DIRECTORIO FRANCISCANO

Documentos Pontificios


S. S. Juan Pablo II

VISITA PASTORAL AL MONTE ALVERNA

Viernes, 17 de septiembre de 1993

 

LA ESTIGMATIZACIÓN DEL ALVERNA Homilía de la misa concelebrada en el Santuario

1. Este es el hombre que «en su vida reparó la casa, y en sus días fortificó el santuario» (Sir 50,1). Este hombre se llama Francisco, «hombre nuevo, que el cielo dio al mundo» (LM 12,8). Nos encontramos aquí siguiendo sus huellas. Por aquí pasó el Poverello de Asís. Aquí reveló el gran amor que ardía en su corazón. Ese amor lo hizo semejante al Amado, al Crucificado: «Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús» (Gál 6,17). Las palabras de Pablo se cumplieron en él admirablemente y Umbría fue testigo de ello. Este lugar montañoso, que hoy tengo la oportunidad de visitar, también fue testigo: el Alverna.

2. Queridos hermanos y hermanas, tuve la intención de visitaros el año pasado, pero, como sabéis, entonces no fue posible. Por tanto, con gran alegría me encuentro hoy entre vosotros. Os saludo a todos con afecto. Ante todo, saludo al cardenal Silvano Piovanelli, arzobispo de Florencia, al obispo de esta diócesis, monseñor Giovanni D'Ascenzi, a los demás prelados presentes, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a los representantes de las diferentes asociaciones y movimientos apostólicos. Saludo al señor alcalde de Florencia, ciudad ligada al Alverna desde hace siglos por muchos motivos, así como al representante de la administración pública del antiguo barrio montañés, al que confiere singular prestigio el apellido Chiusi de La Verna.

Deseo manifestar mi complacencia a la Orden de los Frailes Menores en las personas del ministro general y del ministro provincial de Toscana. Saludo al padre Eugenio Barelli, custodio de este sagrado convento, y le agradezco su acogida, así como a los demás religiosos, que «practican la hospitalidad» (Rom 12,13). Queridos hermanos del Alverna, os corresponde a vosotros mantener viva la presencia de san Francisco en este lugar para que, quien suba hasta aquí, pueda hallar en su autenticidad el misterio de la configuración con Cristo crucificado, que se manifestó precisamente aquí mediante el don de los estigmas en septiembre de 1224.

3. Los estigmas, las cicatrices de la pasión de Cristo en el cuerpo de Francisco, eran el signo extraordinario mediante el cual se revelaba la cruz que cada día cargaba sobre sí, en el sentido más literal del término. ¿No dijo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame... Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará»? (Lc 9,23-24). Francisco abrazó toda la verdad de esta paradoja. El Evangelio fue para él su pan de cada día. No se limitaba a leer sus palabras, sino que a través de las expresiones del texto revelado trataba de descubrir a aquel que es el Evangelio mismo. En Cristo, en efecto, se revela hasta el fondo la economía divina: "perder" y "ganar" en sentido definitivo y absoluto. Con su existencia Francisco anunció y sigue anunciando también hoy la palabra salvadora del Evangelio. Es difícil encontrar un santo en el que el mensaje perdure tan profundamente más allá de la prueba del tiempo. Francisco es un santo, en cierto sentido, universal; a través de él Cristo quiso proclamar el Evangelio no sólo en su época, sino también en las demás, en la nuestra, en culturas y civilizaciones muy diversas entre sí. Así pues, quien pierde la vida por Cristo, la salva. La salva de una manera maravillosa.

4. Los estigmas que Francisco recibió en este lugar, el monte Alverna, constituyen un signo particular. Son el testimonio íntimo de la verdad del Poverello. De manera auténtica y profunda «se gloriaba de la cruz de Cristo», y de nada más: solamente «de la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (cf. Gál 6,14). Se trata de un signo de semejanza en virtud del amor. Lo dice el apóstol Pablo y lo repite Francisco de Asís: por medio de la cruz de Cristo y gracias a la fuerza del amor «el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo» (Gál, 6,14). El mundo no quiere ser crucificado: escapa de la cruz. El hombre aborrece ser «crucificado para el mundo». Así era en tiempos de Francisco y así es también hoy. La lucha entre el mundo y la cruz existe desde siempre, ¡es lucha con la cruz de la salvación! Podría parecer, por tanto, que Francisco se ha convertido prácticamente en un testigo poco actual o inútil. Quien dice a Cristo: «Tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen» (Sal 16,2), parece ir contra la mentalidad contemporánea. En efecto, el hombre con frecuencia no reconoce al Señor; quiere ser el señor de sí mismo y del mundo. Por esta razón, el mensaje de Francisco es signo de contradicción. Un mensaje de este tipo debería ser rechazado y, en cambio, cada vez se lo busca más.

