DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

6 de febrero

San Pedro Bautista y compañeros, mártires de Nagasaki (†1597)

por Antonio González Molina, s.j.

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–¿Y toda la tierra aquí señalada pertenece al rey de España?

–¡Claro que sí –respondió un contramaestre español extendiendo orgulloso un mapa del mundo–, y conquistada con el valor de sus armas!

–¿Y cómo es posible, si los soldados de vuestros barcos son muy pocos?

–Señor –volvió a responder el contramaestre–, primero se envían a predicar misioneros y después llega la armada vencedora.

Quizá pocas veces unas palabras dichas falsamente a voleo habrán dado ocasión a tan desastrosas consecuencias. La jactanciosa afirmación tardó muy poco en llegar a oídos de Taikosama, emperador del Japón, que, con fingida indignación, instigado por las maquinaciones de los bonzos, especialmente por el envidioso Jacuin, decidió aprovecharlas como pantalla de sus predeterminados planes de aniquilación de la «religión occidental».

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A la llegada de San Francisco Javier a Japón, aquel gran Imperio, formado por numerosas islas, no estaba bajo la jurisdicción de un solo emperador, sino que se encontraba dividido en sesenta y seis pequeños feudos, todos ellos independientes entre sí y ordinariamente en no muy cordiales relaciones.

En el invierno de 1551, fecha de partida de Javier para la India, el número de japoneses cristianos ascendía a 2.000, juntamente con dos príncipes de los más poderosos del país. La obra evangelizadora, secundada por sus inmediatos sucesores, fue creciendo rápidamente con ritmo optimista. A los veinte años de la breve estancia del Santo en el Japón, toda la isla de Amakusa era cristiana con su rey Miguel, añadiéndosele después los reyes de Bungo, Arima y Goto. Templos cristianos fueron construídos en varias provincias, y las escuelas y los colegios católicos empezaron a cobrar importancia. En Kyushu, sólo en dos años fueron bautizados más de 70.000 japoneses, entre los que figuraban altos jefes civiles y militares. A la venida del padre Valiñano, S.I. (1579), en calidad de visitador, el Imperio del Sol Naciente contaba con 150.000 cristianos y 54 jesuitas, 22 de los cuales eran sacerdotes. Las alabanzas de Javier sobre la buena disposición de los «japoneses» para recibir la fe de Cristo no eran puras ilusiones de exaltado, sino auténtica clarividencia de profeta.

Pero el camino ancho y fácil no ha sido nunca la vía elegida para acercarse a Dios los hombres. El Japón, como antes el Occidente pagano, tropezó pronto con graves dificultades que le incluían sangrientamente en la economía tradicional del evangelio de un «crucificado».

En 1582 la geografía política del Japón recibió una terrible sacudida, que le costaba, primero, el trono al rey Nobunaga y, después, al cabecilla del partido de la oposición, Akechi, que moría asesinado al poco tiempo. De la desorientación reinante entre ambas facciones supo sacar provecho un antiguo leñador, Hideyoshi, que había obtenido los más altos cargos del ejército. Grandes dotes de gobierno, firmeza y audacia sin escrúpulos de ninguna clase, fueron los escalones que le ascendieron rápidamente hasta el poder.

Desde los primeros momentos se mostró favorable para la nueva religión y sus predicadores, pero poco a poco su vida licenciosa privada le llevó a odiar a esa «religión extranjera» que condenaba sus bestiales pasiones. En julio de 1587, escuchando las insinuaciones del bonzo Jacuin, decretaba la inmediata deportación de todos los misioneros y la demolición de los templos y escuelas cristianas, en el plazo de veinte días.

Sin embargo, la prudente conducta de los misioneros evitó, por el presente, derramamiento de sangre. La iglesia de Japón empezaba en este caluroso verano de 1587 su «primera época de catacumbas». Los jesuitas se vistieron a la japonesa y fueron suprimidas las manifestaciones públicas del culto.

El emperador, a pesar de estar informado de estas actividades clandestinas, «se contentaba –escribe el padre Froes, S.I., provincial entonces de los misioneros– con vernos retirados en esta forma, sin atreverse a descubrirnos y castigarnos como a transgresores de sus órdenes». Quizá también por miedo a estropear el frecuente y productivo comercio con españoles y portugueses.

