DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

17 de mayo

San Pascual Bailón (1540-1592)

por Juan Arratíbel, s.s.s.

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Villarreal, municipio de la provincia de Castellón de la Plana, sobre la carretera de Valencia a Barcelona, hoy [1959] con más de 20.000 habitantes, de terreno llano y suelo fértil, regado por el Mijares, centro agrícola con extensos naranjales, que ostenta con orgullo uno de los templos parroquiales mayores de España, la arciprestal de San Jaime, presenta aún con más ufanía el convento franciscano del Rosario, en el cual murió el biografiado, se conservaron los restos del mismo hasta la guerra del 36 y se levanta ahora en su honor el templo votivo eucarístico internacional.

¡Qué contraste con la villa zaragozana de 400 habitantes, Torrehermosa, arrullada por el Jalón, la que fue cuna del Santo, en la diócesis de Sigüenza!

Mas hay que saltar a sus recintos por el siglo XVI.

España termina su secular cruzada contra el moro. Enriquecida con un mundo nuevo, toca al apogeo de su gloria. «Cuando ella se mueve –solía decirse–, la Europa tiembla.»

Por ella pasean sus flores de santidad Ignacio, Javier, Teresa, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara. Pero también otro que, no siendo en su vida celebridad española, en el correr de los años resultó ser celebridad mundial.

Unos inquilinos del monasterio cisterciense de Puerto Regio, pobres de fortuna del dinero, pero ricos de fortuna del temor de Dios. Llámanse Martín Bailón e Isabel Jubera.

Padres de un santo cuyo nombre será Pascual, por haber visto la luz en Pascua de Pentecostés de 1540, 17 de mayo.

Ese mismo día, pero de 1592, el hijo más ilustre de Torrehermosa, a los cincuenta abriles de su caminar en este valle hondo, emprende su vuelo de gloria, para recibir los honores de la canonización en 1690 por intervención del infalible Alejandro VIII.

Pastor ideal durante diecisiete años, desde los siete de su edad. Luego hermano lego franciscano durante veintiocho, desde 1564; modelo, dentro de la reforma alcantarina, como indica la liturgia de su fiesta, de jóvenes y mayores.

La historia cuenta con elevados al honor de los altares cuyos rasgos eucarísticos son más nutridos; pero no con otro que haya sido declarado por el Vicario de Jesucristo patrón de las asambleas y obras eucarísticas ya desde 1897.

¿Su retrato físico?

Era el Santo de mediana estatura, de buena presencia y de rostro gracioso y amable, aunque no expansivo.

Tenía en su frente algunas arrugas y un principio de calvicie. Sus ojos azules, pequeños, brillantes, estaban protegidos por pestañas y cejas negras. La nariz y la boca eran regulares. Veíase bajo sus labios, de derecha a izquierda, una cicatriz que le daba las apariencias de estar siempre sonriendo. Color moreno. Barba rala. Carrillos salientes.

De temperamento irascible unido a su gran fuerza de voluntad, disfrutó de ordinario de buena salud, a excepción de los cinco últimos años de su existencia, que fueron para él un prolongado y cruel martirio.

Pero nos interesan más sus retratos moral y eucarístico.

Vida pastoril.

El zurrón del niño era una diminuta biblioteca con libros piadosos y el oficio parvo de la Virgen, que rezaba diariamente. Su cayado cuelga, bajo la cruz, una imagen de María.

Su conversación era agradable; sus modales, suaves; su humor, templado.

A la austeridad entrañada por el pastoreo añadía voluntarias mortificaciones, como el andar descalzo por lugares escabrosos.

Su amor a la pobreza culminó en el hecho de rehusar el ser heredero de su amo, Martín García, hombre poderoso, propietario de muchas posesiones. Prefiere seguir la estrella de su vocación religiosa, dejando a sus padres, amo y tierra natal. Se presenta en el reino de Valencia al convento de Nuestra Señora de Loreto, recientemente fundado por los reformados de San Pedro de Alcántara en una soledad contigua a la villa de Monforte (Alicante).

