ser es llevar a los lugares más lejanos y difíciles la Buena Noticia de la salvación.

El obispo misionero expone las necesidades: organizar un pequeño hospital para los enfermos, que son tantos...; hacer del orfanato, que ya recoge varios centenares de niños, un espacio educativo más válido; enseñar y promover a las mujeres en lo referente al hogar, la higiene, la alimentación, la dignidad del trabajo... y, desde luego, la catequesis, la oración, el canto. Tantas cosas muy concretas, urgentes e importantes. Habrá que aprender bien el chino para que la comunicación pueda darse normalmente, las costumbres del pueblo... Esto no será fácil; el camino para llegar al Chan-Sí es largo, peligroso, toda una aventura.

María de la Pasión escucha, siente que Dios está deseando enviar allá a sus hermanas. Y después de reflexionarlo largamente, su respuesta es afirmativa: acepta el desafío. Busca entre sus hermanas y propone a algunas la nueva misión. Poco a poco, se va formando el «rostro» del grupo, el cual, como siempre que es posible en el Instituto de las Franciscanas Misioneras de María, se verá constituido por hermanas de diferentes nacionalidades.

He aquí el nombre de las siete que llegan al Chan-Sí:

Marie-Hermine de Jésus, francesa, 33 años, responsable de la comunidad.
Maria della Pace, italiana, 24 años, la más joven.
Maria Chiara, italiana, 27 años.
Marie de Sainte-Nathalie, francesa, 35 años.
Marie de Saint Just, francesa, 33 años.
Maria Adolphina, holandesa, 33 años.
Maria Amandina, belga, 27 años.
Martirizadas el 9 de julio 1900, en Taiyuanfu (China). Beatificadas el 24 de noviembre 1946, en Roma, por el Papa Pío XII. Canonizadas el 1 de octubre del 2000, en Roma, por el Papa Juan Pablo II.

¿Quiénes eran?

Siete mujeres, de carne y hueso como nosotros, que salieron de Francia, Bélgica, Italia, Holanda..., enviadas a China, al servicio de sus hermanos, por los cuales dieron sus vidas el 9 de julio de 1900.

Siete religiosas con deseos de servir a Dios, a la Iglesia, a la misión... con sus dones, sus límites, su temperamento, su historia.

Siete Franciscanas Misioneras de María que tenían una característica común: el inmenso deseo de abrir sus vidas al Espíritu para responder, hasta el final, a la llamada de Dios.


¿Cómo vivimos?


Vivimos la Misión Universal, una aventura en comunión, al servicio de la vida y la esperanza.

Vivimos la justicia como artífices de paz (1ª Orientación de nuestro reciente Capítulo General):

Vivimos la justicia en una actitud de conversión permanente, que toca todas nuestras relaciones: con Dios, con los otros y con toda la creación.

Vivimos la justicia como una acción evangelizadora que nos compromete, con Cristo, pan partido y compartido, en la transformación del mundo. Como mujeres de esperanza, prontas a asumir riesgos, trabajamos por la transformación de las estructuras injustas. Escogemos: anunciar la Vida y denunciar todo lo que la amenace.

Como Francisco, vivimos como artífices de paz en espíritu de minoridad, de no-violencia activa y de reconciliación.

Participamos en el encuentro del Evangelio con las culturas (2ª Orientación de nuestro reciente Capítulo General):

Como María, invitada por Dios a colaborar en la Encarnación, nosotras tomamos parte en la encarnación continua del Evangelio. Descubrimos cómo Dios está presente en medio del pueblo al cual hemos sido enviadas.

Vivimos en comunidades interculturales, en el respeto y la acogida de los diferentes valores de las diversas culturas, y nuestra vida se vuelve, ella misma, encuentro entre el Evangelio y las diversas culturas, y anuncio de la Buena Nueva.

Buscamos nuevos caminos para encarnar y comunicar el Evangelio.

Colaboramos a la comunión con vistas al Reino de Dios (3ª Orientación de nuestro reciente Capítulo General):

La dimensión eucarística está al centro de nuestra misión.

Privilegiamos las inserciones y los ministerios al servicio del diálogo con personas de otras religiones, de otras confesiones cristianas y con aquellos que están lejos de la Iglesia. Vivimos este diálogo en la vida cotidiana, por relaciones sencillas y abiertas.