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En este peligroso statu quo en que se encontraban las relaciones de los cristianos del Japón, desembarcó la primera expedición de franciscanos procedentes de Filipinas. Desde el primer día, con admirable celo se dedicaron los nuevos misioneros a la predicación y a las obras de caridad con pobres y enfermos, cosechando rápidamente abundante fruto espiritual entre los paganos. Levantaron iglesias, hospitales, etc. Gentes de todas clases sociales acudían para presenciar aquellos maravillosos espectáculos de caridad y ver a los fraile vestidos miserablemente y cuidando maternalmente a los pobres leprosos. «Dichosos frailes que tan buen Dios tenéis y tan santa ley predicáis», decían muchos presentes, según fray Ribadeneira, O.F.M., miembro de la primera expedición.

La bondad de los santos frailes se ganó pronto la simpatía de todos, aun del mismo emperador, que fue olvidándose cada vez más del exterminador edicto y mostrándose inofensivo para los legalmente proscritos cristianos. Sin embargo, todo vino a resultar «calma precursora de tormenta»...

En noviembre de 1596, nueve años después del edicto, el galeón español San Felipe, en ruta desde Manila a Nueva España, tuvo una arribada forzosa en las costas de Urando, empujado por una tormenta. Nobunaga, conocedor de la formidable mercancía y de su estupendo armamento, dio inmediatamente órdenes de expropiación, a pesar de las protestas del capitán español, don Matías Landecho. Entre las cosas expropiadas figuraba un mapa marinero y a la vista del cual se desarrolló la escena referida al principio. Para encubrir este robo y violación, el emperador acusó a los frailes de predicar la fe cristiana, en contra de sus órdenes expresas, y tachó la arribada forzosa de premeditados planes militares de invasión española, aprovechando las inconsideradas palabras del citado contramaestre. De nada sirvieron las explicaciones y las embajadas. La misma noche del 8 de diciembre de 1596 ordenaba al gobernador de Osaka el encarcelamiento de los misioneros y de sus adeptos.

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La promulgación del nuevo edicto en Meako y Osaka produjo una impresión desconcertante entre los millones de paganos, que no entendían la nueva y extraña manera de comportarse de estos «perros cristianos». Según todas las crónicas, más parecía que se había publicado un edicto de coronación y gloria que de muerte. Las calles se llenaban de grupos de cristianos que, con extraordinarias muestras de alegría, corrían a las casas custodiadas de los misioneros para ponerse a sus órdenes, ofreciendo sus bienes y sus vidas, orgullosos de poder confesar con su sangre la fe de Cristo. Como escribía San Pedro Bautista, O.F.M., superior de los franciscanos en el Japón y uno de los mártires: «Bendito sea Dios y Padre de N. S. J... por hacernos esta merced de padecer con alegría por su amor. El Señor dé a V. C. su divino espíritu, porque no hay lugar de escribir más...» Al poco tiempo moría crucificado.

Hasta los niños no se acobardaban al ver la fortaleza de los mayores. En Nagasaki un niño preguntó a un misionero si todos los cristianos debían morir.

–Sí –contestó el misionero–, y ¿qué harás tú cuando se enteren que eres cristiano?

–Así –contestó el pequeño, poniéndose de rodillas y bajando la cabeza.

–¿Y qué le dirás al verdugo, cuando vaya a matarte?

La pobre criatura se echó a llorar porque creía que era necesario decir algo especial y él no sabía...

–Diré: ¡Jesús, María! ¡Jesús, María! Hasta que me hayan cortado la cabeza...

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Pero el emperador Taikosama meditaba fríamente sus planes. Aconsejado por el gobernador Gibunoshi de los perjuicios económicos que se seguirían de una ruptura de comercio con las naves portuguesas, restringió a última hora la extensión del edicto a «sólo los que han llegado de Filipinas y a sus acompañantes». En la lista de ejecución quedaban, por tanto, únicamente cinco franciscanos de Meako, 15 japoneses bautizados por los frailes y otro franciscano con dos cristianos de Osaka. A los cuales se les añadieron otros tres japoneses, encontrados en casa de los jesuitas de Osaka: Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai.

A pesar de las gestiones ante el gobernador, alegando que éstos no estaban legalmente incluídos bajo el edicto, «la lista ya está en poder del emperador», respondió secamente. Los dos últimos se hubieran podido librar, además, manifestando que no pertenecían a la Compañía de Jesús, pero prefirieron aprovechar esta ocasión del martirio y pidieron al padre Provincial ser admitidos en la Orden.

