DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 10 DE AGOSTO

 

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SAN LORENZO. Diácono de la Iglesia de Roma. Según la tradición, era de origen español, concretamente de Huesca. Sufrió el martirio durante la persecución del emperador Valeriano el 10 de agosto del año 258, cuatro días después que el papa Sixto II y sus otros diáconos. Acusado de administrar incalculables bienes, declaró ante los jueces que la única riqueza de la Iglesia eran los pobres, atendidos solícitamente con las limosnas de la comunidad cristiana. Fue condenado a morir a fuego lento en la parrilla, y hasta el último momento puso de manifiesto su entereza y buen humor. Su sepulcro y la basílica a él dedicada se hallan en el Campo Verano de Roma, en el cementerio que luego tomó su nombre, y su culto se difundió pronto en toda la Iglesia.- Oración: Señor Dios nuestro, encendido en tu amor, san Lorenzo se mantuvo fiel a tu servicio y alcanzó la gloria en el martirio; concédenos, por su intercesión, amar lo que él amó y practicar sinceramente lo que nos enseñó. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

BEATO ARCÁNGEL PIACENTINI DE CALATAFIMI. Nació de familia noble en Calatafimi (Sicilia) hacia 1390. De joven renunció a sus bienes y se retiró a una gruta cercana a la ermita de Santa María, no lejos de su pueblo, donde llevó vida de penitencia y oración hasta la alta contemplación. Pronto la gente, atraída por su fama de santidad y sus milagros, comenzó a visitarlo. Huyendo de tanta popularidad, Arcángel se marchó a Alcamo, donde armonizó la vida eremítica con la atención a los indigentes en el hospital de San Antonio que estaba abandonado y que él rehabilitó. Cuando el papa Martín V suprimió los ermitaños de Sicilia, Arcángel vistió en Palermo el hábito franciscano de manos del beato Mateo de Agrigento, se ordenó de sacerdote, se dedicó a la predicación, fundó conventos, ocupó cargos de gobierno en su provincia franciscana, y finalmente volvió a Alcamo, donde murió el 10 de agosto de 1460.

Beatos Claudio José Jouffret de Bonnefont, Francisco François y Lázaro Tiersot. Estos tres sacerdotes y religiosos, durante la Revolución Francesa, por negarse a prestar el juramento de fidelidad a la constitución civil del clero, fueron encerrados en los pontones situados frente a Rochefort, en la costa atlántica de Francia, en los que murieron de enfermedades e inanición. Claudio José nació en 1752, con 23 años ingresó en el seminario de Clermont y muy pronto pasó a la Sociedad de San Sulpicio, en la que se ordenó de sacerdote. Lo arrestaron y, a pesar de su mala salud, lo deportaron a Rochefort. Francisco nació en Nancy (Francia) el año 1749. En 1768 vistió el hábito capuchino. Cursados los estudios eclesiásticos, recibió la ordenación sacerdotal, y durante muchos años ejerció el ministerio pastoral en parroquias de la región de Lorena, supliendo la carestía de clero diocesano. La Revolución Francesa lo sorprendió en Epinal, de donde pasó a Nancy. Detenido y condenado por negarse a hacer el juramento constitucional, lo recluyeron en un pontón viejo amarrado cerca de Rochefort. Enfermo, lo trasladaron al pequeño hospital flotante, que carecía de todo cuidado sanitario. Siempre había sido un hombre de intensa piedad y oración, y el 10 de agosto de 1794 lo encontraron muerto, arrodillado y con los brazos extendidos. Lázaro nació en 1739 y en 1769 profesó en la cartuja de Nuestra Señora de Fontenay y en su momento recibió la ordenación sacerdotal. Llegada la Revolución tuvo que dejar la cartuja, y lo arrestaron en 1793.

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San Blano. Obispo de la región de Dunblane en Escocia, en el siglo VI.

Santos Mártires de Alejandría. Conmemoración de los santos mártires que el año 257, en Alejandría de Egipto, durante la persecución del emperador Valeriano y bajo el prefecto Emiliano, fueron sometidos largo tiempo a múltiples y refinados tormentos, alcanzando la corona del martirio con distintas formas de muerte.

