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| DÍA 28 DE JULIO
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* * * San Acacio. Sufrió el martirio en Mileto, región de la Caria (en la actual Turquía), en tiempo del emperador Licinio, en torno a los años 308/311. San Botvido de Suecia. Nació en Suecia en el seno de una rica familia pagana. Dedicado al comercio, viajó a Inglaterra y se hospedó en casa de un sacerdote piadoso que, con su ejemplo y sus palabras, lo llevó a la conversión y al bautismo. Cuando volvió a Suecia hizo apostolado con su palabra y su ejemplo. Tenía un esclavo vedo al que convirtió al cristianismo y, una vez bautizado, le dio la libertad. Quiso que el neoconverso volviera a su tierra para hacer allí apostolado, y lo acompañó en el viaje. En una parada, cuando Botvido descansaba, el ex-esclavo lo asesinó. Era el año 1100, y la Iglesia lo tiene por mártir. San Cameliano. Fue obispo de Troyes (Francia), discípulo y sucesor de san Lupo en la sede episcopal, en el siglo VI. Santa Catalina Thomás. [Murió el 5 de abril, pero varias diócesis españolas celebran hoy su memoria] Nació en Valldemosa, isla de Mallorca (España), en 1531. Quedó huérfana a los siete años, y la acogieron unos tíos suyos, con los que estuvo de criada y de pastora. Con ayuda de un sacerdote encontró trabajo en Palma y, superadas muchas dificultades, pudo ingresar allí en la Orden de Canonesas Regulares de San Agustín. El Señor le concedió dones místicos extraordinarios, especialmente éxtasis. Sobresalía por su austeridad y espíritu de oración. No tenía estudios y ejerció humildes tareas domésticas, pero se convirtió en consejera espiritual de numerosos fieles de todas condiciones, incluido el obispo, que acudían a ella. Murió el 5 de abril de 1574. Santos Mártires de la Tebaida en Egipto . Conmemoración de los numerosos cristianos que sufrieron el martirio en la región de la Tebaida (Egipto), a mitad del siglo III, durante las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, que se sucedieron con pocos años de diferencia. Al principio se contentaban con matar a los cristianos, pero luego se empeñaron en conseguir su apostasía a base de maltratarlos con refinadas torturas. Los mártires, que fueron muchos, se mantuvieron firmes en su fe. San Melchor García Sampedro. Nació en Cortes (Asturias, España) el año 1821. Ingresó en los dominicos, en su colegio misionero de Ocaña, el año 1842 y, ordenado de sacerdote, en 1848 embarcó para Manila, de donde pasó a Tonkín. Allí se entregó a la tarea misional y en 1855 fue nombrado obispo del Vicariato. Por poco tiempo pudo ejercer su apostolado, pues el 8 de julio de 1858 fue arrestado y encerrado en estrechísima cárcel. Enseguida lo condenaron a muerte. Se ensañaron con él y le fueron cortando los miembros de su cuerpo uno tras otro hasta abrirle las entrañas. Esto sucedía en Nam Dinh (Vietnam), el 28 de julio de 1858, por orden del emperador Tu Duc. Santos Nazario y Celso. Son dos mártires de las persecuciones llevadas a cabo por el Imperio Romano, cuyos cuerpos habían sido sepultados en un huerto de Milán, y que fueron descubiertos por san Ambrosio, que les dio digna sepultura en la ciudad. Santos Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás. Según nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 6,1-6), son cinco de los siete discípulos de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, escogidos por la comunidad cristiana de Jerusalén, a quienes los apóstoles les impusieron las manos para que se dedicaran a atender a los pobres. San Sansón. Fue abad y obispo de Dol en Bretaña (Francia), y propagó por toda la región el Evangelio y la disciplina monástica, que había aprendido en Gales del abad san Iltudo. Murió el año 565. San Víctor I, papa del año 189 al año 199 aproximadamente. Era de origen africano y tenía un carácter fuerte y radical. Estableció que la solemnidad de Pascua se celebrara el domingo siguiente a la Pascua judía. Luchó contra varias herejías que deformaban la doctrina sobre la Trinidad, como el adopcionismo y el gnosticismo. Murió a finales del siglo II y es probable que fuera martirizado. Beatos Hildebrando M. Casanovas, Odilón M. Costa y Narciso M. Vilar, Benedictinos. Al estallar en España la persecución religiosa de 1936, los monjes de Montserrat dejaron el monasterio y buscaron refugio en