DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 2 DE DICIEMBRE

 

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BEATA MARÍA ÁNGELA ASTORCH. Nació en Barcelona el año 1592 en el seno de una familia acomodada. Muy pronto quedó huérfana de padre y madre, y fue su nodriza quien le dio una buena educación. En 1603, muy joven, ingresó en el monasterio de las clarisas capuchinas de su ciudad, en el que emitió su profesión en 1609. Cuando tenía 21 años de edad, la mandaron a Zaragoza como maestra de novicias. Luego gobernó aquel monasterio como abadesa, y en 1645 fundó el de Murcia, en el que fue abadesa y maestra de novicias. Tuvo en alto grado el don de la contemplación, alimentada particularmente en la meditación asidua de la Liturgia de las Horas. Ha sido calificada como «La mística del Breviario». Educó a sus religiosas en las virtudes humanas y cristianas, y tuvo para con ellas una caridad solícita y entrañable. Escribió importantes relatos autobiográficos. Murió en Murcia el 2 de diciembre de 1665, y fue beatificada por Juan Pablo II en 1982.- Oración: Oh Dios, rico para todos los que te invocan, que adornaste a la beata María Ángela, virgen, con el don de penetrar de modo inefable en el tesoro de tus riquezas mediante la diaria liturgia de alabanza: concédenos, por su intercesión, dirigir a ti de tal manera nuestras acciones, que seamos alabanza de tu gloria en Jesucristo, tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

BEATO RAFAEL CHYLINSKI. Nació de familia noble en Wysoczka (Poznan, Polonia) el año 1694. Terminados los estudios en los jesuitas, ingresó en el ejército y llegó al grado de oficial. Luego profesó en los Franciscanos Conventuales de Cracovia y recibió la ordenación sacerdotal en 1717. Trabajó en diversas casas religiosas como confesor y predicador. Sus sermones sencillos contrastaban con el estilo barroco vigente, y tenían gran eficacia pastoral. Pasaba horas enteras en el confesonario. Llevó una vida de mortificación y abnegación. También se distinguió por su atención a los enfermos, especialmente en tiempo de peste; los visitaba para asistirlos piadosamente y procurarles una honesta y cristiana muerte. Y tuvo un gran corazón para con los pobres, a los que siempre ayudó con generosidad. Murió el 2 de diciembre de 1741 en Lagiewniki, cerca de Lódz. Lo beatificó Juan Pablo II en 1991.

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Santa Bibiana. Sufrió el martirio en Roma, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. El papa san Simplicio le dedicó una basílica en el monte Esquilino. No se tienen otros datos históricos sobre esta santa.

San Cromacio. Sacerdote de Aquileya (Friuli, Italia). Convirtió su casa en una especie de monasterio en el que se integraban su madre y sus hermanos, así como clérigos y seglares. San Jerónimo frecuentó la casa y la llamó «morada de santos». El año 388 fue nombrado obispo de Aquileya y recibió la consagración episcopal de manos de san Ambrosio. Fue polemista antiarriano, exegeta y escritor. Trató de restablecer la paz ciudadana y las instituciones diocesanas, y de aliviar la situación del pueblo después del paso de Alarico. Fue muy bien considerado por los papas y obispos de su tiempo. Murió el año 407 ó 408.

San Habacuc. Es uno de los profetas menores del Antiguo Testamento. Los autores suelen situarlo en el siglo VII antes de Cristo. Ante la iniquidad y violencia de los hombres, anunció el juicio de Dios, pero también su misericordia, proclamando: El justo vivirá por su fe (Ha 2,4). El Nuevo Testamento profundiza en el sentido de esta expresión de la justicia salvadora de Dios (cf. Rm 1,17; Gal 3,11; Hb 10,38).

San Pimenio. Sacerdote y mártir de Roma en el siglo III/IV. Es venerado en el cementerio de Ponciano, en la Vía Portuense.

San Silverio, papa del 1 de junio del año 536 al 11 de noviembre del 537. Sucedió en el pontificado a san Agapito. Gobernó la Iglesia en circunstancias religiosas y políticas muy complicadas. Era el tiempo de la guerra entre Bizantinos y Ostrogodos por adueñarse de Italia. No quiso rehabilitar a Antimo, obispo herético de Constantinopla depuesto por su predecesor. Entonces, por orden de la emperatriz Teodora, fue privado de su sede y desterrado a la isla de Palmarola (Lazio), donde, habiendo abdicado de su sede, murió agotado por los sufrimientos el 2 de diciembre del año 537, y se le tiene por mártir.