Su timidez para hablar con el guardián le dejó otros cuatro años al servicio de ovejas en aquella vecindad. Su piedad, su frecuencia de sacramentos en el convento de franciscanos le delataron como santo pastor, mote con que era conocido.

Era tal su delicadeza que se denunciaba a sí mismo cuando su ganado hacía daño en campo ajeno. Resarcía perjuicios de su soldada.

Por fin habla con el padre guardián, quien le admite como aspirante a las órdenes sagradas, sin que acepte esta calidad la humildad del hombre de Dios. Su única ambición es ser «la escoba de la casa de Dios».

El 2 de febrero de 1564 recibe el hábito en Loreto. Aquí permanece hasta 1573. Los cinco años siguientes en Villena, Elche, Jumilla, Ayora, Valencia y Játiva. De 1589 a 1592 es el apóstol y bienhechor de Villarreal, verdadera villa regia a la sazón, con su palacio magnífico, con sus reductos y baluartes, con sus grandes calles y deliciosas avenidas, y con las ondas azuladas del Mediterráneo, que ofrecían a sus pies una graciosa alfombra.

Siendo sus ocupaciones casi idénticas, el curso de su existencia se desarrolla en un plan más bien monótono.

Uno de sus biógrafos le retrata así como religioso:

Su único vestido era una túnica. Bajo la túnica llevaba cilicio o una cadena ajustada a la cintura; su lecho, la tierra. Trabajaba animosamente. Al volver de mendigar por los pueblos levantinos, Elche, Novelda, Aspe, Játiva, Alicante, llegaba con frecuencia al convento con una carga que era más propia para un jumento.

Desempeñó varios oficios: los de portero, hortelano, cocinero, refitolero y limosnero.

Uno de los mayores gustos era recoger las sobras de la comida para destinarlas a los pobres.

Cuando había colocado en orden los platos, el pan en su sitio y las botellas llenas, caía de rodillas en el refectorio y rezaba largo rato, hasta que se levantaba agitado por un impulso misterioso que le obligaba a correr, a dar voces inarticuladas y a bailar delante de la Virgen. No todos se ponían serios ante estos hechos incomprendidos.

Una página entusiasta de su novicio amigo y superior: «Nunca pensaba en satisfacer el menor capricho. Siempre ponía estudio en mortificarse a sí propio. Yo he visto brillar en él la humildad, la obediencia, la mortificación, la castidad, la piedad, la dulzura, la modestia y, en suma, todas las virtudes: y no puedo decir a ciencia cierta en cuál de ellas llevaba ventaja a las demás...»

Los conventos se disputaban la presencia del humilde y servicial hermano. En Jerez le conoció el predicador Jiménez, ya citado: «¡Dios santo, cómo venía! –exclama–. Vile entrar en la iglesia, mientras decía la misa mayor, descalzo, polvoriento, sin capa, con sólo una túnica vil, andrajosa y estrecha, que parecía un saco.» Así viajaba siempre, recorriendo centenares de kilómetros, padeciendo hambre y sed, sembrando consejos, predicando elocuentísimamente con el ejemplo.

El franciscano no era guerrero, ni orador de fama, ni escritor fino, ni científico de renombre, ni médico buscado. Ni llenaba el mundo con talentos extraordinarios. Teólogo sí lo era, con ciencia infusa; místico lo era también, como lo comprobaron los versados padres Juan Jiménez y Manuel Rodríguez.

Lo que más vale: era... artista de la santidad.

La Iglesia ha consagrado la devoción eucarística del Santo en la oración colecta del 17 de mayo: «¡Oh Dios, que honraste a tu santo confesor Pascual con una admirable devoción a los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre; concede propicio que merezcamos recibir nosotros también el gozo espiritual que él recibió de este banquete!»

Es expresiva también la frase de la lectura abreviada del oficio de su festividad: «Ardió en tierna y constante devoción para con la Eucaristía.»

Roma se mueve sobre hechos sólidos. [...]

