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| DÍA 14 DE JULIO
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* * * San Juan Wang Guixin. Era hermano del también mártir san José, al que conmemoramos el 13 de julio. Al saber que los bóxers se acercaban a su pueblo, Nangong, provincia de Hebei (China), él y su hermano José tomaron a sus familias y las trasladaron a un pueblo en que los cristianos se habían fortificado. Luego regresaron a sus casas. Los vecinos les preguntaron si eran cristianos, respondieron que sí, y los denunciaron a los bóxers. Los hermanos huyeron, José cayó enseguida en manos de sus perseguidores y Juan llegó a un poblado en el que pronto lo localizaron. Lo trasladaron a su pueblo, lo torturaron para obligarlo a apostatar, y lo decapitaron mientras él rezaba en voz alta. Era el año 1900. San Marquelmo (o Marcelino). Monje y sacerdote, de origen inglés, que fue desde su juventud discípulo de san Wilibrordo, al que acompañó en los trabajos misioneros. Murió en Deventer (Holanda) en el siglo VIII. San Optaciano de Brescia. Fue obispo de Brescia (Italia) y murió a principios del siglo VI. Consta que fue uno de los que suscribieron las letras sinodales que defienden la fe católica sobre la Encarnación y combaten el monofisismo, enviadas por Eugenio de Milán y el episcopado lombardo al papa san León Magno. Santa Toscana. Nació en Zevio, cerca de Verona (Italia), en la segunda mitad del siglo XIII. En 1310 contrajo matrimonio con Alberto Canocoli. Quedó viuda y sin hijos en 1318 y entonces decidió consagrarse por completo al Señor. Distribuyó sus bienes entre los pobres, ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén y consagró su vida al cuidado de los enfermos. Murió en Verona el año 1343 ó 1344. San Vicente Madelgario. Nació en Strépy (Bélgica) y heredó tierras que lo convirtieron en señor rico. Contrajo matrimonio con santa Valdetrudis y tuvieron cuatro hijos. Cuando éstos fueron mayores, los esposos decidieron consagrarse a Dios: ella entró en un monasterio y él fundó dos monasterios, el de Haumont, y después el de Soignies en el que abrazó la vida monástica y en el que murió hacia el año 677. Beato Bonifacio de Saboya. Era miembro de la casa ducal de Saboya y nació en el castillo de Sainte-Hélène-du-Lac el año 1207. Siendo aún joven ingresó en la Gran Cartuja. Fue prior de Nantua y, en 1232, lo eligieron obispo de Belley. Enrique III de Inglaterra, casado con Leonor sobrina de Bonifacio, lo propuso para arzobispo de Canterbury, propuesta que Inocencio IV asumió. Participó en el Concilio ecuménico de Lyon, practicó la visita pastoral a su diócesis, procuró la reforma del clero y luchó contra abusos arraigados. Por defender los derechos de la Iglesia, tuvo algunos enfrentamientos con el Rey. Se unió a la cruzada y, de viaje, murió el año 1270 en el castillo en que había nacido. Lo sepultaron en el monasterio de Hautecombe (Saboya). Beato Gaspar Bono. Nació en el antiguo Reino de Valencia (España) el año 1530. A los veinte años se alistó en el ejército de Carlos V. Sufrió un grave percance en Italia que lo hizo recapacitar, y decidió ingresar en la Orden de los Mínimos, en la que recibió la ordenación sacerdotal en 1562. San Juan de Ribera, que lo apreciaba mucho, sugirió que lo eligieran provincial de su Orden, cargo que despeñó de manera ejemplar. Su vida se desarrolló mayormente en el interior de su convento, consagrada a la oración y a la observancia de su Regla. Se le atribuyeron muchos milagros. Murió en Valencia el año 1604. Beato Ghebre Miguel. Nació en Dibo (Etiopía) el año 1791. A los 25 años se hizo monje en su religión copta. Se hizo amigo y discípulo de san Justino de Jacobis, Vicario Apostólico de Abisinia, quien lo recibió en el seno de la Iglesia católica y lo ordenó de sacerdote. Ingresó en la Congregación de la Misión (Paúles) y se dedicó a la enseñanza y a las publicaciones en etíope. Lo detuvieron por su fe católica en 1854 y lo tuvieron trece meses en la cárcel. Lo condenaron a cadena perpetua y lo obligaron a seguir, a pie y cargado de cadenas, al rey en sus desplazamientos. Agotado por los malos tratos y la disentería murió en Cerecca-Ghebaba (Etiopía) el año 1885. Beato Hroznata. Nació hacia 1160 en Teplá, hijo de una de las familias más ilustres de Bohemia. Fue un brillante militar y caballero, casado y padre de un hijo. Su mujer y su hijo murieron pronto, y él decidió dejar la corte ducal. Volvió a Teplá y fundó un monasterio premonstratense. Fundó otro, éste femenino, en Chotesov. Por fin ingresó en los premonstratenses de su pueblo como hermano lego. Le encargaron la administración de los bienes del monasterio, y, en un conflicto con algunos detentores de tierras, éstos lo apresaron y pidieron un rescate para soltarlo. A consecuencia de los malos tratos y la inanición, murió en Stary Kynsperk (Bohemia) el año 1217. En seguida el pueblo lo tuvo por santo y mártir. Beato Ricardo Langhorne. Nació en Bedforshire (Inglaterra) hacia 1624. Era un acreditado abogado, persona culta y estudiosa, y un convencido católico. Fue falsamente acusado por Titus Oates de sedición y complot contra el rey Carlos II. En octubre de 1678 fue arrestado y encerrado en la cárcel de Newgate. En el juicio se le presentó como el jefe de la conjura; él se defendió e hizo ver lo infundado de las acusaciones. De todas formas, se le condenó por traidor y fue ahorcado y descuartizado en la plaza londinense de Tyburn el año 1679.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: De la Carta a los Gálatas: «Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, enemistades, discordia, envidia... En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el espíritu, marchemos tras el Espíritu» (cf. Gál 5,19-25). Pensamiento franciscano: «Ahora -decía san Francisco a sus hermanos-, después que hemos dejado el mundo, no tenemos ninguna otra cosa que hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle a él. Guardémonos mucho de ser terreno junto al camino, o rocoso o espinoso, según lo que dice el Señor en el Evangelio: La semilla es la palabra de Dios, y la que cayó junto al camino...» (1 R 22,9-12). Orar con la Iglesia: A Cristo, que de niño tuvo que emigrar con su familia, elevemos confiados nuestra oración: -Para que las Iglesias locales respeten y favorezcan la identidad cultural de los inmigrantes. -Para que los gobiernos y cuantos tienen poder abandonen los sistemas que crean marginación y obligan a la emigración. -Para que se reconozcan los derechos y valores de los emigrantes y exiliados. -Para que los creyentes cristianos acojamos, respetemos y protejamos a las personas y a las familias que se han visto obligadas a emigrar. Oración: Para ti, Señor Jesús, nadie es extraño ni está alejado de tu protección; mira con piedad a los emigrantes y refugiados, concédeles a ellos un feliz retorno a su patria y a nosotros danos un amor como el tuyo hacia ellos. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. * * * LIBERTAD Y SEGUIMIENTO DE
CRISTO Queridos hermanos y hermanas: Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo (XIII T.O.-C) nos invitan a meditar en un tema fascinante, que se puede resumir así: libertad y seguimiento de Cristo. El evangelista san Lucas relata que Jesús, «cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, se dirigió decididamente a Jerusalén» (Lc 9,51). En la palabra «decididamente» podemos vislumbrar la libertad de Cristo, pues sabe que en Jerusalén lo espera la muerte de cruz, pero en obediencia a la voluntad del Padre se entrega a sí mismo por amor. En su obediencia al Padre Jesús realiza su libertad como elección consciente motivada por el amor. ¿Quién es más libre que él, que