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| DÍA 19 DE DICIEMBRE
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* * * San Anastasio I, papa del 27 de noviembre del año 399 al 19 de diciembre del 401. Era romano y sucedió en el pontificado a san Siricio. De él dice san Jerónimo que «era hombre de gran santidad», que vivió la pobreza evangélica y llevó una vida íntegra, entregada al ministerio apostólico. Condenó las doctrinas heréticas de Orígenes y el donatismo. Aprobó las decisiones del Concilio de Toledo celebrado el año 400. Mantuvo muy buenas relaciones con san Paulino de Nola. Fue sepultado en el cementerio Ponciano, de la vía Portuense de Roma. Santos Francisco Javier y compañeros mártires. Son cinco estos santos mártires, vietnamitas seglares: Francisco Javier Ha Trong Mau, catequista; Domingo Bui Van Uy, catequista; Tomás Nguyen Van De, sastre; Agustín Nguyen Van Moi, agricultor y neófito; y Esteban Nguyen Van Vinh, agricultor y catecúmeno. Todos ellos pertenecían a la comunidad cristiana de Ke-Mot y fueron arrestados cuando las autoridades buscaban al párroco. El tribunal los conminó a pisotear la cruz como signo de apostasía, a lo que se negaron; se les estuvo insistiendo mucho tiempo en lo mismo. Por fin los condenaron al destierro perpetuo y a 150 azotes. Cuando se notificó la sentencia al emperador Minh Mang, éste ordenó que, si no apostataban, la sentencia fuera de muerte. Y murieron estrangulados el 19 de diciembre de 1838 en Bac-Ninh (Vietnam). San Gregorio de Auxerre. Obispo de Auxerre (Francia) en el siglo VI. Beato Fulgencio Albareda, Benedictino. Nació en Barcelona el año 1888. Hizo su profesión temporal en Montserrat en 1907, y fue ordenado sacerdote en 1915. Dos años después, le confiaron la responsabilidad de mayordomo del monasterio. Cuando estalló la persecución religiosa de 1936, consiguió refugiarse en casas particulares, en las que ejercía de forma clandestina el sagrado ministerio, hasta que el 17-XII-1936 los milicianos lo arrestaron junto con otras personas y lo llevaron a la checa de San Elías. Sufrió el martirio en Barcelona el 19 de diciembre de 1936. Beatificado el 13-X-2013. Beato Guillermo de Fenoglio. Nació en Garessio Borgoratto (Piamonte, Italia) el año 1065. Llevó primero vida eremítica en solitario, después cambió de lugar y vivió en comunión con los otros anacoretas de una misma zona, finalmente ingresó en la Cartuja de Casotto (Piamonte) como hermano laico y allí vivió santamente hasta que murió el año 1120. Beato Urbano V, papa de 1362 a 1370. Nació en Grisac (Languedoc, Francia) hacia 1310. En su juventud ingresó en el monasterio benedictino de Chirac. Se doctoró en derecho y lo enseñó en las universidades de Montpellier, Toulouse y Lyon. Siendo abad del monasterio de San Víctor de Marsella lo eligieron papa, y como tal fue a vivir a Aviñón. Los objetivos principales de su pontificado fueron dos: restablecer la unidad de la Iglesia, griega y latina, y volver la sede papal a Roma. De hecho, en octubre de 1367 estaba en Roma, y el palacio de Letrán fue sustituido por el Vaticano como residencia oficial. Pero las dificultades de todo género se multiplicaron, y se vio obligado a volver a Aviñón en septiembre de 1370, y allí murió tres meses después.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Del Cántico de Zacarías (el Benedictus): «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79). Pensamiento franciscano: Dice santa Clara en su Regla: «Por amor del santísimo y amadísimo Niño envuelto en pobrecillos pañales, acostado en un pesebre, y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de ropas viles» (RCl 2,25). Orar con la Iglesia: Invoquemos confiados a Cristo, pastor y guardián de nuestras vidas, y digámosle: Favorécenos, por tu bondad. -Buen Pastor del rebaño de Dios, ven a reunir a todos los hombres en tu Iglesia. -Ayuda, Señor, a los pastores de tu pueblo peregrino, para que apacienten sin desfallecer a tu grey hasta que vuelvas. -Escoge de entre nosotros pregoneros de tu palabra, para que anuncien el Evangelio hasta los confines del mundo. -Ten compasión de los que en su trabajo desfallecen a mitad del camino; haz que encuentren un amigo que los levante. Oración: Que tu gracia, Señor Jesús, nos disponga y nos acompañe siempre a los que nos preparamos para acogerte cuando llegues. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. * * * BENDICIÓN DE LAS
