DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

10 de julio

Santa Verónica Giuliani (1660-1727)

por María H. de la Santa Faz, o.p.

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Decididamente la chiquilla era de la mismísima piel del diablo. No se le podía decir a Micer Francesco, que la idolatraba, pero lo chismorreaban todas las vecinas, más o menos indignadas según el tamaño y dimensión de la última travesura. A nosotros, en cambio, lo que nos subleva es el empeño tenaz de los escritores de la época por convencernos de que todo en la niña era privilegiado, milagroso y sobrenatural. Pero Ursula Juliani, tan bonita con sus ojos dulces, sus trenzas apretadas y su nariz perfecta, era una niña sana, exuberante y dispuesta a pasarlo bien y, sobre todo, a imponerse a cuantos la rodeaban. Las circunstancias se lo habían allanado mucho. La menor de siete hermanas, muy pronto huérfana de madre, linda y pizpireta, se mostrará pronto dominante, caprichosa, pero con una espontaneidad deliciosa que hoy nos encantaría. Por supuesto, es muy piadosa, y sus hermanas, que acabarán monjas, la educan en clima muy devoto.

Afortunadamente, para conocerla bien nos ha dejado ocho tomos gordos y rollizos de su Diario espiritual y unas confesiones o declaraciones de su niñez, y de allí tomo yo lo que los biógrafos, con un remilgo trasnochado, no han querido decir.

Está haciendo examen tras una puerta, tomándose cuenta de su conducta de la semana. No ha sido de las peores: se emperró en que la llevasen a la lotería que han abierto para el carnaval y claro está que la llevaron; luego, como sus hermanas no querían asistir a sus cultos (unas letanías cantadas ante una frágil Madonna de barro colorado), las empujó con genio...

¡Ah, sí! Bueno, eso ha sido lo peor, pero con fines muy elevados... Ya verán: porque uno de sus primos se iba a divertir demasiado en los festejos de esos días le invitó a un rato de esgrima y le hirió levemente en un muslo, lo que le ha hecho tener que meterse en la cama. Seguro que ése no va en todo el carnaval a la trattoria ni a las barracas. Desde luego los sistemas de la futura santa son de los definitivos, pero ¿no nos seduce esa viveza, esa naturalidad de niña vehemente y mimada? Ursula, desde luego, no es santa. Lo será más tarde, y de una alzada extraordinaria, pero es grato y atractivo saber que la historia empieza realmente así.

Un día en que sus hermanas no acuden al rosario porque estaban con sus mundillos haciendo encajes, Ursula, rotunda y eficaz, les da una patada, y ruedan escaleras abajo blondas y carretes, bolillos y lanzaderas...

Por lo demás, tenía mucho corazón y una compasiva tendencia a comprender las penas de todos los que veía.

Su padre iba alcanzando puestos más lucrativos, logrando obtener un empleo distinguido como superintendente de la Real Hacienda en Plasencia, y, no queriendo estar solo, llamó allí a sus hijas, que se instalaron con bastante boato y comodidad. Eran frecuentes los convites, y a Ursula siempre le parecían excesivas aquellas grandes bandejas de dulces para amigos que también los tenían en sus casas. No se andaba con chiquitas, y con un gran cartucho iba recogiendo antes de la fiesta cuanto le parecía oportuno para sus pobres. Luego eran los asombros de sus hermanas, su disgusto y mal rato, viendo muy diminuida su esplendidez y abundancia.

Estas exuberancias de un temperamento riquísimo se conjugaban muy bien con gran fervor y deseo de oración, en la que seguía también su impulso de sencillez y autenticidad. Hablaba con la Virgen y con el Niño Jesús, que tenía en una imagen sumamente devota, pero, claro, no le respondían. Esto contrariaba a la niña, y se quejaba claramente a ellos con candoroso enfado. El Señor, que suele acomodarse al carácter de cada uno y que conocía la intención limpia y fragante de Ursula, se avino a la oración de la chiquilla preguntona y un día, bello entre todos, Ursula vio cómo la imagen se animaba y la Virgen viva, palpitante, ponía entre sus manos regordetas al amabilísimo Niño Jesús... Aun en ese momento de cielo sigue siendo ella y le pregunta: «¿Por qué no me contestabas ni hacías caso?». Y los dos se sonrieron porque tenían que proceder al gusto de Ursula.