El día 3 de enero, los mártires fueron conducidos a la parte inferior de la ciudad de Meako y se les cortó la mitad de la oreja izquierda. Después, las víctimas, de tres en tres en las carretas, recorrieron las calles de la ciudad, precedidas del edicto de muerte. Al día siguiente emprendieron la sangrienta marcha hacia Nagasaki. El plan del emperador era infundir terror en los japoneses hacia el cristianismo. Pero el resultado fue asombrosamente contrario. Su presencia dolorosa por pueblos y ciudades era una exposición sublime de heroísmo y fidelidad, y en sus cuerpos mutilados resplandecía la grandeza de la fe y el valor de los cristianos.

El gobernador de Nagasaki se hizo cargo de la ejecución. Al recibir a los condenados y encontrarse entre ellos con su íntimo amigo, Pablo Miki, maldecía el sanguinario edicto que le obligaba a tal crimen. «Mi muerte no es digna de llanto –le contestó el mártir– sino de envidia. Muero por predicar la ley del Dios verdadero y la única salvación».

El lugar señalado para la ejecución fue la colina situada enfrente de la ciudad, que actualmente se venera como Colina de los Mártires. Las cruces fueron enfiladas y se había señalado el orden de los mártires para que todos supieran en dónde se hallaba la víctima que más le interesaba.

La cruz japonesa consta de dos travesaños clavados a un tronco, y el reo queda sujeto por medio de cinco anillos de hierro, que le aprisionan las manos, los pies y el cuello. La muerte se produce con dos lanzas que, entrando por los costados, se cruzan en el pecho y salen por los hombros.

A la señal del capitán las veintiséis cruces fueron izadas y quedaron alineadas mirando a la ciudad. Y entonces, mientras iban ascendiendo en el patíbulo, en el valle de Nagasaki empezaron a resonar las voces gloriosas de los testigos de Cristo, que se acercaban a las puertas de la muerte con un sublime Te Deum, de acción de gracias.

La Colina de los Mártires está de pie todavía ante el Japón y ante el mundo entero, como una custodia de sangre cuajada con los dolores de estos 26 mártires de Nagasaki, fusión mística y redentora de los primeros misioneros franciscanos y jesuitas en la gran empresa del Reino de Cristo.

Antonio González Molina, S.I.,
Los Mártires de Nagasaki, en Año Cristiano, Tomo I,
Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 279-284.

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Mártires de Japón. El 6 de febrero la iglesia celebra la fiesta de los 26 protomártires de Japón, que fueron crucificados y alanceados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597: San Pedro Bautista, franciscano español, y otros cinco hermanos suyos de hábito, así como diecisiete japoneses, seglares franciscanos. San Pablo Miki y dos de sus catequistas, todos ellos japoneses. Pablo Miki nació en Japón entre los años 1564 y 1566, ingresó en la Compañía de Jesús y predicó con mucho fruto el Evangelio entre sus conciudadanos. Las tensiones políticas y religiosas surgidas en aquel país desencadenaron una persecución contra los cristianos, que en algún tiempo habían sido bien acogidos y habían trabajado provechosamente en el campo religioso y social. Fueron beatificados en 1627 por Urbano VIII, y Pío IX los canonizó en 1862. El calendario franciscano pone como cabeza del grupo a San Pedro Bautista; el de la Iglesia universal, al japonés San Pablo Miki. He aquí los datos de los frailes franciscanos:

San Pedro Bautista nació en San Esteban del Valle (Ávila, España) el 24 de junio de 1542. Fueron sus padres Pedro Blázquez Herrero y María Blázquez Villacastín. Hechos sus estudios en Oropesa, Ávila y Salamanca, vistió el hábito franciscano a la edad de 24 años en el convento de Arenas de San Pedro (Ávila). Después de su profesión y de su ordenación sacerdotal, ejerció diversos cargos en su Provincia hasta que, en 1581, se unió al grupo de misioneros destinados a Filipinas. Partió de Sevilla aquel mismo año y estuvo misionando en Méjico hasta que se embarcó para Manila, adonde llegó en septiembre de 1583 o, más probablemente, de 1584. En Filipinas desempeñó los cargos de Custodio y de guardián de Manila, y trabajó mucho predicando el Evangelio. Con otros compañeros pasó en 1593 al Japón, enviado por el Gobernador de Filipinas como embajador de Felipe II ante el emperador Taikosama. Trabajó denodadamente, convirtió a muchos a la fe y edificó iglesias y hospitales. Pero, al surgir en el país discusiones religiosas y políticas, quedó interrumpida la actividad apostólica, y Pedro Bautista fue apresado. Entre escarnios del pueblo lo trasladaron a Nagasaki, y allí, junto con otros cinco religiosos franciscanos, diecisiete terciarios, el jesuita Pablo Miki y dos de sus catequistas, padeció el martirio, crucificado y alanceado, el 5 de febrero de 1597.