Beato Antonio González Penín. Nació en San Salvador de Rabal (Orense) en 1864. Profesó, como hermano, primero en los mercedarios descalzos y después en los calzados. En los conventos en que estuvo, el último fue el de Barcelona, ejerció con gran acierto y esmero el oficio de cocinero y otros. El 18-VII-1936, ante la persecución, tuvo que dejar el convento y refugiarse en casas particulares de la Ciudad Condal. Lo detuvieron los milicianos que, con promesas y malos tratos, pretendieron en vano que les dijera dónde estaban los otros mercedarios. Lo asesinaron con saña el 10 de agosto de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Agustín Ota. Nació en Ogica (Japón) hacia 1572 en el seno de una familia pagana. De joven estuvo en contacto con los misioneros jesuitas, se convirtió y recibió el bautismo. Durante años fue sacristán en la misión jesuita y luego pasó a catequista y compañero de viaje del beato Camilo Constanzo. Eran tiempos de persecución religiosa en Japón. Los detuvieron en una isla y los encarcelaron. Desde la cárcel Agustín escribió al Provincial de los jesuitas pidiéndole que lo admitiera en la Compañía como hermano laico. Lo admitió el Provincial como novicio y al día siguiente, 10 de agosto de 1622, lo decapitaron en Iki.

Beatos Francisco Drzewiecki y Eduardo Grzymala. Estos dos sacerdotes polacos, internados en el campo de concentración de Dachau (Alemania) y declarados «inválidos» para el trabajo, fueron eliminados en la cámara de gas el 10 de agosto de 1942. Francisco nació en 1908 y a los 16 años ingresó en la Congregación de la Pequeña Obra de la Providencia, fundada por san Luis Orione. En Italia hizo el noviciado, completó sus estudios y recibió la ordenación sacerdotal en 1936. Vuelto a Polonia, en 1939 lo enviaron a Wloclawek como ayudante en la pastoral parroquial y en la dirección del «Pequeño Cottolengo». Allí lo detuvo la Gestapo en noviembre de 1939 y, después de pasar por varias cárceles, llegó al campo de Dachau. Eduardo nació en 1906, a los veinte años ingresó en el seminario diocesano de Wloclawek y en 1936 se ordenó de sacerdote. Se doctoró en derecho canónico en Roma y, de nuevo en su patria, ejerció diversos ministerios. Su obispo, desde el destierro, lo nombró vicario general. La Gestapo lo arrestó en agosto de 1940, y fue a parar al campo de Dachau.

Beato Fulberto Jaime. Nació en Vandellós (Tarragona) en 1901. Profesó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1920. La última comunidad a la que perteneció fue la de Manlleu. Era muy devoto de la Virgen. Cuando estalló la persecución religiosa se encontraba en Cambrils. Marchó a su pueblo y se quedó en casa de su madre, viuda. Alguien lo denunció como religioso. El 10 de agosto de 1936 los del comité de la FAI registraron su casa, se lo llevaron junto con el párroco y otro católico relevante, y los acribillaron a tiros en el término de Tivissa. Beatificado el 13-X-2013.

Beatos José Javier Gorosterratzu y Victoriano Calvo, Redentoristas. Pertenecían a su comunidad de Cuenca en 1936. Al desatarse la persecución religiosa se refugiaron en una casa particular y luego en el seminario. El 10 de agosto de 1936 los milicianos los asesinaron cruelmente en el camino del cementerio de Cuenca. José Javier Gorosterratzu nació en Urroz de Santesteban (Navarra) en 1877, profesó en 1896 y fue ordenado sacerdote en 1903. Sobresalió por su talento y tesón en cuanto emprendía. Fue un notable historiador de temas vascos, predicador de ejercicios y director espiritual, confesor muy buscado por su don de consejo y facilidad para la escucha. Victoriano Calvo nació en Horche (Guadalajara) en 1896. De joven fue agricultor, hizo el servicio militar y, contra la voluntad de su familia, abrazó la vida religiosa en 1919 como hermano coadjutor. Estuvo casi siempre en Cuenca, de hortelano, sacristán y portero.- Beatificados el 13-X-2013.