Barcelona. Estos tres beatos estuvieron en el piso que el monasterio tenía en la Ciudad Condal y decidieron ir en tren a Vich, donde residían familiares suyos, pero en la estación fueron reconocidos y allí mismo asesinados. Era el 28 de julio de 1936. Hildebrando nació en Hostalets de Balanyá (Barcelona) en 1918. Desde niño manifestó su deseo de ingresar en Montserrat, donde comenzó el noviciado en 1934 y emitió la profesión simple el 4-VIII-1935. Fue martirizado a los 18 años de edad. Odilón nació en Vich (Barcelona) en 1905. Profesó en 1923 y fue ordenado sacerdote en 1930. Dirigió la imprenta del monasterio y ejerció de organista suplente; además, fue profesor de griego. Narciso nació en Hostalets de Balanyá en 1916. Cumplido el año de noviciado, hizo la primera profesión el 6-VIII-1934. Era de carácter vivo y fogoso. Cuando lo mataron tenía 19 años.- Beatificados el 13-X-2013. Beato José Camí Camí. Nació en Aytona (Lérida) en 1907, de una familia de labradores. De niño ingresó en el seminario de Lérida, y fue ordenado sacerdote en 1930. Ejerció el ministerio parroquia hasta que el obispo le dio permiso para ingresar en el monasterio trapense de Viaceli (Cóbreces, Cantabria). El 14 de julio de 1936 marchó a su pueblo para despedirse de su familia antes de ingresar en Viaceli. Días después estalló la guerra civil. Permaneció en Aytona sin esconderse hasta que los milicianos lo detuvieron, lo arrastraron atado a un coche, lo remataron a tiros y pasaron el vehículo por encima de su cuerpo. Era el 28 de julio de 1936. Beatificado el 3-X-2015. Beatos José Caselles Moncho y José Castell Camps. Son dos sacerdotes de la Sociedad de Don Bosco, que eran miembros de la casa salesiana del Tibidabo en Barcelona, ciudad en la que fueron asesinados por los milicianos el 27/28 de julio de 1936. José Caselles nació en Benidoleig (Alicante) el año 1907. Profesó entre los salesianos en 1927 y fue ordenado de sacerdote el 21 de mayo de 1936. José Castell nació en Ciudadela (isla de Menorca) el año 1901, ingresó en la congregación salesiana en 1918 y recibió la ordenación sacerdotal en 1927. Lo destinaron a la casa del Tibidabo. Al estallar la guerra civil española, buscó refugio en una casa particular, pero pronto lo detuvieron. Beato Juan Luis Hernández Medina y 3 compañeros mártires, Salesianos. Estos cuatro mártires se encontraban en su colegio de Ronda (Málaga) cuando estalló en España la persecución religiosa de julio de 1936. La comunidad fue arrestada, maltratada y poco después liberada. Los religiosos tuvieron que abandonar el colegio y refugiarse como pudieron. El 28-VII-1936, unos milicianos se presentaron en la pensión en que se habían alojado y arrestaron a estos cuatro salesianos. Aquel mismo día los fusilaron. Juan Luis nació en Cerralbo (Salamanca) en 1912, profesó como candidato al sacerdocio en 1931 y, después de cursar la filosofía, lo enviaron a Ronda para el trienio de prácticas. Miguel Molina de la Torre nació en Montilla (Córdoba) en 1887, hizo la profesión religiosa en 1906 y fue ordenado sacerdote en 1913. Trabajó con celo en varios colegios. Pablo Caballero López nació en Málaga el año 1904, hizo la profesión en 1921 y recibió la ordenación sacerdotal en 1932. Trabajó en las casas de Montilla y Ronda. Fue un religioso observante, alegre y piadoso. Honorio Hernández Martín nació en El Manzano (Salamanca) en 1905, profesó como candidato al sacerdocio en 1926 y, después de estudiar la filosofía, lo enviaron a Argentina (Rosario y Mendoza). En junio de 1936 regresó a España, recibió el subdiaconado y pasaba las vacaciones de verano en Ronda. Beatos Julián José Cabria y Ramón Emiliano Hortelano. El primero era hermano marista y el segundo un maestro seglar. Se conocieron en el servicio militar en el ejército rojo, y trabaron amistad por coincidir en sus convicciones cristianas. Los milicianos sospecharon que eran religiosos o católicos convencidos, y los asesinaron en Villalba de la Sierra (Cuenca) el 28 de julio de 1938. Julián José nació en Susilla (Cantabria) en 1908. Profesó en 1924. En 1934 fue uno de los fundadores del colegio de Cuenca. Era de carácter afable, simpático y se preocupaba por el bien de los humildes. Al estallar la guerra civil, se refugió en casa del portero del colegio, a quien había instruido y atraído a la Iglesia. En marzo de 1938 fue llamado a filas en el ejército republicano. Ramón Emiliano Hortelano nació en Cuenca en 1908. Contrajo matrimonio en 1936 y tuvo su primer hijo días antes de su martirio. Estudió magisterio y se dedicó a la enseñanza, para la que tenía buenas dotes pedagógicas. Era un hombre virtuoso, practicante, buen cristiano. Lo llamaron a filas en marzo de 1938.