San Felipe de Jesús o de las Casas, acólito, mejicano, nacido de padres españoles, Alonso de las Casas y Antonia Martínez, en la Ciudad de México en 1571. Tuvo varios hermanos y hermanas, entre ellos un franciscano, un agustino y dos religiosas. A los 16 años ingresó en el convento franciscano de Puebla, pero lo abandonó muy pronto y se dedicó al oficio de platero. Su padre lo envió a Filipinas, a estudiar economía. Poco después, en 1593, vistió el hábito franciscano en el convento de Santa María de los Ángeles de Manila. Llegado el momento de su ordenación, los superiores lo enviaron a México, pues en las Filipinas no había por entonces ningún obispo. A los pocos días de iniciar el viaje, el galeón "San Felipe" naufragó en aguas de Tosa, y Fr. Felipe se refugió en el pequeño convento franciscano de Meaco o Miyako, donde muy pronto lo arrestaron. Fue el último en llegar a Japón y el primero a quien alancearon los verdugos. San Felipe, patrono de los plateros, es el primer mártir y santo mexicano.

San Francisco Blanco nació en Monterrey (Orense, España) hacia el año 1567. Estudió en los jesuitas de su pueblo y en Salamanca, donde pidió el ingreso en la Provincia franciscana de Santiago (Galicia); fue a hacer el noviciado a Villalpando, y después de su profesión regresó a Salamanca. De paso hacia Filipinas, adonde llegó en 1593, estuvo algún tiempo en México, donde se ordenó de sacerdote. Fue discípulo de Fr. Martín de la Ascensión, y los dos juntos llegaron a Japón a mediados de junio de 1596.

San Francisco de La Parrilla o de San Miguel, hermano laico, nació en 1543 en La Parrilla, pueblo cercano a Valladolid en cuyo convento de San Francisco tomó el hábito a la edad de 21 años; luego pasó al convento del Abrojo y más tarde se incorporó a la Provincia de San José. Camino de Filipinas, permaneció un par de años en México. En 1593 formó parte del séquito que acompañó a San Pedro Bautista cuando éste fue a Japón en misión de paz. La sentencia de prisión y muerte le sorprendió en Miyako.

San Gonzalo García, hermano laico, nació en la ciudad de Bazaín, en la India Oriental de Portugal, de padre portugués y madre india, hacia el año 1562. De joven estuvo con los jesuitas en Japón, sin llegar a profesar en la Compañía. Luego de dedicó al comercio, viajó de Japón a China y de aquí a Manila donde vistió el hábito franciscano. Cuando en 1593 San Pedro Bautista fue enviado a Japón en misión de paz, San Gonzalo fue incluido en su séquito como intérprete. Fue apresado en Miyako.

San Martín Aguirre de la Ascensión, joven sacerdote, nacido en Vergara (Guipúzcoa, España) el año 1567, que, siendo estudiante de teología en la Universidad de Alcalá de Henares, vistió el hábito franciscano en la Provincia de San José. Seis años más tarde pasó a México, camino de Filipinas. Procedente de Manila llegó a Japón a mediados de junio de 1596, siendo destinado al convento de Osaka; allí le sorprendió la persecución contra los cristianos, y fue llevado preso a Miyaco, para continuar junto con sus hermanos el camino del calvario.

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De las cartas de San Pedro Bautista,
camino del martirio

(De 4 de enero y 2 de febrero de 1597:

Ed. Archivo Iberoamericano 5 (1916), pp. 303-309)

A seis hermanos de los que acá estamos nos han tenido presos muchos días, y nos sacaron por las calles públicas de Meaco con tres japoneses de la Compañía, uno de los cuales era hermano recibido ya, y otros cristianos, que por todos somos veinticuatro. Y después de esto se dio sentencia que nos crucificasen en Nagasaki, donde ahora vamos de camino por tierra, que son más de cien leguas de Castilla, por ser en este mes y llevarnos a caballo, y muy bien guardados, porque llevamos algunos días más de doscientos hombres para nuestra guardia. Con todo eso, vamos muy consolados y alegres en el Señor, porque la sentencia que se dio contra nosotros dice que porque predicamos la ley de Dios contra el mandato del rey nos mandan crucificar, y a los demás por ser cristianos.