5. Se trata de un mensaje que constituye un llamamiento apremiante a volver a Cristo, a redescubrir en su cruz «el camino y la antorcha de la verdad» (San Buenaventura, De triplici via III, 5): la verdad que nos hace libres, porque nos hace discípulos del Maestro divino. El itinerario espiritual de san Francisco se distinguió por este seguimiento fiel del Hombre-Dios, cuya renuncia y despojo total (cf. Flp 2,7) se esforzó por imitar sin reservas. Esto hizo de él, como dice san Buenaventura, «el cristianismo pobre» por excelencia (cf. LM 8,5). Este itinerario-seguimiento alcanzó su culmen en el Alverna con la impresión de los estigmas. Aquel momento, a pesar del desgarramiento de la carne, fue su grito de victoria, análogo al de san Pablo, que refiere la segunda lectura que acabamos de escuchar: «Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús» (Gál 6,17). La estigmatización del Alverna representa así la conformación visible con la imagen de Cristo que hace de Francisco el ejemplo en el que todo cristiano puede inspirarse en su camino de acercamiento progresivo a Dios creador y redentor. Al respecto son significativas las palabras pronunciadas por el Poverello al concluir su vida: «He cumplido mi tarea; que Cristo os enseñe la vuestra» (LM 14,3).

6. Estas palabras no representan un complaciente repliegue sobre sí mismo, sino la humilde acción de gracias por cuanto el Señor había realizado en él. Su sentido es el siguiente: que Cristo os enseñe, como hizo conmigo, a ser sus discípulos. En especial, son dos las enseñanzas del Maestro divino que Francisco siguió con total fidelidad: obedecer al Papa, vicario de Cristo en la tierra, y venerar e imitar a su santísima Madre María. La legitimación de su actuación en la Iglesia, también con la fundación de una nueva orden religiosa, depende completamente de las palabras del primer capítulo de la regla: «El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al Señor Papa». En esta perspectiva, poco antes de morir recomendaba a sus discípulos «la fidelidad a la santa Iglesia romana» (LM 14,5). San Francisco, además, «mostraba un amor inefable a la Madre del Señor Jesús», por haber hecho «al Señor de la majestad hermano nuestro», y «en ella principalmente, después de Cristo, depositaba su confianza» (LM 9,3). Imitó a María en su silencio meditativo, sobre todo después de haber sido honrado por Cristo, en este monte, con los signos de su pasión, para mostrar que cuanto mayores son los privilegios concedidos por Dios, tanto más tiene que humillarse quien los ha recibido. «El hombre evangélico Francisco», refiere san Buenaventura, «bajó del monte llevando consigo la efigie del Crucificado... dibujada en su carne por el dedo de Dios vivo»; y «consciente del secreto regio, ocultaba cuanto podía aquellos signos sagrados» (LM 13,5).

7. «Él cuidó de su pueblo para evitar su ruina y fortificó la ciudad contra el asedio» (Sir 50,4). Queridos hermanos y hermanas, este pasaje del libro del Sirácida, que hemos escuchado al comienzo de la misa, se refiere a Cristo mismo: en toda circunstancia "cuidadoso de su pueblo". Ha arraigado la cruz en la historia del hombre; la arraigó en los corazones humanos. "El mundo crucificado" en Cristo se muestra cada vez más como el mundo amado: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16). Francisco testimonió este amor inconmensurable y sigue testimoniándolo también en nuestros días. Sólo el amor puede salvar del fracaso a la humanidad y al mundo, a este mundo por el que el hombre se siente asediado y amenazado de diferentes maneras.

8. Venimos, oh Francisco, a encontrarte en este lugar que tanto amaste. Venimos a ti para confirmarnos, una vez más, en la convicción de que el Amor es más grande que toda fuerza negativa. Te saludamos al final del segundo milenio cristiano. Te saluda la Iglesia y toda la familia humana. Y te pedimos, Poverello de Asís: "Fortifica el santuario" también en nuestros días. Fortifica a la Iglesia. Amén.

 


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