DIRECTORIO FRANCISCANO
Documentos franciscanos oficiales

CON LUCIDEZ Y AUDACIA
Informe del Ministro General
al Capítulo Extraordinario del 2006

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SEGUNDA PARTE
VIVIR CON PASIÓN EL PRESENTE

19. La pasión es la respuesta de quien, sintiéndose amado con amor de predilección, se ha puesto en camino para seguir más de cerca, hasta las últimas consecuencias, las huellas de Jesucristo. La pasión explica el testimonio de nuestros mártires y de nuestros santos, el ir y edificar de nuestros evangelizadores, el atractivo y contagio de la vida de tantos hermanos nuestros -clérigos y laicos, «doctos e ignorantes»-, que dan brillo a nuestra historia.

Y puesto que la pasión por Cristo se transforma, necesariamente, en compasión por el hombre, la pasión está a la base del servicio callado y humilde tantas veces, pero precisamente por ello precioso a los ojos del Señor, de muchos hermanos nuestros que, al igual que el samaritano de la parábola, cuidan de quienes yacen «medio muertos» a la vera del camino (cf. Lc 10,30ss).

De este modo, la pasión, que brota de un corazón profundamente enamorado, como el de Francisco y el de Clara entre otros, es la que da significatividad y visibilidad a lo que somos y hacemos en el momento actual, y es también la que nos anima a preparar con confianza nuestro futuro. Sin pasión no hay calidad de vida y la rutina, el cansancio, el fastidio, la resignación y el aburguesamiento fácilmente se hacen presentes en nuestra vida y misión.

20. En estos momentos en los que el pesimismo y desencanto -alimentados por la situación social y política que impera en muchos países, y por la disminución del número de consagrados y la inversión de la pirámide de edad que se experimenta en la vida consagrada en los países del llamado "primer mundo"-, hacen acto de presencia también en la vida de la Iglesia y en la vida de muchos hermanos, no dudo en afirmar que el reto más grande que tenemos delante es el de vivir nuestra vida y misión con verdadera pasión y de este modo devolverles todo su encanto, con lo que esto conlleva: alegría contagiosa, fuerte atractivo, suave frescor y estimulante optimismo.

21. En estos momentos en los que algunos hablan de ocaso de la vida consagrada y de virtual disolución de la misma, los Hermanos Menores hemos de preguntarnos: ¿cómo hacer posible que nuestra vida y misión continúen siendo atractivas y despierten simpatía, no sólo para admirarlas, sino para dejarse seducir por ellas y comprometerse en ellas? ¿Dónde nos encontramos? ¿Cuál es la situación actual de nuestra vida y misión? ¿Están animadas por la pasión y el encanto o por el des-encanto?

Responder a estas u otras preguntas semejantes no es empresa fácil. Nuestra vida y misión de Hermanos Menores participa de las vicisitudes, aspiraciones y crisis de la vida social, política y eclesial en que está inmersa. Esto quiere decir que para dar respuesta a las preguntas anteriores hemos de tener como telón de fondo la situación de nuestra sociedad y, particularmente, de la Iglesia. No pudiendo hacer un análisis del estado de la sociedad ni de la Iglesia en el momento actual, pero teniendo siempre presente esa situación, y asumiendo los riesgos que supone el dar un juicio sobre la situación de la Orden en el momento actual, sin pretender ser exhaustivo, deseo ofrecer a los hermanos mi visión de la Orden hoy, tomando como punto de partida las Prioridades asumidas por el último Capítulo General de la Orden, en cuanto «clave de lectura para vivir nuestra identidad y comprender las expectativas del mundo» (Sdp 4), y reformuladas por el Definitorio general al inicio de este sexenio (cf. Seguidores de Cristo... Prioridades 2003-2009, Roma 2003). Al mismo tiempo que señalaré luces y sombras, los signos de vida y las llamadas a la conversión, intentaré presentar algunos pasos que considero necesarios para ponernos en camino y pasar de lo bueno a lo mejor.