Vamos al encuentro de otras religiones en el espíritu de Francisco, siendo testigos de paz y reconciliación. Trabajamos en colaboración con otras congregaciones religiosas, otras Iglesias cristianas, con los laicos, y con diferentes organizaciones.

Vivimos la universalidad, herencia de nuestra Fundadora, María de la Pasión, que nos lleva más allá de fronteras, etnias, castas y nacionalidades.

Nuestras comunidades internacionales son signos e instrumentos de comunión; este aspecto de nuestro carisma nos da una vocación particular para construir puentes entre grupos diferentes y a veces opuestos. Nos comprometemos a vivir, en la Iglesia local, la dimensión universal.

Valoramos el envío fuera del país y la acogida de las hermanas enviadas, como signo de comunión entre Iglesias-hermanas que, juntas, son responsables de la Misión Universal.


Orientación para la Misión

-- Las Franciscanas Misioneras de María comparten la vida del pueblo al que son enviadas. Desde la fundación del Instituto, esto significa que las hermanas están disponibles para ser enviadas a todas partes, incluso a lugares lejanos y peligrosos.

-- La comunicación del mensaje evangélico es el principal objetivo de las FMM: a través de sus vidas, quieren testimoniar el Evangelio dondequiera que estén.

-- Toda nueva fundación se hace siempre con vistas a responder a las necesidades de las personas y de la Iglesia local.

-- La orientación misionera de las FMM está ritmada por su compromiso en favor de la justicia, la paz y la integridad de la creación. Su misión, a través del mundo, se realiza por la colaboración ecuménica, el diálogo con todos, la búsqueda de la verdad y la justicia, para construir el Reino de Dios.


Preparación de los miembros nuevos

La joven que se prepara para vivir como Franciscana Misionera de María pasa un tiempo, generalmente alrededor de un año, en una comunidad FMM. Allí discierne, junto con las hermanas, la llamada personal de Cristo y las aptitudes necesarias para la vida FMM. Este período se llama prenoviciado.

Después del prenoviciado, la joven empieza una formación más intensa, que dura por lo menos dos años. Es un tiempo dedicado a profundizar la relación personal con Dios, a aprender a dar la respuesta concreta a la llamada del Señor, a descubrir la espiritualidad del Instituto y a prepararse a la consagración religiosa por medio de los votos. Es el periodo llamado noviciado.

Terminado el noviciado, la joven se compromete con los tres votos de pobreza, obediencia y castidad por un periodo de tres años. La preparación a la vida FMM se profundiza a través de su total participación en la vida de oración y la misión de la comunidad. Al final de esta etapa, la joven se compromete de manera definitiva como FMM y en este momento recibe, de la Superiora General, su primer envío en misión, que puede ser en cualquier país del mundo donde están presentes las FMM.

A lo largo de toda su vida, toda Franciscana Misionera de María continúa profundizando su vocación específica, en la vida y por la vida: oración regular, compartir con las hermanas de la comunidad. Esta profundización se hace también a través de tiempos de renovación espiritual en ciertas etapas de la vida.


¿Dónde estamos?

7.829 Franciscanas Misioneras de María son enviadas a anunciar la Buena Nueva a todo el mundo.

Trabajamos en la Misión Universal en 76 países: 22 en África; 12 en América Latina; 2 en América del Norte; 18 en Asia; 19 en Europa; 1 en Oceanía.

Nuestra comunidad internacional comprende 76 nacionalidades: 18 africanas; 14 americanas; 20 asiáticas; 1 australiana; 23 europeas.


El Instituto en cifras al 31-XII-2000

ÁFRICA: Hermanas de votos perpetuos - 782; Hermanas de votos temporales - 152; Novicias - 58; Pre-novicias - 39; Total 1031.

AMÉRICA DEL NORTE: Hermanas de votos perpetuos - 371; Hermanas de votos temporales - 10; Novicias - 4; Pre-novicias - ; Total 385.

AMÉRICA LATINA: Hermanas de votos perpetuos - 639; Hermanas de votos temporales - 43; Novicias - 16; Pre-novicias - 10; Total 708.