Los que tuvieren espíritu de morir por Cristo ahora tienen buena ocasión. Lo que yo siento es que se animarían mucho los cristianos si por acá viesen religiosos de nuestra Orden; aunque puede tener por cierto que, mientras durase este rey, no se conservarán muchos días en Japón en nuestro hábito, porque luego los trasladarán a la otra vida, ad quam nos perducat.

La sentencia que se dio contra nosotros traen públicamente delante de nosotros, escrita en una tabla. Dice que porque hemos predicado la ley de Nauan contra el mandato de Taycosama, y que en llegando a Nagasaki nos crucifiquen; por lo cual estamos muy alegres y consolados en el Señor, pues que por predicar su ley perdemos las vidas. Venimos seis frailes y dieciocho japoneses, contenidos en la sentencia; unos por predicadores y otros por cristianos. De la Compañía de Jesús viene un hermano y un dóxico y otro hombre.

Sacáronnos de la cárcel y subiéronnos en unas carretas, y a todos los dichos cortaron a cada uno un pedazo de una oreja, y así nos pasearon por las calles de Meaco, con mucho aparato de gente y lanzas. Volviéronnos a la cárcel, y otro día nos llevaron bien atados, las manos atrás, y a caballo, a Usaca; y otro día nos sacaron de la cárcel y nos pasearon en caballos por las calles de la ciudad, y nos llevaron a Sacay y allí hicieron lo mismo, y con pregón público en todas tres ciudades. Entendimos que nos quitarán las vidas, pero a la vuelta supimos en Usaca que mandaban viniésemos a Nagasaki a lo dicho.

Por amor a Dios pedimos todos con mucho fervor oren por nosotros, que el viernes que viene, creo, sin falta nos crucificarán, según lo que acá he oído. En ese mismo día nos cortaron en Meaco parte de una oreja. Por grandes mercedes de Dios tenemos todo lo dicho. Ayudas, hermanos carísimos, de oraciones, para que sean gratas a su Majestad nuestras muertes, que en el cielo, donde esperamos ir, Deo volente, seremos gratos, y acá no he estado olvidado de vuestras caridades, antes los he tenido y tengo en mis entrañas. Adiós, hermanos carísimos, que no hay lugar para más. Usque in coelum. Mementote mei (hasta el cielo, acordaos de mí).

[Liturgia de las Horas. Propio de la familia franciscana]

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De la Historia del martirio de Pablo Miki y compañeros,
escrita por un contemporáneo

(Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii, 1, 769)

Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmos y añadiendo el verso: A tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica.

Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Después añadió estas palabras:

«Al llegar este momento no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo».

Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarles para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luis era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luis hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos.

Antonio, que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos.

Otros repetían: «Jesús! ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con éstas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir.

Entonces los verdugos desenvainaron cuatro lanzas como las que se usan en Japón. Al verlas, los fieles exclamaron: «Jesús! ¡María!», y se echaron a llorar con gemidos que llegaban al cielo. Los verdugos remataron en pocos instantes a cada uno de los mártires.

[Liturgia de las Horas]

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Elenco de los santos mártires de Nagasaki (5-II-1597)

Frailes franciscanos:

San Pedro Bautista Blázquez, superior de la misión (1542-1597)
San Felipe de Jesús o de las Casas (1571-1597)
San Francisco Blanco (1567-1597)
San Francisco de La Parrilla o de San Miguel (1543-1597)
San Gonzalo García (1562-1597)
San Martín Aguirre de la Ascensión (1567-1597)

Franciscanos seglares:

San Antonio de Nagasaki (de 13 años de edad)
San Buenaventura de Miyako
San Cosme Takeya
San Francisco Fahelante de Miyako
San Francisco Médico de Miyako
San Gabriel de Ize
San Joaquín Sakakibara de Osaka
San Juan Kinuya de Miyako
San León Kasasumara
San Luis Ibaraki (de 12 años de edad)
San Matías de Miyako
San Miguel Kozaki, padre de Santo Tomás Kozaki
San Pablo Ibaraki, tío de San Luis Ibaraki
San Pablo Suzuki
San Pedro Sukejiro de Miyako
Santo Tomás Idauki de Miyako o de Ize
Santo Tomás Kozaki (de 14 años), hijo de San Miguel Kozaki

Jesuitas:

San Pablo Miki, sacerdote profeso
San Juan de Goto, catequista
San Diego Kisai, catequista

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