I.- ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Una fraternidad con el corazón vuelto al Señor
para anunciar al mundo, con la vida y la palabra,
que sólo Él es el Omnipotente

22. Los documentos de la Orden, desde hace tiempo, insisten en presentar la dimensión contemplativa como «la prioridad de las Prioridades» de nuestra vida y misión, como «el eje central de nuestra forma de vida» (H. Schalück, LltEC 60). Los Hermanos Menores, llamados a vivir en la Iglesia el Evangelio según la forma observada y propuesta por Francisco de Asís, han de ser como él «hombres de oración», o mejor aún, hombres que se han hecho oración, hombres con la gracia de conocer, vivir y gozar el encuentro con el Señor.

De Francisco, de Clara y de los grandes místicos de la tradición franciscana, hemos heredado, con el gusto de la fraternidad y el gozo de la minoridad, el anhelo de Dios, la pasión por buscarlo, conocerlo, amarlo y servirlo. Tener «la mente y el corazón vueltos a Dios» (1 R 22,19), no apagar «el espíritu de la santa oración y devoción» (2 R 5,2), ésta es tarea primera y principal de todo Hermano Menor, ésta es opción que fundamenta y clarifica las demás opciones que ha de hacer en su vida.

Mantener encendido el espíritu de oración y devoción se hace imprescindible para mantener constante la frescura y la autenticidad de la gracia de los orígenes, y para responder con audacia y creatividad a los signos de los tiempos. Mantener encendido el espíritu de oración y devoción es imprescindible para dejarnos conducir por el Espíritu al encuentro, siempre renovado, con el Padre celeste y con su Hijo Jesucristo, a un amor ardiente por el Señor y por la humanidad, y a la comprensión cada vez más profunda de nuestro carisma. Mantener encendido el espíritu de oración y devoción es imprescindible si queremos descubrir nuestras raíces y abrir caminos hacia el futuro. Mantener encendido el espíritu de oración y devoción es imprescindible para dinamizar nuestra vida fraterna, pues es en la contemplación del abismo de amor de la vida trinitaria donde aprendemos, con la obediencia filial, el amor que da consistencia a la vida en comunión fraterna. Mantener encendido el espíritu de oración y devoción es imprescindible si queremos caminar desde Cristo y ser testigos de su amor entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Sólo si mantenemos el espíritu de oración y devoción como prioridad real en nuestras vidas podremos llegar al descubrimiento de Cristo y ser sus testigos y sus apóstoles: «No podemos callar lo que hemos visto y escuchado» (Hch 4,20).

Nuestra identidad de Hermanos Menores, tal como se describe en la Regla y en las Constituciones, exige de nosotros que en nuestra vida demos prioridad al espíritu de oración y devoción, de tal forma que cada hermano se convierta en maestro del espíritu y nuestras fraternidades sean escuelas de espiritualidad, ámbitos privilegiados de oración, contemplación, meditación, "cenáculos" de búsqueda y encuentro con el Señor, así como de celebración gozosa de cuanto Él hizo y hace por nosotros.

¿Cómo vivimos esta prioridad de «Prioridades»?

SIGNOS DE VIDA

23. En los últimos años, los esfuerzos realizados en la Orden para dar una prioridad real en nuestras vidas al espíritu de oración y devoción han sido grandes. Los signos de vida son patentes. Entre ellos deseo subrayar:

Redescubrimiento del sentido
de la oración y de la vida litúrgic

24. Muchos hermanos y muchas fraternidades han hecho un gran esfuerzo para armonizar sus proyectos y sus actividades con una vida de oración verdaderamente significativa. Son muchos los hermanos y las fraternidades que han vuelto a gustar la Liturgia de las Horas como oración por la que «el curso entero del día y de la noche está consagrado a la alabanza a Dios» (CCGG 23 § 1; cf. SC 84), y han vuelto a ver en la Eucaristía el sacramento por el que se renueva la alianza del Señor con la humanidad, sacramento de comunión real y verdadera con Cristo y con los hermanos (SC 10). Son muchos también los hermanos y muchas las fraternidades que multiplican las ocasiones de encuentro para reflexionar sobre la oración y practicar los días de retiro y los ejercicios espirituales. En muchas Provincias se han creado o recuperado las «Casas de retiro y de oración». Todos estos esfuerzos están dando resultados muy positivos de renovación.