ASIA: Hermanas de votos perpetuos - 2719; Hermanas de votos temporales - 352; Novicias - 86; Pre-novicias - 70; Total 3227.

EUROPA: Hermanas de votos perpetuos - 2291; Hermanas de votos temporales - 62; Novicias - 20; Pre-novicias - 22; Total 2395.

OCEANÍA: Hermanas de votos perpetuos - 83; Hermanas de votos temporales - ; Novicias - ; Pre-novicias - ; Total 83.


Dirección de la Casa General:

Franciscanas Misioneras de María
Via Giusti, 12
00185 Roma (Italia)
Teléfono: 06/70453555
Fax: 06/77207458
E-mail: casagen@fmm.org


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FRANCISCANAS MISIONERAS DE MARÍA

Madre María de la Pasión, la Fundadora

Elena-María-Filipina Chappotin de Neuville nació en Nantes (Francia) el 21 de mayo de 1839. Vino al mundo en el seno de una familia de la nobleza bretona y fue la menor de cinco hermanos. Su padre era ingeniero y, aunque vivían con holgura, no eran ricos, por lo que aprendió a no despilfarrar. Y pronto destacó dentro del grupo familiar, conformado también por sus primos, con una serie de cualidades que superaban la media común.

Su rico temperamento, con fuertes contrastes, tendrá que dominarlo para conseguir una perfecta armonía. Su carácter apasionado, sensible y ardiente, dulce y enérgico, activo y desbordante, le hará aparecer enseguida como un líder dentro del mundo familiar. Su fina inteligencia la hizo ser, al mismo tiempo y en la medida en que crecía, una chica reservada y reflexiva. Pero también independiente, altiva, inconformista y, como buena bretona, idealista. Su madre la fue formando a la sobriedad, sin ceder a sus caprichos y enseñándole a dominarlos. Una educación alegre e informal, pero al mismo tiempo basada en la responsabilidad y el deber. Formación que compartía con sus once primos, en el Castillo de Le Fort. Así se fue formando la personalidad de Elena. Empieza a percibir los valores de la existencia. El amor, como lo más grande de la vida. La verdad que hay que buscar, el sentido de la vida... Y comienza a entrever que sólo Dios tiene la respuesta a sus interrogantes.

Pronto escuchó la llamada de Dios, pero no pudo responder a ella enseguida, debido a sus problemas familiares. Muertas sus hermanas, era la única hija que quedaba en casa. Expone a su madre sus deseos, y, unos días antes de partir, su madre muere repentinamente, ante la idea de su separación. Su padre y sus sobrinos la necesitan ahora. Tiene que esperar. Duda, se le presentan otras opciones. ¿Qué querrá Dios de ella? Espera, busca, reza, encuentra... y ¡responde!

El 9 de diciembre de 1860 entra en las Clarisas, y se encuentra feliz. Allí, el 23 de enero de 1861, tiene una experiencia mística en la que se siente llamada a ofrecerse por la Iglesia y el mundo. Desde ese momento estará marcada por este carisma personal que luego transmitirá a su Instituto. Pero la dureza de vida de estas Damas Pobres, quebranta su salud y unos meses más tarde tiene que salir. En casa y ya restablecida, la familia se opone a su vocación. Puesto que Dios fue la clave de su vida, se dejó conducir por Él.

Tres años después, en 1864, entra en la Sociedad de María Reparadora, donde el nombre nuevo que le impusieron, María de la Pasión, lo comenzó a realizar en la vida. Novicia todavía, en 1865 fue enviada a la India, donde la Sociedad tenía tres casas. Allí irá descubriendo en la vida y en los acontecimientos, muchas veces dolorosos, la voluntad de Dios. Y en lugar de evadirse, luchó, la afrontó y actuó. En 1866 hace su profesión temporal y es nombrada superiora de Tuticorin. Un año más tarde es nombrada Provincial del Maduré. Así creció y maduró en su fe. El 15 de enero de 1871 hizo su profesión perpetua.