Beato José Toledo Pellicer. Nació en Llaurí (Valencia) el año 1909, estudió en el seminario de Valencia y se ordenó de sacerdote en 1934. Toda su vida pastoral la desarrolló en Bañeres (Alicante). Fue un excelente párroco. Desde las elecciones en España de febrero de 1936 lo pasó mal, entre sobresaltos y amenazas. Lo detuvieron los milicianos el 23 de julio, le dijeron que iban a matarlo, pero lo llevaron a su pueblo, lo maltrataron y lo obligaron a trabajar en el campo. El 10 de agosto de 1936 lo fusilaron en El Saler, término municipal de Valencia.

Beatos Juan Martorell Soria y Pedro Mesonero Rodríguez. Estos dos salesianos, el primero sacerdote y el segundo estudiante, dieron la vida por su fe en Cristo durante la persecución religiosa desatada en España en 1936. Juan nació en Picasent (Valencia) el año 1889, profesó como religioso salesiano en 1914 y se ordenó de sacerdote en 1923. Trabajó en varios de sus colegios y desde 1928 fue un excelente párroco en la de San Antonio Abad de Valencia. En julio de 1936 tuvo que salir del colegio, en el que luego, convertido ya en checa, lo encerraron. Fue asesinado el 10 de agosto de 1936. Pedro nació en Aldearrodrigo (Salamanca) el año 1912. Profesó en la Congregación Salesiana en 1931. La persecución religiosa lo sorprendió en Valencia. Estuvo algún tiempo en la Cárcel Modelo y luego buscó refugio en distintos pueblos, hasta que los milicianos lo detuvieron y lo asesinaron en "El Vedat", término de Torrent (Valencia), en una fecha desconocida de agosto de 1936, probablemente el día 21.

Beato Luis Sans. Nació en Montblanc (Tarragona) en 1887. Ordenado sacerdote en 1911, ejerció el ministerio en varias parroquias y por último en Sarral. Desplegó una gran actividad apostólica y defendió los derechos de la Iglesia cuando, a partir de 1934, sufrió atropellos y se produjeron ya brotes de persecución. El 20-VII-1936 celebró la última misa en el templo parroquial, que luego fue incendiado, y se escondió. El 10 de agosto de 1936 los milicianos dieron con su paradero, lo maltrataron bárbaramente y lo torturaron de la forma más inhumana, con suplicios y vejaciones físicos y morales, y lo asesinaron en el término de Montblanc. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Millán Llover. Nació en Les Planes (Gerona) en 1885. Vistió el hábito marista en 1900. Dadas sus dotes de formador, los superiores lo destinaron a casas de formación y luego como superior de comunidades apostólicas. En 1928, le confiaron la misión de fundar y dirigir la escuela de Denia (Alicante), donde pronto se granjeó la estima de la población. Al estallar la persecución religiosa, se vio obligado a errar de un pueblo para otro en los alrededores de Denia, hasta que lo detuvieron y encarcelaron en Tabernes de Valldigna. El 10 de agosto de 1936 fue asesinado por los milicianos en el término de Alcira (Valencia). Beatificado el 13-X-2013.


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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: -Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará (Jn 12,24-26).

Pensamiento franciscano:

Santa Clara escribió a santa Inés de Praga: -Hermana carísima, esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros, librándonos del poder del príncipe de las tinieblas y reconciliándonos con Dios Padre (1CtaCl 12-14).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Padre de la misericordia, contando con la intercesión de san Lorenzo, diácono y mártir.

-Para que la Iglesia, encendida en el amor a Cristo y a los pobres, encuentre en ellos su mayor riqueza.

-Para que dé a los diáconos de la Iglesia fortaleza de espíritu, santidad de costumbres y observancia evangélica.

-Para que los que son ultrajados por el nombre de Cristo sientan el gozo de saber que el Espíritu reposa en ellos.

-Para que los creyentes, alentados en nuestras dificultades por el ejemplo de san Lorenzo, sepamos alentar a los demás repartiendo con ellos el ánimo que recibimos de Dios.