Redescubrimiento de la centralidad
de la celebración y adoración de la Eucaristía

25. La celebración y adoración de la Eucaristía ocupa un lugar primero y principal en la vida del hermano Francisco de Asís, y primero y principal ha de ser también el lugar que ocupa en la espiritualidad franciscana. «Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; diariamente él mismo viene a nosotros en humilde apariencia; diariamente desciende desde el seno del Padre al altar en manos del sacerdote» (Adm 1,16-18). En la Eucaristía, el Señor se nos muestra. En la Eucaristía, al ver con los ojos corporales el pan y el vino que han sido consagrados, vemos con los ojos del espíritu y creemos firmemente que son el santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo. La espiritualidad franciscana es una espiritualidad eucarística. Y son muchos los hermanos y las fraternidades que se esfuerzan en vivir esa espiritualidad, tal como lo piden, en admirable coherencia con el carisma del hermano Francisco, las Constituciones generales de la Orden: «Los hermanos tributen "toda reverencia y honor" al sacramento del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor [...], y fomenten en sí mismos un amor solícito y diligente hacia tan grandes Misterios [...], los hermanos celebren a diario en común, si es posible, la Santísima Eucaristía con pureza y reverencia [...], tengan los hermanos en cada Casa al menos un oratorio donde esté reservada la Santísima Eucaristía...» (CCGG 21 §§ 1-3). Son muchos los hermanos y las fraternidades que han tomado conciencia de que en la Eucaristía se «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia», y hacen de la celebración y adoración de este divino sacramento el «centro y fuente de la comunión fraterna», el centro y la fuente de su vida espiritual.

Redescubrimiento de la importancia de la Palabra de Dios

26. También para nosotros dejó escrito el hermano Francisco estas palabras: «Y porque el que es de Dios escucha las palabras de Dios, nosotros, los que más especialmente estamos dedicados a los divinos oficios, debemos, por ello, no sólo escuchar y hacer lo que dice Dios, sino también custodiar los vasos y los libros litúrgicos que contienen las santas palabras, para que en nosotros vaya calando la celsitud de nuestro Creador y él vaya percibiendo nuestra sumisión. Por eso, amonesto a todos mis hermanos y les animo en Cristo a que, dondequiera que encuentren las palabras de Dios escritas, las veneren como mejor puedan, y, por lo que a ellos toca, si no están dignamente colocadas, o sin respeto están tiradas y dispersas en algún lugar, las recojan y las coloquen dignamente, honrando al Señor en las palabras que él pronunció. Pues son muchas las cosas que se santifican por medio de la palabra de Dios y en virtud de las palabras de Cristo se realiza el sacramento del altar» (CtaO 34-37).

Son muchos los hermanos y las fraternidades que, buscando escuchar la Palabra de Dios con la fe del hermano Francisco, han encontrado en ella el centro de sus vidas y han aprendido a hacer de ella una lectura orante, un tiempo privilegiado de encuentro con el Señor. En efecto, son muchos los hermanos que, de forma personal, han hecho de la lectio divina una práctica diaria, y, de forma comunitaria, una práctica semanal.

De este modo, la Palabra de Dios se hace alimento de los hermanos para la oración y para la vida. Pero no sólo eso, la escucha de la Palabra es para muchas fraternidades principio de unificación y mediación importante de discernimiento; mediación para lograr un sentir común. De este modo, esas fraternidades se convierten en «lugares de alumbramiento de la fe» y de experiencia de Dios (VO 8 y 12).

LLAMADAS A LA CONVERSIÓN

27. Precisamente porque hemos sido llamados a vivir de forma apasionada la búsqueda y el encuentro con el Señor en la oración, por haber sido llamados a dedicarnos totalmente a Dios sumamente amado, a seguir en la oración a Cristo, a vivir el santo Evangelio según la forma observada y propuesta por San Francisco, reconocemos la distancia que media entre la vocación recibida y la realidad vivida, entre el amor que seduce y el amor domesticado, entre el ideal de oración y la realidad de nuestra oración, tanto personal como comunitaria. Un modo de vivir más dispersivo, las exigencias del trabajo, la multiplicidad de los compromisos pastorales, la acumulación de responsabilidades internas, todo ello marca nuestra vida. Muchas veces la oración sufre. Se corre el peligro, peligro siempre inminente, de hacerla pasar a un segundo plano en el orden de prioridades personales y comunitarias, y puede que, en algunos casos, los hermanos o las fraternidades la estén relegando al último lugar en sus proyectos de vida.

