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| DÍA 6 DE MARZO
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* * * San Ciríaco (o Quiríaco). Fue un sacerdote ejemplar que murió en Tréveris (Alemania) a principios del siglo IV. San Crodegando. Nació en Brabante de familia noble el año 712. Recibió una sólida formación de los benedictinos. El 737 Carlos Martel lo nombró canciller del reino de Austrasia, cargo en el que mantuvo su vida de piedad. Sin dejar su cargo civil, fue elegido obispo de Metz (Francia). Puso todo su empeño en la reforma de la Iglesia y en especial del clero, al que inculcaba la Regla de San Benito y la forma de vida benedictina. Amaba la liturgia y promovió en ella el canto. Presidió varios concilios. Murió el año 766 en Metz, en la abadía de Gorza, que él había fundado. San Evagrio. Obispo de Constantinopla elegido por los católicos frente al obispo arriano. Fue desterrado por el emperador Valente y murió como un insigne defensor de la fe católica. San Fridolino. Monje originario de Irlanda, que estuvo peregrinando por Francia hasta que fundó en Säkingen (Suiza) dos monasterios en honor de san Hilario, de los que fue abad y donde murió en el siglo VIII. San Marciano. En Tortona, región del Piamonte en Italia, se recuerda a este santo, a quien se considera primer obispo de la ciudad y mártir en la primera mitad del siglo II. Santos Mártires de Siria. Son cuarenta y dos cristianos que fueron arrestados en Amorio de Frigia, llevados luego junto al río Éufrates en Siria, y allí martirizados el año 848. San Victorino. Sufrió el martirio en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía), en una fecha incierta de los primeros siglos de la Iglesia.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Después de la Última Cena, «Jesús salió, como de costumbre, al monte de los Olivos, y los discípulos lo siguieron. Llegados al lugar, les dijo: "Orad para que no caigáis en la tentación". Y se apartó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya"» (Lc 22,39-42). Pensamiento franciscano: Por aquellos días, los hermanos le rogaron a Francisco que les enseñase a orar, pues, caminando en simplicidad de espíritu, no conocían todavía el oficio eclesiástico. Él les respondió: «Cuando oréis, decid: "Padre nuestro..." y "Te adoramos, ¡oh Cristo!, en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, pues por tu santa cruz redimiste al mundo"» (1 Cel 45). Orar con la Iglesia: Acudamos a Cristo, Palabra del Padre, que al acampar entre nosotros nos abrió el camino de la salvación, y digámosle: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por el misterio de tu encarnación, por tu nacimiento y tu infancia, por toda tu vida consagrada al servicio del Padre: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por tu trabajo, por tu predicación y tus largas horas de camino, por tu trato con los pecadores: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por tu agonía y tu pasión, por tu cruz y tu desolación, por tus angustias, por tu muerte y sepultura: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por tu resurrección y ascensión a los cielos, por la donación del Espíritu Santo, por tu gloria eterna, libra, Señor, a nuestros hermanos difuntos. Y a nosotros líbranos, Señor, de todo mal. Oración: Dios todopoderoso, por el nacimiento de tu Hijo en nuestra carne, líbranos del yugo con que nos domina la servidumbre del pecado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * LA ORACIÓN NOS PONE
EN MANOS DEL PADRE Queridos hermanos y hermanas: En el segundo domingo de Cuaresma, el evangelista san Lucas subraya que Jesús subió a un monte «para orar» (Lc 9,28) juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y, «mientras oraba» (Lc 9,29), se verificó el luminoso misterio de su transfiguración. Por tanto, para los tres Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, que se retiraba a menudo a orar, especialmente al alba y después del ocaso, y a veces durante toda la noche. Pero sólo aquella vez, en el monte, quiso manifestar a sus amigos la luz interior que lo colmaba cuando oraba: su rostro -leemos en el evangelio- se iluminó y sus vestidos dejaron transparentar el esplendor de la Persona divina del Verbo encarnado (cf. Lc 9,29). En la narración de san Lucas hay otro detalle que merece destacarse: la indicación del objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías, que aparecieron junto a él transfigurado. Ellos -narra el evangelista- «hablaban de su muerte (en griego éxodos), que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9,31). Por consiguiente, Jesús escucha la Ley y los Profetas, que le hablan de su muerte y su resurrección. En su diálogo íntimo con el Padre, no sale de la historia, no huye de la misión por la que ha venido al mundo, aunque sabe que para llegar a la gloria deberá pasar por la cruz. Más aún, Cristo entra más profundamente en esta misión, adhiriéndose con todo su ser a la voluntad del Padre, y nos muestra que la verdadera oración consiste precisamente en unir nuestra voluntad a la de Dios. Por tanto, para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor. Por eso, la transfiguración es, paradójicamente, la