Oración: Señor Dios nuestro, tú llenaste de valor a tu mártir san Lorenzo; concédenos soportar por tu amor y con tu ayuda toda adversidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SANTOS QUE LA LITURGIA NOS RECUERDA
Benedicto XVI, Ángelus del 9 de agosto de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Como el domingo pasado, también hoy -en el contexto del Año sacerdotal que estamos celebrando- nos detenemos a meditar sobre algunos santos y santas que la liturgia recuerda estos días. Excepto la virgen santa Clara de Asís, ardiente de amor divino en la oblación diaria de la oración y de la vida comunitaria, los demás son mártires, dos de los cuales fueron asesinados en el campo de concentración de Auschwitz: santa Teresa Benedicta de la Cruz -Edith Stein--, quien, nacida en la fe judía y conquistada por Cristo en edad adulta, se hizo monja carmelita y selló su existencia con el martirio; y san Maximiliano Kolbe, hijo de Polonia y de san Francisco de Asís, gran apóstol de María Inmaculada.

Encontraremos también otras figuras espléndidas de mártires de la Iglesia de Roma, como san Ponciano Papa, san Hipólito sacerdote y san Lorenzo diácono. ¡Qué admirables modelos de santidad nos propone la Iglesia! Estos santos son testigos de la caridad que ama «hasta el extremo» y no tiene en cuenta el mal recibido, sino que lo combate con el bien (cf. 1 Co 13,4-8). De ellos podemos aprender, especialmente los sacerdotes, el heroísmo evangélico que nos impulsa a dar la vida por la salvación de las almas, sin temer nada. ¡El amor vence a la muerte!

Todos los santos, pero especialmente los mártires, son testigos de Dios, que es Amor: Deus caritas est. Los lager nazis, como todo campo de exterminio, se pueden considerar símbolos extremos del mal, del infierno que se abre en la tierra cuando el hombre se olvida de Dios y se pone en su lugar, usurpándole el derecho de decidir lo que es bueno y lo que es malo, de dar la vida y la muerte. Por desgracia, este triste fenómeno no se circunscribe a los campos de concentración. Estos son, más bien, el ápice de una realidad amplia y difundida, a menudo con confines poco claros. Los santos que he recordado brevemente nos hacen reflexionar sobre las profundas divergencias que existen entre el humanismo ateo y el humanismo cristiano; una antítesis que atraviesa toda la historia, pero que al final del segundo milenio, con el nihilismo contemporáneo, ha llegado a un punto crucial, como grandes literatos y pensadores han percibido, y como los acontecimientos han demostrado ampliamente.

Por una parte, hay filosofías e ideologías, pero también cada vez más modos de pensar y de actuar que exaltan la libertad como único principio del hombre, en alternativa a Dios, y de ese modo transforman al hombre en un dios, pero es un dios equivocado, que hace de la arbitrariedad su sistema de conducta. Por otra parte, tenemos precisamente a los santos, que, practicando el Evangelio de la caridad, dan razón de su esperanza; muestran el verdadero rostro de Dios, que es Amor, y, al mismo tiempo, el auténtico rostro del hombre, creado a imagen y semejanza divina.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos a la Virgen María que nos ayude a todos -en primer lugar a los sacerdotes- a ser santos como estos heroicos testigos de la fe y de la entrega hasta el martirio. Este es el único modo para ofrecer a las instancias humanas y espirituales, que suscita la crisis profunda del mundo contemporáneo, una respuesta creíble y exhaustiva: la de la caridad en la verdad.

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ADMINISTRÓ LA SANGRE SAGRADA DE CRISTO
Del Sermón 304 de san Agustín

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo; en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si amamos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.

Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!

Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Ya que habéis resucitado con Cristo, aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.