Reconocer avances y resultados positivos en el ámbito de la dimensión contemplativa de nuestra vocación, no puede hacernos olvidar que a los hermanos nos queda ahí todavía mucho camino por recorrer.

Las llamadas a la conversión, son muchas. Me limito a señalar algunas.

El tiempo dedicado
a la oración en nuestras fraternidades

28. Lo que solemos decir sobre la centralidad de la oración en la vida de fraternidad y de evangelización, está muchas veces en contradicción con lo que practicamos, tal como parece indicar el tiempo real que hermanos y fraternidades dedicamos a la práctica de la llamada oración mental (la terminología que se usa en los Estatutos provinciales es muy variada: oración mental, meditación, betrachtendes Gebet, mental prayer, reflective prayer...).

Es verdad que no se puede cuantificar y medir, por el tiempo marcado en nuestros proyectos de vida, algo tan personal como es la entrega amorosa al Señor en la oración. Pero considero que ese tiempo no deja de ser un elemento significativo. De los Estatutos de 108 Entidades consultados, resultan los siguientes datos: 20 Entidades prescriben una hora de oración mental, 67 Entidades prescriben media hora, 1 Entidad prescribe un cuarto de hora, 20 Entidades no prescriben la duración y se limitan a hacer alguna exhortación general o incluso pasan por alto este aspecto de la vida fraterna. Sobre la modalidad de la oración mental, los datos son los siguientes: 30 Entidades prescriben explícitamente la oración mental en común, 8 Entidades, en privado, y 70 Entidades dejan la decisión al Capítulo local.

Otro dato significativo es el que ofrecen los informes que se envían a la Curia General después de las Visitas Canónicas. No es raro encontrar en ellos expresiones como éstas:

-- hay hermanos que han ahogado el espíritu de oración, sumergidos en un activismo desenfrenado; hay hermanos que, debido a los numerosos compromisos, limitan la práctica de la oración a algunos actos litúrgicos, convirtiendo la necesidad vital del encuentro con Dios en una formalidad;

-- hay hermanos que, por no cuidar una cierta calidad de vida vocacional, han abandonado toda práctica de la oración y de los sacramentos;

-- hay hermanos que tienen dificultades para orar con la oración oficial de la Iglesia, con los salmos, y no han encontrado otra forma mejor, y la han abandonado.

Otra trampa en la que se está cayendo es la de sustituir la "oración de la fraternidad" por la "oración con el pueblo". Esto que en principio podría presentarse como un logro, no siempre lo es en realidad, ya que en muchos casos, como constatan los Visitadores, la "oración con el pueblo" se reduce a Laudes y Vísperas y en ella participan sólo los hermanos o el hermano que celebra la Eucaristía que sigue o precede a dichas Horas litúrgicas o dentro de las cuales se inserta.

En este contexto considero indispensable que evaluemos el ámbito (tiempo y modalidad) de la "oración mental" en el proyecto personal de vida y en el proyecto de la fraternidad. La fidelidad a los horarios y la perseverancia son imprescindibles para la vida de oración. Considero también fundamental que evaluemos con seriedad nuestra práctica sacramental -Eucaristía y Reconciliación-, así como la calidad e incluso la frecuencia de nuestras celebraciones eucarísticas, y la "fidelidad" a la celebración de la Liturgia de las Horas, conscientes de la diferencia que existe entre "decir el Oficio divino" y "celebrar la Liturgia de las Horas". Del mismo modo que la vida fraterna, la vida de oración necesita ser sometida a una evaluación regular. Su crecimiento depende de una crítica constructiva: tiempos, ritmo, sentido de lo sagrado... Se trata de fundar el proyecto franciscano en el tiempo de Dios y de convertirlo en una experiencia orante (cf. 1 R 22,27).

La calidad de nuestras celebraciones litúrgicas

29. El Sínodo sobre la Eucaristía celebrado en Roma en el 2005, entre otras cosas, dijo que la mejor catequesis/evangelización sobre la Eucaristía era la misma celebración realizada con dignidad. ¿En qué medida nuestras celebraciones evangelizan? Son muchos los hermanos y las fraternidades que cuidan con esmero las celebraciones, pero también hay otros muchos que se dejan llevar por la improvisación, la rutina y el abandono.