En el año 1875 todo parecía prosperar. Las obras producen abundante fruto y, gracias a su genio organizador, todo marcha bien. Y sin embargo, una gran tormenta estaba a punto de desencadenarse. La fundación de una nueva comunidad en Ootacamund, en la que se afanaba María de la Pasión, pensando en los frutos que también daría, iba a estar centrando el drama. La concurrencia de una serie de circunstancias penosas, unidas a los malentendidos que, desde antes de su llegada, existían en la India y las divergencias en el modo de entender la situación, hicieron estallar la tempestad. En enero de 1876 fue depuesta como Provincial del Maduré. Les propusieron aceptar unas condiciones a ella y a sus compañeras -condiciones que lesionaban y ofendían sus conciencias-, o dejar la Sociedad. Había llegado la hora de una nueva elección. Dios, que la preparaba para su Obra, irrumpe en su camino a través del Misterio Pascual. Y ella sabe hacer una lectura creyente de su vida y descubrir la voluntad de Dios: sufre, pero no se evade, sino que lucha, afronta y actúa. En el mes de agosto de 1876, una decisión de la General de la Sociedad la restituía al mundo con veinte de sus compañeras, sin dispensarla de los votos.

Ante la responsabilidad de cuidar de sus compañeras, el 21 de noviembre de 1876 se embarca para Roma con tres de ellas, dejando a las diecisiete restantes en Ootacamund, para someter a la Iglesia su situación. Mujer audaz y realista, a sus treinta y siete años inicia una nueva aventura de fe: fundar en la Iglesia un Instituto dedicado a la misión universal, que abarcase el mundo entero.

El 6 de enero de 1877, nacen las Franciscanas Misioneras de María, por decisión del Papa Pío IX, como Instituto misionero. María de la Pasión se pone a la obra de darle una estructura, un carisma y unas constituciones. Mujer cercana, guía segura y de una extraordinaria humanidad, enseguida se vio rodeada de jóvenes de todo el mundo, que deseaban compartir su ideal misionero y llegar a los países más lejanos y a las misiones más remotas.

Y tras las dificultades y pruebas de los primeros tiempos, donde vuelve a ver amenazada su existencia, en 1882 Francisco de Asís lo toma bajo su manto protector y se hace más vigoroso. A partir de 1885, comienza el desarrollo del Instituto y la multiplicación de fundaciones por la geografía del mundo y por este orden: Marsella y Cartago, Ceilán -hoy Sri Lanka-, China y París, Inglaterra, Meliapur (India) y Suiza; Bélgica, Canadá y Grottaferrata (Italia), otra más en Bélgica y Portugal, Congo, Mozambique, leproserías en Birmania y Japón; Austria, Hungría, Madagascar y España, su largo y acariciado sueño. Ese mismo año, 1900, en China, con la persecución de los boxers, siete Hermanas son martirizadas en Tay-yuan-fu. Al recibir la noticia, María de la Pasión dirá: «Mis siete dolores y mis siete alegrías». Y entonará un Te Deum de acción de gracias. Pero sigue adelante: Florencia, Natal, Irlanda, Estados Unidos, Macao, Chile... En cada país aumentan las casas, y hay que ayudarles. Se parte desde la pobreza total. El trabajo para ganarse la vida es duro.

Finalmente, el 15 de noviembre de 1904, tras una breve enfermedad, a los 65 años, muere después de haber recorrido varias veces Europa y dejando abiertas más de 80 casas y unas 2.069 misioneras trabajando en todo tipo de actividades en casi todos los continentes.


Compromiso y creatividad: vivencia de un carisma

Ciertamente María de la Pasión fue una mujer extraordinaria, fuerte en su debilidad, pero humana y cercana. ¿Cómo pudo realizar una obra tan inmensa en sólo veintisiete años? Porque se puso totalmente al servicio de Dios en la entrega generosa de su vida. La fuerza del don de Dios, acogido y vivido personalmente como su carisma personal, lo entrega luego a la Iglesia. Este carisma que primero fue historia personal, luego lo ofreció a sus seguidoras. Un carisma único y múltiple a la vez.