es el Todopoderoso? Pero no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo «llenó» de contenido la libertad, que de lo contrario sería sólo la posibilidad "vacía" de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra sentido por el amor. En efecto, ¿quién es más libre? ¿Quien se reserva todas las posibilidades por temor a perderlas, o quien se dedica «decididamente» a servir y así se encuentra lleno de vida por el amor que ha dado y recibido? El apóstol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía, dice: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para vivir según la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Gál 5,13). Vivir según la carne significa seguir la tendencia egoísta de la naturaleza humana. En cambio, vivir según el Espíritu significa dejarse guiar en las intenciones y en las obras por el amor de Dios, que Cristo nos ha dado. Por tanto, la libertad cristiana no es en absoluto arbitrariedad; es seguimiento de Cristo en la entrega de sí hasta el sacrificio de la cruz. Puede parecer una paradoja, pero el Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. Cuando en el Calvario le gritaban: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz», demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre. Muchos otros testigos de la verdad han compartido esta experiencia: hombres y mujeres que demostraron que seguían siendo libres incluso en la celda de una cárcel, a pesar de las amenazas de tortura. «La verdad os hará libres». Quien pertenece a la verdad, jamás será esclavo de algún poder, sino que siempre sabrá servir libremente a los hermanos. Contemplemos a María santísima. La Virgen, humilde esclava del Señor, es modelo de persona espiritual, plenamente libre por ser inmaculada, inmune de pecado y toda santa, dedicada al servicio de Dios y del prójimo. Que ella, con su solicitud materna, nos ayude a seguir a Jesús, para conocer la verdad y vivir la libertad en el amor. Que la intercesión de la Virgen María os ayude a sentir la alegría de ser hijos de Dios y a permanecer siempre fieles a la gracia recibida en el bautismo. * * * SERVIDOR DE CRISTO EN LA
PERSONA DE LOS HERMANOS Empezaré por la santa caridad, raíz y complemento de todas las virtudes, con la que Camilo estaba familiarizado más que con ninguna otra. Y, así, afirmo que nuestro santo estaba inflamado en el fuego de esta santa virtud, no sólo para con Dios, sino también para con el prójimo, en especial para con los enfermos; y esto en tal grado que la sola vista de los enfermos bastaba para enternecer y derretir su corazón y para hacerle olvidar completamente todas las delicias, deleites y afectos mundanos. Cuando servía a algún enfermo, lo hacía con un amor y compasión tan grandes que parecía como si en ello tuviera que agotar y consumir todas sus fuerzas. De buena gana hubiera tomado sobre sí todos los males y dolencias de los enfermos con tal de aliviar sus sufrimientos o curar sus enfermedades. Descubría en ellos la persona de Cristo con una viveza tal, que muchas veces, mientras les daba de comer, se imaginaba que eran el mismo Cristo en persona y les pedía su gracia y el perdón de los pecados. Estaba ante ellos con un respeto tan grande como si real y verdaderamente estuviera en presencia del Señor. De nada hablaba con tanta frecuencia y con tanto fervor como de la santa caridad, y hubiera querido poderla infundir en el corazón de todos los mortales. Deseoso de inflamar a sus hermanos de religión en esta virtud, la primera de todas, acostumbraba inculcarles aquellas dulcísimas palabras de Jesucristo: Estuve enfermo, y me visitasteis. Estas palabras parecía tenerlas realmente esculpidas en su corazón; tanta era la frecuencia con que las decía y repetía. La caridad de Camilo era tan grande y tan amplia que tenían cabida en sus entrañas de piedad y benevolencia no sólo los enfermos y moribundos, sino toda clase de pobres y desventurados. Finalmente, era tan grande la piedad de su corazón para con los necesitados, que solía decir: «Si no se hallaran pobres en el mundo, habría que dedicarse a buscarlos y sacarlos de bajo tierra, para ayudarlos y practicar con ellos la misericordia». * * * ¡DIOS, VIDA