Éste es uno de los aspectos en que más insisten los Visitadores:

-- hay hermanos que confunden la "fidelidad" a las normas de la Iglesia con la falta de creatividad, siendo ésta no sólo admitida por la Iglesia, sino también recomendada;

-- hay quienes confunden la vida de oración con "rezos".

-- hay fraternidades que no se cuidan de disponer un ambiente adecuado para la celebración.

-- hay situaciones en las que se da un claro desprecio de las normas de la Iglesia en lo referente al número de celebraciones de la Eucaristía, sin razón alguna pastoral que avale su multiplicación cotidiana.

Es necesario recordar que una buena celebración litúrgica exige preparación, como es necesario recordar también que la fidelidad no se opone a la creatividad y que la espontaneidad no tiene nada que ver con la improvisación. También considero importante que recordemos cómo Francisco estaba muy atento a la limpieza de las iglesias, y al respeto y veneración con que habían de ser tratados por los hermanos en cualquier lugar donde se hallaren el santísimo Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo y los nombres y palabras escritas del Señor (cf. CtaCle 11-12). Finalmente pienso que hemos de estar atentos a fin de conciliar el servicio que supone la celebración de la Eucaristía para los demás con la centralidad de dicha celebración para uno mismo y para nuestra vida fraterna.

Eremitorios y soledad

30. La hagiografía y las crónicas franciscanas muestran una predilección de Francisco y de los hermanos por los lugares retirados -montañas, grutas, bosques, islas-. Por otra parte, desde los orígenes mismos de nuestra Fraternidad, aparece la tensión entre la llamada a retirarse a la soledad y la vocación a ir en misión por los caminos del mundo (1 Cel 35; LM 12,1). La Regla para los eremitorios nos habla de la necesidad de que cada hermano y cada fraternidad tengan un proyecto de vida que favorezca experiencias radicales de soledad y de oración, para nutrirse del Evangelio y poder luego ofrecer a la humanidad la Palabra que es espíritu y vida, conscientes de que la radicalidad y validez de dicha experiencia no depende tanto de la duración cuanto de la calidad de la experiencia misma.

No obstante lo que se ha escrito en los últimos años sobre el proyecto eremítico o el proyecto de una casa de oración, queda abierta la pregunta sobre el interés real de los hermanos por dichos proyectos y la frecuentación de dichos lugares. De hecho son pocos los hermanos que participan en este tipo de experiencia. En algunos lugares, prescripciones tan sencillas como la del retiro mensual, la de los ejercicios espirituales anuales o de los capítulos de renovación, tal como constatan una vez más los Visitadores, se realizan con dificultad. Esto hace que nos preguntemos: ¿Creemos realmente en la necesidad de "retirarnos al desierto", lejos de todo, para buscar a Dios y llevarlo después al mundo?

Los hermanos muchas veces somos también víctimas de la ilusión de la productividad de nuestras vidas -ministerios, compromisos-. La necesidad de experiencia de eremitorio, de soledad o de moratorium a algunos puede parecerles un lujo para hermanos originales o "raros", algo que para los hermanos "normales" o "comprometidos" representaría sólo la pérdida de un tiempo precioso.

La credibilidad de este tipo de proyecto depende de la continuidad, de la visibilidad y de la accesibilidad. El trabajo y el empeño pastoral no eliminan la exigencia de retirarnos cada cierto tiempo, de buscar un equilibrio entre compromisos y espacios de soledad. Los ejemplos de Jesús y de Francisco, entre otros, son claros. Hemos de asumir que la vida en soledad se hace necesaria, tal vez hoy más que nunca, para nutrir, convertir y reintegrar la actividad diaria.

EN CAMINO PARA PASAR
DE LO BUENO A LO MEJOR

31. Nuestra Fraternidad, que pide recorrer con humilde perseverancia el camino hacia la renovación de nuestra vida y misión -camino de retorno a los orígenes, camino de refundación, camino de recuperación de lo esencial-, es consciente de que ese impulso renovador puede quedarse en palabras sin contenido real, puede derivar hacia el activismo, puede decaer en el desaliento. Si no queremos desfallecer en el camino, «la oración se convierte en estos momentos en una exigencia muy concreta, como medio para recibir constantemente fuerzas de Cristo» (Dc 36).