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MENSAJE DE JUAN PABLO II A LAS CLARISAS (9-VIII-03)
en el 750 aniversario de la muerte de Santa Clara (II)

4. Sólo la opción exclusiva por Cristo crucificado, que realizó con ardiente amor, explica la decisión con la que santa Clara se adentró en el camino de la «altísima pobreza», expresión que encierra en su significado la experiencia de desprendimiento vivida por el Hijo de Dios en la Encarnación. Al llamarla «altísima», santa Clara quería expresar en cierto modo el anonadamiento del Hijo de Dios, que la llenaba de asombro: «Tal y tan gran Señor -escribió-, descendiendo al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo hecho despreciable, indigente y pobre, a fin de que los hombres, que eran pobrísimos e indigentes, y sufrían el hambre del alimento celestial, llegaran a ser ricos, mediante la posesión del reino de los cielos» (1CtaCl 19-20). Percibía esta pobreza en toda la experiencia terrena de Jesús, desde Belén hasta el Calvario, donde el Señor «desnudo permaneció en el patíbulo» (TestCl 45).

Seguir al Hijo de Dios, que se ha hecho nuestro camino, representaba para ella no desear más que sumergirse con Cristo en la experiencia de una humildad y de una pobreza radicales, que implicaban todos los aspectos de la experiencia humana, hasta el desprendimiento de la cruz. La opción por la pobreza era para santa Clara una exigencia de fidelidad al Evangelio, hasta el punto de que la impulsó a pedir al Papa un «privilegio de pobreza», como prerrogativa de la forma de vida monástica iniciada por ella. Insertó este «privilegio», defendido tenazmente durante toda su vida, en la Regla que recibió la confirmación papal en la antevíspera de su muerte, con la bula Solet annuere, del 9 de agosto de 1253, hace 750 años.

5. La mirada de santa Clara permaneció hasta el final fija en el Hijo de Dios, cuyos misterios contemplaba sin cesar. Tenía la mirada amante de la esposa, llena del deseo de una comunión cada vez más plena. En particular, se entregaba a la meditación de la Pasión, contemplando el misterio de Cristo, que desde lo alto de la cruz la llamaba y la atraía. Escribió: «¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor! No hay sino responder, con una sola voz y un solo espíritu, a su clamor y gemido: No se apartará de mí tu recuerdo y dentro de mí se derretirá mi alma» (4CtaCl Praga, 25-26). Y exhortaba: «Déjate abrasar, por lo tanto, ... cada vez con mayor fuerza por este ardor, de caridad... y grita con todo el ardor de tu deseo y de amor: Llévame en pos de ti, Esposo celestial» (4CtaCl 27-29).

Esta comunión plena con el misterio de Cristo la introdujo en la experiencia de la inhabitación trinitaria, en la que el alma toma cada vez mayor conciencia de que Dios mora en ella: «Mientras los cielos, con todas las otras cosas creadas, no pueden contener a su Creador, en cambio el alma fiel, y sólo ella, es su morada y su trono, y ello solamente por efecto de la caridad, de la que carecen los impíos» (3CtaCl 22-23).

6. La comunidad reunida en San Damián, guiada por santa Clara, eligió vivir según la forma del santo Evangelio en una dimensión contemplativa claustral, que se distinguía como un «vivir comunitariamente en unidad de espíritus» (RCl, Prólogo, 5), según un «modo de santa unidad» (ib., 16). La particular comprensión que tuvo santa Clara del valor de la unidad en la fraternidad parece referirse a una madura experiencia contemplativa del Misterio trinitario. En efecto, la auténtica contemplación no se aísla en el individualismo, sino que realiza la verdad de ser uno en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Santa Clara no sólo organizó en su Regla la vida fraterna en torno a los valores del servicio recíproco, de la participación y de la comunión, sino que también se preocupó de que la comunidad estuviera sólidamente edificada sobre «la unión del mutuo amor y de la paz» (RCl 4,22), y también de que las hermanas fueran «solícitas siempre en guardar unas con otras la unidad del amor recíproco, que es vínculo de perfección» (RCl 10,7).

En efecto, estaba convencida de que el amor mutuo edifica la comunidad y produce un crecimiento en la vocación; por eso, en su Testamento exhortaba: «Y amándoos mutuamente en la caridad de Cristo, manifestad externamente, con vuestras obras, el amor que os tenéis internamente, a fin de que, estimuladas las hermanas con este ejemplo, crezcan continuamente en el amor de Dios y en la recíproca caridad» (TestCl 59-60).

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