Monseñor Lucas Antonio Eustaqui, obispo de Città di Castello, ha decidido proceder enérgicamente. Irán tres médicos, el provisor y el jesuita padre Crivelli, expertísimo en estos asuntos, y se estudiará el caso con toda rigidez y exactitud. Y escribe el prelado los puntos severos que se impondrán a la monja capuchina. Ésta se somete plenamente. Se hace obediente hasta el más exhaustivo aniquilamiento. Se entrega mansamente en rendimiento blando y absoluto. Todas las monjas se creen con derecho a comentar, decir, opinar, a imponerle pruebas y demostraciones de virtud. Ella no sólo se resigna, sino que gustosamente se deja estrujar destilando óleo de paz, bálsamo de humildad. Esta monja flexible y manejable se llama ahora Sor Verónica, pero se llamaba antes Ursula de Julianis.

Es la revancha de Dios. Es el éxito de su gracia. Paso a paso, renuncia tras renuncia, porque la santidad es bordado lento y despacioso, la hija impulsiva de Micer Francesco se ha ido adentrando en el amor de Aquel que merece todo el sacrificio de nuestro «yo» y que, después de aniquilarlo en su germen vicioso, lo torna criatura nueva, recién nacida del Agua, del Espíritu y de la Sangre.

Verónica ingresó en las capuchinas a sus diecisiete años, buscando sólo un sitio adecuado para amar, pero Jesús ha encontrado en ella un alma a propósito para redimir.

Y la introduce por unos caminos muy penosos a su afán de verismo, a su sensibilidad a todo lo ridículo, a su franca concepción de la vida. Pero Él ha firmado sus planes.

Verónica encontrará un día sus manos y pies rasgados por heridas profundas; mayor todavía es la de su costado. Tres obispos, gran número de médicos y sacerdotes, después de investigaciones, exámenes y análisis, tienen que declararse impotentes para explicarlo con humana demostración. Verónica sufre de este revuelo de la ciudad, de palabras mordaces y críticas penosas, pero lo supera todo retirándose a su celda, donde a solas vive una jornada incomprensible de expiación y rescate que se reproduce cada veinticuatro horas.

Lo de menos es que la juzguen los hombres, lo más recio es que ella se juzga en Dios, bajo esa luz contemplativa y clara, tenebrosa y fúlgida a la vez que le muestra con certero punzón todas sus faltas y tendencias. Tiene tres clases de visiones de sí misma, pero la más interesante para los estudiosos de la mística es la que ella llama «por vía de comunicación».

Tras una repetición abundante de lo que ella llama «ósculos de amor», que nos dejan admirados de ese mundo elevadísimo de las efusiones divinas, Verónica se establece definitivamente en la Unión transformante, y al exterior se revierte en el cargo de abadesa que le es confiado.

Nada más práctico y sensato que el gobierno de aquella que parecía vivir más allá de las nubes.

Verónica es graciosa y afable. Todavía quedan sus recetas para emplastos y cataplasmas a las enfermas, que eran sus predilectas. Ningún gasto ni detalle le parecía excesivo tratándose de ellas.

Corre la voz de sus milagros, y sus hermanas, que son clarisas, le piden algo suyo para conservarlo como reliquia. El buen humor de la Santa unirá la condescendencia con su aire juguetón y les confecciona una muñeca vestida de capuchina, que unos años más tarde servirá para curar enfermos.

Así de divina y de humana, de natural y de endiosada, esta Santa italiana del setecientos, poder y voluntad de imperio, certifica la frase arriesgada de Godoy, el comentarista de Milosz: «El deseo de dominio, enraizado en el alma humana, no es otra cosa que la sed, la búsqueda frenética del amor supremo y que aboca, por lógica, en la perfecta santidad».

María H. de la Santa Faz, O.P.,
Santa Verónica de Julianis, en Año Cristiano, Tomo III,
Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 78-81.

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