Nuestras Constituciones generales subrayan el deber que los hermanos tenemos de fomentar la vida contemplativa, de intensificar la voluntad y el propósito de orar, de robustecer y cultivar el espíritu de oración y devoción, de procurar con sumo cariño encontrar lugares de retiro o de soledad, como testimonio de nuestra vida contemplativa (CCGG 29-31). Y es que la oración, como el amor y la amistad, tiene que ser objeto siempre de atención y cuidado; de lo contrario se deteriora, se hace rutinaria, y pierde sabor, fuerza y calidad. ¿Qué hemos de hacer para que el espíritu de oración y devoción, la oración y la contemplación, sean vida de nuestras vidas? He aquí algunos pasos que considero imprescindibles.

Pasar de la oración por obligación
a la oración para el encuentro

32. Sin negar la obligación que tenemos de orar los que hemos sido llamados a «estar con el Señor para luego ser enviados por Él» (Mc 3,14), hemos de hacer todo lo posible para ver en la oración un tiempo privilegiado de encuentro con aquel que sabemos que nos ama. La oración hecha por simple obligación termina por ser oración abandonada por puro cansancio. El deseo de encuentro con quien nos ama, lejos de provocar saciedad, despertará en los hermanos un deseo cada vez mayor de renovar la experiencia vivida.

La oración no puede ser vista sólo como una obligación, sino como el alimento indispensable de nuestra vida. Y es que, si vida es amar, y si ama sólo quien se siente amado, alcanzado y trasformado por el amor, orando uno se deja amar por Dios y nace al amor, nace a la vida. La inmersión en Dios es lo que nos da fuerza cada día, el anhelo por el que cualquier pérdida, cambio o esfuerzo resulta aceptable.

En estos momentos en que muchos sufren las consecuencias del estrés, y el secularismo se ha introducido también entre nosotros, se hace más necesaria una vida intensa de oración: «Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo» (Dc 37). Cada vez que un hermano o una fraternidad están paralizados por la angustia, están desorientados y desanimados, necesitan entrar en la habitación alta del Cenáculo, en un lugar íntimo, donde Dios sea reconocido y adorado, donde a Dios suba nuestra súplica y nuestro agradecimiento. En tiempos en los que la tentación de construir cada uno su propia estrategia y encender su pequeño fuego se deja sentir fuertemente entre nosotros, se hace necesario orar y contemplar para recibir juntos el Fuego único de Pentecostés, el Espíritu que viene de Dios. Cuando la superficialidad y la dispersión hacen acto de presencia en nuestras vidas, es necesario que toda nuestra existencia se sumerja en un clima de oración, de contemplación, de adoración, de abandono y de acción de gracias. En todas estas situaciones es necesario dejarnos "trabajar" por la oración. La oración y la contemplación señalarán la diferencia tanto en nuestra vida de fraternidad como en nuestra evangelización. La idea de ser buscadores de Dios y sólo de Dios, da a la vida una fuerza que de otro modo no tendría.

Se trata, en definitiva de superar la mentalidad que entiende la oración como acto cumplido, y de adquirir una mentalidad nueva, según la cual los hermanos, como todo creyente, están llamados a orar siempre, sin desfallecer.

¿Cómo considero la oración, como una simple obligación, como un peso, como tiempo perdido, o como una necesidad vital? ¿La vida personal y comunitaria, qué puesto concreto da a la oración?

Pasar de la observancia
a la fidelidad creativa en la oración

33. La vida de oración es una historia de relación amorosa y, en cuanto tal, está sujeta a la fidelidad, pero a una fidelidad que no consiste tanto en la observancia de un precepto o de unas normas, por importante que todo esto sea, cuanto en una fidelidad creativa. Una fidelidad, la del amor, que "no tiene forma" y, por lo mismo, toma formas tan diversas en cada hermano, en cada fraternidad y en cada momento de esta historia de relación. Por otra parte, cuando el amor está vivo y seductor, es también creativo, y entonces nacerán nuevas formas de orar.