IMÁGENES DEL NIÑO JESÚS Queridos hermanos y hermanas: El domingo tercero del tiempo de Adviento se llama domingo "Gaudete", "estad alegres", porque la antífona de entrada de la santa misa retoma una expresión de san Pablo en la carta a los Filipenses, que dice así: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres». E inmediatamente después añade el motivo: «El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Ésta es la razón de nuestra alegría. Pero ¿qué significa que "el Señor está cerca"? ¿En qué sentido debemos entender esta "cercanía" de Dios? El apóstol san Pablo, al escribir a los cristianos de Filipos, piensa evidentemente en la vuelta de Cristo, y los invita a alegrarse porque es segura. Sin embargo, el mismo san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, advierte que nadie puede conocer el momento de la venida del Señor (cf. 1 Ts 5,1-2), y pone en guardia contra cualquier alarmismo, como si la vuelta de Cristo fuera inminente (cf. 2 Ts 2,1-2). Así, ya entonces, la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, comprendía cada vez mejor que la "cercanía" de Dios no es una cuestión de espacio y de tiempo, sino más bien una cuestión de amor: el amor acerca. La próxima Navidad nos recordará esta verdad fundamental de nuestra fe y, ante el belén, podremos gustar la alegría cristiana, contemplando en Jesús recién nacido el rostro de Dios que por amor se acercó a nosotros. A esta luz, para mí es un verdadero placer renovar la hermosa tradición de la bendición de las estatuillas del Niño Jesús que se pondrán en el belén. Me dirijo en particular a vosotros, queridos muchachos y muchachas de Roma, que habéis venido esta mañana con vuestras estatuillas del Niño Jesús, que ahora bendigo. Os invito a uniros a mí siguiendo atentamente esta oración:
Y ahora recemos juntos la oración del Angelus Domini, invocando la intercesión de María para que Jesús, que al nacer trae a los hombres la bendición de Dios, sea acogido con amor en todos los hogares de Roma y del mundo. [Después del Ángelus] Al aproximarse la celebración del Nacimiento de Jesucristo, Príncipe de la paz, os invito a prepararos a esta fiesta de gozo y salvación intensificando la plegaria, avivando la alegría interior y dedicándoos a la escucha meditativa de la Palabra de Dios, para después transmitirla con sencillez a los demás. Confío esta hermosa tarea a la maternal protección de la Virgen María, tan presente en estos días en el corazón de las queridas naciones latinoamericanas bajo la advocación de Guadalupe. * * * LA NAVIDAD DEL SEÑOR
ESTÁ CERCA Hermanos, aunque yo callara, el tiempo nos advierte que la Navidad de Cristo, el Señor, está cerca, pues la misma brevedad de los días se adelanta a mi predicación. El mundo con sus mismas angustias nos está indicando la inminencia de algo que lo mejorará, y desea, con impaciente espera, que el resplandor de un sol más espléndido ilumine sus tinieblas. Pues mientras este sol, y teniendo en cuenta la brevedad de las horas, teme que su curso se esté acabando, indica que abriga cierta esperanza de que su ciclo anual sufra una transformación. Esta expectación de la criatura nos persuade también a nosotros a esperar que el nacimiento de Cristo, nuevo sol, ilumine las tinieblas de nuestros pecados; a desear que el sol de justicia disipe, con la fuerza de su nacimiento, la densa niebla de nuestras culpas; a pedir que no consienta que el curso de nuestra vida se cierre con una trágica brevedad, sino más bien se prolongue gracias a su poder. Así pues, ya que hemos llegado a conocer la Navidad del Señor incluso por las indicaciones que el mundo nos ofrece, hagamos también nosotros lo que acostumbra a hacer el mundo: como en ese día el mundo empieza a incrementar la duración de su luz, también nosotros ensanchemos las lindes de nuestra justicia; y al igual que la claridad de ese día es común a ricos y pobres, sea también una nuestra liberalidad para con los indigentes y peregrinos; y del mismo modo que el mundo comienza en esa fecha a disminuir la oscuridad de sus noches, amputemos nosotros las tinieblas de nuestra avaricia. Estando, hermanos, a punto de celebrar la Navidad del Señor, vistámonos con puras y nítidas vestiduras. Hablo de las vestiduras del alma, no del cuerpo. Adornémonos no con vestidos de seda, sino con obras