La entrega de su vida por la Iglesia y el mundo, que vislumbró ya en las Clarisas, se fue iluminando y encarnando a través de los acontecimientos de la India, que la introdujeron en la vivencia del Misterio Pascual. Éste va a ser el centro del nuevo camino:

Con Cristo muerto y resucitado, se participa en su Misterio Pascual, ofreciendo la propia vida para que se realice en el mundo el designio amoroso del Padre: su Reino. Por esto y para esto se es misionera: enviada para anunciar esta Buena Nueva a los más pobres, marginados y despreciados, con prioridad a los que no la conocen porque el amor de Cristo no les ha sido nunca revelado. El trabajo misionero encuentra su dinamismo en la contemplación y seguimiento de Cristo. En la oración de acción de gracias y la adoración, ante Jesús Eucaristía, presencia viva, hecho Palabra y Pan que se parte y reparte para que el mundo tenga vida. Así también las FMM viven su entrega.

Esta triple dimensión del carisma, se realiza en la vida con unas actitudes y características especiales:

-- Un estilo: como María, la mujer que en total disponibilidad de amor, supo acoger en la sencillez de su vida, el mayor acontecimiento de la historia: el misterio de un Dios a quien hizo hombre en su ser, entregándolo al mundo, con la misma gratuidad con que lo recibió.

-- Un talante: como Francisco de Asís, viviendo en medio del mundo el Evangelio en forma radical, y siguiendo a Cristo con sencillez, paz y gozo, para que el mundo pueda descubrir el rostro de Dios. Y siendo constructoras de paz en la minoridad.

El Instituto está abierto a todos los pueblos y países, como la Iglesia. De todas las razas y culturas se podrá pertenecer a él, ya que es una fraternidad internacional. La internacionalidad del Instituto, desde sus inicios, está íntimamente vinculada a la Misión Universal, siendo por ello «signo del Reino» y «testimonio de comunión entre las iglesias» (C.G.P.II).


Siguiendo el surco abierto

Sin la presencia física de esta mujer audaz y fascinante, el Instituto tenía que seguir, ahora bajo el gobierno de la madre María de la Redención (1905-1917), la fiel colaboradora la María de la Pasión. Herederas de su espíritu, continuaron creciendo y expandiéndose, pese a las dificultades. En 1911, de 86 casas se pasó a 121. Hubo que crear nuevas provincias, pues las FMM eran casi cuatro mil. Había que seguir acompañando a las misioneras en los rincones más recónditos. La I Guerra Mundial de 1914-1918 dejó incomunicadas muchas casas. La rápida enfermedad de la nueva general, María Magdalena de Pazzi (1918-1920), condicionó mucho los asuntos y las comunicaciones. Pese a todo, en el momento de su dimisión había 163 casas, en 12 provincias, con 3.822 religiosas.

El Capítulo General de 1920 eligió a la madre María de San Miguel (1920-1932), que con sus dotes y su marcada personalidad ayudó de nuevo al Instituto a reorganizarse y cohesionarse. Durante su mandato se celebró el Cincuentenario de la fundación y con ella la gran familia de María de la Pasión volvió a encontrar el dinamismo y la unidad. Y siguió creciendo: las misioneras eran 6.156, en 257 casas y 19 provincias. Se habían hecho presentes en ocho nuevos países.

De 1932 a 1960 toma las riendas del Instituto la madre María Margarita del Sagrado Corazón. Le toca vivir un mundo entre la guerra y la paz. Vivió la II Guerra Mundial y otras en diversos países, como la de España (1936-39). Animó la vida espiritual del Instituto, alentando a todas con gran fortaleza de espíritu en los sufrimientos que las guerras fueron dejando en cada una; y recordando las palabras de la Madre Fundadora: «Nuestra nación es el mundo entero», para evitar heridas entre hermanas de países enfrentados. Tras su mandato, el Instituto contaba con 10.137 miembros, 406 casas y 25 provincias, y se había entrado en 17 países más. A la siguiente General, María de Santa Inés (1960-1972), le tocará poner en marcha la renovación conciliar con una bondad y serenidad fuera de lo común. La muerte le impedirá participar en el gran Capítulo de 1972, con tanto cariño preparado. En su mandato, el Instituto alcanzó su cúspide: 11.140 FMM, en 428 casas y 30 provincias.