Beato Juan de Ruysbroeck. Nació en Ruysbroeck, cerca de Bruselas, el año 1293. Escritor y gran místico flamenco, fue uno de los primeros que utilizó la lengua flamenca antigua (y no el latín) para tratar temas místicos. Estudió en la escuela capitular de Bruselas, se ordenó de sacerdote en 1317 y fue canónigo de Santa Gúdula, donde ejerció un intenso apostolado. Él y dos compañeros dieron inicio, en 1343, al monasterio de Groenendael, cerca de Bruselas, en el que tomaron el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín. Y allí murió el año 1381. En una etapa de gran fervor religioso, escribió tratados místicos que ejercieron una gran influencia en la vida espiritual de Flandes y Holanda, y que fueron conocidos en el resto de Europa gracias a su traducción al latín.

Beato Juan (Iván) Slezyuk. Nació en Zhyvachiv (Ucrania) el año 1896. Ordenado de sacerdote en la iglesia greco-católica el año 1923, se dedicó a la enseñanza. En 1945, en previsión del arresto de los obispos uniatas, fue ordenado obispo en la clandestinidad. Aquel mismo año lo detuvieron los comunistas y lo condenaron a diez años de trabajos forzados por supuestas actividades contra el Estado. Liberado en 1954, reanudó su trabajo pastoral con gran espíritu de sacrificio. Lo arrestaron de nuevo en 1962 y lo condenaron a cinco años de detención. Excarcelado en 1968 volvió a su trabajo apostólico. No cesaron los interrogatorios, al cabo de uno de los cuales sufrió un ataque al corazón y murió en Stanislaviv el 2 de diciembre de 1973. Se le tiene por mártir.

Beato León Justino del Valle Villar. Nació en Grañón (Logroño) en 1906. Ingresó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas y se formó en casas de España y Francia. En 1926 inició su apostolado, que ejerció en varias escuelas. Lo destinaron a Manresa (Barcelona) en 1931, y allí le sorprendió la persecución religiosa de España. Se ocultó sucesivamente en tres domicilios particulares. En el último de ellos, el 2-XII-1936 los milicianos lo detuvieron violentamente, lo bajaron a la calle y lo mataran a tiros en la calle del Bruch. Fue enterrado en el cementerio de Manresa.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Los que confían en el Señor son como el monte Sión: no tiembla, está asentado para siempre (Salmo 124,1).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en sus Alabanzas del Dios Altísimo: -Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres belleza, tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú eres quietud, tú eres gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, tú eres templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción (AlD 4).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor, que vendrá y nos salvará, y digámosle confiados: Ven, Señor, y sálvanos.

-Señor Jesús, ungido del Padre y salvador de los hombres, ven pronto y sálvanos.

-Tú que viniste al mundo, líbranos del pecado del mundo.

-Tú que viniste del Padre, muéstranos el camino para ir a Él.

-Tú que fuiste concebido por obra del Espíritu Santo, renuévanos a nosotros con la fuerza de este mismo Espíritu.

-Tú que tomaste carne en el seno de la Virgen María, líbranos de la corrupción de la carne.

Oración: Concédenos, Señor, permanecer alertas a la venida de tu Hijo, para que, cuando llegue y llame a la puerta, nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL ADVIENTO, TIEMPO DE ESPERA Y DE ESPERANZA
Benedicto XVI, Ángelus del 2 de diciembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico: el pueblo de Dios vuelve a ponerse en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,8); en cambio, la historia cambia y necesita ser evangelizada constantemente; necesita renovarse desde dentro, y la única verdadera novedad es Cristo: él es su realización plena, el futuro luminoso del hombre y del mundo. Jesús, resucitado de entre los muertos, es el Señor al que Dios someterá todos sus enemigos, incluida la misma muerte (cf. 1 Co 15,25-28).

Por tanto, el Adviento es el tiempo propicio para reavivar en nuestro corazón la espera de Aquel «que es, que era y que va a venir» (Ap 1,8). El Hijo de Dios ya vino en Belén hace veinte siglos, viene en cada momento al alma y a la comunidad dispuestas a recibirlo, y de nuevo vendrá al final de los tiempos para «juzgar a vivos y muertos». Por eso, el creyente está siempre vigilante, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora» (Sal 130,5-6).

Por consiguiente, este domingo es un día muy adecuado para ofrecer a la Iglesia entera y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que quise dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula Spe salvi, porque comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus», «en esperanza fuimos salvados» (Rm 8,24). En este, como en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra «esperanza» está íntimamente relacionada con la palabra «fe». Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como lo muestra la experiencia de tantos santos y santas.