- Beatificados el 13-X-2013. Beatos Lorenzo Arribas Palacio y 3 compañeros mártires, Agustinos (OSA). El 24-VII-1936, a causa de la persecución religiosa, la comunidad agustina de Uclés (Cuenca) tuvo que dispersarse y buscar refugio en casa de amigos; pero, ante los primeros asesinatos de religiosos, estos cuatro agustinos se encaminaron hacia Madrid. Detenidos en el tren, fueron martirizados en el km 9 de la carretera de Madrid a Valencia el 28-VIII-1936. Lorenzo Arribas nació en Arconada de Bureba (Burgos) en 1880, profesó en la Orden de San Agustín 1896 y fue ordenado sacerdote en 1903. Destinado a Filipinas, enseñó en el Colegio de Ilo-Ilo mientras la salud se lo permitió. En España su último destino fue Uclés como profesor y ecónomo. Primitivo Sandín Miñambres nació en Santibáñez de Tera (Zamora) en 1893, profesó en 1911 y fue ordenado sacerdote en 1917. Tuvo varios destinos, siendo el último de ellos Uclés. Pedro Alonso Fernández nació en Faramontanos de Tábara (Zamora) en 1888, profesó en 1905 y fue ordenado sacerdote en 1913. Sus destinos estuvieron en las casas de formación de aspirantes al noviciado. Froilán Lanero Villadangos nació en Villadangos (León) en 1910, profesó en 1926 y fue ordenado sacerdote en 1934. Su único destino fue la escuela apostólica de Uclés, donde se distinguió como religioso humilde y sencillo, muy apreciado por todos. Beatos Manuel Segura y David Carlos de Vergara Marañón. Eran religiosos escolapios, y fueron arrestados por los milicianos junto con el resto de la comunidad de Peralta de la Sal (Huesca), pueblo natal de san José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías. El 28 de julio de 1936 los llevaron a Gabasa (Zaragoza), donde los fusilaron por odio a la fe cristiana. Manuel nació en Almonacid de la Sierra (Zaragoza) en 1881, ingresó en los escolapios en 1899 y se ordenó de sacerdote en 1907. Pasó por varios colegios, siempre dedicado a la formación de niños y jóvenes, y finalmente lo nombraron maestro de novicios en Peralta de la Sal. David nació en Asarta (Navarra) en 1907 y a sus 23 años ingresó en los escolapios como hermano laico. Era un religioso humilde, trabajador y obediente, fue cocinero y hortelano en el colegio de Peralta de la Sal. Beato Miguel Liébar Garay, marianista. Nació en Arechavaleta (Guipúzcoa) en 1885. Hizo su primera profesión en 1903. Mostraba plena disponibilidad para ir donde los superiores determinaran. En 1912, destinado al estado eclesiástico, pasó a estudiar a Friburgo (Suiza), donde se ordenó de sacerdote en 1915. Luego prestó servicio en varios colegios de España. Al comienzo de la persecución religiosa de 1936, se ofreció para seguir en Madrid, en la residencia provincial, a fin de proteger a las personas y las obras. Lo detuvieron el 28-VII-1936. Después de profanar los objetos sagrados que encontraron en la residencia, lo llevaron al Puente de Vallecas y allí lo martirizaron aquel mismo día. Beato Narciso Feliu. Nació en Pineda (Gerona) en 1877. Ingresó en el seminario, estudió en Roma y allí fue ordenado sacerdote en 1903. Ejerció su ministerio en Tarragona, donde fue profesor del seminario y canónigo de la catedral. Se distinguió por su caridad generosa, su bondad y su imperturbable calma. Desatada la persecución religiosa de 1936, procuró esconderse en Tarragona. El 28 de julio de 1936, un grupo de milicianos de la FAI lo detuvieron y se lo llevaron. Al día siguiente fue hallado muerto en la ciudad con varias heridas hechas con arma blanca. Beatificado el 13-X-2013. Beato Sabino Hernández Laso . Nació en Villamor de los Escuderos (Zamora) el año 1886. Hizo la profesión perpetua entre los salesianos en 1914 y recibió la ordenación sacerdotal en 1916. Fue un sacerdote piadoso, observante, culto. Al estallar la guerra civil española, lo detuvieron y maltrataron en Madrid, pero lo soltaron. Días después, el 28 de julio de 1936, lo arrestaron allí mismo unos milicianos y, después de comprobar que era sacerdote, lo fusilaron. Fue beatificado el año 2007.