Si la oración ha de iluminar nuestra vida, también la vida ha de impulsar a los hermanos y a las fraternidades a una búsqueda constante de formas nuevas de oración. Sólo así la oración tocará la vida y la transformará, sólo así podremos identificamos con el Señor y conformarnos con Él, meta última de nuestra llamada a la vida consagrada (cf. VC 18).

Estoy convencido de que hemos de prestar mucha atención a no caer en la rutina y en la falta de creatividad. Indicios de una y otra serían la falta de preparación previa a las celebraciones, la improvisación, el ritualismo, el "rubricismo". En tales condiciones, la oración se empobrecería enormemente y el acto -el rito- acabaría por sofocar la experiencia -la vida-.

Enriquecer nuestra oración con nuevas formas de expresión y de participación que respondan a las situaciones personales y fraternas y a la sensibilidad de hoy es importante si queremos realmente ser fieles a esta exigencia de nuestra vida.

La oración que hacemos, ¿ilumina realmente nuestra vida? ¿Qué espacios de creatividad hay en nuestra oración? ¿Cómo renovar -dar nueva vitalidad- a la oración, de tal modo que no sea monótona y rutinaria? ¿Qué importancia damos a los gestos y a los símbolos en la oración?

Convertir la oración en alma de nuestra actividad

34. Con frecuencia separamos la oración del trabajo apostólico, separamos los "tiempos para la oración" de los "tiempos para la acción", olvidando que la calidad y la fecundidad de nuestra actividad, también de nuestra evangelización, dependen directamente de la experiencia contemplativa, y corriendo el riesgo de "hacer por hacer". Es hora de asumir que todo ha de estar «enraizado en la contemplación y en la oración» (NMI 15); es hora de resistir a la tentación de contentarnos con el hacer, sin tener en cuenta el ser, la calidad de vida.

Lo que distingue al consagrado -y también al franciscano- no es simplemente lo que hace, sino cómo lo hace y por qué lo hace. No se trata sólo de orar, por un instante, antes y después de la acción. Todo lo que hacemos debe estar animado y sostenido por la oración, debe hundir sus raíces en una oración asidua, paciente y perseverante.

Ello nos llevará a encontrar a Dios en la densidad y espesor de la vida. Como en el caso de Francisco, también en el nuestro, la oración debe ser como el substrato, el mantillo del que se nutre la planta de nuestra vida, también la de nuestra vida apostólica. Sólo así, al igual que Francisco, también nosotros podremos llegar a ser, no sólo orantes, sino también oración (cf. 2 Cel 95).

En este contexto tiene pleno sentido la oración mariana. Cuando nace la Iglesia, la de ayer y la de hoy, María está allí. ¿Cómo hubiera sido posible el nacimiento de la Iglesia y su crecimiento sin la presencia de una madre? Por otra parte, María es la primera que ha pronunciado el "sí" de la fe. En el "sí" de María, acogemos el Evangelio; y en aquel "sí", nuestro testimonio da fruto.

Si no queremos que nuestra actividad, convertida en afanosa y ansiosa, termine cansándonos y agotándonos, hemos de aprender a dar tiempo a Dios, vacare Deo. Hemos de dar tiempo a la oración, pues sólo orando se aprende a orar, sólo orando se toma gusto por la oración, sólo orando se siente la necesidad de orar cada vez más.

Dar prioridad a la celebración de la Eucaristía,
a la escucha orante de la Palabra
y al sacramento de la Reconciliación

35. Permítaseme recordar aquí las palabras del hermano Francisco: «Os ruego, más encarecidamente que si para mí mismo se tratara, que, cuando sea oportuno y veáis que conviene, digáis humildemente a los clérigos que deben venerar, por encima de todo, el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y palabras escritas, que consagran el cuerpo; y que deben ser dignos los cálices, corporales, ornamentos del altar y todo lo que sirve para el sacrificio. Y si en algún lugar el santísimo cuerpo del Señor estuviera colocado muy pobremente, pónganlo ellos en lugar digno y guárdenlo bajo llave, según el mandato de la Iglesia, y llévenlo con gran veneración y adminístrenlo a los demás con discernimiento. Igualmente, dondequiera que se encuentren los nombres y palabras escritas del Señor en lugares indecentes, recójanse y colóquense, como se debe, en sitio decoroso. Y siempre que prediquéis, exhortad al pueblo a la penitencia, y decid que nadie puede salvarse, sino quien recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor; y que, cuando el sacerdote lo ofrece en sacrificio sobre el altar y lo traslada a otra parte, todos, arrodillándose, den alabanza, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero» (1CtaCus 2-7).