¿En qué consiste esta esperanza, tan grande y tan «fiable» que nos hace decir que en ella encontramos la «salvación»? Esencialmente, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna.

El desarrollo de la ciencia moderna ha marginado cada vez más la fe y la esperanza en la esfera privada y personal, hasta el punto de que hoy se percibe de modo evidente, y a veces dramático, que el hombre y el mundo necesitan a Dios -¡al verdadero Dios!-; de lo contrario, no tienen esperanza.

No cabe duda de que la ciencia contribuye en gran medida al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace buena y hermosa la vida personal y social. Por eso la gran esperanza, la esperanza plena y definitiva, es garantizada por Dios que es amor, por Dios que en Jesús nos visitó y nos dio la vida, y en él volverá al final de los tiempos.

En Cristo esperamos; es a él a quien aguardamos. Con María, su Madre, la Iglesia va al encuentro del Esposo: lo hace con las obras de caridad, porque la esperanza, como la fe, se manifiesta en el amor.

Al comenzar el Adviento, invito a todos a ensanchar el corazón para vivir con gozo el inefable don de la venida del Hijo de Dios al mundo, y a permanecer vigilantes y firmes en la fe, esperando su manifestación definitiva y gloriosa.

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MADRE Y SERVIDORA DE LAS HERMANAS
De los escritos de la beata María Ángela Astorch

Esme de suma mortificación verme prelada y haber de mandar, sobre todo por tener que responder del aprovechamiento espiritual de las religiosas.

Sentí que el Señor me decía en el íntimo del alma: Muéstrate en todo dechado de buenas obras. Con esto quedé enseñada sobre mi obligación de servir de ejemplar a las hermanas y de aventajarme en más perfección. Mi norma es sufrir y callar, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa del Señor. Me juzgo indigna de estar entre las siervas del Señor.

Tengo presente que no a todas lleva Dios por un camino. Debo ayudarlas, con suavidad y dulzura, a caminar el paso que él ha marcado a cada una, sin pretender enfilarlas a todas de la misma manera.

Mi ordinario obrar es a vista de mi divino Señor. Sufro y me resigno, tengo paciencia y callo, niego mi gusto y querer y entender, uno mi sentir al parecer ajeno, con humilde dejo, en las cosas indiferentes. Venero en mis religiosas la santidad oculta que Dios ha infundido en sus almas. Tolero sus condiciones y naturales, sabiendo que somos vasos quebradizos. De sus flaquezas no me admiro, si bien las compadezco, por lo que puede haber de detención en ellas para ser santas, y más por no ser Dios más servido, a quien es cosa indigna servir sin mucha santidad, pureza y humildad. Y así las voy conllevando.

Ardo en ansias de que todas mis religiosas gocen de lo que yo siento y gozo en las comunicaciones íntimas del Señor, con mejoras en las virtudes; y deseo que ello sea sin advertirlo yo, sino de pronto y al primer golpe, por la gracia interior que obra en cada una, quedando yo humillada y aniquilada en mi nada, igual en los quereres de Dios como en sus permisiones. Muchas veces me privé del sustento de mi espíritu para darlo a ellas, complaciéndome en los alientos y en la consolación que recibían.

Estoy atenta a llevar sus condiciones y naturales y a acudirlas en sus necesidades, aunque me lo quite de mi comodidad. En cuanto a sus faltas y caídas, me parecen muy leves en comparación de las mías. Pero la falta o descuido no la puedo hacer buena, so pena de ignorar la verdad. Las excuso, pero, como tengo el cuidado de ellas, procuro se corrijan y se ajusten a dar buen ejemplo, al exterior, y más ante Dios, cumpliendo con sus obligaciones conforme lo exige nuestro estado y el ejercicio de la virtud.

Me ejercito en morir a mí misma, dando a mi divino Señor mi vida en sacrificio. Y no me faltan ocasiones, porque me guiso a mí misma para comida gustosa de todas, pero no con tanta facilidad que, en diversas ocasiones, no sienta mi natural muchas dificultades, apeteciendo el descanso de no llevar esta cruz y de no tener que morir tantas veces en los sacrificios que se ve obligado a hacer mi entendimiento. Dejo pasar en las cosas de poca importancia, no dándoseme nada se haga lo contrario de mi sentir y querer. El ajustarme a todos los naturales es, sin duda, obra de la gracia.

Las llevo a todas encerradas en mi corazón. Las amo tanto, que daría mi vida, si necesario fuera, por cada una de mis hijas; más aún, para su mayor santidad, la diera públicamente en el suplicio más afrentoso del mundo.