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: San Pablo escribió a los Tesalonicenses: «Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal; esmeraos siempre en haceros el bien unos a otros y a todos. Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Tes 5,15-21). Pensamiento franciscano: De la Regla de santa Clara: «Las hermanas atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en la tribulación y en la enfermedad, y amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, porque dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (RCl 10,8-13). Orar con la Iglesia: Dirijamos con humildad y confianza nuestra oración a Dios, nuestro Padre, que siempre atiende las súplicas de sus hijos. -Para que el Señor, con el soplo de su Espíritu, inspire nuestras oraciones y las abra a horizontes de dimensiones universales. -Para que convierta nuestros corazones con la fuerza de su luz y así podamos testimoniar nuestra fe en su amor. -Para que la vida de todos los cristianos sea oración incesante, y la oración de las contemplativas sea perseverancia en la acción de gracias. -Para que el testimonio de vida de los hombres y mujeres consagrados a la contemplación nos impulse a orar sin cesar y a permanecer en la presencia de Dios. Oración: Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, pobres y débiles, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * «SEÑOR,
ENSÉÑANOS A ORAR» Queridos hermanos y hermanas: El Evangelio de este domingo [Lc 11,1-13] nos presenta a Jesús recogido en oración, un poco apartado de sus discípulos. Cuando concluyó, uno de ellos le dijo: «Señor, enséñanos a orar». Jesús no puso objeciones, ni habló de fórmulas extrañas o esotéricas, sino que, con mucha sencillez, dijo: «Cuando oréis, decid: "Padre..."», y enseñó el Padrenuestro, sacándolo de su propia oración, con la que se dirigía a Dios, su Padre. San Lucas nos transmite el Padrenuestro en una forma más breve respecto a la del Evangelio de san Mateo, que ha entrado en el uso común. Estamos ante las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Se imprimen en la memoria, plasman nuestra vida, nos acompañan hasta el último aliento. Desvelan que «no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo. Ser hijos equivale a seguir a Jesús» (Benedicto XVI). Esta oración recoge y expresa también las necesidades humanas materiales y espirituales: «Danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados». Y precisamente a causa de las necesidades y de las dificultades de cada día, Jesús exhorta con fuerza: «Yo os digo: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». No se trata de pedir para satisfacer los propios deseos, sino más bien para mantener despierta la amistad con Dios, quien -sigue diciendo el Evangelio- «dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan». Lo experimentaron los antiguos «padres del desierto» y los contemplativos de todos los tiempos, que llegaron a ser, por razón de la oración, amigos de Dios, como Abrahán, que imploró al Señor librar a los pocos justos del exterminio de la ciudad de Sodoma. Santa Teresa de Ávila invitaba a sus hermanas de comunidad diciendo: «Debemos suplicar a Dios que nos libre de estos peligros para siempre y nos preserve de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección, esforcémonos por pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al Todopoderoso?». Cada vez que rezamos el Padrenuestro, nuestra voz se entrelaza con la de la Iglesia, porque quien ora jamás está solo. «Todos los fieles deberán buscar y podrán encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia... cada uno se dejará conducir... por el Espíritu Santo, que lo guía, a través de Cristo, al Padre» (Congregación para la doctrina de la fe, 15-X-1989). Que la Virgen María nos ayude a redescubrir la belleza y la profundidad de la oración cristiana. [Después del Ángelus] Al enseñar a sus discípulos a orar, Jesús nos revela quién es su Padre y nuestro Padre, y abre nuestro corazón a nuestros hermanos y hermanas. Dejémonos alcanzar por el soplo del Espíritu Santo, quien hace de nosotros verdaderos orantes. Como los discípulos en el Evangelio de este domingo, muchas personas también se preguntan: «Orar, ¿cómo se hace?». El propio Jesús fue un gran orante y, con el Padrenuestro nos enseñó sobre todo que Dios es un Padre que nos ama, que escucha nuestras plegarias y que quiere lo mejor para nosotros. Si interiorizamos esto, nuestra oración se hace viva y vigorosa. En el Evangelio de este día, Jesús afirma: «Cuando oréis, decid: Padre, sea santificado tu nombre». De esta forma, él nos enseña la oración, que es expresión de nuestra adoración y de nuestra gratitud, así como de la piedad y de nuestras súplicas dirigidas al Creador de todo bien. En ella se manifiesta nuestra fe y nuestra confianza en la Divina Providencia. Acordémonos de la oración, tanto en nuestro trabajo diario como en los momentos de descanso de nuestras vacaciones * * * LA ORACIÓN HA DE