preciosas. Los vestidos suntuosos pueden cubrir los miembros, pero son incapaces de adornar la conciencia, si bien es cierto que ir impecablemente vestido mientras se procede con sentimientos corrompidos es vergüenza mucho más odiosa. Por tanto, adornemos antes el afecto del hombre interior, para que el vestido del hombre exterior esté igualmente adornado; limpiemos las manchas espirituales, para que nuestros vestidos sean resplandecientes. De nada sirve ir espléndidamente vestidos si la infamia mancilla el alma. Cuando la conciencia está en tinieblas, el cuerpo entero estará a oscuras. Tenemos un poderoso detergente para limpiar las manchas de la conciencia. Está escrito en efecto: Dad limosna y lo tendréis todo limpio. Buen mandato éste de la limosna: trabajan las manos y queda limpio el corazón. * * * SER "MADRES" DE
JESUCRISTO (IV) Hagámosle una morada María es la casa de Dios. Las letanías de la Virgen nos lo recuerdan. Francisco la saluda:
Pero traslada esa realidad a la vida cristiana: «Y hagamos siempre en ellos (en nuestro corazón y en nuestra mente) habitación y morada a Aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo» (1 R 22,27). Dice en otro lugar: «...el espíritu del Señor, que habita en sus fieles...» (Adm 1,12). Y, personalmente, Francisco vive tan intensamente esta realidad que Celano puede escribir de él la siguiente frase sorprendente y maravillosa: «En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre, llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (2 Cel 83). Y eso es lo que realmente acaeció en Greccio, la noche de Navidad. Francisco llevó allí en sus brazos al niño que llevaba constantemente en su corazón. El niño Jesús estaba muy despierto en sus brazos, a la par que lo daba a luz sin cesar con su vida de oración y de amor, e invitaba así a todos los participantes a hacer lo mismo: «No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido de muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (1 Cel 86). Una vez más destaca el modelo mariano: llevar a Cristo en el corazón por la fe para ofrecerlo luego visiblemente al mundo. Los hermanos que son madres Sabemos desde hace mucho tiempo que Dios tiene entrañas de madre: como se preocupa una madre por su criatura, así se preocupa Dios Padre por nosotros (Is 66,13; 49,15; Sal 26,10). También Francisco tiene entrañas maternas para con sus hermanos, y los invita a que se ocupen unos de otros con corazón maternal. En varias ocasiones dice Francisco que los hermanos deben transformarse en madres. Donde más insiste sobre este tema es en la Regla para los Eremitorios:
Celano se hace eco de esta actitud de Francisco: «Quiero -decía- que mis hermanos se muestren hijos de una misma madre; y que a uno que pidiere la túnica, la cuerda u otra cosa, se la dé el otro generosamente. Pasen también unos a otros los libros y demás cosas que gustan» (2 Cel 180). Y en la Regla bulada: «Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?» (2 R 2,8). En la Carta al hermano León, se dirige a él en estos términos: «Te hablo, hijo mío, como una madre». A veces, incluso, Francisco es llamado «madre» por sus hermanos (2 Cel 137) y, cuando se encuentra muy enfermo, Elías, para obligarle a que se deje cuidar, le recuerda que él, Francisco, lo había escogido como «madre» y lo había nombrado «padre» de todos los demás hermanos (1 Cel 98). La palabra «madre», que tanto gustaba a Francisco, es mucho más que una mera imagen que invita a la dulzura y al servicio fraterno. Él vive esta maternidad como una tarea de alumbramiento: en la parábola que explica ante el papa Inocencio III para pedirle que apruebe su forma de vida evangélica, Francisco habla de una mujer desposada y fecundada por el rey que le da muchos hijos, y dice también claramente que esa mujer es él mismo. El Señor lo fecundó con su palabra y él engendró hijos espirituales (cf. 2 Cel 164; LM 8,2). Más tarde seguirá experimentando por sus hermanos la angustia y el dolor que siente una madre preocupada por sus hijos queridos:
Y san Buenaventura comprendió perfectamente que Francisco concibió y alumbró (siempre los dos mismos verbos) una nueva vida en el Espíritu al escuchar el evangelio de la fiesta de san Matías, en la Porciúncula y bajo la protección de María:
[En Selecciones de Franciscanismo, n. 39 (1984) 497-499].
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