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SIMPLICIDAD Y COMPLEJIDAD
DE LA ORACIÓN DE SAN FRANCISCO

por Olegario González de Cardedal

La primera oración que nos queda de san Francisco de Asís es la respuesta que el Santo da a la voz del Crucificado que en San Damián le manda reparar la iglesia en ruinas. Él comenzará reparando la iglesia aun sabiendo que la gran reconstrucción que el Señor le manda y urge no es del edificio de piedra sino del templo de piedras vivas en el Santo Espíritu, su Cuerpo. El Santo contesta en esta oración, con su disponibilidad para cavar cimientos, enterrar sillares, colocar tejas. No se para a considerar o encarecer la iglesia derruida, ni pregunta por los culpables, ni se escandaliza de los hechos. Porque también él mismo se siente piedra caída, teja vana, cuartón quebrado; y necesita ser reconstruido por el propio Señor de la Iglesia. Como María ante la propuesta del ángel, él se reconoce incapaz para tal misión, desprovisto de los medios proporcionados para conseguir dicho fin. Pero sabe que todo eso bien lo sabe quien le envía. Por eso toda su respuesta es esta oración, en la que devuelve como petición la palabra que como encargo ha oído de Dios.

El Santo ora al Dios de la gloria desde la debilidad de su vida; al que es la luz desde las tinieblas de su corazón; al que es justicia, verdad y santidad desde su pobre vida pecadora. Ora al que es fundamento firme, eternidad que envuelve nuestro pasado en amor y nuestro futuro en esperanza; amor y esperanza desde los que marchamos a la misión encargada. Nuestro quehacer supremo será identificarnos con su santa voluntad y abrazarnos a un mandato, que tiene toda la fuerza de lo verdadero y de lo divino.

«Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento,
Señor,
para cumplir tu santo y verdadero mandamiento»
(OrSD).

Como todas las creaciones geniales, esta oración es original por concentración en lo esencial, por afincamiento en las grandes realidades de la revelación de Dios: su alteza y su gloria; su luz y nuestras tinieblas; su santidad y nuestro pecado. Y le pide lo esencial para una vida cristiana: Dios mismo; al que sólo pueden recibir una fe derecha, una esperanza entera y una caridad, que ensanchan ante él los ojos y no los guiñan ante los ídolos. Pide el Santo a Dios que, iluminado el corazón, le haga sensible y senciente, y tenga así capacidad para sentirle y conocerle a él como Dios, para sentir y conocer a los hombres todos como hermanos. Por ello, pide a la vez realidades objetivas (Dios mismo) y realidades subjetivas (un hombre capaz de experiencia y sentimiento nuevos). Para terminar finalmente con una mirada tendida hacia la vida de cada día: cumplir sus mandamientos. De esta forma la oración, que había comenzado dirigiéndose a Dios en su divinidad y gloria, que había pedido luz de corazón para poder ver, transformación del ser entero para poder recibir a Dios mismo, sentimiento de entrañas para poder saber de él, se cierra llegando hasta la acción y el comportamiento de la voluntad. El hombre entero: corazón, inteligencia, sentimiento, voluntad y manos activas, han sido así llevados delante de Dios. Y una vez presentados delante de él, Francisco abandona la capilla y marcha a reconstruir la Iglesia.

Ante cualquier llamada del Señor enviándonos a una tierra nueva; ante la reafirmación del proyecto que él nos confió en años jóvenes y que en el calor del mediodía y del consiguiente demonio meridiano repetimos; ante la lenta y acostumbrada tarea de cada día, que edifica la Iglesia o la rehace derruida; ante el tránsito a nuevas situaciones espirituales o materiales que nos dejan sin respiración por lo insospechadas o difíciles: esta oración de san Francisco puede ser nuestra oración. Con ella nos vendrá la fuerza de Dios y la fraternal ayuda de quien se asemejó tanto al Redentor, que se dijo de él que era el Cristo viviente de la Edad Media.

Entre el largo recitar de quien le expone una a una al Señor todas las dificultades o esperanzas; y entre el simplificado orar de quien sólo sabe decir ya: «Señor, heme aquí»; entre la oración objetiva que pone los ojos en Dios, su revelación y su gloria, y entre la acongojada pena de quien no es capaz de salir de sí y de sus tremedales: entre uno y otro modo de orar está el milagro de esta oración tan sencilla y tan compleja, tan cristiana y tan humana. Tras orar así, san Francisco inicia su gesta admirable, con la que le devolvió la alegría a toda una cultura, con la que redescubrió el evangelio a la Iglesia y alumbró el rostro vivo de Cristo a generaciones enteras.

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