SALIR DE UN CORAZÓN HUMILDE Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su escondrijo, ¿no lo voy a ver yo? ¿No lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos. Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis mal? Y en otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes. De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor. El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba en su interior los pecados ocultos, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración. * * * LA ORACIÓN,
DESARROLLO Aplicaciones (I) Francisco es maestro para sus seguidores no sólo en lo tocante a los puntos fundamentales, las condiciones y las actitudes de la oración, sino que también les transmite importantes indicaciones para su misma oración práctica. 1. La mayor parte de las oraciones que nos han llegado de Francisco son oraciones de glorificación y de alabanza. Exhorta una y otra vez a alabar y glorificar al Altísimo. Alabar y glorificar a Dios «por sí mismo» es lo más sublime que puede y debe hacer el hombre. Toda la vida del franciscano debe ser precisamente un cántico constante de alabanza a Dios y debe estimular a todos los hombres a esta alabanza del Señor: «Tal debería de ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres -decía Francisco-, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente» (TC 58). Para ello es esencialmente necesario que esta alabanza divina encuentre de continuo su expresión inmediata en la oración. La repetida exhortación del santo fundador a esta clase de oración debe constituir un deber para sus hermanos y hermanas. La oración de alabanza se convierte también en oración de reparación: «Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19). Aquí se entreabre una posibilidad que, por cierto, se tiene muy poco en cuenta, pero que según la intención del Santo habrá que tenerla siempre presente. La oración de alabanza alcanza su grado más sublime en el acto de adoración, en el cual insiste también Francisco a sus hermanos con harta frecuencia; pero el hombre sólo puede adorar a Dios en el amor y con una ilimitada pureza de corazón. En esto nunca se podrá hacer bastante, porque Dios busca esto por encima de todo: «Por consiguiente, amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura, porque él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad... Y digámosle alabanzas y oraciones día y noche diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo, porque es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos» (2CtaF 19-21). La oración de acción de gracias y de petición no debe emplearse, en primer lugar, para las necesidades, preocupaciones o deseos personales de mayor o menor importancia, sino que debe orientarse más bien a las grandes preocupaciones del Reino de Dios y del acontecimiento salvífico, a fin de que en todo y por todo sea glorificado Dios por sí mismo. Precisamente Francisco deseaba especialmente que los suyos dieran gracias a Dios «por sí mismo»: «El mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno» (1 R 17,18; 1 R 23). El objeto de la oración de petición debe constituirlo ante todo las necesidades del tiempo y del mundo, de la Iglesia, del Reino de Dios, a fin de que la glorificación de Dios sea plena en todo: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place» (CtaO 50). Todo aquel que recita esta oración coloca en su justo orden la petición personal por la constancia y perseverancia en la vida de penitencia y en la imitación de Cristo, pues lo que busca en primer lugar no es la propia santidad y perfección, sino la glorificación de Dios. [En Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 8 (1974) 174-181]
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