MÍA, QUÉ SUAVE ERES: Aunque toda la existencia del varón de Dios, Francisco Solano, fue un martirio constante y un reflejo de la cruz de Cristo, los dos últimos meses de su vida se mereció las promesas de la eterna bienaventuranza practicando de modo eminente la virtud de la paciencia, al llevar con santa resignación su penosa enfermedad, que le mantuvo postrado en el lecho del dolor, sometido, además, a grandes padecimientos y fiebres abrasadoras. Esta larga enfermedad nunca fue obstáculo para entregarse de lleno a la oración, la que en sus últimos días fue total contemplación y éxtasis continuos; inflamado en amor divino, siendo su conversación más con los ángeles que con los hombres, olvidado de todo cuidado corporal, de prescripciones facultativas y de cualquier remedio humano; vivió milagrosamente. Con gran ternura repetía incansablemente variadas jaculatorias, en especial: «Bendito sea Dios». Recitaba algunos salmos, sobre todo aquéllos: Alaba, alma mía, al Señor y Bendice, alma mía, a tu Dios, invitando a los presentes a que se unieran a él, mientras su espíritu se derretía en santo fervor. Hizo que le leyeran del evangelio de san Juan el pasaje que empieza: Antes de la fiesta de Pascua..., quedando ensimismado, en especial cuando se relataba la pasión de Jesús, dejando caer de sus labios frases de agradecimiento sincero a Cristo paciente, porque decía que le había amado a él, pecador, con gran bondad y misericordia. También se confortaba pronunciando himnos de alabanzas en honor de la bienaventurada Virgen María con gran gozo y júbilo espirituales. A su confesor le declaró: «Ayudadme, Padre, a alabar al Señor»; y luego añadió: «Dios mío, tú eres el Creador, el rey, mi padre, tú eres mis delicias, todas mis cosas». Y su alma quedó inflamada en amor divino, sumida en éxtasis profundo, y su cuerpo permaneció rígido y frío como el mármol. Cinco días antes de su muerte, dijo al hermano enfermero, fray Juan Gómez: «¿Por ventura, hermano, no percibes la gran misericordia de Dios hacia mi persona, que me conforta para vencer con facilidad al enemigo?». Tres fechas antes de su tránsito, dirigiendo la vista a otro hermano que le atendía, exclamó entre suspiros y lágrimas: «¿De dónde a mí, mi Señor, Jesús, el que tú estés crucificado y yo me encuentre entre tus ministros y siervos; tú desnudo, yo cubierto; tú abofeteado, coronado de espinas, y yo confortado con tantas atenciones?». Al día siguiente, estando rodeado de muchos religiosos, dijo: «¡Oh Dios, mi vida, sé siempre glorificado! ¡Qué inmensa condescendencia hacia mi persona! ¡Soy feliz, mi Señor, por saber que eres Dios! ¡Oh, qué suave eres!». La última noche, cayó en profundo éxtasis, y los presentes creyeron que expiraba, pero se rehízo, y después recitó el salmo: Qué alegría cuando me dijeron: ¡Vamos a la casa del Señor! Ya van pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Desde este momento hasta el instante supremo de la muerte, sufrió un cambio misterioso, apareciendo su rostro hermoso, radiante, transparente, risueño, y su espíritu transpiraba jubilosa paz, gozo y serenidad. Un hermano le dijo: «Como quiera que Dios te llama a su seno, te ruego, Padre, que te acuerdes de mí, cuando estés en su reino». A lo que le contestó con cierto gracejo: «Así es, hermano, me voy al cielo, pero gracias a los méritos de la pasión y muerte de Cristo, porque yo soy un gran pecador. Mas, cuando llegue a la patria, seré allí un buen amigo tuyo».
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