Navarro, mayoral del señor García, patrón del pastorcillo, escribe:

«Permitíale a veces asistir a misa durante la semana. No podía proporcionarle cosa alguna que fuese tanto de su agrado. Hay una montaña próxima a Elche desde la cual se divisa toda la población. En dicha montaña veíasele permanecer como en éxtasis durante largas horas, mirando alternativamente, ya a Elche, ya a Loreto. Alejábase con tristeza del templo, y, siempre que desde el campo sentía la señal de la campana anunciando el momento en que el santo sacrificio llegaba al acto de la consagración, reconcentrábase dentro de sí mismo para no pensar sino en Dios. Pascual oraba cierto día de rodillas y con las manos juntas. Óyese en este momento el sonido de la campana y exhala un grito: “¡Mirad! ¡Allá, allá!”, dice, indicando con el dedo el cielo. Sus ojos descubren una estrella en el firmamento...; luego la nube se rasga, y Pascual contempla, como si estuviera delante del altar, una hostia puesta sobre un cáliz y circuida por un coro de ángeles que la adoran. Aunque lleno el joven de temor en un principio, no tarda mucho en dejarse llevar de sus transportes de alegría: ¡Jesús, Jesús se encuentra allí!»

Siendo franciscano nada le contenta tanto como ayudar a misa.

Hasta París llegó en 1576 el antiguo pastorcillo, llevando una carta del provincial de Aragón al general de la Orden. En aquellos tiempos eso era una verdadera hazaña.

En una ciudad dominada por los envalentonados herejes, un hombre, poniéndole un puñal en el pecho, le había preguntado: –«¿Dónde está Dios?»; –«En el cielo», contestó Pascual. Luego gemía el Santo: «Ay de mí, no he confesado mi fe: no soy mártir de la Eucaristía por mi falta de memoria, por mi descuido, por mi debilidad. Debiera haber dicho que Dios está en el Santísimo Sacramento.»

En un pueblo francés preguntáronle los herejes si creía en la presencia real. Él contestó afirmativamente. Empezaron los enemigos a argüir con mil sofismas. Mas Pascual desenmascaró el error con tal abundancia de doctrina, que los herejes se sintieron acorralados y con rabia diabólica le apedrearon despiadadamente.

Lo mismo cavando que cociendo berzas andaba unido con el Señor y repetía bellas jaculatorias. «Oh luz sin mancha –decía recordando la comunión de la mañana–, ¿qué delicias puedes encontrar en hombrecillo como yo? ¿Por qué has querido entrar en mi pecho y hacer de él un templo de tu majestad?»

Jiménez, superior de nuestro Santo, depone:

«Él pasaba todo el tiempo posible en adoración ante el Santísimo Sacramento. Al pie del tabernáculo se le hallaba después de maitines hasta la hora de las misas; ¡estaba armándose para la jornada! Al pie del tabernáculo le sorprendía el anochecer; ¡estaba descansando de sus fatigas!... Cuando limosnero, con la alforja al hombro, camina sin tregua, indiferente a los ardores del sol como a las heladas ráfagas del viento. Aspe, Ayorte, Elda, Novelda y Alicante viéronle atravesar sus calles. Su primer cuidado en cada pueblo es acercarse al sagrario y orar largo rato. Los sacerdotes observaron que el Santo hablaba poco y que su breve conversación iba dirigida preferentemente a Jesús Sacramentado. Luego realiza su dicho: “Tengo gusto en dormir al descubierto.”»

Ocho días dura su enfermedad de tabardillo y dolor de costado. El paciente no exhala ni una queja ni pide medicinas ni alimentos.

En su lecho de muerte pregunta al hermano que le cuida: – «¿Has dado ya la señal para la misa mayor?»; – «Sí», le respondieron. Inmediatamente se llenó de satisfacción. Su alma voló a la patria de eterna gloria en el momento de la elevación.

La misma liturgia relata la maravilla: Cuando el cadáver del Santo se hallaba en el féretro durante el funeral, con asombro general de los asistentes, en el momento de la elevación, abre y cierra los ojos por dos veces.

Juan Arratíbel, S.S.S.,
San Pascual Bailón, en Año Cristiano, Tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 400-406.

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