Con cuánto amor han de participar los hermanos en la celebración diaria de la santísima Eucaristía, sacramento admirable que el Señor nos ha dejado de su vida entregada, de su obediencia filial, de su muerte a favor de nosotros pecadores. Con cuánto amor hemos de recibir al que, con infinito amor, en este divino sacramento se nos ofrece. Con cuánto amor hemos de venerar, honrar y adorar, al que, en la humildísima apariencia de este inefable misterio, ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento.

Quiero recordar también a los hermanos que hay una relación íntima y profunda entre Palabra de Dios y comunidad eucarística, entre obediencia a la Palabra de Dios y vida de la comunidad que celebra la Eucaristía, entre fuerza de la fe y apego a la Palabra del Señor, entre discernimiento de la voluntad de Dios y meditación asidua de su Palabra. Quiero subrayar con fuerza que no puede haber una verdadera comunidad de fe sin Palabra de Dios escuchada, que no se puede experimentar la libertad propia de los hijos de Dios sin obediencia a la Palabra de Dios, que no puede haber dicha duradera y verdadera sin fidelidad a la Palabra del que es la eterna bienaventuranza.

Ahora bien, dado que nuestra adhesión a la Palabra del Señor es siempre pobre y limitada, dado que esa adhesión está siempre marcada por la debilidad de nuestra condición y la malicia de nuestros pecados; más aún, dado que la Palabra del Señor, además de darnos la presencia del que nos habla, además de ser para nosotros Palabra que nos libera, nos guía y nos consuela, es también Palabra que nos ilumina, nos interpela, nos amonesta y nos denuncia, he de recordar a todos los hermanos la necesidad que tenemos de mantenernos firmemente bajo la corrección de la misericordia de Dios, y así, practicar todos los días el examen de nosotros mismos, teniendo en cuenta particularmente la fórmula de la profesión, frecuentar el sacramento de la reconciliación y empezar cada día a servir al Señor (cf. CCGG 33 § 2).

A la luz de lo dicho hemos de preguntamos: ¿Qué lugar ocupa la celebración y la participación de la Eucaristía en el proyecto de vida persona y en el proyecto de vida fraterno? ¿Qué lugar ocupa en mi vida y en la vida de la fraternidad la lectura orante de la Palabra? ¿Qué importancia tiene en mi camino espiritual el sacramento de la reconciliación?

Usar los medios de comunicación con discreción

36. Todos conocemos el influjo que los medios de comunicación están teniendo en la vida de las fraternidades y de los hermanos. Muchas veces, los medios condicionan, y no poco, la calidad de las relaciones interpersonales, y también el clima de recogimiento que debería reinar en nuestras fraternidades para favorecer la oración, el estudio, el descanso...; por no hablar de lo que pueden influir en el estilo de vida de cada hermano y en la vivencia de sus compromisos como consagrado y como Hermano Menor.

No desconocemos la importancia que los medios de comunicación tienen en las sociedades modernas, pero la experiencia nos está diciendo que hemos de formarnos para el discernimiento espiritual del uso que de ellos hemos de hacer. Las Constituciones nos piden usar los medios de comunicación «con la discreción necesaria», a fin de que los hermanos puedan «custodiar en el propio corazón las cosas buenas que el Señor inspira» (CCGG 28 § 2).

Si queremos dirigir todo hacia el Señor, «mirada interior y afectos», como Francisco (cf. 2 Cel 95), no podemos usar los medios de comunicación de modo "indiscreto". Si queremos, como Jeremías, devorar las palabras del Señor (cf. Jr 15,16), hemos de reducir el espacio para otras palabras.

Tal como utilizamos los medios de comunicación, ¿están favoreciendo la comunicación entre los hermanos, o están creando distancias? ¿Nos están ayudando realmente a vivir nuestros compromisos como Hermanos Menores y consagrados, o dificultan esta vivencia? ¿Cómo nos formamos y cómo formamos para que los medios de comunicación nos ayuden a mejor vivir según nuestra «forma de vida»?

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