En el umbral de la nueva etapa, la hermana Alma Dufault (1972-1984), norteamericana, será la elegida para revisar la vida en el hoy, confrontarnos con el carisma y enfocar el Instituto hacia el mañana. Triple desafío que, tras la redefinición del Capítulo sobre la identidad FMM, se plasmará en las nuevas Constituciones. En su primer mandato erige 13 nuevas provincias y 250 inserciones o fraternidades van a nacer como experiencias. Se celebra el I Centenario del Instituto en la acción de gracias, por la misión evangelizadora. Y se enmarca la vocación profética de hoy y de mañana en tres ejes: la contemplación, la entrega a los más pobres y el servicio a la misión universal.

La Hna. Maura (1984-), continuando este caminar, ayudará al Instituto, cada vez más plural, a profundizar su carisma en vista del año 2000. Y seguirá siendo el vínculo de unidad en medio de una diversidad cada vez más acentuada.

A lo largo de este caminar centenario, varias hermanas, siguiendo el sendero marcado por su Fundadora, han sellado con la sangre su testimonio de entrega. Además de las siete mártires de China, beatificadas en 1950 y canonizadas en el año 2000, está María Assunta Pallota, a quien su celo apostólico llevó a morir en China, víctima de una epidemia de tifus; fue beatificada en 1954. María Teresalina (Joaquina Zubiri), vizcaína, fue martirizada en Cachemira (Pakistán) en 1947. Durante la independencia del Zaire, junto con otros misioneros, María de S. Marciano (Irene Pérez), navarra, y María Margarita de Cortona (Angelina Di Schiena), italiana, entregaron su vida el 25 de noviembre de 1964. Y la lista continúa en tantos países en guerra. En este surco abierto es donde se encuentra la fecundidad misionera del Instituto.


Presentes en todo el mundo

Un siglo después de su fundación, las FMM forman un grupo de 8.375 mujeres pertenecientes a 73 nacionalidades distintas, de todas las razas y clases sociales que, reunidas por el Espíritu, forman una Fraternidad internacional en 856 comunidades y están presentes en 77 países de los cinco continentes. En medio de esta diversidad y pluralismo, viven unidas por un mismo ideal y una idéntica misión: el servicio de la Evangelización universal.

El carisma confiado por Dios a María de la Pasión permanece abierto, para seguir buscando en la Iglesia y en el mundo de hoy respuestas nuevas a las necesidades actuales. El primer objetivo es la transmisión del mensaje de Cristo. Para eso las FMM se hacen presentes entre los hermanos a través de múltiples actividades y en diversidad de formas de vida, empeñadas siempre en encarnar el Evangelio existencialmente. Trabajan por el desarrollo, la justicia y la liberación integral, como exigencia del mensaje de Jesús. Donde no es posible, su evangelización se limita al testimonio y a compartir la vida en la amistad; su presencia al servicio de los más pobres manifiesta y es signo del amor de Dios al mundo. Colaboran y participan en el proceso de inculturación de la fe en los pueblos y medios en los que están insertas. Artífices de paz y reconciliación, se comprometen y luchan por un mundo más humano y fraterno, con todos los hombres que trabajan por este mismo fin. Pero, como Francisco, tienen sus preferencias por los más pobres y marginados, cualesquiera que sean.

Por eso están presentes en el Tercer Mundo, en los pueblos más alejados, donde la Iglesia no está aún presente, entre los que no conocen a Cristo y entre los que reclaman paz y justicia; sin distinción de razas, culturas o nacionalidades; y sin preguntarles por su nacionalidad o partido. Están junto al débil, al disminuido físico o mental; con los analfabetos, los refugiados políticos, los emigrantes, con los que están al margen de la ley al no tener sus papeles en regla, y con los que nunca pudieron tenerlos; con los campesinos pobres, los sin tierras o sin país: en medio del pueblo palestino y del judío, con los sirios y los libaneses. Con los presos, los leprosos, y los enfermos. Trabajan en medio de barrios de delincuencia y prostitución, entre familias hacinadas, con los gitanos o el mundo de la drogadicción... Y, de un modo especial, se preocupan de la promoción de la mujer en todos los países. Ningún campo está cerrado a su misión, aunque no pueden llegar a tantos sitios como quisieran.


[Cf. Convocados por Francisco. Familia Franciscana es España, hoy. Madrid 1999, pp. 205-214]

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