verificación de la agonía en Getsemaní (cf. Lc 22,39-46). Ante la inminencia de la Pasión, Jesús experimentará una angustia mortal, y aceptará la voluntad divina; en ese momento, su oración será prenda de salvación para todos nosotros. En efecto, Cristo suplicará al Padre celestial que «lo salve de la muerte» y, como escribe el autor de la carta a los Hebreos, «fue escuchado por su actitud reverente» (Heb 5,7). La resurrección es la prueba de que su súplica fue escuchada. Queridos hermanos y hermanas, la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia. [Después del Ángelus] Deseo dar las gracias a quienes, en los días pasados, me acompañaron con su oración durante los ejercicios espirituales. Exhorto a todos a buscar, en este tiempo de Cuaresma, el silencio y el recogimiento, para dedicar más tiempo a la oración y a la meditación de la palabra de Dios. Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española... En este domingo de Cuaresma, en que contemplamos a Jesús transfigurado en el monte Tabor, pidamos a la Virgen María que nos ayude a transformarnos, a través de un camino de conversión, en verdadera imagen de Cristo. * * * EL QUE NOS DIO LA VIDA Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales. Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor. El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó. El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas. ¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos. Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras? * * * «ADORAR AL
SEÑOR DIOS» En la oración privada es donde se descubre el auténtico Francisco como orante. La posibilidad que le ofrecía esta forma de oración liberaba toda su potencialidad creativa a la hora de materializar su encuentro con Dios. En estas situaciones espontáneas es donde emerge y se manifiesta lo más profundo de Francisco; aquello que le constituye y lo configura como hombre de Dios y para Dios. Este hombre que se descubre relativo y abre el corazón a su Señor, lo hace desde su misma estructura cultural. La religiosidad popular le facilitó una imagen de Dios que condicionaba también su respuesta y apertura a Él. Los distintos posos culturales que yacían en el fondo de la religiosidad medieval hacían de la oración del pueblo algo más de lo que entendían los teólogos por tal. Bien es verdad que sabemos muy poco, por no decir nada, de la auténtica oración del pueblo llano en el Medioevo. Al no tener ni capacidad ni posibilidad de transmitir por escrito sus experiencias, sólo nos ha llegado lo que de ellos escribieron los clérigos, la mayoría de las veces para desautorizarlas y prohibirlas. Cuando buscamos en Francisco esta raíz popular de su oración, difícilmente la encontraremos en sus Escritos, por cuanto éstos corresponden a una etapa avanzada de su vida y, sin pretenderlo, mantienen cierta oficialidad. Es más bien en las biografías donde aparecen, espontáneos, estos rasgos arcaicos de su personalidad popular. La obsesión por comunicar y compartir su experiencia evangélica con todos, especialmente con la gente llana, permite que afloren estas vivencias profundas al contacto con las formas de orar que tiene el pueblo. Francisco escribió un número considerable de textos que pertenecen al género literario y a la estructura de la oración. Aunque todos ellos poseen una inspiración litúrgica, sin embargo difieren bastante en cuanto a la forma. Se dan oraciones propiamente dichas (Oficio de la Pasión; Carta a toda la Orden, 50-52; 1 R 23), alabanzas a Dios (Exhortación a la alabanza de Dios; Alabanzas al Dios Altísimo), himnos, poesías (Saludo a la bienaventurada Virgen María; Saludo a las Virtudes; Cántico de las criaturas). El desconocimiento que tenemos de la literatura devocional que rodeaba a Francisco no nos permite asegurar, pero tampoco negar, la originalidad de algunas de sus oraciones, como la recitada ante el crucifijo de San Damián o la Paráfrasis del Padrenuestro. No obstante, del análisis del vocabulario se puede deducir que eran, más bien, oraciones comunes adoptadas para su devoción particular y que podía reelaborar a su gusto. Todo este abanico de oraciones indica que su presencia ante Dios no fue monótona en cuanto a formas, aunque en sus Escritos no diga nada de este modo tan variado de situarse ante la divinidad. Son los biógrafos los que despliegan todas sus cualidades para mostramos un prototipo de Santo caracterizado por una oración extensa y profunda. Sin llegar a confundir el modelo que nos proponen con la realidad, sí hay que admitir la importancia de la oración en la espiritualidad de Francisco, hasta el punto de llenar grandes espacios de su vida y de constituir el centro de su ocupación y preocupación. Las diferentes formas de oración en Francisco se entrelazan hasta devenir en un modo particular de encuentro con Dios. Sin embargo, existe una constante, por otra parte normal, que inicia su trayectoria en una preferencia por lo expresivo y gestual, pasando por lo meditativo, hasta llegar a centrar su oración en la liturgia oficial y su reflexión serena. [Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]
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